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Relatos Ardientes

La noche me hizo puta, la mañana me hizo mujer

Daniela me dejó dormir casi hasta las seis de la tarde. Cuando abrí los ojos, el departamento entero olía a lavanda y a vainilla, una mezcla tibia que se metía por la nariz y aflojaba algo en el pecho. Había encendido unas velas en la cómoda y corrido apenas las cortinas, así que la luz que entraba era naranja y suave, sin filo. Lo había preparado todo mientras yo dormía, como si hubiera planeado cada detalle de esa tarde.

Estaba de pie junto a la ventana, desnuda, con una bata de seda negra abierta que no cubría nada y que solo servía para resbalar por sus hombros. Al verme despierta me sonrió con una ternura que no le conocía, una sonrisa distinta a la de la noche anterior. Se acercó despacio a la cama, sin prisa, descalza sobre el piso de madera.

—Vení, mi amor. Hoy no vamos a jugar a nada. Hoy solo voy a cuidarte —dijo, y su voz sonaba grave y baja, como si hablara cerca de algo que se podía romper.

Intenté moverme y el cuerpo me recordó de golpe todo lo que había pasado. Sentí un tirón profundo, un ardor que subía desde abajo y me apretaba la cintura. Solté un quejido sin querer y ella enseguida puso una mano en mi espalda.

—Despacio. Tengo todo el tiempo del mundo —murmuró.

Me ayudó a darme vuelta hasta quedar boca abajo, sosteniéndome de las caderas como si pesara nada. Acomodó una almohada bajo mi pecho y otra debajo de mis tobillos para que las piernas quedaran apenas separadas. Después la escuché abrir un frasco. Un instante más tarde sentí sus manos calentando algo entre las palmas, un aceite espeso de coco con aloe que olía dulce.

—Estás muy hinchada todavía —dijo, y no había reproche en su voz, solo una constatación suave—. Anoche te exigí demasiado.

Sus manos bajaron por mi espalda primero, amplias y tibias, repartiendo el aceite desde los omóplatos hasta la cintura. Yo tenía la cara hundida en la almohada y respiraba el perfume de la tela limpia. Cada pasada de sus dedos me iba desarmando un nudo distinto. Cuando llegó a las nalgas se detuvo y empezó a amasarlas con una lentitud paciente, evitando el centro, trabajando solo la carne dolorida de los costados.

—Shhh… relajate —susurró—. No voy a entrar. Solo quiero que el ardor se vaya.

Sus dedos rodeaban la zona más sensible sin tocarla nunca de lleno, dibujando círculos alrededor con el aceite tibio que iba calmando el fuego de adentro. Gemí contra la almohada, y fue un gemido raro, más de alivio que de placer, el sonido que hace el cuerpo cuando alguien le quita un peso.

—Duele… —murmuré— pero se siente tan rico cuando me tocás así.

—Lo sé, mi chica. Lo sé. Esta noche el ardor es la prueba de que te entregaste entera. Y mañana ni te vas a acordar.

Siguió un rato largo en silencio, solo el roce húmedo de sus manos y el chisporroteo de las velas. Después la sentí inclinarse y dejó un beso suave en una de mis nalgas, y otro más abajo, besos cerrados y lentos que no buscaban nada. Pasó la lengua plana y tibia por la piel irritada, sin meterla, solo lamiendo despacio, como quien lame una herida para curarla. El calor de su boca era distinto al del aceite, más vivo, y me hizo arquear apenas la espalda.

—Ahhh… Daniela… —se me escapó, y abrí un poco más las piernas por puro instinto.

—Así, mi amor. Dejame curarte. No tenés que hacer nada.

***

Cuando sintió que el cuerpo se me había aflojado del todo, me dio vuelta otra vez, sosteniéndome la cabeza como si fuera de vidrio, y se acostó de costado pegada a mí. Me corrió el pelo de la cara con dos dedos y me miró un largo rato antes de besarme la frente.

—¿Cómo estás de acá? —preguntó, apoyando la palma abierta sobre mi pecho.

—Cansada —admití—. Pero bien. Rara, pero bien. Como si hubiera corrido una maratón y al mismo tiempo me hubieran abrazado durante horas. No sé explicarlo mejor.

Bajó la mano y empezó a acariciarme los pechos con la punta de los dedos. Eran nuevos todavía, los sentía ajenos y míos a la vez, sensibles y marcados por la noche anterior. Pero sus labios eran tan suaves cuando se inclinó a besarlos que de la molestia no quedó nada. Lamió un pezón hinchado despacio, trazando círculos con la lengua, y después sopló apenas sobre la piel húmeda.

—Están preciosas —dijo contra mi piel—. Y todavía tan sensibles, ¿verdad?

—Sí… —gemí bajito—. Están muy sensibles. Pero me encanta que me los beses así.

—Por eso lo hago.

Pasó largos minutos solo en eso, alternando entre uno y otro, sin apuro, mientras una de sus manos volvía cada tanto a acariciarme la cadera. Yo sentía cómo el placer me crecía despacio, distinto al de la noche, más manso, repartido por todo el cuerpo en lugar de concentrado en un punto. No era una urgencia. Era un calor que iba subiendo de a poco, como el agua de una bañera que se llena.

Después empezó a bajar. Me besó debajo del pecho, en las costillas, en la curva blanda de la panza. Se detuvo en el hueso de la cadera y dejó ahí un beso húmedo que me hizo cerrar los ojos. Cuando llegó al centro, me besó con la misma ternura. Ya no había nada duro que besar; las hormonas lo habían vuelto algo chiquito, rosado y tan sensible que el primer contacto de su lengua me hizo dar un respingo.

—Despacio —pedí, con la voz ya quebrada—. Está muy sensible.

—Despacio —repitió ella, y lo cumplió.

No aceleró ni una vez. Lo lamía con una paciencia que rozaba la devoción, succionando apenas, soltando, volviendo, mientras una mano seguía abierta sobre mi vientre para sentirme respirar. El placer que me trepaba no se parecía a ningún otro. Era hondo y lento, sin la descarga brutal de antes, una ola larga que no terminaba de romper. Arqueé la espalda y solté un gemido largo, femenino, un sonido que me sorprendió a mí misma.

—Ahhh… Daniela… así… no pares…

Ella no paró. Siguió con el mismo ritmo tranquilo hasta que sentí que algo se desbordaba muy adentro. Me corrí casi sin fuerza, temblando de pies a cabeza, soltando apenas un hilo mientras repetía su nombre con la voz entrecortada. No fue un estallido. Fue un derretirse.

***

Daniela subió por mi cuerpo dejando un rastro de besos y me besó en la boca, lento, compartiéndome mi propio sabor sin ningún pudor. Después apoyó la frente contra la mía y nos quedamos así, respirando el mismo aire.

—¿Cómo te sentís ahora? —preguntó, mirándome de tan cerca que casi no la enfocaba.

Me quedé pensando un momento, buscando las palabras de verdad y no las fáciles.

—Todavía me duele todo —dije—. Pero me siento cuidada. Me siento tuya. —Tragué saliva y me animé al resto—. Anoche me sentí la puta más sucia del mundo. Hoy me siento muy mujer. Y no sé cuál de las dos cosas me asusta más.

Daniela me abrazó fuerte contra ella, mi pecho aplastado contra el suyo, una pierna metida entre las mías.

—Esa es justo la idea, mi amor —dijo despacio, hablándome al oído—. Hay noches en que vas a ser la más sucia, la que pide cosas que no se anima a decir de día. Y hay tardes como esta en que vas a ser mi chica, mi Lucía, la que necesita que la cuiden y la abracen. Las dos sos vos. No tenés que elegir. Yo te quiero en las dos.

Me quedé callada un buen rato, dejando que esas palabras se acomodaran en algún lugar que llevaba años cerrado. Afuera empezaba a oscurecer y las velas eran ahora la única luz. Sentía el cuerpo pesado y liviano al mismo tiempo.

—¿Puedo dormir abrazada a vos hoy? —pregunté, y la pregunta me salió pequeña, casi de nena.

—Claro que sí, mi preciosa. —Me besó la punta de la nariz—. Y mañana, si ya estás mejor, vamos a hacer algo un poquito más intenso. Pero siempre así, siempre con cariño. Nunca vas a dudar de que te cuido.

Me dio un último beso en la frente, tiró de la sábana hasta cubrirnos a las dos y se acomodó detrás de mí, abrazándome desde la espalda con cuidado de no apretarme la zona dolorida. Su sexo, ya tranquilo, descansaba blando entre mis muslos sin ninguna intención, solo como una presencia tibia más. Acomodó un brazo bajo mi cuello y el otro alrededor de mi cintura y me sostuvo entera.

Me dormí escuchando su respiración pegada a mi nuca. Sentía el ardor en la piel, el cosquilleo en los pechos, el aroma de la lavanda apagándose con las velas. Y, por primera vez en mucho tiempo, esa culpa que siempre me esperaba al borde del sueño se quedó lejos, manejable, como un ruido en otra habitación.

Por primera vez desde que había empezado todo esto, me quedé dormida completamente en paz con lo que estaba siendo.

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Comentarios (5)

Flopi_lect

Hermoso relato, me llegó al alma!!!

ClaroMontoya

Por favor que haya una segunda parte, esto no puede quedar asi

NaiaraBs

Que manera de escribir... se nota que esto sale del corazon. Me quede con ganas de mas.

Lautaro55

Increible como atrapas al lector desde el principio. Sigue asi!

MaiteZ_lect

Nunca lei nada de esta categoria y la verdad me sorprendio. Muy bien escrito, con mucha sensibilidad.

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