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Relatos Ardientes

El yo nunca que terminó con los cuatro en el sofá

Esta es una historia que pasó hace unos meses. Mi marido y yo fuimos a un concierto con una pareja amiga, Carla y Diego, en un pueblo a media hora de donde vivimos. Cenamos los cuatro antes y, cuando salimos del restaurante, Mateo ya iba bastante alegre. Yo apenas había bebido en la cena, ni después durante el concierto. Él, en cambio, no soltaba el vaso.

Durante todo el show, Mateo no paró de hacer el tonto con todas las mujeres que se le cruzaban. Llevaba un abanico —de esos que le había comprado yo en una feria— y lo usaba para abanicar a desconocidas. Sobre todo a chicas jóvenes que le seguían el juego. Yo veía cómo se reían con él, cómo le miraban, cómo le tocaban el brazo al darle las gracias. No era difícil leer la situación.

En cualquier otro momento me habría dado igual. Incluso me habría puesto cachonda. Mateo y yo no teníamos problema con esas cosas y en la cama habíamos hablado mil veces de fantasías parecidas. Pero esa semana habíamos tenido una bronca importante por el piso nuevo y todavía estaba enfadada. Su tonteo, esa noche, me molestaba más de lo que estaba dispuesta a admitir delante de Carla y Diego. Así que me lo callé y bebí agua mientras él se reía con el escote ajeno.

Pasada la una y media, Diego propuso cambiar de sitio. La sala empezaba a vaciarse y por esa zona, a esa hora, ya no había mucho más abierto. Antes de que la noche se nos muriera del todo, le ofrecí venirse a casa a tomar la última. Nos habíamos mudado hacía pocos meses y todavía estrenábamos sofá. Cogimos un taxi y en diez minutos estábamos abriendo la puerta del piso.

Preparé cuatro gin tonics. Mateo y Carla se sentaron juntos en el sofá grande, y yo me dejé caer en una silla pegada a Diego, que se había instalado en el sofá pequeño. Bebimos, hablamos, nos reímos de tonterías. Cuando volví a mirar el reloj eran las tres y media de la mañana y todos estábamos ya bastante puestos.

—¿Y si jugamos al yo nunca? —dijo Mateo de repente—. Pero con una regla nueva: si bebes y alguien quiere detalles, los tienes que dar.

A los tres nos pareció una idea perfecta. Llevábamos demasiadas copas como para echarnos atrás.

—¿Quién empieza? —preguntó Diego.

—Yo —dijo Carla.

Se acomodó las piernas debajo del cuerpo y carraspeó.

—Yo nunca me he acostado con más de una persona el mismo día.

Los tres bebimos. Carla se quedó congelada con la copa a medio camino y miró a Diego con la boca medio abierta.

—Cariño... eso fue hace mucho —dijo él.

—No, no, Diego —intervine yo—, ahora tienes que explicarlo. Reglas son reglas.

Diego nos miró a los tres con cara de pena, como un perrito al que pillan mordiendo el sofá.

—Hace unos quince años. Antes de empezar con Carla. Una noche salí con los del trabajo y me follé a una chica en el baño de un bar a primera hora. Y al final de la noche acabé en casa de otra. Y ya está. Hace una vida.

Carla lo miró con una mezcla rara de molestia y excitación. Apretó los labios, bebió un trago largo y no preguntó más.

—Tu turno, Diego —dijo ella.

Diego sonrió como si tuviera la siguiente jugada preparada desde hacía rato.

—A mí nunca me han dado por el culo.

Carla y yo bebimos a la vez. Levanté los ojos y vi a Diego mirarla a ella con la cara desencajada.

—¿Cómo? —dijo él—. ¿Cuándo te han dado por el culo? Si a mí no me dejas.

Carla se puso roja hasta las orejas y bajó la mirada.

—Diego, ¿podemos hablar esto luego, por favor?

—No —contestó él, ya sin sonreír—. Ahora. Me da igual que estén ellos.

Carla buscó mis ojos como pidiendo ayuda. Yo intenté bajarle el tono al asunto.

—Diego, si no quiere contarlo ahora, ya lo habláis vosotros más tarde.

—Que no. Que quiero saberlo. Si le da vergüenza, cuenta tú primero cuándo te han follado el culo a ti, así se siente acompañada.

Solté una risa suave. No me importaba lo más mínimo.

—A mí me folla el culo Mateo casi todas las noches, Diego. Pero si Carla no quiere contarlo, no la obligues.

Carla respiró hondo y por fin levantó la cabeza.

—Hice anal con Rodrigo, mi ex. Nunca me gustó, me dolía. Por eso contigo no he querido. No es por ti, Diego. Es que me daba miedo.

Diego se quedó callado, asintiendo despacio. No estaba contento, pero al menos había bajado los hombros.

—Me toca —dije yo, para mover la conversación—. Yo nunca he hecho una lluvia dorada.

Carla y Diego bebieron a la vez. Casi se me cae el vaso.

—¿Cómo? —dije—. Eso sí lo cuentan los dos.

Se miraron, se sonrieron de medio lado y, por primera vez en la noche, parecía que estaban en el mismo equipo.

—A Diego le gusta mucho mearme en la boca —dijo ella tranquilamente—. Y a mí me pone muy cachonda que lo haga.

Vi a Mateo removerse en el sofá, justo al lado de ella. Vi a Diego cambiar de postura en su sillón, justo al lado mío.

—¿Y tú a él también? —pregunté.

—A veces sí —contestó Carla.

—¿Y a él le gusta?

—Le encanta.

Sonreí mientras me llevaba la copa a los labios. Mateo y yo nunca habíamos hecho nada parecido. No por reparo, simplemente porque nunca había salido el tema. Y ahí, escuchando a Carla, me di cuenta de que la idea no me daba ningún asco.

Le tocaba a Mateo. Lo vi pensar. Tenía la mano izquierda apoyada en el sofá, en el hueco entre su muslo y el de Carla, y no se veía exactamente qué estaba haciendo con esa mano. Hacía tiempo que tenía la sospecha de que entre Mateo y Carla había algo que yo nunca había llegado a confirmar. Aquella mano, tan cerca de su pierna, no me ayudaba a despejar dudas.

—Yo nunca —dijo Mateo despacio— he pensado en follar con la persona del sexo opuesto al mío que está en esta sala y que no es mi pareja.

Silencio. Los cuatro respiramos a la vez. Era el tipo de pregunta que cambia las cosas para siempre.

¿Soy sincera? ¿Lo digo?

Y como por arte de magia, sin mirarnos, los cuatro cogimos nuestras copas y bebimos. Ninguno preguntó nada. No hizo falta.

Le tocaba otra vez a Carla.

—Yo nunca —dijo despacio, mirándome a mí— he pensado en chuparle la polla al marido de mi amiga.

La miré. Ella me miró. Las dos cogimos el vaso y bebimos.

Carla parecía dispuesta a parar ahí. Yo no.

—¿Quieres chupársela a Mateo? —pregunté.

Se sonrojó. Antes, al hacer ella la pregunta, no se había puesto roja. Ahora sí. Yo la miraba sin parpadear. Mateo, sentado a su lado, también la miraba. Diego, su marido, la miraba.

—Sí —contestó por fin, con un punto desafiante.

—¿Y por qué no lo haces?

—¿Quieres que lo haga?

—Sí —contesté—. Hazlo.

Carla giró la cabeza hacia Diego. Diego la miraba muy serio. No quería decir que sí sin más. Necesitaba algo a cambio.

—¿Y tú? —preguntó Carla, ahora hacia mí—. ¿Quieres chupársela a mi marido?

—Claro. Y no solo eso. Quiero que me folle el culo, ya que tú no le dejas.

Mateo sonrió desde el otro sofá. Habíamos hablado de esta posibilidad muchas veces en la cama. De acabar follando con Carla y Diego. Lo que nunca habíamos sabido era cómo iba a pasar. O si iba a pasar.

***

Carla se levantó. Tiene unas tetas grandes y esa noche llevaba un escote enorme. Se hizo una coleta rápida con las dos manos, se quitó la camisa, se desabrochó el sujetador y lo dejó caer sobre el respaldo. Se sentó a horcajadas sobre Mateo y empezó a comerle la boca como si llevara semanas pensándolo.

Miré entonces a Diego. Diego me miraba a mí con cara de no saber qué hacer con las manos. Me levanté, le agarré por la muñeca y me lo llevé al pasillo. La puerta del salón quedó entornada detrás de nosotros.

Llegamos al dormitorio y cerré con cuidado. Me desvestí en treinta segundos, sin teatro. Diego me miraba como un crío en su primer día de colegio. Me acerqué, le saqué la camiseta, le bajé los pantalones y, al sacarle el calzoncillo, vi que tenía una polla enorme, todavía blanda. Me arrodillé y me la metí en la boca. Empezó a ponerse dura casi enseguida. Apenas llevaba un minuto chupándosela cuando le noté el cuerpo en tensión. Se corrió en mi boca antes de que me diera tiempo a apartar la cabeza.

Me limpié con el dorso de la mano y suspiré.

Vaya plan.

—Cómeme tú a mí —le dije, tumbándome en la cama.

Lo intentó. Tres, cuatro minutos. No estaba mal, pero tampoco estaba en ello. Yo no podía quitarme de la cabeza el sonido del salón: la respiración entrecortada de Carla, el crujido del sofá, la voz baja de Mateo.

—Espera aquí —le dije a Diego—. No salgas. Vuelvo en un rato.

Salí de la habitación cerrando con suavidad, todavía desnuda, y caminé descalza por el pasillo.

Cuando me asomé al salón, Mateo estaba de pie detrás del sofá y Carla, a cuatro patas sobre los cojines, con la coleta deshecha. Vi cómo Mateo le sacaba la polla del coño y le abría las nalgas con las dos manos. Y después se la metió por el culo. Despacio, controlado. Carla soltó un gemido largo, gutural, que no se parecía en nada al silencio que llevaba toda la noche.

Con su marido no quería. Con el mío sí. Me quedé en el marco de la puerta, sin moverme, mirando.

Carla giró la cabeza para apartarse el pelo de la cara y sus ojos se cruzaron con los míos. Se quedó quieta. Mateo, al notarlo, se giró también y me vio.

—Ven —dijo él.

No me lo pensé. Crucé el salón, me arrodillé al lado del sofá y obedecí. Mateo me agarró del pelo, sacó su polla del culo de Carla y me la metió en la boca. Olía a ella, a sudor, a alcohol y a perfume mezclados.

Después de unos cuantos golpes en mi garganta, me sacó la polla, me empujó la cabeza hacia el cuerpo de Carla y me obligó a lamerle todo: el culo, las nalgas, el coño. Carla gemía con la cara hundida en los cojines mientras yo le pasaba la lengua despacio.

Sentí entonces a Mateo colocarse detrás de mí. Me agarró por las caderas y, sin avisar, me metió la polla por el culo. Estaba bien lubricado por dentro de Carla. No me dolió. Empecé a gemir contra el cuerpo de mi amiga mientras me masturbaba con la mano derecha.

De reojo vi cómo Mateo había cogido el móvil con la otra mano. Estaba grabando. Grababa cómo me follaba el culo, cómo yo le comía el coño y el ano a Carla, cómo nos estábamos hundiendo las dos en algo de lo que no íbamos a poder volver atrás.

Sacó la polla. Nos agarró a las dos por la coleta y por el pelo y nos obligó a chupársela a la vez, una a cada lado. Volvió a coger el móvil. Lo seguía grabando todo.

Después agarró a Carla por la nuca, le abrió la boca con dos dedos y se meó dentro. Ella tragó. Apretó los ojos, pero tragó. Me agarró a mí enseguida y repitió el gesto. La sensación era tibia y rara y, al mismo tiempo, me puso más cachonda que cualquier otra cosa que hubiéramos hecho esa noche.

Nos juntó las caras y nos obligó a besarnos. La boca de Carla sabía a Mateo. La mía también. Nos besamos despacio, con la lengua, sin prisa.

—Quietas las dos —dijo Mateo de repente.

Se levantó, salió del salón y caminó hasta el dormitorio. Carla y yo nos quedamos arrodilladas en la alfombra, abrazadas. Le oí abrir la puerta. Le oí decirle algo a Diego, en voz muy baja, sin gritos. Treinta segundos después, salió y volvió al salón. Nunca le pregunté qué le dijo a Diego esa noche. Diego nunca lo contó.

Mateo se sentó en el sofá. Nos llamó. Volvimos. Nos folló por turnos durante lo que parecieron horas. Primero a Carla, luego a mí. Luego a Carla por el culo, luego a mí. Nos hacía chupárselo con los restos de la otra. Las dos nos corrimos tantas veces que perdí la cuenta.

Cuando él estaba ya a punto, nos agarró de la nuca, nos puso de rodillas frente al sofá y nos juntó las caras. Se corrió encima, apuntando a las dos. La mayor parte cayó en mi mejilla y en la boca de Carla. Lo lamimos las dos, como si llevara meses prometido.

Carla se levantó, se puso la camisa al revés y los pantalones sin calcetines, y caminó hasta la habitación. Le dijo a Diego algo seco que no llegué a oír. Salieron los dos por la puerta sin despedirse. Carla giró la cabeza un segundo antes de cerrar y me sostuvo la mirada. Asintió una vez.

***

Cuando Carla y Diego ya estaban en su casa, los dos en la cama, sus móviles vibraron a la vez. Era un mensaje de Mateo. Un vídeo.

En el vídeo se veía a Mateo follándose a Carla por el culo, después follándonos a las dos, después meándose en nuestras bocas. A mí me había pixelado entera. No se me reconocía ni un lunar. A Carla, en cambio, se la veía perfectamente: la cara, las tetas, la coleta deshecha, los ojos cerrados al recibirlo.

Diego miró el vídeo en silencio. Apagó la pantalla, dejó el móvil en la mesilla, se giró hacia el otro lado y apagó la luz.

Carla se quedó quieta unos segundos. Después cogió su móvil, lo metió debajo de las sábanas y lo abrió otra vez.

Eso, claro, lo supe después. Me lo contó ella misma, dos meses más tarde, en una cafetería, sin levantar la vista del café.

—Me masturbé tres veces aquella noche viéndolo —me dijo—. Y se lo enseñé a una amiga del trabajo.

No le pregunté a cuál. Tampoco si Diego seguía sin saber que el vídeo no se había borrado.

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Comentarios (6)

VeroBA

wow, me quede sin palabras. Que relato!!

CristianRos

Por favor que haya segunda parte, esto no puede terminar ahi jaja

Marcos_Uy

Lo lei de un tiron sin parar. La tension que construis antes del momento es lo mejor del relato, uno ya sabe a donde va pero igual quiere seguir leyendo. Muy bueno!

NicoFromBsAs

El titulo lo dice todo jajajaja tremendo

Flor_rdz

Me recordo a una noche con amigos donde el yo nunca estuvo a punto de salirse de control tambien jaja. Que recuerdos. Muy buen relato!

Carlitos_MZA

Muy bien escrito, sigue subiendo mas historias asi!

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