La trans que lo doblegó en el retiro de empresa
El coche de Fernando huele a ambientador de pino y a café frío. Marcos, apretujado en el asiento del copiloto con los brazos cruzados, mira la autopista como si pudiera apresurar el tiempo a base de voluntad. Diego y Ernesto van en el asiento trasero, bostezando al unísono cada cierto rato con esa complicidad torpe de quien lleva demasiadas horas en un espacio cerrado.
—¿Cuánto queda? —pregunta Ernesto, con esa voz que tiene de hablar entre dientes cuando no le apetece estar despierto.
—Unos cuarenta minutos —responde Fernando, ajustándose las gafas con el dedo—. Dependiendo del tráfico.
Diego levanta el móvil, le muestra algo a Ernesto, los dos se ríen. Luego baja el teléfono y se recuesta contra la ventanilla.
—¿Habéis oído lo de Rafa, el de Sistemas? —dice—. Resulta que su pareja le mete el dedo cuando están en la cama. Y que a él le va bien.
El silencio que sigue tiene textura. Ernesto ajusta la correa del maletín que lleva entre los pies. Fernando se aclara la garganta.
—Cada uno en su casa —murmura.
—Rafa siempre ha sido un maricón —dice Marcos, con esa precisión que tiene de lanzar algo afilado y fingir después que no lo tiró él—. Se le nota desde el primer día que lo conocí. La manera de andar, de hablar. Un maricón, vamos.
Diego intercambia una mirada con Fernando en el retrovisor. Nadie dice nada más. El paisaje pasa por la ventanilla: pinos, el mar a lo lejos, un cartel de gasolinera. Marcos tamborilea los dedos contra el cristal sin darse cuenta de que lo hace.
***
El Resort Palmeral aparece al final de una recta flanqueada de palmeras, su fachada blanca brillando bajo el sol de octubre como una promesa excesiva. El aparcamiento está lleno de coches con pegatinas corporativas en la luneta trasera. Fernando busca plaza con la paciencia metódica que tiene para todo.
Es cuando bajan del coche cuando las ven.
Cuatro mujeres descienden por la escalinata principal del hotel. La primera lleva un vestido verde y gafas de sol. La segunda va en vaqueros y camiseta. La tercera ajusta la correa de su bolso mientras habla. Pero la que cierra el grupo, la que camina sin apuro y sin esfuerzo, con esa naturalidad que parece ocupar más espacio del que debería, es diferente.
Marcos se queda inmóvil sin darse cuenta.
Tiene el pelo castaño, liso, cayéndole hasta los hombros. Lleva una blusa de lino color crudo y unos pantalones anchos de tela ligera. No es el tipo de mujer que llama la atención a gritos: es el tipo que, cuando entra en un espacio, hace que el espacio cambie de escala. Sus pasos no tienen prisa. Todo en ella sugiere que el día ya está a su favor.
—Joder —murmura Diego a su lado, casi en un susurro involuntario.
Marcos no responde. Su garganta hace algo raro.
—Buenos días —dice la segunda mujer del grupo.
Marcos parpadea. La segunda es Clara. Su Clara. La que dejó hace dieciocho meses tras una ruptura que él prefiere no recordar con demasiado detalle. Lleva el pelo más corto que entonces, pero tiene la misma manera de mirarlo: como si ya lo hubiera terminado de leer y hubiera archivado el resultado en algún cajón definitivo.
—Clara —dice él—. No sabía que estabas en el retiro.
—Yo tampoco sabía que tú estabas en la lista —responde ella, con una pequeña pausa antes de la última palabra que dice más que toda la oración.
Las presentaciones son breves. Patricia y Nuria, del departamento de Contabilidad. Y luego la última, la que cierra el grupo, que da un paso adelante y extiende la mano directamente hacia Marcos. Porque es a él a quien ha elegido mirar desde el principio.
—Valentina —dice—. Análisis de Datos. He oído hablar de tu trabajo.
Marcos toma su mano. Es cálida y firme. La sostiene un segundo más de lo necesario. El pulgar de ella roza su muñeca al soltar: un contacto tan breve que podría ser accidental, pero que no lo es.
—Marcos —dice él, y la voz le sale más rasposa de lo que pretendía—. Desarrollo.
—Lo sé —responde Valentina, con esa pequeña separación entre los dientes superiores que le da un aire de quien guarda un secreto sin ningún esfuerzo—. He visto tu código. Es elegante.
Marcos no sabe qué responder. Odia lo mucho que le importa lo que ella acaba de decir.
Clara los observa a los dos con esa atención que parece distraída y no lo es en absoluto.
***
Las habitaciones son funcionales en su lujo: maderas claras, ropa de cama blanca, una ventana con vistas al jardín de palmeras. Marcos deja la maleta, se ducha y se planta delante del espejo del baño.
Su cuerpo está bien. Sabe que está bien. Los músculos son reales, conseguidos con años de disciplina, con mañanas de seis y media en las que preferiría seguir durmiendo. Pero cuando la mirada baja más, hacia lo que hay entre sus piernas, siente esa contracción familiar en el estómago. Clara lo sabe. Fue la única que llegó hasta ese sitio, y aunque nunca dijo nada en voz alta, hubo algo después, una tibieza donde antes había urgencia, que Marcos leyó correctamente.
No era suficiente. No sería suficiente.
Se viste y baja al auditorio.
***
Las actividades de la mañana transcurren con la eficiencia mecánica de todo evento corporativo. Ejercicios de presentación donde cada uno dice algo sobre sí mismo. Valentina menciona que habla cuatro idiomas y está aprendiendo el quinto porque la estructura gramatical le resulta «elegante». Sus ojos encuentran los de Marcos mientras lo dice, y la palabra queda flotando entre ellos con algo que él no puede nombrar todavía.
Luego llega la carrera en parejas. Un miembro lleva al otro en brazos durante cincuenta metros, luego se invierten. La facilitadora asigna las parejas al azar.
A Marcos le toca Valentina.
Ella se acerca con esa sonrisa de quien no se sorprende de nada.
—¿Quién empieza? —pregunta, con una inclinación de cabeza que le deja caer un mechón de pelo sobre el ojo.
—Llevo yo —dice Marcos, antes de que nadie se lo proponga.
—Como prefieras —responde ella, y camina sin prisa hacia la marca de cincuenta metros.
Marcos arranca con fuerza. Levanta a Valentina, calcula mal el centro de gravedad, da cuatro pasos y siente que algo cede en la rodilla izquierda. Intenta compensar. Es el peor movimiento posible. Caen sobre el césped: él de costado, ella rodando con una agilidad que deja claro que no es la primera vez que cae.
Las risas llegan de una dirección concreta. Clara, con la mano cubriendo la boca pero sin esconder nada. Patricia a su lado, riendo más abiertamente.
—¡Qué bracitos! —grita alguien del grupo de Sistemas.
Marcos se levanta, ignora la mano que Valentina le tiende, se sacude la hierba de la ropa.
—El césped estaba húmedo —dice—. Resbalé.
—Claro —responde Clara, acercándose con esa velocidad controlada que tiene—. Siempre es el césped, ¿verdad, Marcos?
Valentina observa el intercambio. Cuando Clara se aleja, se acerca a Marcos con esa calma que a él le resulta más irritante que cualquier provocación directa.
—La forma en que te defiendes —murmura, casi para sí misma—. Es muy intensa. Como alguien que necesita convencerse más que a los demás.
—No necesito convencer a nadie —responde Marcos.
—¿Y qué necesitas, Marcos? —pregunta ella, y la pregunta flota entre los dos hasta que la facilitadora toca la campana y el momento se disuelve.
Pero la pregunta no se disuelve. Se queda con él el resto de la mañana, durante el almuerzo, durante las actividades de la tarde.
***
La lluvia llega al atardecer, una tormenta breve y decidida que cancela las actividades del jardín y traslada todo al interior. El gimnasio del resort se convierte en sala de fiestas sin demasiado protocolo: el DJ instala el equipo, el personal saca botellas, el techo de cristal retumba con el agua y la música llena el espacio con esa vibración que ablanda las inhibiciones mejor que cualquier dinámica de team building.
Marcos ha bebido demasiado. Lo sabe. El alcohol ha envuelto la humillación del césped en algo tolerable, ha difuminado los bordes de todo, pero no ha borrado a Valentina. Valentina sigue siendo perfectamente nítida desde cualquier ángulo del gimnasio.
Ha intentado acercarse tres veces. Algo lo detiene cada vez. Una mirada de Clara. Una risa de Patricia. Su propia lengua, que pesa demasiado.
—¿A que no te atreves? —dice Clara, apareciendo junto a él de repente. Lleva un vestido negro que Marcos reconoce de algún lugar de su memoria.
—¿A qué? —responde él.
—A decirle a Valentina lo que quieres —dice ella, inclinando levemente la cabeza hacia donde ella conversa con Nuria—. Llevas toda la noche dando vueltas a su alrededor como si esperaras que el mundo te despejara el camino.
—Tú no sabes nada de lo que quiero.
Clara sonríe con esa expresión que Marcos recuerda demasiado bien, la de cuando ella ya conoce el final de algo.
—Dos veces no pudiste sostenerla —dice, en voz muy baja, casi con ternura—. Ella es más hombre que tú.
Se aleja antes de que él pueda responder. Marcos se queda con las dos cervezas en las manos y algo zumbando en algún rincón del cerebro que no alcanza a acallar.
***
A las doce pasadas quedan ocho. Los demás se han retirado con excusas de cansancio o de madrugones. Diego, Fernando, Ernesto y Marcos. Clara, Patricia, Nuria y Valentina. Están sentados en círculo sobre esterillas de yoga que alguien arrastró del almacén, con las botellas distribuidas entre ellos como ofrendas. La música sigue sonando, más lenta ahora, casi hipnótica.
—Estáis todos muy callados —dice Clara, y su voz tiene esa calma previa a algo que ya tiene planeado—. Vamos a hacer algo más interesante.
Propone el juego con la claridad que tiene para los sistemas: se desnudan todos. El que más tenga elige pareja. El resto acepta lo que venga.
—Es una idiotez —dice Marcos—. Estamos en un resort, no en...
—¿Tienes miedo? —interrumpe Clara.
Marcos cuadra los hombros. Se le tensan los músculos del cuello.
—No tengo miedo de nada.
—Entonces jura —dice Clara, extendiendo la mano hacia el centro del círculo—. Juremos todos que cumplimos las reglas. Sin excusas.
Las manos se superponen una a una. Diego, vacilante. Fernando, encogiéndose de hombros. Ernesto, mirando de reojo a Nuria, que asiente apenas. Patricia, con una risa nerviosa. Valentina, su mano firme, los ojos fijos en algún punto del círculo. Y Clara, la última, encontrando la mirada de Marcos.
Él duda. Algo resplandece en lo profundo, una alarma apagada y lejana.
—Jura —dice Clara, y su voz es casi suave.
Marcos coloca su mano sobre las demás. La piel de Valentina está cálida bajo la suya.
—Juro —dice, y la palabra sabe a ceniza y a promesa.
Uno a uno se van quitando la ropa. Fernando con una risa incómoda. Diego con más prisa de la necesaria. Clara se quita el vestido de un tirón, sin pudor, sin vergüenza. Patricia en sujetador y braguitas, los brazos cruzados sobre el vientre. Ernesto y Nuria permanecen en ropa interior, observando.
Marcos se baja los calzoncillos. Su erección, de tamaño medio, se balancea contra su vientre. Mira al frente.
Y luego está Valentina.
Se desabrocha la blusa botón por botón. Sus ojos verdes recorren el círculo antes de detenerse en Marcos. Se baja los pantalones. Las braguitas de algodón blanco se quedan un momento, y luego las desliza hacia abajo con un movimiento rápido.
Su polla se libera, ya semierguida, más larga y más gruesa que cualquier otra en la habitación. Los testículos, afeitados, cuelgan entre sus muslos con esa pesadez que convierte la revelación en algo definitivo. Sus caderas anchas, el vientre suave, los pechos contenidos todavía en el sujetador: todo contrasta con lo que ahora nadie puede ignorar.
El silencio dura exactamente tres segundos.
Luego Clara se ríe. Un sonido que viene del fondo del estómago, incontrolable, que rompe el hechizo de golpe.
Patricia se tapa la boca. Diego mira hacia otro lado. Fernando pierde la erección en tiempo récord.
Valentina no ríe. Se envuelve la polla con la mano y se acaricia despacio hasta que se alza del todo, y sus ojos buscan los de Marcos, que ha palidecido visiblemente.
—Tú —dice, y su voz ha bajado una octava—. Llevas todo el día mirándome. Ya sabes lo que hay. Y sigues mirando.
Da un paso hacia él.
Marcos retrocede, tropieza con los pantalones que tiene alrededor de los tobillos, se agarra a una de las esterillas para no caer.
—Espera —dice—. Esto no es lo que...
—¿Qué no es? —interrumpe Clara, acercándose desnuda, sin rubor—. ¿Que no es lo que esperabas? Juraste que cumplirías las reglas. Sin excusas.
Marcos busca en los ojos de Clara algo parecido a la piedad. No lo encuentra. Hay solo determinación fría, algo que se parece demasiado al triunfo de quien lleva tiempo esperando este momento.
—No sabía que ella... —comienza.
—Tu cuerpo sí lo sabía —dice Valentina, y no acusa, solo constata—. Lo sabe ahora mismo.
Marcos baja la mirada. Su propia erección, que había decaído, ha vuelto con una urgencia que no puede fingir que no existe.
Clara se inclina, su aliento cálido contra su mejilla.
—Cumple tu juramento —susurra—. O serás el cobarde que siempre fuiste.
Valentina extiende la mano. Sus dedos son largos y cálidos. Esperan.
La mano de Marcos encuentra la de ella casi sin que su mente dé la orden.
***
La puerta de los vestuarios se cierra con un clic que resuena en el espacio vacío. Hay un camastro contra la pared de azulejos blancos. Una bombilla amarilla. El olor a cloro de las duchas cercanas.
Marcos está de pie en el centro, desnudo, consciente de cada centímetro de su piel expuesta.
Valentina se apoya en la puerta y lo observa con esa calma que a él le resulta más insoportable que cualquier provocación.
—¿Tienes miedo? —pregunta.
—No sé qué quieres —dice él, y su voz sale como un susurro quebrado.
Valentina se acerca. Se detiene a centímetros de él, lo suficientemente cerca para que Marcos sienta el calor que irradia su piel, para que el perfume de ella, algo amaderado y limpio, llegue sin esfuerzo.
—Quiero que dejes de actuar —murmura—. Que sientas lo que eres sin tanto ruido encima.
Sus dedos trazan la línea de la mandíbula de Marcos, bajan por su cuello, se detienen sobre su esternón. Luego descienden y rodean su erección con una suavidad que lo hace jadear. La mano de Valentina es cálida y firme, con una cadencia que Marcos no puede anticipar ni controlar.
—¿Sientes eso? —susurra ella, su aliento contra su oreja—. ¿Sientes lo que es no tener que fingir nada?
Marcos cierra los ojos. La cabeza le cae hacia atrás. Algo se afloja en su pecho, una tensión que lleva años instalada sin que él supiera nombrarla.
Lo guía hacia el camastro. Se arrodilla entre sus rodillas, le separa los muslos con suavidad. Su aliento asciende por la cara interna del muslo, lento, con toda la paciencia del mundo. Su lengua encuentra su ano: un contacto eléctrico que arranca de Marcos un sonido que no reconoce como propio.
—Relájate —murmura ella contra su piel—. No tienes que hacer nada.
Marcos suelta el aire. La lengua de Valentina trabaja con una paciencia que lo deshace, que convierte todo lo que creía de sí mismo en algo que ya no sabe bien qué era. Cuando sus dedos reemplazan a su boca, húmedos, presionando contra la entrada con una firmeza que avanza sin prisa, Marcos gime.
—Respira —ordena ella—. Deja que entre.
El primer dedo entra lentamente. Marcos siente la presión, la extrañeza, el impulso de resistir. Pero también algo más: una plenitud inesperada, un punto que nunca supo que existía y que ahora no quiere que nadie abandone.
—Eso —murmura Valentina, añadiendo un segundo dedo, encontrando ese lugar que hace que las caderas de Marcos se alcen sin que él lo ordene—. Ahí estás. Ahí eres tú.
Marcos deja caer la cabeza, los ojos cerrados, la boca abierta. Ha olvidado dónde está. Ha olvidado a Clara, ha olvidado el césped mojado, ha olvidado todo lo que creía que era.
Valentina retira los dedos. Marcos siente la pérdida como un hueco físico.
—Mírame —ordena ella.
Abre los ojos. Valentina está de pie frente a él, su polla completamente erguida, un preservativo ya en su mano.
—Vas a sentirme entera —dice, desenrollando el látex sobre su longitud—. Y vas a pedirme más.
Marcos abre la boca. Las palabras no salen. Porque su cuerpo ya se ha echado hacia atrás por su cuenta, ya ha separado más las piernas, ya está esperando lo que Valentina le va a dar.
Ella lo ayuda a colocarse, le alza las rodillas hacia el pecho, lo expone completamente. La punta de su polla presiona contra su entrada, resbaladiza por la preparación anterior.
—Respira —murmura—. Suelta el aire. Deja que entre.
La presión aumenta. Marcos gime, el sonido saliendo entre el dolor y algo que no puede nombrar todavía. Valentina avanza centímetro a centímetro, sin prisa, sin piedad, hasta que sus caderas se encuentran con los muslos de él y están completamente unidos.
—Estás bien —dice ella, inclinada sobre él, la voz más baja ahora, casi íntima—. Estás muy bien.
Empieza a moverse. Marcos siente cada retirada como una pérdida y cada embestida como un regreso. Sus manos buscan las caderas de Valentina sin que él lo decida, los dedos clavados en su carne, instándola a no parar.
—Dime —ordena ella, aumentando el ritmo—. Dime qué eres.
—No... no sé... —jadea Marcos.
—Sí que lo sabes —insiste ella, cambiando el ángulo, golpeando ese punto que hace que Marcos grite—. Tu cuerpo ya lo sabe. Solo tienes que decirlo.
—Tuyo —suelta Marcos, y la palabra se escapa antes de que pueda detenerla—. Soy tuyo. Por favor, no pares...
La puerta se abre en ese momento.
Marcos intenta girarse. Valentina lo mantiene inmóvil, sus manos aferradas a sus caderas, la polla enterrada hasta la base.
—No —murmura ella, inclinándose sobre su espalda—. No mires. Solo siente.
Pero ya ha visto. En el reflejo del espejo de la pared opuesta: Clara, liderando con esa sonrisa que ahora comprende perfectamente. Detrás de ella, Diego, con la expresión de quien no puede dejar de mirar aunque quisiera. Patricia, cubriéndose los pechos con los brazos pero con los ojos fijos en el camastro. Fernando, con la boca abierta.
—Fóllalo —dice Clara, y su voz llena el vestuario, clara, sin matices—. Que vean lo que es.
Valentina no necesita más. Se endereza, agarra las caderas de Marcos con ambas manos y comienza a moverse de nuevo. Embestidas profundas, rítmicas, cada una acompañada de los sonidos que Marcos ya no intenta suprimir.
—Mira cómo lo disfruta —comenta Clara, acercándose despacio, su voz baja—. Mirad al macho del equipo. Mirad lo que es en realidad.
Marcos gime. La humillación debería paralizarlo. Debería hacer que se levantara, que enfrentara a Clara, que negara todo. Pero su cuerpo le traiciona una vez más: cada embestida de Valentina golpea ese punto que hace que sus dedos se claven en el colchón, que su espalda se arquee, que sus gemidos se vuelvan más altos, más desesperados.
Clara se arrodilla junto al camastro. Su rostro queda a centímetros del de Marcos.
—Dime que te gusta —susurra—. Dime lo que eres.
Valentina lo voltea. A cuatro patas. Marcos obedece antes de que su mente procese la orden. Arquea la espalda, ofrece lo que hay que ofrecer, y el gesto es tan natural que lo sorprende.
—Así —dice Valentina, y sus manos recorren sus nalgas antes de agarrarlas con firmeza.
Entra de nuevo, más fácil ahora, más profundo en esta posición. Marcos hunde la frente en el colchón y gime sin contención. El placer se acumula de una manera que no ha sentido antes, más totalizador, arrancado desde algún lugar que no sabía que tenía.
—Dime qué eres —ordena Valentina, sus embestidas volviéndose más firmes, más rítmicas.
—Tuya —jadea Marcos, y las palabras salen sin filtro—. Tu puta. Fóllame más, por favor, más duro...
La mano de Clara encuentra su polla, flácida entre sus piernas, y empieza a masturbarlo con movimientos precisos que hacen que Marcos se agite, que sus caderas busquen más contacto en todas las direcciones a la vez.
—Dilo para que todos te oigan —dice Clara.
—Soy una puta —suelta Marcos, y la voz se quiebra—. Tu puta. Me gusta que me follen, me gusta esto, me gusta...
El orgasmo llega sin aviso, diferente de cualquier otro que haya experimentado. Más profundo, arrancado desde algún sitio que no sabía que tenía. Clara siente el pulso en su mano y lo prolonga, lo saca hasta la última contracción, mientras él se convulsiona con la cabeza enterrada en el colchón. Valentina encuentra su propio clímax en medio del de él, las embestidas volviéndose erráticas antes de hundirse hasta la base, inmóvil, derramándose en el preservativo.
El silencio que sigue es diferente al de antes de la noche.
***
Después, los demás se van sin decir mucho. Diego sale primero, luego Fernando, luego Patricia. Clara es la última en levantarse. Pasa junto a Marcos, que sigue tumbado en el camastro, y le roza la frente con los labios: un gesto que podría ser tierno en otro contexto.
—Mi putita —susurra, solo para él, antes de cerrar la puerta.
Valentina se sienta en el borde del camastro. Se ha quitado el preservativo. La polla descansa ya flácida entre sus muslos. No dice nada durante un momento.
—¿Estás bien? —pregunta finalmente.
—No sé —responde Marcos, y es la respuesta más honesta que ha dado en años.
Valentina posa una mano en su espalda. No añade nada. El contacto es simple, sin más intención que la del contacto.
—Lo que eres no es lo que te enseñaron a temer —dice al cabo de un rato—. Es solo lo que eres.
Marcos no responde. Fuera, la lluvia sigue cayendo sobre el techo de cristal del gimnasio, sobre las palmeras del jardín, sobre el aparcamiento donde el coche de Fernando espera con la pegatina de la empresa en la luneta trasera. Mañana habrá desayuno de hotel y actividades de cierre y miradas que tendrá que decidir si sostiene o evita.
Pero ahora mismo solo existe el peso de su propio cuerpo sobre el colchón, el calor de la mano de Valentina en su espalda, y la extraña ligereza de haber dejado, por primera vez, de sostener algo que nunca supo exactamente para qué sostenía.