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Relatos Ardientes

La primera vez que me hicieron mujer

Me llamo Vero, y durante años guardé un secreto que solo existía dentro de mi armario: me encantaba vestirme de mujer. No era algo que pudiera explicar fácilmente, pero la ropa femenina tenía una textura, una suavidad, que no encontraba en ninguna otra parte. Las tangas, las medias, las faldas que se ajustaban a mis caderas — todo eso despertaba en mí algo que no sabía cómo nombrar y que, durante mucho tiempo, preferí no nombrar.

Soy delgado, de piel clara y rasgos finos. Siempre lo supe. También supe, desde chico, que podía transformarme en algo que me gustaba más de lo que era. Cuando quedaba solo en casa, hurgaba en el guardarropa de mi hermana mayor y me probaba lo que encontraba. Primero con vergüenza, después con algo parecido a la alegría. Muchas veces terminaba con la tanga puesta y la mano metida adentro, masturbándome despacio frente al espejo, viendo cómo la seda se me manchaba con el líquido claro que me chorreaba de la punta de la polla.

Con el tiempo y algo de independencia, empecé a comprar mi propia ropa. Poco a poco: primero unas medias, después una tanga, después un conjunto completo. Ahorré hasta tener una peluca castaña que me llegaba a los hombros, maquillaje de buena calidad y tres faldas que me quedaban como si hubieran sido hechas para mí. Me miraba al espejo vestida así y sentía que era yo, más yo que en cualquier otro momento del día.

Pero quería más. Quería que alguien me viera así. Que alguien me tratara como lo que era en esos momentos: una mujer. Quería una polla ajena en la boca, en el culo, quería que un hombre me follara con la peluca puesta y me llenara de semen.

***

Empecé a explorar foros y redes específicas. Perfiles de hombres que buscaban travestis, que conocían ese mundo, que sabían de qué se trataba sin necesidad de explicaciones. Al principio me limité a mirar. Después creé un perfil discreto con fotos de medio cuerpo, sin mostrar la cara. Las respuestas llegaron rápido — demasiado rápido, y la mayoría no me convencieron.

Hasta que apareció el mensaje de Marcelo.

Era diferente. No empezaba con una foto obscena ni con una propuesta directa. Era un hombre de cuarenta y tantos, escribía bien, se presentó con nombre y con calma. Decía que tenía experiencia con chicas como yo y que lo que más le importaba era que me sintiera cómoda. Intercambiamos mensajes durante varias semanas. Me hablaba de su departamento, de que vivía solo, de que había aprendido a leer a la gente y que sabía esperar.

No me presionó una sola vez.

Eso fue lo que terminó de convencerme.

***

Le dije que sí un jueves por la noche. Quedamos para el sábado siguiente, a las cuatro de la tarde. Él me confirmó la dirección y me dijo que podía cambiarme en su casa si prefería llegar como chico. No tuve que pensarlo mucho: la idea de cruzar la ciudad vestida todavía me superaba. Iría con todo en la mochila y me convertiría allá.

El viernes no dormí bien. Me la pasé mirando el techo, repasando mentalmente lo que iba a ponerme. Al final me decidí por una falda negra ajustada que me llegaba a mitad del muslo, tanga de encaje roja, portaligas, medias negras y unos botines de taco que me habían costado una fortuna pero que hacían que mis piernas parecieran interminables. Arriba, un corpiño con relleno y una blusa entallada con escote en V. La peluca castaña, ondulada, cayendo sobre los hombros.

Lo dejé todo doblado con cuidado en la mochila y traté de dormir.

***

El sábado me desperté temprano. Revisé el bolso tres veces. Le mandé un mensaje a Marcelo diciéndole que iba en camino y salí a la calle a buscar un taxi.

Mientras avanzábamos entre el tráfico, con la mochila sobre las rodillas y las manos entrelazadas para que no se notara que me temblaban, sentí algo difícil de describir. No era solo nervios. Era anticipación, expectativa, una especie de hambre que llevaba años acumulándose y que ese día iba a satisfacerse de verdad. Por fin iba a pasar. Por fin iba a tener una verga adentro.

El taxi paró frente a un edificio de ladrillos en una calle tranquila. Pagué, bajé, y me quedé un momento en la vereda mirando el portero eléctrico. Me imaginé dando media vuelta y volviendo a casa. Me imaginé el departamento vacío, la peluca guardada en su caja, otra noche mirando el techo.

No. Toqué el timbre.

***

Marcelo abrió la puerta casi enseguida. Era exactamente como me lo había imaginado: alto, con barba prolija entrecana y una tranquilidad en la manera de moverse que me hizo sentir menos expuesta de lo que esperaba. Llevaba una camisa azul arremangada hasta los codos y sonreía sin exagerar.

—Qué bueno que viniste —dijo, y me hizo pasar.

El departamento era ordenado y luminoso. Había música suave de fondo, algo instrumental que no reconocí. Me señaló el sillón y fue a buscar algo de tomar. Volvió con dos vasos de agua con gas y me dijo que el baño estaba al fondo del pasillo, que me tomara todo el tiempo que necesitara.

Tomé la mochila y fui.

***

El baño era amplio y tenía buena luz. Me lo agradecí en silencio. Me desvistí despacio, me puse la tanga, ajusté el portaligas, estiré bien las medias para que no quedaran arrugas. Después el corpiño, la blusa. Me senté en el borde de la bañera para ponerme los botines y los até gancho por gancho, disfrutando del proceso sin apurarme.

Después el maquillaje. Base, corrector, sombra ahumada, delineador. Máscara de pestañas. Un labial en tono rosa oscuro que me gustaba porque era serio sin ser agresivo. Finalmente, la peluca: la ajusté con cuidado, la peiné un poco con los dedos y me miré al espejo.

La chica del espejo me devolvió la mirada.

Sonreí. Ella también sonrió.

Abrí la puerta y caminé por el pasillo hacia el living, haciendo sonar los tacones sobre el parquet.

***

Marcelo estaba de pie junto a la ventana. Al escuchar mis pasos se dio vuelta, y lo que cruzó por su cara no fue sorpresa sino aprobación. Una aprobación lenta y genuina que me recorrió de arriba abajo antes de que dijera nada.

—Qué bien te queda todo —dijo al fin—. Sos una puta preciosa.

Era una frase sencilla, pero era exactamente lo que necesitaba escuchar. Sentí algo aflojarse en el pecho, y algo más apretarse debajo de la falda.

Se acercó. Me tomó de las manos, me hizo girar despacio, como si quisiera verme desde todos los ángulos. Después se paró detrás de mí, me puso las manos en los hombros y me habló cerca del oído:

—¿Estás cómoda?

—Sí —contesté. Y era verdad.

Sus labios encontraron mi cuello. Primero suaves, explorando, después más húmedos, chupando la piel debajo de la oreja hasta que se me erizaron los brazos. Yo cerré los ojos y me apoyé un poco contra él, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la blusa. Y sentí algo más: el bulto duro de su verga apretándose contra mi culo por encima de la falda. Ya la tenía parada, y era grande. Me la restregó despacio, marcando el volumen, dejándome saber lo que me esperaba.

Sus manos bajaron lentamente desde los hombros hasta la cintura, me rodearon, me acercaron más. Una subió al escote, encontró el corpiño relleno y me apretó una teta postiza como si fuera de carne. La otra bajó hasta la falda, me la levantó despacio y me tomó del culo por encima de la tanga de encaje, apretándome fuerte. Podía sentir que le gustaba lo que veía, lo que tocaba. Eso me encendió más que cualquier otra cosa.

—Qué culo tenés, nena —murmuró contra mi cuello—. Te lo voy a romper.

Se me escapó un gemido. No lo pude evitar.

Me giró y nos besamos. Fue un beso largo, sin apuro, con lengua, con él tomándome de la nuca. Mientras me besaba me metió la mano debajo de la falda por adelante y encontró mi polla dura debajo de la tanga. La apretó por encima del encaje, la manoseó con conocimiento, y yo gemí dentro de su boca. Me olvidé de los nervios. Me olvidé de todo.

***

Me llevó al sillón y me hizo sentar en sus piernas. Me acariciaba el muslo por encima de las medias mientras me besaba el cuello de nuevo, y yo me dejaba llevar, con las manos apoyadas en sus antebrazos. Sentía su verga dura debajo de mi culo, separada por dos telas y por nada más. Me moví apenas, restregándome contra ella, y él soltó una risa baja.

—Puta desde el primer minuto —dijo—. Así me gusta.

Entonces me tomó suavemente de la barbilla, me miró a los ojos y me dijo con voz baja:

—Arrodíllate.

No lo dijo como una orden brusca. Lo dijo como quien sabe que va a ser obedecido porque lo que propone es lo que las dos partes quieren. Me bajé del sillón y me arrodillé frente a él en la alfombra, con la falda cayendo a mis costados y los tacones apoyados en el suelo.

Él se recostó un poco y esperó.

Entendí. Le desabroché el cinturón, le bajé el cierre, le saqué el pantalón con cuidado. Cuando le bajé la ropa interior, su verga saltó frente a mi cara, ya completamente dura, gruesa, con las venas marcadas y la punta hinchada y brillante. Era grande, más de lo que había imaginado. Se me hizo agua la boca.

La tomé con ambas manos. Una no le cubría toda la base. La observé un segundo, hipnotizada, y después saqué la lengua y la pasé despacio por la punta, probando, aprendiendo. Recogí la gota de líquido preseminal que le colgaba del glande y la saboreé. Tenía un sabor limpio, salado, cálido. Le pasé la lengua otra vez, más lento, desde la base hasta la punta, siguiendo la vena gorda que le corría por debajo, y escuché cómo él respiraba un poco más hondo.

—Así, nena. Chupála bien.

Le hice caso. Abrí la boca y me la metí entera hasta donde pude. Primero la mitad, acostumbrando la garganta al grosor, encontrando el ritmo. Subía y bajaba despacio, cerrando los labios firmes alrededor del tronco, dejando que la saliva chorreara para lubricar mejor. Después más profundo. Sentí el glande golpearme el fondo del paladar y seguí bajando hasta que las arcadas me hicieron parar.

Respiré por la nariz, la mantuve adentro, forcé la garganta a abrirse. Él no me forzaba: dejaba que yo marcara el paso, que encontrara lo que podía y lo que no. Solo me puso una mano en la peluca, sin empujar, acompañando. Cuando llegué hasta la base y lo mantuve así unos segundos con la nariz apretada contra su pubis, escuché un sonido bajo y satisfecho que salió de él sin que lo buscara.

Volví a subir, tomé aire, escupí encima de la verga para lubricarla más y me la volví a tragar. Aumenté el ritmo. Chupaba con hambre, con los labios pintados manchándose alrededor, con hilos de saliva colgándome de la barbilla, con las tetas postizas del corpiño temblando cada vez que subía y bajaba la cabeza. Ya no pensaba en nada más. Solo quería que estuviera dura, más dura, más gruesa, más lista para meterse adentro mío.

Le pasé la lengua por los huevos, uno y después el otro, chupándoselos despacio mientras le hacía una paja con la mano. Volví a la punta, la lamí en círculos, la mordisqueé apenas con los labios. Él me miraba con la mandíbula apretada.

—Qué bien la chupás. Sos una puta natural.

Le sonreí con la verga entre los labios y me la volví a tragar entera.

***

Antes de que terminara me detuvo. Me tomó de los hombros, me levantó con cuidado y me llevó al dormitorio, casi arrastrándome del pelo por la peluca. La cama era grande, con sábanas claras. Me hizo sentar al borde, me arrancó la blusa desabotonándola de dos tirones, me sacó el corpiño y quedé con las tetillas al aire, los pezones duros y rosados. Se agachó y me los chupó uno por uno, mordiéndolos apenas, mientras yo le acariciaba la cabeza. Después fue a buscar un frasco de lubricante de la mesita de noche.

—Boca abajo —me dijo—. Culo arriba.

Me recosté. Él me subió la falda despacio, dejando al descubierto el portaligas y la tanga de encaje roja marcándome la raya del culo. Se quedó un momento mirando. Me pasó las manos por las nalgas, me las abrió con los pulgares, me pegó una nalgada sonora que me hizo respingar.

—Este culo lo estuviste guardando para mí, ¿no?

—Sí —murmuré contra la sábana.

Corrió la tanga a un lado con un dedo, dejando el agujero expuesto. Se agachó y sentí su lengua caliente en la entrada. Me lamió con calma, en círculos, empujando la punta hacia adentro, ablandándome con la saliva. Yo gemí contra la almohada, apretando las sábanas con los puños. Nunca me habían hecho eso. La lengua entraba y salía, me abría con paciencia, y yo empujaba el culo hacia atrás pidiendo más.

Después vino el lubricante. Sentí el chorro frío en mi piel y después su dedo, masajeando con círculos lentos alrededor del agujero antes de introducirlo. Lo sacó, volvió a entrar, hasta el nudillo. Después dos dedos, manteniéndolos adentro, moviéndolos en tijera, abriéndome con paciencia. Los curvó hacia arriba y me encontró un punto que me hizo soltar un grito ahogado.

—Ahí, ¿no? Ahí es —murmuró, y me lo masajeó con los dedos hasta que se me escapó un chorrito de la polla, empapando la sábana debajo.

No me apuraba. No me apuraba, y eso era lo único que necesitaba.

Cuando retiró los dedos, me pidió que arqueara la espalda y apoyara el pecho en el colchón. Lo hice. Acomodó una almohada bajo mis caderas para dejar mi cuerpo en el ángulo exacto que quería. Me lubricó de nuevo, generoso, y sentí cómo se echaba otro chorro él mismo en la verga y se la pajeaba despacio para untársela toda.

Después sentí la presión. La punta gorda apoyada contra el agujero.

Primero en la entrada, firme pero sin brusquedad. Cuando encontró resistencia, se detuvo, esperó, volvió a presionar. Sentí que se me abría un centímetro y otro. Ardía. Me obligué a respirar hondo, a soltar el músculo, a recibirlo. Poco a poco. La cabeza entró de golpe con un tirón y solté un quejido largo contra la almohada. Cada vez un poco más adentro, hasta que el músculo cedió del todo y lo sentí deslizarse hasta el fondo, hasta que sentí sus huevos apoyarse contra los míos y su pubis contra mis nalgas.

Solté el aire que había estado conteniendo. Estaba llena. Completamente llena, con una verga adentro por primera vez en mi vida, y era exactamente lo que había estado esperando.

—¿Bien? —preguntó.

—Sí —dije. Y era verdad.

***

Al principio se movió despacio, dejando que me acostumbrara a la sensación. Sacaba la verga hasta la mitad y volvía a hundirla, sin apuro, cada empujón un poco más firme que el anterior. Yo la sentía deslizarse contra las paredes del culo, marcando cada centímetro, ensanchándome de a poco. El lubricante hacía que todo sonara húmedo, obsceno.

Pero a medida que pasaban los minutos y yo dejaba de sentir tensión, fue aumentando el ritmo. Sus manos me sostenían de las caderas, los dedos clavados en la piel a la altura del portaligas, y yo podía sentir el golpe de su cuerpo contra el mío, sordo y regular, llenando la habitación junto con el sonido de nuestra respiración y el chapoteo del lubricante. Sus huevos me golpeaban con cada embestida. La peluca se me caía sobre la cara.

—Qué culo apretado tenés, puta. Te voy a llenar todo.

No había manera de pensar. Solo sentir.

Empujé hacia atrás para recibirlo mejor, moviendo las caderas para que entrara más hondo. Él lo notó y aumentó la intensidad. Me agarró del pelo de la peluca, me tiró la cabeza para atrás y me clavó la verga hasta el fondo con una fuerza que me hizo gritar contra la sábana. La almohada bajo mis caderas me mantenía en el ángulo perfecto, y cada embestida llegaba más hondo, tocando ese punto adentro que me hacía ver luces. Sentía calor, presión, una mezcla de incomodidad y placer sin nombre exacto que no quería que terminara.

—Decime que te gusta.

—Me gusta —jadeé—. Me encanta. Cogeme más fuerte.

Me cogió más fuerte. Me montó como se monta a una puta, con las manos en las caderas y las nalgas restallando contra su pubis. Yo me agarraba las tetillas, me pellizcaba los pezones, me tocaba la polla que me chorreaba contra el colchón sin necesidad de mover la mano. La sentía crecer, tensarse, y de pronto, sin aviso, sin que me la tocara, me corrí solo con la verga adentro. Un chorro largo, tibio, empapando la sábana debajo de mí. Se me contrajo todo el culo alrededor de él, apretándolo, y él soltó un gruñido ronco.

—Ah, así, apretame, puta. Así.

Me cogió más rápido, casi con rabia, buscando el propio final. Yo estaba deshecha, temblando, pero seguí empujando el culo hacia atrás, ofreciéndoselo, pidiéndole que me llenara.

Pero terminó.

Lo escuché cambiar de ritmo, volverse más urgente, entrecortado, y después un sonido grave y largo mientras se vaciaba dentro de mí. Sentí los tirones calientes de la corrida golpeando adentro, uno tras otro, llenándome hasta que empezó a chorrearme por los costados de la verga. Se quedó quieto unos segundos, con todo el peso de su cuerpo apoyado sobre el mío, respirando en mi nuca, la verga latiendo todavía adentro. Después se retiró despacio, y sentí el semen escurrirse por los muslos, calentándome la piel entre las medias y el portaligas. Me besó detrás de la oreja.

—Bien —dijo en voz baja. Solo eso.

***

Me quedé un momento sin moverme, agotada en un sentido que no había experimentado antes. No era solo cansancio físico. Era algo más amplio, como si hubiera cruzado un umbral del que ya no podía ni quería volver.

Marcelo fue a buscar toallas y me limpió con cuidado, pasándome la tela entre las piernas, secándome los muslos manchados. Después, antes de que me pudiera poner de pie, abrió el cajón de la mesita y sacó algo pequeño. Un plug de silicona negro, con la base en forma de corazón. Lo untó con lubricante, me abrió las nalgas y lo apoyó contra el agujero, que todavía estaba dilatado y goteando su corrida. Lo sentí frío al entrar, y el músculo lo aceptó casi sin resistencia, cerrándose alrededor de la base con un pequeño espasmo. Sentí el semen atrapado adentro.

—Para el camino —dijo con una media sonrisa—. Así te acordás de mí hasta que llegues a casa.

Entendí que no debía sacarlo hasta llegar a casa.

Me fui al baño a arreglarme. Me retoqué el maquillaje corrido, me acomodé la peluca, me subí la tanga sobre el plug y me ajusté la falda. Guardé todo en la mochila. Cada paso me recordaba lo que llevaba adentro. Cuando salí, él estaba esperándome en la entrada con la misma calma que había tenido desde el principio.

—Cuídate —dijo, y me dio un beso suave en la mejilla.

***

Tomé el taxi de vuelta con la mochila sobre las rodillas y los ojos fijos en la ventana. Cada bache de la calle me hacía sentir el plug moverse adentro, apretando el semen contra las paredes del culo. La ciudad seguía igual: el mismo tráfico, las mismas luces, la misma gente caminando por la vereda sin saber nada. Sin saber que la chica del asiento de atrás iba con el culo lleno de corrida ajena, con las medias húmedas, con el labial corrido de haber chupado una verga hasta el fondo. Yo era la misma persona que había subido a ese taxi horas antes, pero algo adentro había cambiado de lugar y ya no iba a volver a donde estaba.

Llegué a casa, cerré la puerta con llave y me senté en el borde de la cama. Tardé un rato en sacar el plug. Cuando lo hice, sentí el chorro tibio del semen escurrirse afuera, y me quedé quieta mirando el techo, sin ganas de apurarme a ningún lado.

Durante varios días me acordé de cada detalle: la alfombra del living, la música de fondo, el lubricante frío, el golpe sordo de su cuerpo contra el mío, la verga gorda abriéndome, la corrida caliente adentro. El momento en que me preguntó si estaba bien y yo respondí que sí sin mentir.

Sigo pensando en eso. Y ya le mandé un mensaje para volver.

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Comentarios(8)

Romi_Sur

Increible relato!! se me fue el tiempo leyendolo sin darme cuenta. Gracias por compartirlo

ElCurioso99

La tension del arranque me engancho desde el primer parrafo. Muy bien narrado en serio

Valentina_77

Quede con ganas de saber como continua todo esto... segunda parte porfavor??

Blas

genial!!!

RosarioN

Me recordo a algo que viví hace tiempo, son esas vivencias que quedan grabadas para siempre. Muy bueno el relato

JuanPabloT

Se nota que esta escrito desde adentro, no desde afuera. Me llego de verdad. Seguí así

Pablito_SR

Se me hizo corto, queria seguir leyendo. Muy buena pluma

SergioMdq

Que valentia se necesita para eso... y para contarlo tambien. Muy bueno

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