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Relatos Ardientes

La travesti que cambió el rumbo de mi viaje

Mi marido llevaba meses insistiendo en repetir la noche con Daniela. Yo siempre encontraba alguna excusa: el trabajo, el cansancio, que no era el momento. La verdad es que me daba miedo no estar a la altura de lo que recordaba, de aquella primera vez en Valencia hace ya casi un año.

Daniela es una amiga de hace mucho tiempo. Mi marido la conoció a través de mí, y desde aquella noche nunca la volvimos a ver. Nos habíamos cruzado mensajes de vez en cuando, lo justo para no perder el hilo, pero ninguno de los dos había dado el paso.

El viaje a Alicante llegó sin esperarlo. Una amiga mía, Marta —que no tiene nada que ver con esta historia—, tuvo un accidente de coche y terminó hospitalizada. Nada grave, al final, pero el susto fue mayúsculo. Aproveché que tenía que ir hacia el sur para hacer una parada en Valencia. Le escribí a Daniela un miércoles por la tarde y quedamos en vernos esa misma noche.

Me alojé en un hostal pequeño del barrio del Carmen. No era gran cosa, pero estaba bien situado y limpio. Dejé la maleta, me cambié de ropa y cogí el metro hacia el bar donde habíamos quedado.

***

Llegué pronto. Daniela siempre llega tarde; lo sabe y no lo cambia, dice que es parte de su carácter.

El bar era de esos sitios que tienen más vida cuando anochece. Poca luz, música a un volumen justo para que se pueda hablar sin gritar. Me instalé en la barra con una copa de vino y empecé a mirar alrededor. No tardé en notar el ambiente: era uno de esos locales donde la mayoría de la clientela llegaba en pareja, y la mayoría de esas parejas eran de mujeres.

Llevaba unos diez minutos sola cuando una chica se sentó en el taburete de al lado.

—¿Te importa? —preguntó, señalando el espacio.

—Para nada —dije.

Era joven, probablemente diez años menos que yo. Pelo corto, oscuro, una camiseta negra y unos vaqueros ajustados. Tenía esa manera de sentarse que tienen las personas que se sienten cómodas en cualquier sitio. Se pidió algo en la barra y se volvió hacia mí con una sonrisa directa.

—Vienes mucho por aquí.

No era una pregunta.

—Primera vez —dije.

—Se nota —respondió, pero sin mala intención—. Estás mirando todo como si estuvieras catalogando.

Me reí. Tenía razón.

Se llamaba Lucía. Vivía en Valencia desde hacía tres años, trabajaba en diseño gráfico, y era evidentemente lesbiana en la manera en que no necesitaba decirlo. Me preguntó si estaba casada. Señaló mi anillo sin levantar la mano, solo con los ojos.

—Sí —dije.

—¿Y estás esperando a alguien?

—A una amiga.

—Bien —dijo, como si eso cerrara alguna duda que tenía.

Seguimos hablando. Me preguntó si había estado con alguna mujer. Le dije que sí, aunque no entré en detalles. Ella asintió, sin hacer un drama de nada.

***

Daniela llegó veinte minutos tarde, que para ella es casi puntual.

La vi entrar desde la barra y entendí por qué mi marido no podía quitársela de la cabeza. Llevaba un vestido verde que le quedaba perfectamente, el pelo recogido, unos tacones que manejaba como si hubiera nacido con ellos. Era alta, espigada, con ese tipo de presencia que hace que la gente gire la cabeza sin saber muy bien por qué.

Me dio dos besos y un abrazo fuerte. Le presenté a Lucía, que la miró de arriba abajo con una expresión que yo reconocí perfectamente porque era la misma que yo había tenido la primera vez que la vi.

Daniela le ofreció quedarse con nosotras. Lucía aceptó sin pensárselo.

Pedimos otra ronda y la conversación se volvió fácil, de esas que no tienen un tema central porque saltan de un sitio a otro y siempre tienen gracia. Reímos bastante. Lucía era lista y se adaptó rápido al ritmo de Daniela, que tiene un sentido del humor particular, seco, que no todo el mundo entiende a la primera.

Le dije a Daniela, en un momento en que Lucía fue al baño, que tenía pensado darle una sorpresa a mi marido llegando antes de lo previsto. Que si ella podría venir conmigo un par de días a casa.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Pasado mañana.

—Cuéntame más —dijo, con esa sonrisa suya que significa que ya está pensando.

Cuando Lucía volvió, algo en la dinámica entre Daniela y yo debió resultar evidente. Nos miró a las dos con una ceja levantada.

—¿Me estáis ocultando algo?

—Puede —dijo Daniela.

Lucía arqueó la ceja un poco más. Luego, sin que yo lo viera venir, posó la mano sobre el muslo de Daniela por debajo de la barra. Era un gesto instintivo, casi sin darse cuenta. La mano ascendió un poco, sus dedos encontraron algo que no esperaban, y su expresión cambió despacio: de curiosidad a comprensión, y de comprensión a algo que no sabría definir bien. No apartó la mano.

Daniela no se movió. Solo la miró.

—¿Sorprendida? —le preguntó.

—Un poco —admitió Lucía, y no parecía mentir.

Yo puse mi mano encima de la de Lucía, sobre el muslo de Daniela. Las tres nos miramos un momento en silencio.

***

Cenamos en un restaurante a tres manzanas del bar. Pedimos de todo, abrimos una botella de vino, y la conversación fue tomando temperatura sin que nadie lo forzara. Lucía nos hizo preguntas directas sobre cómo nos habíamos conocido Daniela y yo, y le conté lo suficiente para que entendiera el contexto sin entrar en los detalles más explícitos.

—Entonces tu marido sabe que estás aquí —dijo Lucía.

—No exactamente —respondí.

Ella se rio.

Daniela propuso, al terminar los postres, que nos fuéramos a un sitio que conocía. Describió el lugar como «íntimo y discreto». Lucía y yo nos miramos.

—¿Qué tipo de sitio? —preguntó Lucía.

—Ya lo verás —dijo Daniela.

Era un edificio de fachada anónima en una calle tranquila del centro. Nos abrió la puerta una mujer de unos cincuenta años con el aspecto de alguien que ha visto de todo y no se escandaliza con nada. Habló un momento con Daniela, nos hizo pasar por un pasillo con poca luz, y nos dejó en una habitación grande.

La habitación tenía una cama enorme en el centro, un pequeño mueble bar en un rincón, y un cuarto de baño con una bañera circular que ocupaba casi toda la pared del fondo. Las luces eran cálidas y regulables. No había nada ordinario en el sitio.

Daniela descorchó una botella de cava que estaba sobre el mueble bar. Brindamos sin decir nada.

—¿Alguien se arrepiente de estar aquí? —preguntó.

Nadie respondió que sí.

***

Daniela puso música desde su teléfono y empezó a moverse despacio, sin apartar los ojos de nosotras. No era un striptease ensayado; era algo más natural que eso, la manera en que alguien se mueve cuando sabe que le están mirando y le gusta.

Lucía estaba sentada a mi lado en el sofá. La noté tensa, pero no de nervios: de anticipación. Yo conocía esa diferencia.

Cuando Daniela se quitó el vestido, Lucía contuvo la respiración un instante. Daniela llevaba ropa interior negra, un cuerpo largo y bien proporcionado, el pecho firme y generoso. Se acercó a nosotras y se sentó en el borde de la mesa de centro, frente al sofá, con las manos sobre los muslos.

Lucía fue la primera en moverse. Se inclinó hacia mí y me besó. Tenía los labios fríos del cava y las manos calientes. Una de ellas encontró mi pecho y la otra fue directamente a mi rodilla, subiendo despacio por el interior del muslo.

Yo le correspondí. La desabroché sin prisa, moviéndome por instinto más que por plan. Daniela nos miraba desde el borde de la mesa, con la respiración más corta.

La tumbé sobre el sofá y me arrodillé entre sus piernas. La ropa fue desapareciendo sin dramatismo. Cuando la toqué, ya estaba muy húmeda, y sus caderas respondieron antes de que yo terminara de encontrar el ritmo con los dedos.

Daniela se puso de pie, se bajó la ropa interior, y se acercó a nosotras. Lucía, desde donde estaba, la vio entera por primera vez. La miró un momento, sin decir nada, y luego alargó la mano hacia ella.

Yo me incorporé un poco. Agarré a Daniela por las caderas y la acerqué más. Me la metí en la boca con ganas, con esa mezcla de familiaridad y deseo que no había olvidado en todo el año. La recorrí con la lengua de la base a la punta, despacio, disfrutando de su textura y de su calor.

—Ven tú también —le dije a Lucía.

Se acercó titubeando, pero sin miedo. Puso los labios sobre la punta, probando. Luego abrió más la boca y fue ganando terreno. Entre las dos la trabajamos sin parar: yo la base, ella la punta, o al revés, cambiando sin coordinarlo. Nuestras lenguas se encontraban en el centro de vez en cuando.

Daniela aguantó un rato. Luego no aguantó más.

Se corrió sobre nuestras bocas. Lucía recibió la mayor parte, se tragó lo que pudo y me miró con una expresión entre el asombro y algo que se parecía mucho al orgullo. Nos besamos después, las dos, con el sabor de Daniela todavía presente en las lenguas.

***

Lo que vino después fue sin prisa.

Daniela me recostó sobre el sofá y se puso entre mis piernas. Su boca encontró el centro sin rodeos: directa, sin preámbulos, con la precisión de quien ya sabe por dónde ir. Lucía se puso a horcajadas sobre mi cara, de espaldas a Daniela, y yo la recibí con la lengua.

Era la primera vez que probaba a otra mujer de esa manera. Tenía un sabor limpio, intenso, diferente a lo que esperaba. Me costó concentrarme porque Daniela no me daba tregua: la lengua, los labios, los dientes aplicados con mucho cuidado justo cuando más lo necesitaba.

Llegué al orgasmo primero. Unos segundos después, con las manos de Lucía aferradas a mis cabellos, ella también.

Las tres quedamos quietas un momento, recuperando el aliento.

—La bañera —dijo Daniela.

***

El cuarto de baño tenía la luz más suave que el resto de la habitación. Nos metimos las tres en la bañera circular, que era más que suficiente para lo que teníamos en mente. El agua caliente relajó algo que no sabía que llevaba tenso.

Daniela me colocó apoyada sobre el borde de la bañera, inclinada hacia delante, con las rodillas en el fondo. Empezó por la lengua: primero mi vagina, despacio, y luego más arriba, recorriéndome entera. Lucía, arrodillada al lado, me miraba con los ojos muy abiertos y la mano entre sus propias piernas.

Cuando sentí apoyar la punta en la entrada de mi ano, me detuve un segundo y luego empujé hacia atrás, abriéndome para recibirla. Entró despacio, con paciencia, dejando que el cuerpo se adaptara antes de continuar. Cuando estuvo dentro del todo, los empujes empezaron con un ritmo que fue creciendo hasta que no pude pensar en nada más.

Me corrí con una intensidad que me dejó sin palabras. Daniela salió despacio, con cuidado.

Lucía pidió lo mismo, pero que tuviéramos paciencia con ella. La preparé primero con los dedos, con tiempo, sin prisa, mientras Daniela la besaba en el cuello y en los hombros. Luego guié a Daniela hacia ella, apuntando con la mano. Fue un proceso lento, con paradas y ajustes, hasta que los sonidos de Lucía cambiaron de tono: dejaron de ser de incomodidad y se convirtieron en algo completamente diferente.

Se corrió dos veces antes de que Daniela saliera.

Las dos nos arrodillamos frente a ella en el borde de la bañera, agotadas y sin pudor, y la recibimos juntas hasta el final.

***

Pasamos el resto de la noche en la cama grande. Dormimos poco y sin horario fijo, entre conversaciones cortas y silencios largos. Por la mañana, antes de que hubiera luz suficiente entrando por las persianas, me desperté con la mano de Lucía sobre mi cadera y los ojos de Daniela abiertos, mirando el techo.

—¿Estás pensando en algo? —le pregunté en voz baja.

—Estoy pensando que la sorpresa de tu marido va a ser difícil de superar —dijo.

Me reí para no despertar a Lucía.

Nos duchamos, desayunamos algo cerca del barrio, y nos despedimos de Lucía en la acera. Me dio su número de teléfono. Daniela le dio dos besos y le dijo que había sido un placer conocerla de verdad. Lucía nos miró a las dos un momento antes de echar a andar.

Cogí el coche hacia Alicante con las ventanillas bajadas. Le envié un mensaje a mi marido: «Llego mañana por la noche, no antes».

Mentira.

Llegaría esa misma tarde. Y no llegaría sola.

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Comentarios (5)

MoraSur19

buenisimo!!!! me encantó

viajera_sinretorno

Que historia tan inesperada jaja, me quede con ganas de saber mas. Por favor continuá!!

Lauri_mdp

Lo lei de un tirón. Que relato tan atrapante, no me esperaba ese giro para nada

RubenMDZ

¿Y como termino todo al otro dia? juro que necesito una segunda parte. Saludos desde Mendoza

CarlosTraveler

uno de los mejores que lei aca, de verdad. gracias por compartirlo

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