Cuatro amigos, tres extraños y una noche sin límites
La cena terminó a las nueve y media. Cuatro platos sin lavar, cuatro copas de vino a medias y una conversación que tardé semanas en olvidar.
Llevábamos cinco días en Galicia, en la casa de veraneo de Valeria, un pueblo costero que en septiembre huele a sal y a madera húmeda. Éramos cuatro: Valeria, mi hermana gemela Lucía, mi marido Marcos y yo, Clara. Habíamos llegado sin hijos por primera vez en años. Los dejamos con los abuelos, con los ex, con quien se prestara, y nos fuimos al norte con la única instrucción de no pensar en nada que no estuviera frente a nosotros.
Valeria y Lucía están divorciadas. Yo llevo casada doce años con Marcos. Los cuatro cumplíamos cuarenta ese otoño, Lucía y yo exactamente el mismo día: ese sábado.
Esa es la foto del grupo: cuatro personas de vida ordenada, trabajos estables, hijos pequeños y rutinas que se repiten como un bucle. Tres mujeres que no recordaban la última vez que habían hecho algo que no estuviera en el calendario. Un hombre que se había ido a dormir antes de la medianoche los últimos trescientos días seguidos.
Esa noche, Valeria rompió el bucle.
***
—Tenemos que hablar de algo —dijo, apoyando los codos en la mesa.
Nadie respondió. El viento movía las contraventanas del salón y la vela de la mesa parpadeó dos veces.
—Llevamos cuarenta años haciendo lo correcto. Las dos hemos criado hijos solas después del divorcio —señaló a Lucía y a sí misma—. Clara lleva doce años siendo la mujer perfecta. Marcos doce siendo el marido perfecto. Todos trabajamos sin parar, corremos de un lado a otro, y al final del día no nos queda nada para nosotros. ¿Y qué? ¿Eso es todo?
Lucía asintió despacio, mirando la mesa.
—Hace tres años que me divorcié y no he estado con un hombre desde entonces —siguió Valeria—. No porque no haya querido, sino porque nunca me da la vida. Pues esta noche quiero que nos pase algo que podamos contar dentro de veinte años. Algo que, si lo cuento en el trabajo, pierdo el empleo.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó Marcos.
—Todavía no lo sé. Algo que suponga cruzar una línea.
Propusimos cosas. Tirarnos en paracaídas: demasiado miedo, y había que organizarlo con antelación. Tatuajes: Marcos dijo que ni muerto, con esa cara que pone cuando algo le parece una barbaridad. Yo tampoco. Drogas: Marcos se puso serio de una forma que no admitía discusión. Conoce a gente cercana a la que eso le había destrozado la vida, y no iba a ceder. Entonces Valeria dijo lo que llevaba pensando desde que salimos de casa.
—Una orgía.
Silencio.
—No entre nosotros cuatro —aclaró rápidamente, levantando la mano—. Con gente de fuera. Vosotros dos juntos, como siempre, pero también con otros. Lucía y yo con varios hombres. Y a ti, Marcos, te buscamos alguna mujer.
—¿Estás hablando en serio? —dije.
—Completamente.
Lucía se recostó en la silla con una sonrisa que yo no sabía que tenía.
—A mí no me disgusta —dijo.
Marcos miraba el mantel. Después me miró a mí.
—Yo no voy a acostarme con otra mujer delante de ti —dijo al final, en voz baja.
—¿Por qué no? —preguntó Valeria.
—Porque Clara es mi mujer.
—Eso no es una razón. Es una costumbre.
Estuvimos media hora así. Propuestas, objeciones, silencios. Hablamos de lo que implicaría, de si era reversible, de si cambiaría algo entre nosotros. Marcos escuchaba con la copa en la mano sin beber. Al final, algo cedió. No sé si fue el vino, o la charla sobre los cuarenta, o que llevaba toda la semana mirando a mi marido y pensando que éramos demasiado previsibles. El caso es que dije:
—Una noche. Solo esta noche. Y lo que pase aquí se queda aquí.
Marcos me miró como si me hubiera cambiado la cara.
—No me gusta —dijo.
—Sé que no te gusta.
Hubo una pausa larga.
—Pero tampoco me voy a quedar mirando mientras vosotras tres os vais de fiesta y yo me como las manos.
***
Valeria tenía un contacto en el pueblo. Rodrigo, un hombre de nuestra edad al que conocía desde los dieciséis años, que había crecido en ese mismo pueblo costero y que, según ella, sabía dónde conseguir cualquier cosa y conocía a todo el mundo entre la ría y el cabo. Lo llamó, le explicó vagamente lo que buscábamos, y apareció veinte minutos después con una mujer llamada Natalia.
Natalia tenía unos treinta y muchos, morena, con los ojos un poco vidriosos y una sonrisa que se adaptaba con demasiada facilidad a cualquier habitación. Rodrigo era un tipo alto, con barba de varios días, que había sido muy guapo y todavía lo era si no te fijabas demasiado en los estragos que le había hecho la noche mala.
Se apuntaron sin que nadie tuviera que explicárselo dos veces.
—Falta gente —dijo Lucía—. Somos seis, pero a nosotras nos sobra un hombre. Rodrigo no puede abastecer a tres.
Valeria y mi hermana se cambiaron de ropa, se pusieron dos vestidos de los que solo sacan en ocasiones especiales, y salieron a un bar de copas que había al final de la calle. Yo me quedé en casa con Marcos, Rodrigo y Natalia, sirviéndome una copa que no necesitaba pero que justificaba no saber qué decir.
Marcos estaba tenso. Lo conozco demasiado bien para no verlo. Se servía el vino con mucha calma, hablaba con educación, pero cada diez segundos me buscaba con la mirada para comprobar que yo seguía siendo la misma persona que había llegado a esa casa cinco días antes.
Seguía siéndolo. Solo que esa noche me apetecía no serlo.
***
Media hora después llegaron con tres hombres.
Yo no esperaba eso.
Eran jóvenes, unos diez años menos que nosotras. Uno más bajito, con cara de buena persona y el aspecto de alguien a quien le habían dado una mala noticia reciente. Los otros dos eran otra cosa: uno metro noventa, espalda ancha, con esa manera de moverse de la gente que hace deporte de verdad; el otro igual de alto pero más delgado, con ojos oscuros y una presencia que ocupaba el espacio sin pedirlo.
—Este es Mateo —dijo Valeria señalando al bajito—. Este es Sebastián, y este es Nicolás.
Marcos se tensó en el sofá. Yo noté que se me aceleraba el pulso.
Hicimos las presentaciones. Los tres eran del País Vasco, veraneantes que habían llegado ese fin de semana para acompañar a Mateo después de una ruptura reciente. Sebastián era profesor de secundaria en un pueblo cerca de Bilbao. Nicolás, médico de urgencias. Mateo, ingeniero.
—Somos gente normal —les dije, sin saber muy bien por qué sentía la necesidad de aclararlo.
—Ya lo vemos —dijo Nicolás, con una media sonrisa—. Y precisamente por eso resulta curioso.
Hubo copas. Hubo música. El ambiente tardó un rato en calentarse, pero cuando lo hizo, lo hizo rápido. Lucía puso algo de reggaetón y empezó a bailar en el centro del salón sin pedirle permiso a nadie. Natalia se le unió. Valeria arrastró a Rodrigo desde el sillón. Sebastián se levantó solo y se metió en el baile.
Mateo, el del divorcio reciente, se quedó en el sofá con su copa.
Yo me quedé también, pero no en el sofá.
Estaba de pie junto a la estantería, mirando cómo se movía la habitación, cuando noté que Nicolás se acercaba.
—¿No bailas? —preguntó.
—No todavía.
Se quedó a mi lado sin insistir, mirando también la habitación.
—¿Fue idea tuya o de ellas? —preguntó al cabo de un momento.
—De Valeria. Aunque yo voté a favor.
—¿Por qué?
Tardé en contestar.
—Porque tengo cuarenta años y nunca he hecho nada que no estuviera en el plan.
Nicolás asintió despacio, como si eso tuviera sentido.
—¿Y tu marido?
—Está allí —dije, señalando con la mirada hacia el sofá donde Marcos había ido a sentarse junto a Mateo—. Está procesándolo.
—¿Y tú?
—Yo también. Pero de otra manera.
***
Valeria había repartido condones por toda la casa antes de salir al bar. Una caja en cada cuarto, una en el salón. Cuando lo hizo, Marcos la miró con esa expresión de no poder creer que esto estuviera pasando de verdad.
Estaba pasando de verdad.
Después de un rato de baile y conversaciones cruzadas, Valeria cogió a Rodrigo de la mano y desapareció escaleras arriba. Desde arriba llegó, un rato después, el sonido amortiguado de ella riéndose, y después ya no riéndose. Después nada.
Marcos se levantó del sofá y vino hacia mí.
—Sube conmigo —dijo.
Subimos.
***
En cuanto cerré la puerta, Marcos me giró hacia él y me besó de una manera que hacía meses que no lo hacía. Con urgencia. Con algo que reconocí como celos convertidos en otra cosa: en una especie de reclamo que no sé si me gustó más de lo que me sorprendió.
Me quitó la ropa sin apartar los ojos de mí. Yo hice lo mismo con él.
Nos tumbamos en la cama y él bajó despacio, sin prisa, hasta donde yo lo necesitaba. Lo que hizo durante los minutos siguientes me hizo cerrar los ojos y agarrarme a las sábanas con los dedos. No solo por lo que hacía, sino por saber que en el piso de abajo había tres hombres jóvenes que no eran mi marido y que esa noche podían serlo si yo quería.
Esa idea me disparó algo que no sabía que tenía.
—No pares —dije.
No paró.
Me corrí con el cuerpo arqueado y la respiración cortada, mientras él me sujetaba por las caderas y seguía sin parar. Cuando me recuperé, estaba apoyado en el codo, mirándome.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí.
—¿Vas a bajar después?
No respondí de inmediato.
—¿Quieres que lo haga? —le pregunté.
Marcos tardó.
—Quiero que esta noche hagas lo que quieras. —Hizo una pausa—. Y odio querer eso.
Me reí. Él también, a su manera.
Nos pusimos en otra posición, él encima, los dos hablando mientras lo hacíamos, diciéndonos cosas que en condiciones normales nos daría vergüenza decir en voz alta. El sexo era bueno, siempre lo había sido, pero esa noche tenía una carga diferente, como si la situación hubiera abierto una válvula que llevaba tiempo cerrada.
Marcos se detuvo antes de correrse.
—Me reservo —dijo.
—¿Para quién?
—Para Natalia.
Hice un ruido con la boca.
—Serás cabrón.
—Tú tienes a tres esperándote abajo.
—Dos —dije—. Mateo parece el tipo que se queda en el sofá a pensar en su ex toda la noche.
Nos reímos otra vez. Nos vestimos despacio, en silencio, con esa comodidad de doce años que no desaparece aunque la noche sea rara. Antes de salir, Marcos me cogió la cara con las dos manos.
—Esta noche eres libre —dijo—. Una noche.
—Una noche —repetí.
***
Abajo, el salón había cambiado. Rodrigo y Natalia habían desaparecido por separado, cada uno en dirección distinta. Lucía estaba bailando con Sebastián, pegada a él, con los ojos cerrados y esa expresión que tienen las personas cuando saben perfectamente lo que va a pasar después y no tienen miedo de que pase.
Mateo seguía en el sofá. Ya no miraba el suelo. Miraba a Lucía.
Nicolás estaba de pie junto a la ventana que daba a la calle, con los brazos cruzados, mirando afuera. Cuando entré, se giró.
No dijimos nada durante un momento.
Marcos pasó a mi lado y fue directo hacia donde estaba Natalia, que había vuelto al salón sola y se había servido otra copa. Los vi hablar. Los vi reírse de algo que no pude escuchar. Después desaparecieron juntos por el pasillo.
Me quedé sola frente a Nicolás.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Rara. —Hice una pausa—. Bien.
—Las dos cosas son compatibles.
—Ya lo sé.
Se acercó despacio, sin tocarme todavía, dejando que fuera yo quien decidiera la distancia. Se detuvo a menos de un metro.
—¿Qué quieres que pase esta noche? —preguntó.
Era la primera vez en mucho tiempo que alguien me hacía esa pregunta. No qué necesitaba. No qué era lo correcto. Qué quería yo.
—No lo sé todavía —dije.
—Bien. —Sonrió—. Tenemos tiempo.
Desde el piso de arriba llegaba el sonido de Valeria moviéndose, y risas, y algo que golpeaba el cabecero contra la pared con un ritmo regular. Lucía y Sebastián ya no estaban en el salón. Mateo se había levantado del sofá, por fin, y estaba en la cocina haciéndose otra copa.
La casa respiraba de otra manera.
Nicolás me tendió la mano.
—¿Subimos?
Miré la mano. Miré hacia el pasillo donde había desaparecido Marcos. Pensé en los doce años de vida ordenada, de decisiones correctas, de noches que terminaban a las once con los dientes lavados y el despertador puesto para el día siguiente.
Una noche, me dije.
Cogí la mano de Nicolás.
Y subimos.