El fin de semana que organicé con once desconocidos
Me llamo Daniel, tengo veintinueve años y vivo en Zaragoza. Soy un tipo común: un metro ochenta, ochenta kilos, sin pareja desde hacía meses y con una idea fija dándome vueltas en la cabeza desde el invierno anterior. Quería organizar algo distinto. Algo que recordara durante años. Un fin de semana de sexo, de morbo y de situaciones que no se viven en una vida normal.
La idea fue cuajando despacio. Primero busqué la casa. Una casa rural en un pueblo del Pirineo, apartada de todo, con piscina, cinco habitaciones y dos cuartos de baño grandes. La alquilé un fin de semana entero, sin vecinos cerca, sin curiosos. Después vino la parte difícil: encontrar a las personas.
Necesitaba a once desconocidos. Cinco chicos y cinco chicas, más yo. Personas abiertas, con ganas de jugar, con ganas de pasar dos noches sin tabúes. Antes de empezar la búsqueda, escribí unas normas que cualquiera que quisiera entrar tenía que aceptar.
La primera era simple. Durante esas cuarenta y ocho horas, en la casa no existía la ropa. Nadie se vestía. Nadie. La segunda regla era más delicada: en una reunión de doce personas siempre hay alguien que te atrae menos. Habría momentos libres en los que cada quien hacía lo que quería, pero también juegos eróticos en los que el azar mandaba. Si te tocaba alguien que no era tu primera elección, igual cumplías. Nadie quedaba fuera. Nadie se sentía rechazado.
Pasé semanas filtrando candidatos. Hubo de todo: hombres que decían ir con su pareja y luego venían solos, parejas que querían entrar pero sin tocar a nadie más, gente que mentía sobre la edad o sobre las fotos. Al final, después de dos meses de mensajes, llamadas y descartes, tenía mi grupo.
Tres parejas y seis personas sueltas. Tomé el tiempo de hablar con cada una en privado, de asegurarme de que sabían dónde se metían, de explicarles las normas. A las chicas les pregunté si estarían dispuestas a tener sexo entre ellas durante los juegos. Casi todas dijeron que sí. Solo dos preferían quedarse con los chicos.
Cuando faltaba una semana, empecé a mandarles mensajes diarios. Frases sueltas, escenas posibles, situaciones. Sin contar nada concreto. Solo lo justo para que la imaginación trabajara. Yo mismo apenas dormía. La excitación de saber lo que se acercaba me tenía despierto hasta las tantas, escribiendo posibles juegos en una libreta junto a la cama.
***
El sábado por la mañana llegamos a la casa de uno en uno. Lo organicé así para que nadie viera a nadie hasta el momento exacto. Cada coche entraba por el camino de tierra, dejaba a su pasajero y se marchaba al aparcamiento del pueblo. Cada persona entraba a la casa y subía a una habitación distinta, donde dejaba la ropa, el móvil y todo lo que llevara encima.
Yo fui el último en subir. Cuando supe que los doce estábamos ya en nuestras habitaciones, esperé un minuto y toqué un claxon de juguete que había comprado para la ocasión. Esa era la señal.
Bajé al salón completamente desnudo y los demás fueron apareciendo a la vez por las distintas escaleras. Lo que sentí en ese momento no se puede describir bien. Once cuerpos desnudos, once caras nuevas, once personas a las que nunca había visto y con las que sabía que iba a tener sexo en cuestión de horas. Algunas chicas se cubrían los pechos con un brazo por reflejo. Algunos chicos miraban al suelo. Otros sonreían directamente.
Las dejo presentadas. Lorena tenía treinta y tres años, era morena, llevaba el pelo a la altura del hombro y tenía un pecho enorme y unas caderas que se notaban incluso desde el otro lado del salón. Carla tenía veintidós, era pelirroja, delgada, con un culo respingón que parecía esculpido a mano; venía con Iván, su pareja, un chico de veinte años con cuerpo de gimnasio. Beatriz era rubia, bajita, de veintiséis años, con una sonrisa dulce que contrastaba con la situación. Mireia tenía diecinueve y, sin exagerar, el culo más bonito que vi en toda mi vida; morena, sensual, con una mirada que no parecía corresponder a su edad. Cristina venía con Marcos: ella, cuarenta y un años, rubia, elegante, con los pechos más grandes del grupo; él, treinta y nueve, alto, cuidado. Y por último Yolanda, de treinta años, con curvas y una cara preciosa, junto a su pareja Hugo, veintiocho, normal y corriente, salvo por una cosa muy concreta que el resto de chicos miramos con cierto respeto en cuanto bajó las escaleras.
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El primer juego fue presentarnos. Pero no como en cualquier reunión. Nos pusimos en círculo, los doce de pie, desnudos, y cada uno por turnos daba la vuelta entera al grupo. Al pasar por delante de cada persona, podía elegir cómo saludar: un beso normal, una caricia, un mordisco, un apretón. Lo que quisiera, donde quisiera. Las chicas que habían dicho que querían tener sexo con otras chicas también participaban entre ellas.
Empecé yo. A los chicos les di la mano. A las chicas, después de los dos besos de rigor, les dejé un detalle distinto a cada una. A Lorena le acaricié un pecho, despacio, sintiendo cómo se le ponía la piel de gallina. A Carla le di un beso en la cadera. A Beatriz le apreté el culo con una sola mano. A Mireia le mordí un pezón muy suave, lo justo para verla cerrar los ojos. A Cristina le di un beso en el cuello, junto a la oreja. Y a Yolanda le besé el vientre, justo encima de su vello.
Fui el único que personalizó cada saludo. Los demás eligieron un gesto y lo repitieron con todo el grupo. Lorena se puso tímida y se quedó en besos en el ombligo. Mireia, que no parecía tímida en absoluto, le dio a cada chico un beso en el pezón sin dejar de mirarnos a los ojos. Tomás, el más robusto de los chicos, mordisqueó el pezón de cada chica.
Beatriz nos acariciaba el pecho bajando despacio, y cuando parecía que iba a llegar a la polla, retiraba la mano con una sonrisa. Cristina fue de las más atrevidas: dio a cada chico un beso suave en la punta del pene, sin manos, solo los labios. A Mireia, que estaba a su lado, le dio un beso en la entrepierna. Marcos, su marido, miraba desde el otro lado del círculo sin perder detalle.
Pero la ganadora de la ronda fue Carla, la pelirroja. Después de ver lo de Cristina, decidió ir un paso más allá: una caricia firme en la polla de cada chico. Cuando llegó a mí, me sostuvo unos segundos más de lo necesario, mirándome a los ojos, y solo entonces siguió la rueda. Iván, su pareja, copió el gesto con cada chica, un beso en el sexo. Para cuando terminó la ronda, la mitad del grupo estaba ya empalmada y todas las chicas tenían los pezones duros. Llevábamos veinte minutos en la casa.
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El segundo juego era más práctico. Antes de empezar con todo lo demás, había que cumplir con la higiene. Y se me había ocurrido una manera divertida de hacerlo.
En el cuarto de baño grande había una ducha enorme con una mampara de cristal. Frente a ella habíamos puesto diez sillas, como en un cine. Las duchas se hacían por parejas, sorteadas en orden, y duraban cinco minutos. Una persona dentro, dejándose hacer. Otra persona enjabonándola. Los otros diez, sentados, mirando.
Las normas eran claras. Los primeros cuatro minutos, la persona enjabonada no podía moverse ni hablar. Solo recibir. La persona enjabonadora no podía retirar las manos del cuerpo de la otra ni un segundo. En el quinto minuto, libertad total. Si alguien quería terminar con final feliz, podía hacerlo. Si no, también valía.
El orden lo decidió un sorteo. A mí me tocó enjabonar a Lorena, la morena de las curvas. Y a mí me iba a enjabonar Cristina.
Lorena entró primero. El agua caliente cayendo sobre su cuerpo me dejó unos segundos quieto, mirando. Tenía el tipo de cuerpo que no se ve en revistas, con caderas anchas, vientre suave, los pechos pesados. Me coloqué detrás de ella, para que el resto pudiera ver lo que mis manos hacían, y empecé por los hombros. Pasé el jabón despacio, bajando por la espalda hasta la cintura, sin prisa. Repetí el recorrido tres veces, dejando que el agua arrastrara la espuma.
Después le tomé las nalgas. Apreté, separé, dejé que las palmas se hundieran. Bajé por los muslos y volví a subir, rozando apenas su entrepierna. Lorena no podía moverse, pero la respiración se le había acelerado. Cuando pasé al frente, le rodeé los pechos con las dos manos. Eran tan grandes que me costaba abarcarlos. Los amasé, los apreté, le pellizqué los pezones a la vez. Mi polla, dura desde el primer minuto, se le clavaba en la espalda baja. Le besé el cuello. Le mordí la oreja.
Sin separarme, bajé una mano hasta su sexo. Le metí un dedo de golpe, hasta el fondo. Lo saqué despacio. Volví a meterlo. Con la otra mano cogí la alcachofa de la ducha y dirigí el chorro contra ella. El agua le golpeaba el sexo mientras yo alternaba dedos y caricias en los labios. Cuando sonó el aviso de los cinco minutos, Lorena estaba a punto de correrse. Tuve que parar. Salió de la ducha con las piernas temblando y se sentó en una de las sillas sin decir palabra.
***
Y entonces fue mi turno. Me coloqué bajo el agua, todavía duro por lo de Lorena, y Cristina entró conmigo. No se puso detrás. Se pegó a mi costado, su pecho contra mi brazo, su sexo apoyado en mi muslo. Cogió el jabón sin dejar de mirarme.
—Te has currado mucho organizar esto —me dijo al oído—. Quiero que te corras en estos cinco minutos.
Sus manos me recorrieron el culo, subieron por la espalda, volvieron al pecho. Apenas perdió tiempo en el resto del cuerpo. Se enjabonó la mano y me agarró la polla. Empezó a moverse despacio, con la presión justa, con un ritmo que no había aprendido en una semana. Cristina sabía lo que hacía.
Su lengua buscó la mía. Su mano subía y bajaba sin parar. Yo notaba su sexo apretado contra mi pierna, los labios mojados, el calor. A través del cristal veía a las otras diez personas mirándonos. A Marcos, su marido, sentado en primera fila, sin perder detalle. A Lorena, recuperándose, con una mano entre las piernas. A Mireia, mordiéndose el labio inferior.
Cristina aceleró el ritmo. Me besó más fuerte, me apretó más fuerte. No tardé ni tres minutos en correrme. Cuando lo hice, no soltó. Siguió moviendo la mano hasta el último espasmo, hasta que el agua arrastró todo. Después me besó en los labios y salió de la ducha como si hubiera salido de una piscina cualquiera, perfectamente serena.
***
Las duchas siguieron durante una hora más. Cada persona tuvo su turno, cada uno hizo lo que quiso. Hubo dos chicos que se corrieron en la mano de quien les tocó, una chica que pidió que terminara su pareja en lugar del enjabonador asignado, dos chicas que acabaron besándose en el suelo de la ducha mientras el agua seguía cayendo. Para cuando salimos al salón, ya todos limpios y con el pelo mojado pegado a la nuca, era media tarde.
Pero la ducha era solo el principio. Quedaban dos noches enteras en aquella casa apartada del mundo. Y los juegos de verdad todavía no habían empezado.