La última noche del año me vestí de mujer
Salí del trabajo cuando ya caían los últimos días del año, con esa sensación de cuerda floja en el estómago que aparece siempre que llevo demasiado tiempo portándome bien. Hacía meses que no me daba un capricho, que no me permitía ser otra cosa que el hombre serio y puntual que todos esperaban. La ciudad estaba enloquecida de luces y de prisas, y yo caminaba entre la gente sintiendo que algo dentro de mí empujaba para salir.
Iba mirando, como miro siempre, sin que se me note. Las mujeres se movían por la acera con una seguridad que me hipnotizaba. Faldas ajustadas, vestidos entallados que parecían a punto de reventar con cada paso, escotes que no dejaban casi nada a la imaginación. Pero lo que de verdad me detenía la respiración eran las piernas: medias oscuras que terminaban en tacones altísimos, ese repiqueteo seco sobre el cemento que me hacía girar la cabeza.
Ojalá fuera yo quien camina así.
No era envidia exactamente. Era un deseo más hondo, más raro de explicar. Quería sentir la tela ceñida en la cintura, el frío de la media subiendo por el muslo, el equilibrio imposible sobre un tacón de aguja. Quería, por una noche, dejar de fingir.
Me detuve frente al escaparate de un centro comercial y entré casi sin pensarlo. El corazón me latía como si estuviera haciendo algo prohibido, y en cierto modo lo estaba: en esta ciudad siempre hay alguien dispuesto a juzgarte por lo que sea que hagas. Busqué el pasillo de la lencería con la cabeza gacha, rezando para que ninguna conocida apareciera por la esquina.
Había decenas de modelos colgados. Repasé los paquetes uno por uno, comparando texturas, brillos, alturas. Unas medias de rejilla, demasiado obvias. Unas de licra clara, demasiado tímidas. Al final me decidí por unas negras, lisas, opacas, de las que dibujan la pierna sin gritar. Mientras las sostenía ya estaba imaginando con qué las combinaría.
—¿Encontró lo que buscaba? —me preguntó la cajera, una chica joven con un piercing en la nariz.
—Es un regalo —mentí, y la palabra me supo amarga.
Ella sonrió sin malicia y cobró. Salí con la bolsa apretada contra el pecho, como si dentro llevara un secreto que pudiera escaparse.
En la calle, el frío de diciembre me golpeó la cara y me devolvió un poco a la realidad. Pasé junto a una pareja que reía abrazada, junto a un grupo de oficinistas que celebraban el fin de año a gritos en la puerta de un bar. Nadie me miraba a mí, al hombre anónimo del abrigo gris con una bolsa de tienda. Y sin embargo yo sentía que todos podían adivinar lo que cargaba, lo que llevaba años cargando en silencio. Apuré el paso. Cuanto antes llegara a casa, antes podría quitarme esa piel que me quedaba cada día más estrecha.
***
De camino a casa paré también por algo de cena. Sabía que no me iba a quedar tranquilo hasta hacer lo que quería hacer, pero el cuerpo necesitaba comer algo si pretendía aguantar toda la noche despierto. Compré un poco de fruta, una botella de vino blanco para brindar conmigo mismo y unos canapés que probablemente ni tocaría. Todo el trayecto lo hice con la cabeza a mil, repasando el armario en mi memoria, decidiendo el orden de lo que me iba a probar.
Vivo solo desde hace un par de años, en un departamento pequeño de un barrio tranquilo. Esa soledad, que tantas noches me pesa, hoy era un regalo. Nadie iba a tocar el timbre. Nadie iba a preguntar. Cerré la puerta con doble vuelta, dejé las bolsas en la entrada y fui directo al cuarto.
En el fondo del placar guardo lo que casi nadie sabe que tengo. Lo básico, me digo siempre, aunque ya no sea tan básico: vestidos, faldas, camisas escotadas, blusas formales, tacones, sandalias y, por supuesto, ropa interior que jamás me atrevería a colgar a la vista. Fui sacándolo todo con un cuidado casi ceremonial, extendiéndolo sobre la cama como quien prepara un altar.
Empecé por algo cómodo, para entrar en calor. Un juego de falda corta y blusa, lencería simple: un culotte de algodón y un sostén con relleno que me daba una silueta que no tengo, una silueta de mujer con carácter. Me miré en el espejo de cuerpo entero y algo se aflojó en mi pecho. No era disfraz. Era una liberación, una sensación de que así debería estar siempre, de que el otro, el de la corbata, era el verdadero disfraz.
***
Pasé a los vestidos. Tenía ganas de probarlos todos, de verme distinta con cada uno. El primero fue blanco con florecitas azules, ligero, de verano. Me quedaba un poco flojo en la cintura, así que junté la tela sobrante por detrás con las manos y tiré hasta que se ciñó a mi figura. De pronto el reflejo cambió: la cintura marcada, la caída de la falda más femenina. Saqué el teléfono y me hice una foto, solo para mí, solo para recordar después que esa mujer había existido por un rato.
Mírate. Mira lo que escondes el resto del año.
El segundo vestido era más serio, de los que una usaría para ir a una oficina elegante. Negro con detalles blancos, mangas cortas, falda recta que me quedaba justo por encima de la rodilla. Al ponérmelo supe que había llegado el momento que más esperaba.
Me senté al borde de la cama, abrí el paquete y saqué las medias nuevas. Las desenrollé despacio, una y luego la otra, deslizándolas por la planta del pie, por el tobillo, por la pantorrilla, subiéndolas centímetro a centímetro hasta el muslo. El roce de la licra contra la piel me erizó todo el cuerpo. Me puse de pie, alisé la falda y caminé hasta el espejo casi conteniendo la respiración.
Lo que vi me dejó muda. Las piernas torneadas, oscuras, brillantes bajo la luz de la lámpara. Una mujer formal, contenida, con un punto de promesa peligrosa debajo de la falda recta. Solo faltaba una cosa.
Busqué entre los pares hasta dar con unos tacones de aguja negros, los más altos que tengo. Me los calcé con cuidado, ajusté las hebillas y me incorporé tambaleándome un segundo antes de encontrar el equilibrio. El tacón cambió todo: la inclinación de la espalda, la curva de la pantorrilla, la manera en que la falda caía sobre los muslos enfundados. Di unos pasos por el cuarto escuchando ese repiqueteo que tanto me gusta oír en la calle, y por primera vez en el día era yo quien lo producía.
Una secretaria. Una secretaria que haría cualquier cosa por su jefe.
La fantasía se armó sola en mi cabeza. Una oficina vacía a última hora, la persiana a medio bajar, una secretaria de medias oscuras inclinándose sobre un escritorio. Me apoyé en la cómoda imitando la pose, arqueando un poco la espalda, mirando por encima del hombro a un jefe imaginario que me devoraba con los ojos. El calor empezó a subirme desde el vientre, lento y espeso.
Caminé hasta la cocina solo para sentir los tacones sobre las baldosas, para escuchar ese sonido en mi propia casa. Me serví una copa del vino que había comprado y volví al cuarto bebiendo a sorbos pequeños, dejando que el alcohol me soltara los últimos nudos. Frente al espejo levanté la copa hacia mi reflejo, como si brindara con ella, con esa mujer que me devolvía la mirada desde el otro lado del cristal. Por un instante no supe quién de las dos era la real.
***
Pero quedaba un último vestido, y era el que de verdad había guardado para el final. Lo descolgué con las dos manos: azul eléctrico, brillante, cortísimo. Apenas cubría los muslos, el escote bajaba en uve hasta dejar a la vista buena parte del pecho falso que me daba el relleno, y la tela se ajustaba a la cintura como una segunda piel.
Me quité el vestido negro y me metí en el azul con un escalofrío de anticipación. Tuve que contonearme un poco para que bajara hasta su sitio, y al hacerlo el dobladillo me quedó tan arriba que el borde de las medias asomaba apenas, esa línea de tensión entre la tela y el muslo desnudo que vuelve loco a cualquiera. Me até a la cintura un lazo de raso que tenía guardado, hice un nudo grande, coqueto, y me planté frente al espejo.
Un regalo. Soy un regalo de fin de año esperando que alguien tire del lazo.
No pude contenerme. La mujer del espejo me miraba con los labios entreabiertos y yo la deseaba, me deseaba, con una intensidad que me asustó un poco. Saqué otra vez el teléfono y empecé a hacerme fotos, cambiando de pose, jugando con el lazo, dejando que un tirante cayera sobre el hombro. Cada disparo me ponía más nerviosa, más caliente.
Dejé el teléfono sobre la cómoda, apoyada contra la pared para que me siguiera enfocando, y me llevé las manos al cuerpo. Primero por encima de la tela: las palmas subiendo por los muslos enfundados en la media, palpando la frontera de licra, el borde del vestido, el relieve del pecho. La respiración se me cortaba. Cerré los ojos y dejé que la secretaria, la mujer del lazo, la del espejo, se fundieran en una sola.
Me senté en el borde de la cama con las piernas cruzadas, sintiendo cómo el tacón colgaba del pie por la punta. Una mano seguía recorriendo la media; la otra se coló bajo el dobladillo azul. Quería más. Necesitaba más. Quería que esa noche durara lo suficiente para olvidarme del hombre de la corbata, del juicio de la calle, de la mentira que le había dicho a la cajera.
Afuera, alguien hizo estallar el primer petardo de la temporada y la ciudad respondió con un coro lejano de bocinas. Yo, encerrada en mi cuarto con las medias nuevas y el lazo deshaciéndose despacio entre mis dedos, brindaba a mi manera por el año que terminaba. Por todos los meses portándome bien. Y, sobre todo, por la mujer que solo me dejaba ser cuando cerraba la puerta con doble vuelta y nadie podía verme.
El reflejo me devolvía la mirada, encendida, y por una vez no aparté la vista.