Mi jefe me vistió de mujer y me reclamó como suya
Hacía ya un buen tiempo que en la empresa me había hecho amigo de mi jefe, hasta el punto de salir juntos los viernes a tomar unas cervezas y conversar de cualquier cosa. Aun así, nunca había pisado su casa. Don Aurelio era un hombre sin nada espectacular, pero agradable: rondaba el metro setenta, cincuenta y ocho años, canoso, delgado, de manos finas. Yo tenía veinticinco y llevaba tres años trabajando para él, tres años en los que esa amistad fue creciendo aunque jamás le mencioné nada de mis inclinaciones travestis.
Una tarde me invitó a su casa. Estábamos bebiendo unos rones con cola y charlando cuando se levantó al baño. Dejó el celular sobre el sillón en el que estábamos sentados y, mientras él volvía, lo escuché vibrar. Algún mensaje, una notificación de redes, cualquier cosa, pensé, y casi por reflejo tomé el aparato para mirar, sin verdadera curiosidad.
Eso cambió en un segundo. Por WhatsApp, una chica travesti le había mandado fotos. En ellas se veían unas nalgas recibiendo una verga gruesa enfundada en un condón. Me imaginé que las nalgas eran de ella y la verga de mi jefe, porque el mensaje decía: «mira qué rico te ves en esta, bebé. Tenemos que tomarnos fotos nuevas, ¿no?». Estaba tan metido en las imágenes que no me di cuenta de cuándo salió del baño. Me agarró con las manos en la masa, y no me quedó más que confesar que estaba viendo las fotos que le acababan de llegar.
Se le subió la vergüenza a la cara. Seguramente no quería que yo supiera que le gustaba andar cogiéndose travestis. Le dije que estaba bien, que a mí también me calentaba ese ambiente, y entonces se relajó. Pero su calma duró poco, porque enseguida pasó a la curiosidad y empezó a preguntarme por mis experiencias.
Le confesé que tenía poco que contar, aunque la que más me había gustado fue una chica trans que me había cogido. Me preguntó si alguna vez me habían cogido vestido de mujer, y le dije que no. Pasaron unos minutos mientras nos servíamos otra ronda y comentábamos lo que daban en la tele, hasta que me soltó la pregunta de frente: si me gustaría vestirme de nena.
—Sí, lo he pensado varias veces —le dije—, pero nunca lo intenté.
Mentí a medias: claro que lo había hecho, solo que me daba pena reconocerlo. Él sonrió y propuso que me vistiera en ese mismo momento. Yo, medio incrédulo por la propuesta, le pregunté si tenía ropa ahí. Por toda respuesta me llevó a su cuarto y abrió un pequeño clóset repleto de atuendos de mujer.
***
Me gustó un vestido de coctel corto, color vino, de falda con vuelo y una especie de ceñidor con el que imaginé que se me dibujarían caderas anchas aunque no las tuviera. Mi jefe también guardaba ropa interior. De su colección elegí una tanga negra, un corsé con relleno en el busto y unas medias de red.
Cuando terminé de vestirme y me planté frente a él, se quedó mirándome las piernas con una sonrisa lasciva. Me preguntó si sabía maquillarme y le dije la verdad: que no. Entonces me sentó en su tocador y empezó a maquillarme él mismo, mientras me preguntaba en broma:
—¿Así te gusta, o te quieres ver más puta?
Yo estaba sentada frente al espejo y él iba y venía por el tocador, tomando y dejando cosas. Noté cómo se le iba parando el bulto bajo el delgado pantalón formal. Ya no aguantaba las ganas de comerme ese pito a besos y chupadas, y me sorprendía lo firme que se le veía a pesar de la edad.
Me escogió una peluca y me besó al ponérmela. Fue rarísimo ese primer beso. Jamás había pensado en él con deseo, pero eso no me quitó las ganas de un segundo. Conforme nos besábamos, me iba calentando, y empecé a abrazarlo fuerte para sentir entre los pliegues del vestido ese bulto sabroso que me tenía impresionada. Él me agarraba las nalgas por encima de la tela, hasta que ya no pudo más y me levantó el vestido para apretarlas a lo bruto. Al palpar mis nalgas apenas cubiertas por la tanga, dejó de besarme en seco, gimió y me dijo al oído:
—Ay, putita, vienes con todas las ganas de calentarme. Se me hace que ya sabías cómo me gustan las putas como tú y nomás esperabas el momento para ofrecerte, ¿verdad?
Claro que no sabía que le gustaran las travestis, pero al verlo tan caliente le seguí el juego.
—Sí, la verdad me has gustado desde siempre —le dije—. Desde que te conocí tengo ganas de ser tu puta, de que disfrutes mi culito como más te plazca. Quiero que me conviertas en tu piruja, papacito.
***
Volvimos a los besos sabrosos, pero a los pocos segundos me tomó por los hombros y me presionó hacia abajo.
—Jálamela —ordenó.
Me agaché, le desabroché el cinturón, le desabotoné el pantalón y, conforme bajaba el cierre, vi cómo ese pene, que llevaba parado largos minutos de calentura, terminaba de erguirse hasta su longitud máxima. Eché atrás el prepucio, liberé la cabecita y empecé a jalársela despacito, más bien acariciándole toda la extensión, desde la punta hasta sentir sus huevos en mi palma. Cuando aceleré, noté que me costaba deslizar la mano: supuse que era por la edad, porque tenía la piel algo reseca.
Me lamí la palma coquetamente frente a él, para excitarlo más, y volví a jalársela. Fue más fácil, pero la mano se me secaba enseguida, así que terminé mamándosela. La verdad quería hacerlo desde que me maquillaba, solo que, a pesar de lo calientes que estábamos, todavía me sentía cohibida. Después de chupar su pito como una paleta, me dijo:
—Ven.
Me dio la mano para levantarme y me condujo hacia su cama. No llegamos a ella. Antes de que me subiera, me jaló de la cintura y me dejó de pie frente a un buró pegado a un costado.
Empezó a acariciarme las nalgas, a apretarlas, a morderlas; luego las besaba, pasaba la lengua entre ellas. Yo gozaba todas esas atenciones cuando sentí que intentaba desatar el ceñidor para subirme el vestido.
—No —le dije.
Acababa de verme de reojo en el espejo del tocador: con el trasero levantado, el maquillaje que me hacía parecer una nena de dieciocho, manoseada por aquel viejo canoso y lujurioso. La imagen me dio tal morbo que quise que me tomara así, con la ropa puesta.
***
—Pinche putita morbosa, ¿te gusta ver cómo te doy verga, mami?
Rompió un poco las medias para abrirle paso a su pene e hizo a un lado el hilo de la tanga. Con cuidado empezó a mojarme el ano, ensalivándose los dedos, hasta dejarlo listo para recibir esa delicia. Verlo bombearme reflejado en el espejo me ponía bien caliente, y empecé a gemir despacito. De lo rico que se sentía, se me escapaba con un hilo de voz un «sí… rico, papi… rico, papi», mientras él hacía ruidos como gruñidos.
Vi cómo le cambiaba la cara conforme me empujaba más fuerte. Se le notaba cada vez más concentrado y subía la voz:
—Eso, putita, dame el culo. Goza la verga, pinche barata.
Estuvimos un buen rato cogiendo a ese ritmo sabroso. Cuando se acercaba el clímax, deslizó las manos desde mi cintura hasta el pecho, se aferró al relleno del corsé y pegó la cara a mi espalda, sin dejar de partirme el culo con embestidas cada vez más potentes. Le vino un espasmo brutal con el que me llenó las entrañas de leche. Entre los jadeos del orgasmo, todavía con la boca contra mi espalda, me susurró:
—Vas a darme esto en el trabajo cuando se me antoje. Acuérdate de que soy tu jefe.
Eso me asustó un poco, pero también estaba demasiado excitada, así que solo respondí:
—Cuando quiera, jefecito. Cuando quiera cola, aquí está.
Esa noche me quedé a dormir con él. Lo hicimos una vez más antes de caer rendidos y, a la mañana siguiente, desperté con ganas de chupársela otra vez. Era fin de semana; no nos veríamos hasta el lunes.
***
Disfruté tanto recordando esa experiencia que, cuando volvimos al trabajo, no pensé en las implicaciones que arrastraría aquella noche de pasión. El lunes transcurría con total normalidad. Mi jefe y yo bromeábamos como de costumbre, como si no me hubiera puesto esa cogida increíble un par de noches atrás.
Sin embargo, cuando faltaba media hora para la salida, llegó muy serio a mi escritorio con una carpeta en la mano.
—Necesito que revises estos documentos. No son urgentes, pero dales una checada antes de irte y pásalos a dejarme antes de salir.
En mi faceta de empleado le dije que no había problema y tomé la carpeta. Terminé otras tareas antes de revisar su contenido, pero cuando por fin la abrí, me llevé un susto: dentro había una nota con un juego de llaves pegado y… ¡la misma tanga con la que me había cogido en su casa! La nota decía: «Una llave es de la oficina, la otra del lóquer que hay adentro. Espérame ahí y ponte linda».
A la salida aguardé a que todo el mundo se fuera para entrar a la oficina del jefe. Abrí el lóquer y encontré varios vestidos, medias, un par de pelucas y maquillaje. Lo que me había dicho al venirse era verdad: ahora era la puta de mi jefe, y haría conmigo lo que se le antojara.