Soy travesti y esa noche lo dejé todo claro
Hay cosas que son difíciles de explicar a quien no las siente. Soy travesti de clóset. No me apetece serlo a tiempo completo, no me interesa organizar mi vida entera alrededor de eso, pero sí me depilo el cuerpo, cuido mi piel y guardo en el cajón del armario un par de conjuntos de lencería que solo saco para ocasiones concretas. Me basta con arreglarme un poco, ponerme algo de encaje y dejarme llevar cuando llega el momento justo.
A los hombres no los deseo de manera convencional. Lo que deseo es muy específico: su cuerpo, su polla, la forma en que pierden el control cuando alguien sabe lo que hace. El resto me resulta indiferente. Soy morbosa, soy fetichista y cuando me visto de mujer para tener sexo me convierto en otra persona. Una persona que sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo. No me da vergüenza decirlo.
Lo conocí un miércoles por la tarde en el supermercado del barrio. Yo iba vestido de hombre, como cada día: pantalón oscuro, camisa sin planchar, zapatillas. Él estaba eligiendo queso frente a la nevera con ese aire ausente que tienen ciertos hombres cuando no están mirando lo que miran. Nos cruzamos en el pasillo de las pastas y congeniamos sin esfuerzo, como si ya nos conociéramos de antes. Era de esos tipos simpáticos que no necesitan mucho para hacer cómoda una conversación, y era atractivo de una manera directa, sin pretensiones. Tenía unas manos grandes que yo no podía dejar de notar.
Terminamos en un bar a dos manzanas del supermercado. Las bolsas apoyadas junto a las sillas, dos cervezas sobre la mesa, la tarde cayendo afuera. Me caía bien. Escuchaba cuando le hablaba, hacía preguntas con interés real, se reía en los momentos correctos. Era sencillo estar con él, que es algo que no se puede decir de mucha gente.
Hablamos de trabajo sin entrar en detalles, de series que habíamos visto últimamente, de esa forma de hablar de nada que sirve para ir conociéndose sin apuro. La tarde se fue oscureciendo afuera y ninguno de los dos lo mencionó. Ninguno de los dos propuso irse.
En algún momento fuimos al baño, casi al mismo tiempo. Quedamos uno al lado del otro frente a los urinarios y yo lo miré de reojo. Lo que vi me gustó mucho más de lo que esperaba. Él notó la mirada y no dijo nada, solo sonrió hacia la pared. Me acerqué despacio, le puse la mano encima con cuidado. Él se quedó quieto, dejando que siguiera. Le di un beso breve en la punta, un beso pequeño y directo que lo decía todo sin necesitar palabras, y volví a la mesa sin mirar atrás.
Cuando se sentó de nuevo pedimos otra ronda sin que ninguno de los dos mencionara lo que acababa de pasar en el baño. Pero algo había cambiado en el aire entre nosotros, esa clase de cambio que no necesita ser nombrado para existir. Me preguntó si vivía cerca. Le dije que a quince minutos. Él esperó. Le propuse ir. Aceptó antes de que yo terminara la frase.
***
Fuimos en su coche. En el primer semáforo en rojo me puso la mano en la pierna. Yo la dejé ahí. Antes de llegar a mi calle me rozó el cuello con los labios, apenas un instante, y sentí que todo mi cuerpo reaccionaba de la forma que ya conozco bien: ese calor que sube del centro hacia afuera, esa certeza tranquila de que lo que viene a continuación va a ser exactamente lo que necesito.
En cuanto cerré la puerta me besó. Con ganas, con las manos en mi cara. Yo lo dejé disfrutar un momento y luego le pedí que esperara en el salón. Fui al dormitorio, abrí el cajón del armario y saqué lo que tenía guardado para noches así: un sostén negro de encaje, una tanga a juego. Me había depilado hace dos días y mi piel estaba suave. Me puse el sostén, la tanga, y me miré en el espejo del armario un instante antes de salir.
Lo encontré sentado en el sofá con los codos apoyados en las rodillas. Cuando me vio se quedó en silencio, mirando. Luego sonrió despacio, de esa manera que indica que alguien está muy conforme con lo que tiene delante. Me puse de pie frente a él un momento, dejándolo mirar. La luz del salón le daba de lado y yo notaba su mirada recorriendo cada parte de mi cuerpo con una concentración que me gustó mucho. Sin apresurarse. Sin perder detalle.
—¿Te gusta? —pregunté.
—Mucho —dijo.
Me senté a su lado y le puse la mano en el muslo. Luego más arriba. Le bajé el pantalón sin apresuramiento, después los calzoncillos, y lo tuve delante exactamente como lo había imaginado en el baño del bar, pero mejor. Mucho mejor, de verdad.
Le besé la punta con los labios cerrados, muy suave, explorando la forma, el calor, la textura. Pasé la lengua despacio por el borde del glande y recogí lo que encontré ahí. Tenía un sabor cálido y limpio que me encantó desde el primer segundo. Abrí la boca poco a poco y lo fui tomando, sintiendo cómo crecía entre mis labios mientras lo hacía. Cuando estuvo completamente duro ya no me cabía todo, pero eso no me detuvo.
Llevo años haciéndolo y sé con exactitud qué funciona. Succioné con ritmo, variando la presión. Usé las dos manos para lo que la boca no alcanzaba. De vez en cuando me detenía solo para besarlo, para pasarle la lengua despacio desde la base hasta la punta, para mirarlo a los ojos y ver cómo intentaba mantener la compostura. No lo logró por mucho tiempo. Sus manos se enredaron en mi pelo y soltó un sonido grave que me hizo sonreír contra él.
Era bueno. Era muy bueno. Hay un placer particular en hacer que alguien pierda la cabeza con la boca, en sentir cómo su respiración se vuelve irregular, en escuchar cómo intenta callar los sonidos que su cuerpo necesita hacer y no puede. Lo mamé sin prisa durante un buen rato, concentrada, disfrutando cada segundo de esa sensación de control.
Cuando lo noté al borde, paré.
Me incorporé, le pedí que se corriera un poco hacia el centro del sofá y me coloqué encima de él de espaldas. Bajé la tanga hasta los muslos, tomé su polla con una mano y la acomodé en el lugar exacto. Empujé hacia abajo muy despacio, controlando cada milímetro.
El primer momento es siempre intenso. El cuerpo lo registra de una manera que es difícil de describir: una presión que va de adentro hacia afuera, un instante en que todo el aire sale solo. Pero yo conozco mi cuerpo y sé esperar. Me quedé quieta con la punta adentro, respirando, relajándome. Él puso las manos en mis caderas y no empujó. Esperó. Eso me gustó mucho.
Bajé otro poco. Luego otro poco más. Sus manos apretaron sin querer. Le dije en voz baja que se quedara quieto y obedeció. Me tomé el tiempo que necesité, con pequeños movimientos circulares que abrían espacio despacio, hasta sentirlo completamente adentro. Y me quedé ahí, inmóvil, con esa sensación de llenura que ninguna otra cosa iguala.
Empecé a moverme. Primero en círculos pequeños, sintiendo cada ángulo, cada variación. Luego hacia arriba y hacia abajo, con ritmo sostenido. Él empezó a respirar más rápido. Yo solté un gemido que no pude contener, y ese sonido hizo que él empujara hacia arriba para encontrarme. Nos encontramos a mitad de camino varias veces antes de que los dos encontráramos el mismo ritmo y lo mantuviéramos.
En algún momento nos movimos sin hablarlo: yo me incliné hacia adelante apoyando los antebrazos en el brazo del sofá y él se colocó detrás. Cambió algo cuando tomó el control. Sus embestidas eran largas y directas, completamente adentro con cada una, y yo empujaba hacia atrás para encontrarlo. Era una especie de conversación sin palabras donde los dos decíamos lo mismo.
—Más fuerte —le pedí.
Y cumplió sin dudarlo.
Duró mucho más de lo que esperaba. Mucho más. Cuando por fin me avisó que estaba llegando yo ya estaba en ese estado en que los pensamientos se disuelven y solo queda la sensación. Le dije que se viniera adentro. Se aferró a mis caderas con fuerza, empujó hasta el fondo y se quedó ahí, completamente quieto, mientras lo noté explotar por dentro en oleadas lentas y largas. Me quedé inmóvil, recibiéndolo todo, sintiendo cada uno de esos espasmos desde adentro.
Respiré hondo con él todavía adentro. La intensidad se iba diluyendo despacio, como una ola que sube y baja sin prisa. No quería moverme. Me quedé así un minuto más, quizás dos, saboreando cada segundo de esa completitud.
***
Nos separamos con calma. Él se quedó tumbado en el sofá con los ojos entrecerrados y esa expresión satisfecha que tienen los hombres cuando han dado todo. Yo fui al baño y cuando volví lo encontré mirando el techo sin moverse.
Me acerqué y le limpié con cuidado. Noté que empezaba a endurecerse de nuevo entre mis manos.
—¿Otra vez? —pregunté.
Me respondió tirando suave de mi brazo para acercarme.
La segunda fue diferente: más lenta, más íntima, con las caras cerca. Me abrazó por la espalda y me acarició el pecho mientras lo hacía, pellizcándome los pezones con una firmeza que me hizo cerrar los ojos. Cambié de ángulo varias veces, buscando la posición que a los dos nos funcionaba mejor. Él me seguía sin protestar, adaptándose a lo que yo pedía con el cuerpo. En algún momento pusimos las caras cerca y me besó mientras lo hacía, despacio, sin perder el ritmo. Tardó más en llegar pero cuando llegó fue igual de intenso, igual de completo. Me quedé encima de él hasta que noté que se quedaba completamente quieto.
A la mañana siguiente se levantó mientras yo todavía tenía los ojos cerrados. Sentí el peso del colchón cambiar. Luego sentí su boca, breve y cálida, en la curva de mi nalga, una despedida silenciosa que me hizo sonreír sin abrir los ojos. Y luego su polla en mis labios, apenas un instante. Se la besé, como respuesta. Escuché sus pasos alejarse y la puerta cerrarse con suavidad.
Me quedé tumbada un rato más, con esa sensación de satisfacción que empieza adentro y se expande hacia fuera, lenta, como la luz de la mañana. Dolía un poco, sí. Pero era el tipo de dolor que le recuerda al cuerpo lo que acaba de pasar. No me arrepentí de nada.
Nunca me arrepiento.