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Relatos Ardientes

La tarde que empezó como café para tres

4.3(15)

Había aceptado la salida sin pensarlo demasiado. Camila llevaba semanas hablando de Andrés, mi exnovio, con esa mezcla de curiosidad y envidia que tienen las amigas cuando oyen hablar de un hombre que estuvo contigo y no con ellas. «Tiene pinta de saber follar bien», me dijo una noche mientras abríamos la segunda botella de vino. No me pareció mal idea organizar algo. Un café, los tres juntos. Una tarde sin más pretensión aparente que presentarlos formalmente.

Nada de lo que ocurrió después fue simple ni inocente.

Cuando entré al café, ya estaban sentados. Camila se había adelantado, y durante los cinco minutos en que yo llegaba, habían encontrado el modo de inclinarse el uno hacia el otro como si llevaran años conociéndose. Ella tenía esa costumbre suya de morderse el labio inferior cuando algo le interesaba de verdad, y esa tarde lo hacía sin parar. Andrés la escuchaba con la cabeza ligeramente ladeada y los ojos fijos en los de ella, con esa atención que yo había tardado meses en descubrir que no era exclusiva de mí.

—Por fin —dijo él al verme, levantándose a medias del asiento.

Me senté frente a los dos. Pedí un café. Y durante la siguiente hora me dediqué casi exclusivamente a observar.

La tensión entre ellos tenía textura. Camila gesticulaba más de lo habitual, usaba las manos para explicar cosas que normalmente habría dicho con dos palabras. Andrés elegía cada frase con cuidado, ese cuidado suyo que parecía casualidad pero no lo era. En algún momento él dijo algo en voz muy baja y ella se rio con la cabeza echada hacia atrás, y yo me di cuenta de que llevaba varios minutos sin seguir la conversación.

Estaba pensando en los dos. No por separado, sino juntos. En la polla de Andrés metiéndose en el coño de Camila mientras yo miraba.

No era celos. Eso lo había resuelto con Andrés mucho antes de que termináramos. Era otra cosa: una curiosidad muy específica, del tipo que no se apaga fácilmente una vez que aparece. Tenía los dos pedazos por separado y mi cabeza los estaba ensamblando sola, sin pedirme permiso. Sentí un latido bajo, insistente, entre las piernas, y crucé los muslos con disimulo bajo la mesa.

***

Con Camila tenía una historia que ninguna de las dos había nombrado nunca en voz alta.

Nos conocíamos desde hacía seis años. Habíamos compartido piso durante casi dos, habíamos vivido la una los dramas de la otra con una intimidad que iba más allá de lo que suele caber en el concepto de amistad, y había una noche —una noche de finales de julio, después de una fiesta que se había alargado más de lo previsto— que seguía ahí, entre nosotras, sin necesitar ser mencionada para existir.

Llegamos al piso juntas, algo borrachas, riéndonos de algo que ya no recuerdo. Cerramos la puerta y la risa se apagó sola. Quedó uno de esos silencios que no se llenan con palabras.

Fui yo quien la besé. O tal vez fue ella quien no se apartó cuando me acerqué. Después de tanto tiempo, el origen ya no importa.

Lo que recuerdo con claridad es la forma en que respondió: sin dudas, sin la torpeza de quien hace algo por primera vez. Camila en la cama era completamente distinta a Camila en el mundo: más callada, más concentrada, con una atención que no dejaba nada sin registrar. Me metió la lengua en la boca con hambre, mordiéndome el labio, y sus manos se fueron directas debajo de mi vestido, subiéndome la falda hasta la cintura sin ningún tipo de pudor.

Me empujó contra la pared del pasillo. Me bajó las bragas de un tirón hasta las rodillas y me metió dos dedos de golpe, encontrándome ya empapada. Se rio bajito contra mi cuello al notarlo.

—Estabas deseándolo —me susurró al oído, mientras curvaba los dedos dentro de mí y me hacía apretar los dientes.

Nos fuimos como pudimos al cuarto, dejando ropa por el camino. La tumbé sobre la cama, le arranqué la camiseta y le mordí los pezones hasta que se le pusieron duros bajo mi lengua. Ella me agarró del pelo y me guio hacia abajo sin decir nada, y yo obedecí: le abrí las piernas, le separé los labios del coño con los dedos y empecé a chupárselo despacio, lamiéndole el clítoris con la punta de la lengua mientras le metía dos dedos y buscaba ese punto interno que la hacía arquearse.

Camila se corrió apretándome la cabeza contra ella, callada como siempre, pero temblando con todo el cuerpo. Y no me dio tiempo a nada: me giró, me puso boca arriba y se situó entre mis piernas con la misma determinación. Recuerdo la presión de sus manos en mis caderas cuando bajó la cabeza y se tomó su tiempo, sin apresurarse, aprendiendo con paciencia lo que funcionaba y aplicándolo sin vacilar. Me chupaba el clítoris con los labios, luego lo lamía en círculos, luego me metía la lengua entera en el coño y volvía a empezar. Llegué deprisa, mucho más deprisa de lo que habría querido admitir, gimiendo en voz alta y aplastándole la cara contra mí mientras me corría en su boca.

Después nos quedamos las dos en la oscuridad del cuarto, sudadas y sin aliento, sin decir nada. A la mañana siguiente desayunamos juntas como si nada. No mencionamos lo que había pasado. No fue necesario: seguía ahí de todas formas, y las dos lo sabíamos.

***

Con Andrés la historia era diferente en casi todo.

Habíamos estado juntos casi un año. Una relación real, de las que incluyen rutina y discusiones serias y noches sin dormir hablando de cosas que importan. Cuando terminó, terminó bien, sin escenas y sin rencores, y eso lo hacía más fácil de recordar con exactitud.

Lo que más me costaba olvidar de él, físicamente, era la lentitud. Andrés no tenía prisa nunca. Tenía manos grandes y las usaba como si el tiempo no fuera un factor, deteniéndose en cada lugar el tiempo justo hasta que yo dejaba de poder esperar más. Y tenía una polla gruesa, de las que se sienten desde el primer empujón, con la que sabía moverse igual de despacio que con todo lo demás. Al principio me desesperaba. Con el tiempo aprendí a apreciar lo que construía con eso.

Tenía esa costumbre de preguntar a media voz, casi como parte del ritmo: «¿así?», «¿aquí?», «¿te gusta así de fuerte?», sin esperar una respuesta larga, solo una señal. Al principio pensé que era inseguridad. Después entendí que era precisamente lo contrario: le gustaba confirmar el efecto de cada embestida. Era una forma de prestar atención que resultaba difícil de sacarse de la cabeza.

Lo que más me había costado olvidar era una tarde de domingo en su piso. No había ocurrido nada particular que lo justificara: habíamos pasado el día sin planes, viendo una película a medias, y en algún momento del atardecer empezó a besarme el cuello sin decir nada. Me desnudó despacio en el sofá, prenda a prenda, mirándome después de cada botón como si estuviera memorizando algo. Me abrió las piernas y me lamió el coño durante lo que me pareció una eternidad, deteniéndose cada vez que notaba que estaba cerca, hasta que yo le tiraba del pelo suplicándole que no parara.

Cuando por fin me penetró, ya estaba tan al borde que casi me corrí con el primer empujón. Él me folló despacio, muy despacio, hundiéndose entero y saliendo casi del todo, mirándome a la cara todo el rato. Me giró y me puso a cuatro patas, y siguió con el mismo ritmo lento, agarrándome de las caderas y clavándome esa polla hasta el fondo una y otra vez. Cuando por fin me dejó correrme fue con una intensidad que me pilló desprevenida, gritando contra la almohada mientras él me sujetaba en el sitio. Él llegó después, sin apresurarse, corriéndose dentro de mí con esa satisfacción tranquila que no era arrogancia sino algo más honesto que eso. Esa tarde me quedó grabada con una claridad inconveniente.

***

Andrés volvió del baño y retomó la conversación donde la había dejado. Camila se inclinó hacia adelante de nuevo. Yo los miraba a los dos y tenía en la cabeza una imagen muy concreta: los dos juntos, cada uno con sus cosas particulares —la boca hambrienta de ella, la polla lenta y gruesa de él— y yo en algún lugar en el centro de eso.

Me moví en la silla. Tenía las manos apretadas en el regazo y no me había dado cuenta hasta ese momento. Debajo de la falda estaba mojada.

—¿Quieren venir a casa? —dije, en el primer hueco que encontré en la conversación.

Los dos me miraron al mismo tiempo.

—Tengo una botella de vino sin abrir —añadí, como si eso fuera una razón suficiente.

Camila cruzó una mirada rápida con Andrés. Andrés me miró a mí un segundo más de lo necesario.

—Claro —dijo él.

***

En mi piso la conversación continuó un rato, pero con menos sustancia que antes. Estábamos los tres en el salón, con las copas de vino y la música en un volumen bajo, y la electricidad que había empezado en el café ya no tenía adónde ir salvo hacia donde iba a ir.

Fui yo quien hizo el primer movimiento.

Me giré hacia Camila, le aparté el pelo del hombro con una mano y la besé. Despacio. Sin preguntarle nada. Le metí la lengua en la boca y ella respondió con la misma concentración de siempre, mordiéndome el labio, subiéndome una mano por el muslo hasta meterla debajo de la falda. Me tocó por encima de las bragas, notó lo empapada que ya estaba y me miró un segundo a los ojos con media sonrisa.

Cuando aparté la cara, Andrés no se había movido del sofá. Nos miraba con esa atención multiplicada de quien quiere entender bien lo que tiene delante antes de participar. Tenía las manos apoyadas en las rodillas, el bulto ya marcándose en los vaqueros, y estaba completamente quieto.

—Ven —le dije.

Se levantó sin decir nada.

***

Nos fuimos al cuarto los tres, dejando la ropa esparcida entre el salón y el pasillo. La camisa de Andrés, mi vestido, el sujetador de Camila, sus vaqueros. Cuando llegamos a la cama ya estábamos casi desnudos, y la polla de Andrés se le marcaba dura contra el bóxer.

Camila fue la primera en arrodillarse frente a él. Le bajó el bóxer sin ceremonia y le agarró la polla con una mano, mirándola un segundo como quien estudia algo nuevo. Después se la metió entera en la boca, sin rodeos, chupándosela hasta el fondo con esa concentración suya que no dejaba nada sin registrar. Andrés soltó el aire por la nariz y le puso una mano en la nuca, sin empujar, solo acompañándola.

Yo me subí a la cama y los miré. Era exactamente la imagen que había estado ensamblando en la cabeza toda la tarde. La boca de Camila subiendo y bajando por su polla, ella mirándolo a él desde abajo, él con los labios entreabiertos y respirando por la nariz para no perder el control demasiado pronto.

—Ven aquí —le dije a Camila.

Se sacó la polla de la boca con un ruido húmedo y se subió a la cama conmigo. La tumbé de espaldas, le abrí las piernas y le empecé a chupar el coño mientras Andrés se acercaba por detrás de mí. Le sentí las manos grandes en las caderas, subiéndome por la espalda, apartándome el pelo. Después me sentí las bragas bajar por los muslos y su polla resbalar entre mis nalgas, empapándose de lo mojada que estaba yo.

—¿Así? —murmuró, con esa costumbre suya intacta.

—Sí —dije, con la boca todavía pegada al coño de Camila—. Métemela ya.

Me la metió despacio, hundiéndose entero de una sola vez. Se me escapó un gemido contra Camila y ella se arqueó debajo de mí, agarrándome la cabeza con las dos manos para que no parara. Andrés empezó a follarme por detrás con ese ritmo lento y profundo que yo recordaba demasiado bien, y yo seguí chupándole el clítoris a Camila mientras él me clavaba la polla hasta el fondo una y otra vez.

Cambiamos de posición varias veces. En algún momento fue Camila la que quedó debajo de Andrés, con las piernas abiertas y él encima, penetrándola por primera vez con esa lentitud que yo conocía tan bien pero que a ella la pilló desprevenida. La vi arquearse de una forma que yo reconocía y que para él era nueva, gimiendo en voz alta, apretándole la espalda con las uñas. Yo me senté a horcajadas sobre la cara de Camila y ella me devolvió el favor sin dejar de gemir, chupándome el coño con la misma boca con la que había estado chupando a Andrés hacía un momento. Eso, desde donde yo estaba, resultó más excitante de lo que había calculado.

Sentía la lengua de Camila subiendo por mi clítoris, sus manos en mis muslos empujándome contra su boca, y al mismo tiempo veía la cara de Andrés detrás de mí, concentrado, follándola con embestidas cada vez más profundas. Le agarré la nuca y lo atraje hacia mí, y nos besamos por encima del cuerpo de Camila mientras yo me acercaba al orgasmo.

Me corrí primero yo, apretándome contra la boca de Camila, gimiendo dentro del beso de Andrés. Después se corrió ella, sin soltar mi coño, temblando entera debajo de nosotros. Y él aguantó unos empujones más, mirándonos a las dos, hasta que le pedí que se corriera en mi boca. Salió de dentro de Camila, se puso de rodillas frente a mí, y yo le agarré la polla con una mano y me la metí en la boca justo a tiempo para sentir el primer chorro de semen caliente contra la lengua. Me lo tragué todo, chupándole la punta hasta la última gota, mientras Camila nos miraba desde abajo con una sonrisa cansada.

Hubo un momento, bastante avanzada la noche, en que los tres encontramos algo parecido a un ritmo en común. Duró poco —esas cosas siempre duran poco— pero mientras duró no había nada más en la habitación que eso. Solo el calor y el peso de los tres cuerpos y la sensación de que la tarde entera había estado avanzando hacia ese punto sin que nadie lo dijera.

Después quedamos los tres en silencio, tirados sobre la cama, pegajosos y sin aliento. La botella de vino estaba casi vacía sobre la mesa. Nadie hizo ademán de moverse.

Camila fue la primera en reírse. Era una risa baja, sin ninguna explicación aparente.

—Llevaba semanas hablando de él —me dijo.

—Ya lo sé —dije yo.

—¿Lo sabías desde el principio?

—Tenía una idea.

Andrés nos miraba a las dos con la expresión de quien acaba de entender que ha sido, en cierta medida, una pieza en un tablero que las otras dos movían sin decírselo.

—¿Esto lo tenías planeado? —me preguntó.

Bebí el último sorbo de vino que quedaba en mi copa antes de responder.

—Digamos que lo imaginé primero —dije—. El resto fue cosa vuestra.

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4.3(15)

Comentarios(11)

danny52

Que arranque mas intrigante, te deja enganchado desde el primer párrafo. Pedimos continuacion!!

NocheBCN

jajaja esa tension de tenerlos a los dos ahí... se nota que el narrador ya sabia como iba a terminar todo. Tremendo

Silvina_BA

Buenisimo! Me recordo a una situacion que yo misma vivi hace años. Esas tardes improvistas son las mejores, sin duda

Ricky_MX

Solo con el extracto ya me enganche, imaginate el relato completo. Muy buena pluma, sigue escribiendo!

MarisolK

Dios mio que nervios solo de leerlo! Me imagino la cabeza del narrador en ese momento jajaja. Gracias por compartirlo

Turco_Sur

corto pero muy intenso. quiero saber que paso despues!!

Panzeta

Los trios con historia previa entre las personas son otra dimension completamente. Se siente autentico, bien narrado

GusJav30

Esa situacion de tenerlos a los dos frente a frente y cargar con ese secreto... me imagino el caos mental que debe ser jaja. Muy buen relato

RossanaV

Esperando la segunda parte con ansias :) No nos dejes asi!!

Naxo64

excelente!!! uno de los mejores de la categoria

Emi_Cordoba

Me encanto como esta contado, esa perspectiva desde adentro del trio es muy original. Seguí así!

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