Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que nos pasó en la cala desierta ese miércoles

Me llamo Rodrigo, tenía treinta y un años cuando esto ocurrió, y llevaba casi dos años de relación con Camila, a quien había conocido en el trabajo. Desde el principio me gustó de una manera que no sabía bien cómo manejar: era menuda, de metro cuarenta y ocho, piel clara y pelo oscuro que llevaba corto hasta los hombros. Su cuerpo era delgado y proporcionado, pero tenía unos pechos enormes que contrastaban con su figura pequeña. Era lo primero que cualquier hombre notaba al verla, y yo había aprendido a convivir con eso.

Nuestra relación era muy activa en ese sentido. Nos llevábamos bien, salíamos seguido, íbamos a la playa en verano. Pero yo tenía esta cosa que nunca le había explicado del todo: me excitaba verla mirada. No de forma vulgar, sino esa tensión que se genera cuando alguien se da cuenta de lo que es y no puede evitar girar la cabeza.

Un martes de otoño le propuse ir a una cala que había descubierto semanas antes, manejando solo por la costa. Era un lugar que requería bajar un cerro escarpado hasta la arena, rodeado por paredes de roca que lo hacían invisible desde la carretera. No había señal, no había camino señalizado, y en día de semana era improbable que hubiera alguien. Le conté todo eso menos lo último que pensaba: quería tenerla para mí solo, sin ropa, al sol de la mañana.

La fui a buscar a las nueve. Cuando abrió la puerta me quedé parado en el umbral un segundo de más. Llevaba un vestido blanco ajustado, corto hasta el muslo, y no usaba sostén. A través de la tela se adivinaba la forma de sus pezones, que el frío de la mañana había puesto erectos. Debajo, un hilo negro. Nada más.

—¿Listo? —dijo, agarrando su bolso.

—Sí —dije yo, que en realidad no estaba listo para nada.

Paramos en un supermercado de ruta a comprar algo para comer. Ella entró y yo me quedé en el auto haciendo una llamada. Desde el vidrio la vi moverse por los pasillos, y también vi al encargado, un hombre de sesenta y tantos, que no apartaba los ojos de ella. No le decía nada, solo la seguía con la mirada de góndola en góndola. Cuando Camila pasó frente a las heladeras y los pezones se marcaron aún más contra el vestido, el hombre dejó de fingir que acomodaba las latas.

Cuando volvió al auto, Camila notó que yo había visto todo.

—No me mires así —dijo.

—El señor tenía razón en mirarte —le dije—. Estás impresionante.

Ella se rio, incómoda, y giró la cara hacia la ventana.

***

La bajada hasta la playa tardó veinte minutos. Era empinada y resbalosa, entre matorrales y roca viva. Cuando llegamos abajo, la cala se abría como una media luna de arena gruesa, encerrada por paredes de piedra gris. No había nadie. El mar estaba quieto y el sol empezaba a calentar de verdad.

Armamos el parasol y acomodamos las toallas. Saqué el jugo que Camila había preparado la noche anterior, con un chorro generoso de ron. Mientras ella organizaba la bolsa con la comida, me quedé mirándola y tomé la decisión de preguntar.

—Quédate sin el vestido hoy.

Ella levantó la vista.

—¿Cómo?

—Sin vestido. Solo el hilo. Quiero verte así todo el día.

Camila me miró un momento, buscando si hablaba en serio.

—Aquí no, Rodrigo. ¿Y si pasa alguien?

—No pasa nadie. Es miércoles.

—No.

Dijo que no tres veces más. Luego, con la cara colorada y los brazos cruzados sobre el pecho, se sacó el vestido de un solo movimiento, como si si lo pensaba más no lo hacía. Se quedó parada en el hilo negro, cubriéndose los pezones con las manos, mirando hacia el mar con una expresión entre vergüenza y algo más difícil de nombrar.

—¿Contento? —dijo.

—Muy —dije yo.

***

Pasó la primera hora tensa. Camila tomaba el jugo despacio, con los brazos cruzados o la toalla cerca para cubrirse si lo necesitaba. Pero el sol fue haciendo su trabajo, el ron también, y hacia el mediodía ya estaba tumbada boca arriba sin preocuparse tanto. Hablábamos de cualquier cosa. Nos reíamos. El calor hacía que la arena brillara.

Verla así, al sol, con los pechos al aire en un lugar donde podía venir alguien en cualquier momento, era una tensión constante que yo no podía ignorar. Me senté a su lado, le pasé la mano por el costado, y cuando llegué al pecho ella no me apartó la mano.

La besé. Ella respondió. En pocos minutos ya no había conversación.

Le metí los dedos despacio, por debajo del hilo, y ella separó las piernas apenas, mirando de reojo hacia las rocas. Yo miraba su cara. Le gustaba y no quería que le gustara tanto, y esa contradicción me parecía la cosa más atractiva del mundo.

Bajé hasta su sexo y la lamí despacio, con calma, sin apuro. Al principio ella tenía una mano apoyada en mi cabeza pero miraba hacia los lados. Después de un rato, la mano empujó. Ya no miraba a ningún lado.

—Date vuelta —le dije.

—Mejor vamos al auto —dijo ella.

No le di tiempo a insistir. La acomodé en cuatro y entré despacio. El paisaje era exactamente lo que había imaginado: la arena blanca, el mar quieto, y ella arqueada con los pechos colgando mientras empujaba para atrás contra mí.

Fue entonces cuando lo vi.

A unos treinta metros, entre dos rocas grandes, había un hombre de pie con una caña de pescar apoyada en la piedra. Llevaba una camisa gris de manga larga y sombrero de ala ancha. No miraba el agua. Miraba para acá.

No sabía cuánto tiempo llevaba ahí.

No me detuve.

***

Lo observé sin que Camila se diera cuenta. El hombre no se movía. Tenía la caña apoyada en las rocas y la mano libre dentro del bolsillo del pantalón. Miraba sin parpadear, con esa concentración de quien sabe que está viendo algo que no debería ver y no puede irse.

Me excité más de lo que esperaba.

Seguí empujando, más fuerte, y Camila empezó a gemir más. El hombre se corrió un poco hacia un costado para verla mejor. Era de unos cuarenta y cinco años, contextura mediana, cara curtida por el sol. No parecía peligroso. Parecía alguien que había ido a pescar y encontró otra cosa completamente distinta.

Cuando lo tuve a unos diez metros, lo miré directo a los ojos. El hombre se paralizó. Tenía el pene en la mano, a medio camino de volver al pantalón. Me sostuvo la mirada un segundo y luego bajó los ojos, sin saber qué hacer.

No me detuve. Seguí moviéndome y lo miré como diciéndole que podía quedarse donde estaba.

No se fue.

***

Camila lo notó cuando él ya estaba a menos de quince metros. Soltó un sonido entre gemido y susto, y se tensó de golpe.

—Hay alguien —dijo.

—Lo sé —dije yo.

—Rodrigo, hay alguien mirando.

La tomé de las caderas con más firmeza y no paré.

—No parece peligroso. Solo está mirando.

—¡Para!

No paré. La sujeté mejor y seguí, más despacio ahora, con más precisión. Ella intentó protestar pero el cuerpo le respondía diferente a lo que decía la boca. Lo sentí claramente: estaba más mojada que antes.

—Déjalo que te vea —le dije al oído—. Está a metros de nosotros y no puede hacer nada más que eso. ¿Sentís lo que te pasa cuando alguien te mira así?

Camila no contestó. Apoyó la cabeza en la toalla y cerró los ojos.

El hombre entendió que podía acercarse más.

***

Vino despacio, como si el suelo pudiera ceder bajo sus pies. Se detuvo a unos cuatro metros, de costado, con los ojos fijos en los pechos de Camila que se movían con cada empuje. Ya no intentaba disimular nada: tenía el pene fuera del pantalón y se masturbaba sin prisa, con movimientos lentos y firmes.

Camila lo miraba de reojo. Cuando sus ojos se cruzaron con los del hombre, no los apartó.

El hombre avanzó un paso. Luego otro. Cuando lo tuve al lado, le hice un gesto con la cabeza hacia la cara de Camila. Ella vio el gesto. Vio al hombre. No dijo nada.

Él se puso en cuclillas frente a ella.

Camila lo miró durante un segundo largo. Luego extendió la mano, lo tomó, y empezó a lamerlo despacio, como si lo hubiera decidido sola desde el principio.

El hombre soltó el aire por la nariz y apoyó una mano en la roca más cercana para no caerse.

***

Lo chupó con una concentración que me sorprendió. Era grueso aunque no largo, y Camila le pasaba la lengua por la base y volvía a la punta en movimientos lentos, metódicos. El hombre la miraba desde arriba con los ojos entrecerrados, sin poder creer todavía lo que estaba pasando.

Yo seguía dentro de ella, más despacio ahora, dejando que la escena respirara.

Después de un rato, Camila se separó de él y se volvió hacia mí, con la boca todavía húmeda.

—No tenemos preservativo —dijo.

Era verdad. No habíamos traído.

Miré al hombre.

—Frótale nomás —le dije.

El hombre asintió como si hubiera esperado instrucciones toda su vida.

Se puso detrás de ella y empezó a deslizar la punta a lo largo de los labios de Camila, sin entrar, mientras yo seguía moviéndome desde adelante. Camila empezó a respirar diferente. A moverse con más intención. Las caderas se le fueron volviendo autónomas, buscando por su cuenta.

Entonces, sin avisar, tomó al hombre de la muñeca y lo guió adentro.

Soltó un gemido largo, contenido, como de alivio.

—Perdón —me dijo, mirándome por sobre el hombro—. No aguantaba más.

***

El hombre encontró un ritmo lento pero constante. Camila apoyó la cabeza en los brazos y se dejó llevar, sacudida desde los dos lados. La veía desde adelante: el pelo pegado a la nuca, la espalda arqueada, los pechos rozando la toalla.

El hombre tenía los ojos cerrados. Las manos firmes en sus caderas.

En algún momento Camila se puso de lado, empujó al hombre sobre la arena, y se montó encima de él. Él obedeció sin decir una palabra. Se quedó mirando hacia arriba mientras ella se movía sobre él, y metió las manos en sus pechos como si fueran lo único real en el mundo: los apretaba, los soltaba, les pasaba la cara entre ellos.

Yo me quedé de pie, mirando, sin que nadie me lo pidiera.

Era la primera vez que la veía así: completamente suelta, concentrada en su propio placer, sin preguntar si yo estaba bien.

Me gustó más de lo que esperaba.

El hombre empezó a jadear. Se le tensaron las piernas. Camila no paró. Cuando él terminó, siguió moviéndose sobre él, usando lo que quedaba.

Aproveché ese momento para acomodarme detrás de ella.

Entré con cuidado, junto con él, y Camila soltó un sonido que no era del todo un gemido ni del todo un grito. Era algo más crudo, más primitivo. Se aferró a los hombros del hombre y enterró la cara en su cuello.

Era la primera vez para los dos.

Lo sentí todo: el calor, la humedad que él había dejado, y el pene del otro recuperando tensión dentro del mismo espacio reducido. Camila temblaba. No de miedo. Sus caderas seguían moviéndose, rítmicas, completamente fuera de su control.

Cuando terminé, me salí y me tumbé de espaldas en la arena.

***

El hombre se vistió deprisa, mirando hacia los costados como quien sale de un lugar que no debía haber entrado. Tenía esa cara de quien acaba de despertar de un sueño y no entiende bien cómo llegó hasta ahí.

—Gracias —dijo, y fue todo lo que dijo.

Se fue por las rocas en dirección contraria a donde había venido, sin mirar atrás.

Camila estaba tendida sobre la toalla, con los ojos cerrados y el sol en la cara. Tenía una expresión que yo no le había visto antes, en casi dos años. No era satisfacción exactamente. Era algo más tranquilo, más hondo.

Me acosté a su lado. Le puse una mano en el vientre. El mar seguía quieto. La arena estaba caliente.

Nos dormimos así, al sol, hasta que el hambre nos despertó cerca de las dos de la tarde.

Nunca hablamos de eso después. No hacía falta.

Valora este relato

Comentarios (7)

Rodrigo_Mdq

Que buenisimo relato, me tuvo pegado hasta el final. El voyerismo bien narrado es otra cosa.

LunaEscondida22

La tension que generaste con el pescador es increible. Uno no sabe si esperar que se vaya o que se quede jaja. Muy bueno!!!

Miri_cba

Se siente muy real, como si lo hubieran vivido de verdad. Eso es lo que mas me gusta de estos relatos, que no son forzados.

Playero77

Me recordo a un verano en la costa que prefiero no contar jaja. Excelente.

ElPampero_66

La categoria no miente, esto es voyerismo puro. Muy bien ambientado, uno casi siente el sol y el silencio de la cala.

Vale_lectora

Corto pero intenso!!! Quede con ganas de mas, por favor seguí escribiendo

NorbertoM

El titulo ya engancha, y el relato cumple. Hace tiempo no leia algo tan bien contado en esta categoria.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.