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Relatos Ardientes

La noche que perdí mi virginidad como travesti

Te miré a los ojos cuando por fin entraste en mí.

No gritaste ni te burlaste. Solo sonreíste —esa sonrisa tranquila, casi paternal— y me secaste las lágrimas con el pulgar sin dejar de mirarme. «Ya está», dijiste. «Ya es tuyo».

Cerré los ojos. Sentí la presión de tu polla abriéndome por dentro como algo que había esperado durante toda la vida sin saber que lo esperaba. Tu peso encima del mío, caliente y sólido. Mis piernas —depiladas, suaves, envueltas en medias de encaje negro— enroscadas alrededor de tu cintura. Afuera, la ciudad seguía con su ruido habitual. Dentro de esa habitación de hotel, el tiempo se había detenido por completo.

***

Me habías escrito un lunes por la noche. Eran las diez y yo acababa de publicar un relato nuevo en el foro donde llevaba años escribiendo en secreto: historias de travestis, de feminización, de entrega a un hombre. Las escribía desde la oscuridad de mi cuarto con la puerta cerrada, y me ayudaban a sobrevivir la semana. Nadie en mi vida real sabía que existían.

Tu mensaje fue corto: «Leí lo que escribiste. Me gustó mucho. Escribes con mucha verdad».

Me ruboricé. Literal: sentí calor en la cara frente a la pantalla. Yo era solo una chica de closet con un nombre inventado —Daniela, me llamaba a mí misma en esos relatos— y de repente había alguien real al otro lado de la pantalla diciéndome que lo que escribía tenía valor.

Te respondí con timidez. Intercambiamos mensajes durante semanas. Me contaste que vivías solo en Rosario, que te atraían las travestis desde que eras joven. Me preguntaste si yo alguna vez me había vestido de verdad, más allá de la fantasía escrita. Te respondí que no. Que tenía miedo. Que no sabía si podría hacerlo fuera de la ficción.

«Podrías», me escribiste. «Y me gustaría verlo».

Un mes después me mandaste una foto. No fue de tu cara. Fue de tu verga, gruesa y erecta, con una gota de líquido preseminal brillando en la punta bajo la luz de tu cuarto. Se veía la vena hinchada corriéndote por el costado, el glande morado, el prepucio retirado hasta la base. Me quedé mirándola sin moverme durante cinco minutos, con la boca seca y las bragas ya humedecidas por debajo del pantalón de pijama. Después noté que estaba temblando y que se me había puesto dura sin darme cuenta, apretada contra la tela.

Esa noche no dormí. Me masturbé tres veces con esa foto abierta en la pantalla, imaginándome esa polla en mi boca, empujándome la garganta, escupiéndome semen en la lengua. Me corrí sobre mi propia panza y me lamí los dedos pensando en ti.

***

Tardé tres semanas más en decidirme. Mientras tanto, compramos ropa juntos a través de internet: un vestido negro ajustado con escote en V, unas medias de red finas, un conjunto de lencería de encaje en color vino tinto. Tú me guiabas entre las opciones y yo elegía. «Ese», decías. «Ese te va a quedar bien». Me hablabas como si ya me conocieras vestida, como si ya me hubieras visto caminando por el pasillo de un hotel con tacones.

Llegaron los paquetes un jueves a mediodía. Los recibí con el corazón acelerado y los abrí en el baño con la llave echada. El vestido era más suave de lo que esperaba. Las medias tenían esa textura firme y fría que solo tienen las medias de verdad. El brasier de encaje tenía un cierre trasero que me costó varios intentos, pero cuando al fin lo abroché me quedé mirándome al espejo de una manera distinta a todas las veces anteriores.

Me puse todo. Añadí la peluca castaña que había comprado por separado —larga hasta los hombros, con flequillo recto— y los zapatos de tacón bajo que guardaba desde hacía años sin haberlos usado nunca. Tardé veinte minutos en maquillarme: base, delineador en los ojos, labial rojo oscuro.

Cuando me vi en el espejo no supe qué decir.

No era que me viera perfecta. Era que me reconocí. Por primera vez en muchos años, la persona que me devolvía la mirada desde el espejo se parecía a cómo me sentía por dentro desde que tenía memoria.

Te mandé una foto. Respondiste en menos de un minuto: «Ven este fin de semana».

***

Tomé el bus un viernes por la tarde. Llevaba la ropa de mujer en una bolsa de mano, doblada y envuelta entre ropa normal para disimular en la terminal. Me hospedé en un hotel de tres estrellas cerca del centro, habitación interior, piso cuarto. Tan pronto cerré la puerta detrás de mí, me duché, me depilé las piernas con cuidado y empecé a vestirme.

Era diferente hacerlo sola, en un cuarto ajeno, sabiendo que ibas a venir. Cada prenda tenía un peso distinto que en mi habitación de siempre. Las medias subiendo por las piernas. El brasier ajustándose en la espalda. El vestido deslizándose sobre el cuerpo.

Me maquillé mejor que la primera vez. Había practicado toda la semana frente al espejo del baño, probando trazos, corrigiendo errores. Cuando me puse la peluca y me miré por última vez, me dije en voz baja: Si no lo hago ahora, no lo haré nunca.

Llamaste a la puerta a las nueve en punto.

***

Abrí sin mirar por la mirilla. Estabas ahí, más alto de lo que imaginaba de las fotos, con una camisa azul oscuro arremangada hasta los codos y el pelo algo revuelto por el viento. Me miraste despacio, de arriba abajo, tomándote el tiempo. Luego me miraste a los ojos.

—Daniela —dijiste. No como una pregunta.

—Marco —respondí, y mi voz salió más firme de lo que esperaba.

Pasaste. Cerraste la puerta detrás de ti. Y sin decir nada más me tomaste de la barbilla con dos dedos, inclinaste mi cara hacia la tuya y me besaste.

Fue el primer beso que le daba a un hombre en mi vida.

No me asusté. Me sorprendió lo contrario: lo natural que se sintió. Tu boca era cálida, tu lengua se abrió paso entre mis labios y buscó la mía con una firmeza tranquila, sin prisa. Tu mano pasó de mi barbilla a mi cuello, y ese gesto —esa posesión tranquila, sin urgencia— me hizo cerrar los ojos y abandonarme por completo. Sentí que la otra mano bajaba, me apretaba la cadera por encima del vestido, y me subía hasta el culo apretado por la lencería. Ahí la dejaste, apretándome contra tu cuerpo, y ya con la primera fricción noté tu bulto duro contra mi vientre, marcado bajo el pantalón.

Nos sentamos en el borde de la cama y hablamos un rato, quizás media hora, quizás menos, como si lleváramos meses conociéndonos en persona y no solo en pantalla. Me preguntaste si estaba segura. Te dije que sí. Me preguntaste si tenía miedo. Te dije que también, pero que quería seguir de todas formas.

«Eso es suficiente», dijiste.

***

Me desvestiste con calma. Primero los zapatos —los tomaste en tus manos y los pusiste con cuidado en el suelo, como si fueran algo valioso— y después el vestido, que subiste por encima de mi cabeza con movimientos lentos, sin apuro. Me quedé frente a ti en lencería y medias. El corazón me latía en la garganta. Sentí también mi propia polla, dura, apretada dentro de las bragas de encaje vino tinto, marcándose de forma obvia contra la tela mojada por la punta.

Me miraste durante unos segundos sin tocarme. Solo mirándome. Eso fue lo más íntimo hasta entonces: que me miraras así, con atención, como si quisieras registrar cada detalle de lo que tenías delante. Después me pusiste una mano en el pecho, por encima del brasier, y con la otra me acariciaste la polla por encima del encaje. Gemí bajito, sin querer. Se me escapó.

—Tan mojada ya —dijiste, y me pasaste el dedo por la mancha húmeda de la tela.

Me llevaste la mano a tu bragueta y me hiciste desabrocharte el pantalón. Yo estaba temblando. Te bajé la ropa hasta las rodillas y ahí la vi de cerca, por primera vez fuera de la pantalla: gruesa, larga, marcada de venas, curvada un poco hacia arriba, con el glande grande y brillante. Se me hizo agua la boca literal, tragué saliva.

Me arrodillé sin que me lo pidieras. No sé de dónde vino ese impulso: tal vez de haberlo imaginado cien veces, tal vez de algo más antiguo que la imaginación. La tomé con la mano por la base y la sostuve un momento, sintiéndola pesada, caliente, viva. Le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, lento, saboreando el gusto salado del preseminal. Después me la metí en la boca.

Era más grande de lo que podía manejar. Me llenó la boca entera, me apretó la lengua contra el paladar. Intenté meterla más adentro y me di con el fondo de la garganta, tosí, se me llenaron los ojos de agua otra vez. Retrocedí, respiré por la nariz y volví a bajar, más despacio, aprendiendo. Encontré el ritmo poco a poco. Chupaba la punta, la sacaba, le pasaba la lengua por la parte de abajo del glande, la volvía a meter. La saliva me chorreaba por la barbilla y goteaba sobre el brasier de encaje. No me importaba. Me sentía perfectamente en mi lugar arrodillada frente a ti con tu polla en la boca.

Pusiste la mano en mi cabeza, suave, sin presionar. Solo guiando. Me hablaste con voz ronca:

—Así, Daniela. Chúpamela así. Mírame mientras me la chupas.

Levanté los ojos sin sacártela de la boca. Me miraste desde arriba y sonreíste, y ver esa sonrisa con tu verga hundida entre mis labios pintados de rojo fue una de las cosas más eróticas que había sentido nunca. Se me escapó un gemido con la boca llena y noté cómo tu polla se hinchó todavía más contra mi lengua.

Empezaste a empujar tú, con cuidado. Metiéndola un poco más profundo con cada envión, marcando el ritmo, dejándome respirar cuando lo necesitaba. Me follaste la boca así durante varios minutos, con la mano firme en mi nuca. Yo tragaba saliva, se me corría el labial por toda la cara, se me humedecían los ojos, y cada vez que sacabas la polla para dejarme respirar yo abría la boca y sacaba la lengua pidiendo más.

Cuando sentiste que empezabas a acercarte, la sacaste del todo.

—Todavía no —dijiste—. Todavía no me quiero correr.

Me levantaste y me pusiste boca arriba sobre la cama —el brasier de encaje todavía puesto, la peluca algo corrida, el labial corrido— y supe que eso era exactamente lo que había querido siempre sin haberlo podido nombrar hasta entonces.

***

Me quitaste las bragas despacio, deslizándolas por las piernas por encima de las medias sin quitármelas. Mi polla saltó libre contra mi vientre, dura, chorreando ya sobre mi propia piel. Ni la miraste. No te interesaba esa parte de mí y a mí tampoco en ese momento. Me abriste las piernas, me las levantaste, me pusiste una almohada bajo el culo. Me quedé expuesta ante ti, con el agujero al aire, temblando de nervios y de ganas.

Habías traído lo necesario. Sacaste el frasco de lubricante, te echaste una cantidad generosa en los dedos, y me tocaste ahí abajo por primera vez. Frío. Me estremecí. Después caliente, cuando tu dedo empezó a dar vueltas alrededor de mi entrada, presionando apenas, aflojándome.

Fuiste despacio. Eso lo voy a recordar siempre: que fuiste despacio.

Primero con un dedo, hundiéndolo hasta el fondo, sacándolo, volviéndolo a meter. Me quejé un poco al principio, pero enseguida me acostumbré y empecé a empujar la cadera contra tu mano, pidiendo más. Me metiste el segundo. Ahí sí me dolió, se me escapó un gemido agudo, pero no paraste, y ese ardor se fue transformando en algo distinto, en un cosquilleo profundo que me hizo arquear la espalda. Cuando encontraste el punto —ese punto que yo apenas sabía que existía en mi propio cuerpo— grité. Grité de verdad, sin poder controlarlo. Sonreíste.

—Ahí lo tienes —dijiste—. Te va a gustar.

Me pusiste tres dedos. Ya estaba abierta, resbalosa, chorreando lubricante por el culo y por los muslos. Me follaste con los dedos durante lo que se me hicieron horas, empujándome hasta el borde y aguantándome ahí sin dejarme correr. Yo pedía. Yo pedía en voz alta, con palabras que nunca había dicho antes.

—Métemela ya, por favor. Métemela. Quiero sentirla adentro. Fóllame ya, por favor.

Te reíste bajito.

—Qué boca tienes, Daniela.

Te pusiste el condón. Te echaste más lubricante en la polla, apoyaste la punta contra mi agujero, y empezaste a entrar.

Gemí. El dolor fue real, agudo, imposible de ignorar. Tu polla era demasiado grande para mí, sentí que me partías en dos, que el cuerpo entero se me abría con violencia. Pero debajo del dolor había otra cosa que no tenía nombre exacto, una especie de completud, como si algo que siempre había faltado en mi cuerpo estuviera por fin en su lugar. Te detuviste a mitad.

—¿Seguimos? —preguntaste.

—Sigue —dije entre dientes, con los ojos cerrados y las manos aferradas a las sábanas—. No pares. Métemela toda.

Empujaste un poco más. Sentí cómo mi cuerpo cedía, cómo algo que había estado cerrado durante toda mi vida se abría para dejarte pasar. Centímetro a centímetro. Cuando por fin tus huevos golpearon contra mi culo supe que ya la tenías toda dentro, y me quedé un momento sin respirar, sintiéndote latir en el fondo de mí.

Las lágrimas me salieron solas, sin que yo las llamara, no de sufrimiento sino de esa mezcla extraña de dolor y realidad: esto estaba pasando, de verdad estaba pasando, aquí, en esta cama, con la peluca corrida y el corazón a mil, con la polla de un hombre enterrada hasta el fondo de mi culo por primera vez en la vida.

Me secaste las lágrimas con el pulgar. «Ya está», dijiste. «Ya es tuyo».

Y sonreíste.

***

No sé cuánto duró. El tiempo dejó de funcionar con normalidad en algún punto. La habitación ya estaba oscura cuando tomaste ritmo, y yo había dejado de sentir el dolor como dolor. Solo sentía el movimiento, el peso de tu cuerpo encima del mío, el sonido de tu respiración acelerándose junto a mi oído, y el chapoteo húmedo de tu polla entrando y saliendo de mi culo.

Empezaste lento, con envíos largos y profundos, sacándomela casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo. Después subiste el ritmo. Me follabas con fuerza, la cama crujía debajo de nosotros, mis piernas enfundadas en medias temblaban en el aire cada vez que golpeabas contra mi culo. Sentía tus huevos chocando contra la parte de abajo de mi cuerpo con cada envión. Sentía tus dedos clavándose en mis muslos, sujetándome abierta.

Me giraste. Me pusiste de lado, con una pierna arriba, y me la volviste a meter en esa posición. Ahí la sentí distinta, tocándome en otro lugar, y me estremecí entera. Después me pusiste boca abajo, me levantaste el culo, me lo abriste con las dos manos y me la enterraste desde atrás. Yo agarraba la almohada con las dos manos y mordía la funda para no gritar tan fuerte que se oyera en el pasillo. Me la clavabas con fuerza, rítmicamente, sin darme respiro, y yo empujaba el culo hacia atrás contra tus caderas pidiendo más.

Me hablaste. Me dijiste cosas que no había oído nunca. Yo te respondí con palabras que no había dicho en voz alta jamás, ni siquiera a solas en los momentos más íntimos de mi cuarto.

—Eres una putita —me dijiste, apretándome la cadera con las dos manos—. Mi putita. Dilo.

—Soy tu putita —gemí contra la almohada—. Soy tu putita, tuya, fóllame.

—¿De quién es este culo?

—Tuyo. Es tuyo. Todo tuyo.

Que eras mío, que yo era tuya, que quería sentirte más adentro, que nunca quería que pararas. Las decía y me las creía del todo. Con cada envión se me escapaba mi propia polla, dura y chorreando entre mi vientre y las sábanas, rozándose sola contra la tela sin que yo la tocara.

Me pusiste otra vez boca arriba. Querías verme la cara. Me levantaste las piernas y las apoyaste sobre tus hombros, plegándome casi en dos, y ahí volviste a metérmela hasta el fondo. Desde ese ángulo me golpeabas justo en el punto que me hacía gritar. Yo apretaba el brasier con las manos, tiraba de mi propia peluca, movía la cabeza de un lado a otro. Sin tocarme la polla, sin poder aguantarme, sentí que se me acumulaba todo abajo, en algún lugar del culo, en algún lugar más profundo, y de golpe me corrí. Me corrí solo con tu polla dentro, sin haberme tocado ni una vez, chorreándome semen espeso sobre el propio vientre y sobre el brasier de encaje. Se me contrajo todo por dentro y te apreté con el culo hasta hacerte gemir.

—Joder —dijiste—. Joder, Daniela, así.

Cuando llegaste al límite te oí gemir —un sonido bajo y contenido que vino desde el fondo del pecho— empujaste con fuerza dos, tres veces más, hundiéndote hasta el fondo, y sentí el calor dentro de mí, intenso y real. Sentí latir tu polla dentro de mi culo, escupiendo su carga a través del condón, dos veces, tres. Me aferré a tu espalda con las dos manos, le clavé las uñas. Cerré los ojos.

Te quedaste dentro un buen rato después de correrte, sin sacármela, dejando que la sintiera ablandarse poco a poco dentro de mí. Nos quedamos quietos. Tu peso encima mío, la habitación en silencio, el ruido de la calle filtrándose desde afuera. Cuando por fin te la sacaste, sentí un vacío raro, como una ausencia, y me di cuenta de que ya no iba a poder estar del todo llena de otra manera.

—¿Estás bien? —preguntaste.

Tardé un momento en responder.

—Estoy bien —dije. Y era verdad.

***

Estoy escribiendo esto tres días después, sentada en la misma silla donde paso las noches de siempre. La peluca está colgada en la percha detrás de la puerta. El vestido, doblado dentro de la bolsa de viaje. Las medias las lavé a mano y las dejé secando en el baño, colgadas del borde de la ducha.

No sé bien qué soy ahora. Sé que no soy lo mismo que era el jueves antes de tomar ese bus.

Daniela existe de otra manera desde entonces. Dejó de ser solo un nombre que escribía en los relatos de un foro que nadie lee. Ahora es alguien que estuvo en una habitación de hotel en Rosario un viernes de otoño y abrió la puerta con tacones puestos cuando llamaron. Alguien que se arrodilló frente a un hombre por primera vez y aprendió a chupar una polla con la boca llena de labial corrido. Alguien que lloró y no se arrepintió de nada.

Me escribiste ayer: «¿Cuándo vuelves?».

Aún no te he respondido. Pero ya sé la respuesta.

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Valora este relato

Comentarios(9)

LorenzoBarco

Increible!!! me encanto de principio a fin, de los mejores que lei en mucho tiempo.

ValentinaR33

Hermoso relato, se siente muy autentico. Seguí escribiendo por favor!

DiegoBsAs

Muy bueno, se hizo corto. Queremos continuacion!!

CuriosoNocturno

Que buen relato, me quede con ganas de saber como siguio esa noche entera.

NoraCba21

Me llegó mucho esto, gracias por animarte a compartirlo. Es de los mejores que lei aca.

TobiasEros

excelente!! de los mejores de la categoria sin dudas

Marce_cba

La descripcion del momento antes de abrir la puerta me metio de lleno en la historia. Muy bien narrado, se nota que es genuino.

LunaR

Ay que lindo!!! espero que haya segunda parte :)

SoledadBA

Buenisimo, me recordó cosas personales jaja. Gracias por este tipo de historias.

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