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Relatos Ardientes

Mi vecino sabía que estaba sola y tocó el timbre

Marcos llevaba diez días fuera por trabajo. Diez días de cama vacía, de cenar sola frente al televisor y de dormirme abrazada a su almohada para sentir algo parecido a su olor. Pero esa noche del viernes, con dos copas de Malbec encima y una serie que no me importaba de fondo, decidí que al menos iba a mimarme un poco. Me puse la bata de seda negra que él me regaló en mi cumpleaños, esa que me llegaba a mitad del muslo y se abría con cualquier movimiento. Debajo, solo unas braguitas de encaje.

Eran las diez pasadas cuando sonó el timbre.

No esperaba a nadie. Miré por la mirilla y el estómago se me contrajo. Ernesto. El vecino del quinto. Cincuenta y tantos años, espalda ancha, barba entrecana que siempre llevaba recortada con esmero. Vivía solo desde que su mujer se fue hacía tres años. Nos cruzábamos en el ascensor, en el portal, a veces en el supermercado de la esquina. Siempre amable. Siempre con esa mirada que se demoraba un segundo de más en mis piernas, en mi cuello, en la curva de mis caderas.

Marcos no sabía nada. Marcos creía que Ernesto era solo un vecino educado que a veces nos subía el correo cuando nos lo dejaban abajo.

Abrí la puerta.

Ernesto llevaba una camiseta gris que le marcaba el pecho y unos vaqueros oscuros. Olía a jabón y a algo amaderado, como si se hubiera preparado para salir pero hubiera cambiado de planes en el último momento.

—Vi que Marcos no ha vuelto —dijo apoyándose en el marco de la puerta. No era una pregunta—. Quería ver si necesitabas algo.

Su mirada bajó por mi bata y subió despacio, recreándose. No disimuló.

—Estoy bien —contesté, pero no cerré la puerta.

Él sonrió de medio lado. Esa sonrisa que yo había visto muchas veces y que me aceleraba el pulso aunque no quisiera admitirlo. Dio un paso adelante y yo di uno atrás. Así, sin más, estaba dentro de mi casa. Cerró la puerta con el talón y echó el cerrojo.

El sonido del cerrojo hizo que algo se tensara dentro de mi pecho. Sabía lo que significaba. Sabía lo que venía. Y lo peor es que llevaba semanas fantaseando exactamente con esto.

—¿Sabes lo que más me gusta de ti, Abril? —dijo acercándose. Su voz había bajado un tono, se había vuelto grave, áspera—. Que juegas a ser la novia perfecta de ese chico, pero cuando me miras en el ascensor te tiemblan las manos.

Tragué saliva. Tenía razón.

—No sé de qué hablas —mentí.

—Claro que lo sabes.

Me agarró la muñeca con firmeza. No con violencia, pero sí con la seguridad de alguien que sabe que no va a encontrar resistencia. Me acercó a él y sentí su erección contra mi cadera a través de la tela del vaquero. Dura. Pesada.

—Llevo meses esperando a que tu novio se fuera lo suficiente —susurró contra mi oreja—. Y tú llevas meses esperando a que yo me atreviera.

Tenía razón. Dios, tenía razón.

Me soltó la muñeca y llevó la mano a mi mentón. Me levantó la cara para que lo mirara a los ojos. Los suyos eran oscuros, casi negros, y había algo en ellos que me hacía sentir completamente desnuda aunque todavía llevara la bata.

—De rodillas —dijo.

No fue una petición. Fue una orden dicha con voz tranquila, como quien pide la cuenta en un restaurante. Y eso fue lo que más me excitó: la naturalidad, como si fuera algo que ambos sabíamos que iba a pasar desde hacía mucho tiempo.

Obedecí. Mis rodillas tocaron el suelo frío del recibidor y levanté la vista hacia él. Desde abajo parecía más grande, más imponente. Se desabrochó el cinturón sin prisas, se bajó la cremallera y sacó su polla. Gruesa, con las venas marcadas, ya completamente dura.

—Abre la boca.

Abrí. Me la metió hasta el fondo de la garganta sin aviso y me sostuvo ahí tres segundos que se hicieron eternos. Sentí arcadas, los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no me aparté. Cuando me soltó, un hilo de saliva me colgaba del labio inferior.

—Buena chica —dijo, y la palabra me atravesó como una corriente eléctrica.

Empecé a chupársela con ganas, usando la lengua, la mano, todo lo que tenía. Ernesto me agarró del pelo y marcó el ritmo, follándome la boca con embestidas lentas pero profundas. Cada vez que llegaba al fondo de mi garganta yo producía un sonido húmedo y obsceno que a él le hacía apretar más el agarre.

—Tu novio no te trata así, ¿verdad? —dijo sin dejar de moverse—. Él te hace el amor con cuidadito, te dice cosas bonitas al oído. Pero esto es lo que necesitas de verdad.

No podía responder con la boca llena, pero él no esperaba respuesta. Sabía que tenía razón. Marcos me quería, me trataba bien, me respetaba. Y yo lo amaba por eso. Pero había una parte de mí que necesitaba exactamente lo contrario: alguien que no me pidiera permiso, que me usara, que me hiciera sentir sucia y deseada al mismo tiempo.

Me sacó la polla de la boca y me levantó tirándome del brazo. Me giró y me empujó contra la mesa del comedor. Mi pecho quedó aplastado contra la madera y sentí cómo me levantaba la bata por encima de las caderas. El aire frío me golpeó la piel desnuda de los muslos.

—Joder —murmuró al verme—. Sabía que eras preciosa, pero esto...

Sentí sus manos recorriéndome las nalgas, separándolas, explorando. Me bajó las braguitas hasta los tobillos y su mano encontró mi polla, ya dura, atrapada entre mi vientre y el borde de la mesa.

—Mira cómo estás —dijo con una risa grave—. Empapada de ganas.

Escupió sobre sus dedos y empezó a prepararme. Primero un dedo, lento, girándolo dentro de mí. Apreté los dientes y solté el aire despacio. Después dos. El estiramiento me arrancó un gemido que intenté ahogar mordiéndome el labio.

—No te calles —ordenó—. Quiero oírte.

—Ahh... joder... —gemí cuando metió el tercero.

—¿Duele?

—Sí.

—¿Quieres que pare?

—No.

Lo escuché reírse por lo bajo, satisfecho. Sacó los dedos y sentí la punta de su polla presionando contra mí. Caliente. Gruesa. Insistente. Empujó despacio, centímetro a centímetro, y cada milímetro de penetración me arrancaba un sonido distinto: un quejido, un suspiro entrecortado, algo parecido a un sollozo.

Cuando estuvo dentro del todo, se detuvo un momento. Sentí su peso sobre mi espalda, su respiración caliente en mi nuca.

—Dime qué quieres —susurró.

—Fóllame —dije con la voz rota—. Fóllame fuerte.

Y lo hizo.

La primera embestida me hizo gritar. La segunda me hizo agarrarme al borde de la mesa con las dos manos. A partir de la tercera dejé de contar y me abandoné al ritmo brutal que él imponía. El sonido de su cadera chocando contra mis nalgas llenaba toda la habitación, mezclado con mis gemidos y su respiración pesada.

Me sujetaba la nuca con una mano, manteniéndome aplastada contra la mesa. Con la otra me daba nalgadas que me dejaban la piel ardiendo. Cada golpe me hacía contraerme por dentro, y cada contracción le arrancaba un gruñido.

—Dime qué eres —ordenó entre embestidas.

—Soy... soy tuya... —jadeé.

—Más fuerte. Que te oigan los vecinos.

—¡Soy tuya! —grité, y algo dentro de mí se rompió al decirlo. Algo que llevaba mucho tiempo conteniendo.

Me sacó de la mesa y me llevó al sofá. Me puso en cuatro y volvió a entrar con una embestida seca que me hizo hundir la cara en los cojines. Desde este ángulo la penetración era más profunda, más intensa. Sentía cada centímetro de él abriéndose paso dentro de mí.

Su mano se deslizó por debajo de mi cadera y encontró mi polla, dura y húmeda de líquido preseminal. Empezó a masturbarme con el mismo ritmo con el que me follaba: fuerte, sin delicadeza, sin consideración. No era una caricia, era una reclamación.

El orgasmo empezó a construirse desde un lugar profundo, como una ola que crece lejos de la costa. Sentí que todo mi cuerpo se tensaba, que los dedos de los pies se me curvaban, que la respiración se me cortaba.

—Ernesto... me voy a correr... —gemí contra los cojines.

—Córrete —dijo, y aceleró las dos manos, la que me masturbaba y las embestidas de su cadera.

Me corrí con un grito largo y roto que no reconocí como mío. Todo mi cuerpo tembló, los músculos se me contrajeron en espasmos y sentí el semen caliente saliendo a chorros sobre la tela del sofá. Las contracciones de mi orgasmo le apretaron la polla y él gruñó, acelerando todavía más.

—Joder, qué estrecha te pones cuando te corres —dijo con la voz entrecortada.

Siguió follándome durante lo que parecieron minutos, cada embestida sacudiéndome el cuerpo entero ya sensibilizado por el orgasmo. Después se retiró de golpe, me agarró del pelo y me puso de rodillas frente a él.

—Abre.

Obedecí. Se masturbó con movimientos rápidos y cortos y acabó en mi boca con un gemido grave que le salió del fondo del pecho. Caliente, espeso, amargo. Tragué lo que pude. El resto me resbaló por la comisura de los labios y me cayó por el mentón.

Se quedó de pie frente a mí, recuperando el aliento. Yo estaba de rodillas, la bata abierta, el pelo revuelto, con restos de su semen en la cara y del mío en los muslos. Probablemente era la imagen más patética y más honesta que había dado en mi vida.

—Esto queda entre nosotros —dijo mientras se subía los pantalones y se abrochaba el cinturón—. Marcos es buen chico. No tiene por qué enterarse.

Asentí sin palabras.

Se agachó y me limpió el mentón con el pulgar. Fue el gesto más tierno de toda la noche, y por alguna razón fue el que más me dolió.

—Eres increíble, ¿lo sabes? —dijo con algo que casi parecía cariño—. Me vuelves loco.

Después caminó hacia la puerta, abrió el cerrojo y se volvió una última vez.

—El miércoles Marcos llega tarde del aeropuerto, ¿no? Sobre las once. —Sonrió—. Paso a las ocho.

No esperó respuesta. Cerró la puerta y sus pasos se perdieron escaleras arriba.

***

Me quedé un rato en el suelo del salón, con la espalda apoyada contra el sofá y la mirada perdida en el techo. El cuerpo me dolía de formas que no quería analizar. La bata se me había caído del hombro y ni me molesté en subirla.

Pensé en Marcos. En su sonrisa cuando me recogía el pelo detrás de la oreja. En cómo me había acompañado a la primera consulta con la endocrinóloga, nervioso pero decidido a estar ahí. En la primera vez que me llamó Abril delante de su familia, sin dudarlo, como si siempre hubiera sido ese mi nombre.

Marcos me quería bien. Marcos me quería de la forma correcta.

Y yo acababa de dejar que su vecino me follara contra la mesa del comedor.

No va a volver a pasar, me dije mientras me levantaba del suelo y caminaba hacia la ducha.

No va a volver a pasar, me repetí mientras el agua caliente me resbalaba por el cuerpo y se llevaba los restos de todo.

No va a volver a pasar, me prometí mientras me secaba frente al espejo empañado y veía las marcas rojas de sus dedos en mi cadera.

Me metí en la cama con el pelo húmedo y el móvil en la mano. Tenía un mensaje de Marcos: un corazón y un «buenas noches, preciosa». Le contesté con otro corazón y dejé el teléfono en la mesilla.

Cerré los ojos.

El miércoles a las ocho. Eso había dicho.

Intenté no pensar en qué iba a ponerme.

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