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Relatos Ardientes

La travesti que nadie me avisó que vendría

Marcos me llamó un martes por la mañana. Representante de modelos, siempre con proyectos nuevos y siempre con algo que no me contaba del todo. Esta vez quería que me encargara de una sesión completa para una modelo nueva de su agencia: retratos, ropa de noche, lencería e integral. No era el tipo de trabajo que hago habitualmente, pero Marcos pagaba bien y siempre cumplía.

Llamé a Carmen, la maquilladora con la que trabajo cuando me encargan esta clase de encargos. Quedamos en el estudio a las diez. Carmen llegó primero, cargada con sus maletines y con la energía de siempre. Preparamos el fondo, las luces y la mesa de maquillaje. A las diez y cuarto sonó el timbre.

Cuando abrí la puerta, me quedé sin palabras.

La modelo se llamaba Sofía y era alta, muy alta, de esas alturas que hacen que todo lo demás parezca pequeño. Delgada, de huesos largos y curvas que surgían en los sitios exactos. Pechos grandes, operados, pero bien proporcionados. Cara morena de rasgos finos, el tipo de cara que uno recuerda aunque no quiera. Nos saludó a los dos con dos besos y una sonrisa amplia, como si nos conociéramos de toda la vida.

Carmen le señaló la silla de maquillaje. Empezaron a hablar mientras yo ajustaba las luces. Me costaba concentrarme. Había algo en Sofía que me alteraba sin que yo pudiera explicar bien por qué.

***

La primera serie fue de retratos. Sofía posaba con una naturalidad que pocas veces había visto: sabía cuándo moverse, cuándo quedarse quieta, cómo inclinar la cabeza para que la luz la favoreciera. Hablábamos de cosas sin importancia, el barrio, el café de antes de empezar, el calor que hacía en el estudio. Era fácil trabajar con ella.

Para la segunda sesión se cambió a un vestido de noche negro, largo hasta el suelo y ajustado como una segunda piel. Caminaba por el fondo de tela como si llevara toda la vida haciéndolo. Yo disparaba la cámara, cambiaba ángulos, me agachaba, me ponía en el suelo para sacar sus piernas desde abajo. Y en algún momento me di cuenta de que tenía una erección que abultaba el pantalón y que no había forma de disimular.

Carmen se acercó a mí entre toma y toma.

—Estás sudando —me dijo en voz baja, con media sonrisa—. Relájate un poco, que se te nota demasiado.

Tenía razón. Me pasé la mano por la frente y noté la humedad. Respiré hondo.

***

Sofía entró al vestuario para cambiarse a lencería. Mientras esperábamos, Carmen reorganizó los pinceles sobre la mesa sin ninguna necesidad real. Yo revisé las fotos en la pantalla de la cámara sin ver ninguna.

Cuando Sofía salió del vestuario, me quedé paralizado.

Llevaba un tanga negro de encaje, sujetador a juego, liguero con medias oscuras y zapatos de tacón que añadían diez centímetros a una altura que ya era considerable. La combinación no era la que cubría menos, sino la que dejaba más claro lo que había debajo. Y lo que había debajo era un cuerpo que no admitía debate.

Empecé a disparar. Sofía sabía lo que hacía: giraba, se apoyaba contra la pared, cruzaba las piernas con una pose que parecía espontánea aunque no lo era. Cuando le pedí que fuera quitándose el sujetador de manera natural, no dudó. Primero un tirante, luego el otro. Se dio la vuelta, se desabrochó el cierre, y se volvió hacia nosotros con las manos sobre los pechos.

Los apartó despacio.

Carmen contuvo la respiración. Yo seguí disparando porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos.

Sofía siguió posando. Me preguntó si quería que se quitara el tanga también. Le dije que cuando quisiera y como quisiera.

Se agarró las tirillas a los lados, con las piernas juntas, y lo bajó en un solo movimiento hasta los tobillos. Se incorporó despacio, con las manos extendidas sobre el pubis, mirándonos a los dos. Después separó las piernas.

Y apartó las manos.

***

Ninguno de los dos dijimos nada durante un segundo que se hizo eterno.

Sofía tenía pene. En semierección, de tamaño considerable, completamente visible entre sus muslos. Lo llevaba como si fuera parte del conjunto, porque lo era. Sonrió con calma mientras nos miraba alternativamente.

—¿Marcos no os lo dijo? —preguntó.

—No —respondí.

—Típico de él.

Intenté seguir con la sesión. Hice algunas fotos más, aunque mis manos no estaban firmes y los encuadres me salían torcidos. La erección no bajó. Al contrario.

—Voy a refrescarme —le dije a Carmen—. Dale un retoque mientras tanto.

Me metí en el baño, abrí el grifo frío y me mojé la cara. Me miré en el espejo. No reconocí del todo al que me devolvía la mirada.

***

Cuando volví al estudio, Carmen estaba arrodillada frente a Sofía con la cabeza inclinada.

Tardé un momento en entender lo que veía.

No estaba retocando el maquillaje. Tenía la boca alrededor de la polla de Sofía y la movía de arriba abajo con una cadencia lenta y concentrada. Sofía tenía una mano apoyada en el hombro de Carmen y los ojos entrecerrados. No me había oído entrar.

Me quedé en la puerta. Carmen recorría el tronco entero de arriba abajo, metía el glande en la boca y lo succionaba con fuerza. Sofía empujaba suavemente la cabeza de Carmen hacia ella.

Tenía la mano dentro del pantalón antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo.

Sofía abrió los ojos y me vio. Me hizo una señal con el dedo para que me acercara. No lo pensé más. Me fui desabrochando la ropa mientras caminaba hacia ellas, y cuando llegué a su lado estaba completamente desnudo.

La abracé por la espalda. Le besé el cuello, la nuca, el hombro. Ella olía a colonia y a algo más cálido que no tenía nombre. Puse las manos en sus pechos y los noté firmes y pesados contra mis palmas.

Sofía tomó mi mano y la bajó lentamente por su vientre hasta su polla, que Carmen seguía lamiendo sin pausa. Cuando mis dedos la rozaron, los retiré. Era el primer contacto y el instinto fue dar marcha atrás.

Sofía volvió a guiarme sin decir nada.

Esta vez no retiré la mano. La agarré con cuidado, la rodeé con los dedos, y empecé a moverla mientras Carmen seguía con la boca. Era diferente a la mía: más larga, más gruesa, con las venas marcadas bajo la piel. La textura era suave y dura al mismo tiempo.

Sofía arqueó la espalda contra mí. Su culo presionaba contra mi polla, duro y redondo, y dejé de pensar en todo lo demás.

***

Carmen se levantó del suelo. Nos miró a los dos durante un momento y empezó a desvestirse sin decir nada. Primero la blusa, luego el pantalón. Cuando se soltó el pelo, era otra persona: más suelta, con una figura que yo nunca había visto porque nunca me había fijado de verdad.

Los tres nos juntamos en el centro del estudio. Nuestras bocas se encontraron en un beso que mezclaba las tres lenguas sin orden ni protocolo. Las manos iban a todas partes: un culo, unos pechos, un muslo, una polla. El magreo era general y sin destino fijo.

Nos movimos hacia el sofá de la sala.

Me senté primero. Sofía y Carmen se arrodillaron frente a mí y dividieron el trabajo con una coordinación que parecía ensayada: Sofía tomó el glande en la boca y Carmen los testículos. Luego cambiaron. Luego volvieron a cambiar. Cada vez que pasaban de una zona a otra, el contraste de temperatura y textura me hacía apretar los dientes para no acabar demasiado rápido.

Carmen fue la primera en incorporarse. Se sentó a horcajadas sobre mí, me agarró y se lo puso ella misma. Empezó a moverse despacio mientras Sofía le recorría la espalda con las manos y luego bajaba más. Carmen se corrió rápido, con un sonido breve y contenido, y poco después volvió a correrse cuando Sofía le metió un dedo por detrás.

***

Sofía me miró con una sonrisa tranquila.

—Me toca —dijo.

Carmen se apartó. Sofía se colocó de frente a mí, con mis piernas entre las suyas, la polla completamente erecta. Le pidió a Carmen con un gesto que la preparara. Carmen entendió sin explicación: se arrodilló detrás de Sofía y le pasó la lengua por toda la zona anal, despacio, sin prisa.

Sofía me sujetó la cara entre las manos y me besó mientras Carmen trabajaba detrás. Cuando sintió que estaba lista, se posicionó encima de mí y bajó despacio hasta que me tuvo entero dentro. Se quedó quieta. Respiró. Con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, empezó a moverse en círculos y después arriba y abajo.

Carmen se subió al sofá y se puso de pie a mi lado, con su coño a la altura de mi cara. Saqué la lengua y la toqué por primera vez ahí. Se aferró al respaldo con las dos manos y no soltó el aire durante un segundo largo.

Teníamos a Sofía montada encima de mí y a Carmen contra mi boca, y los tres encontramos un ritmo sin hablarlo ni acordarlo. Sofía aceleró. Noté que se tensaba. Sus manos se aferraron a mis hombros y con tres embestidas profundas se corrió: el semen le salió sobre mi pecho en varias sacudidas, y con las palmas me lo extendió por el abdomen con una calma que parecía deliberada.

***

Carmen se puso a cuatro patas en la alfombra. Sofía y yo nos arrodillamos detrás de ella y la preparamos con la boca al mismo tiempo, juntando las lenguas en su zona más íntima. Después me incorporé y la penetré de un solo empuje. Carmen apoyó las palmas en el suelo y no se movió mientras yo me quedaba quieto dentro de ella, sintiendo cómo la presionaba.

Sofía se colocó detrás de mí.

La noté aplicarme algo frío con los dedos. Metió dos dedos poco a poco, con una presión que era rara y al mismo tiempo no del todo desagradable. No dije nada. No me moví.

Cuando la punta de su polla presionó contra mi esfínter, apoyé las manos en las caderas de Carmen y aguanté. El dolor fue inmediato y limpio, como un estiramiento forzado. Sofía no avanzó hasta que yo empecé a moverme primero. Después fue ella, centímetro a centímetro, hasta que la tuve entera dentro.

Los tres nos quedamos quietos durante unos segundos.

Después empezamos a movernos al mismo ritmo, despacio al principio y luego cada vez más deprisa. El placer llegó desde un sitio que no esperaba: una presión interna que amplificaba todo lo que sentía al mismo tiempo. Carmen fue la primera en correrse otra vez. Yo la seguí de cerca. Y Sofía, con un empuje largo y profundo, descargó dentro de mí con un calor que noté llegar hasta el centro del cuerpo.

Los tres nos derrumbamos sobre la alfombra.

***

Estuvimos tumbados sin hablar durante un buen rato. El estudio olía a sudor y a colonia mezclados. Las luces seguían encendidas, apuntando al fondo de tela vacío.

—Deberíamos terminar la sesión —dije al final.

—Sí —dijo Carmen.

Ninguno de los dos se movió todavía.

Sofía se rió por lo bajo.

—Marcos siempre hace esto —dijo—. Te manda a alguien sin contarte nada y luego espera a ver qué pasa.

—¿Y siempre pasa esto? —pregunté.

Sofía no respondió. Solo volvió a sonreír mirando el techo.

Cuando por fin nos levantamos y volvimos al estudio, intentamos retomar el trabajo. Duramos veinte minutos. Las manos de Sofía rozaron mi espalda mientras yo ajustaba el trípode, y eso fue suficiente para que todo volviera a empezar desde el principio.

La sesión nunca se terminó. Las fotos tampoco. Marcos me llamó tres días después para pedirme las imágenes, y yo le dije que había habido un problema técnico con la tarjeta de memoria.

No era del todo mentira. Ese día no presté la atención debida a la cámara.

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Comentarios (4)

MateoNqn77

increible, me dejo sin palabras!!!

Caro_88

Quede con ganas de mas, necesito saber que paso despues jajaja. Segunda parte porfavor!

Mauri_PBA

Jajaja la sorpresa que se deben haber llevado... muy bien contado, se siente real

tomas_fdz

Que buen relato. Sigue publicando, tenes talento

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