Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Los vecinos de arriba no eran los únicos

La pareja que se mudó al piso de arriba llegó un jueves de marzo con pocas cajas y mucho ruido. Lo que Sofía y yo no sabíamos todavía era que ese ruido iba a cambiar más de una noche para los dos.

Se llamaban Iván y Natalia. Él medía casi uno noventa, con barba cerrada y ese tipo de complexión que parece descuidada pero que claramente es el resultado de horas en el gimnasio. Ella era menuda y de movimientos rápidos, con el pelo oscuro siempre recogido y una sonrisa que aparecía despacio, como si dudara antes de asomarse.

Los vimos por primera vez en el portal, cargando muebles. Sofía los saludó antes de que yo pudiera decir nada, y ellos respondieron con cortesía pero sin alargar la conversación. Parecían de esos vecinos con los que siempre te cruzas en el ascensor pero nunca llegas a conocer.

Durante las primeras semanas confirmamos esa impresión. Cruce de miradas, algún «buenas tardes», nada más. No eran antipáticos, simplemente eran reservados. O al menos eso creíamos.

La primera vez que los escuchamos fue un viernes, tarde. Sofía y yo estábamos en la cama con una serie de fondo y una copa de vino a medias cuando empezaron los ruidos. Al principio no entendimos qué era. Un crujido sordo. Luego otro. Luego el inconfundible ritmo de un somier que trabaja en serio.

—Dios mío —dijo Sofía, y se tapó la boca con la mano para no reír.

Yo apagué el volumen de la televisión. No hacía falta: el sonido que llegaba del techo era completamente nítido. Las paredes del edificio son viejas, de esa construcción que no aísla absolutamente nada, y el apartamento de arriba compartía exactamente nuestra misma distribución. Su cama estaba justo encima de la nuestra.

Lo que escuchamos aquella noche fue explícito, largo y nada discreto. Ella daba instrucciones en voz alta. Él respondía con el ritmo, sin palabras. En un momento determinado llegó una voz que no dejaba lugar a la interpretación:

—Más fuerte. No pares.

Sofía me miró. Yo la miré a ella. Había algo en sus ojos que reconocí sin esfuerzo: no era incomodidad.

—¿Nos vamos a quedar escuchando? —preguntó, aunque ya estaba dejando el vaso en la mesita.

—Es que no tengo elección —dije—. No sé si has notado que es imposible no oírlos.

Ella sonrió de ese modo suyo, despacio.

—A mí no me parece mal —dijo.

***

Lo que empezó como una situación absurda se convirtió en algo distinto en cuestión de minutos. Sofía se acercó sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y cuando me besó ya no había nada de humor en la situación. Solo atención.

Llevábamos juntos cuatro años, y había cosas que seguían funcionando exactamente igual que al principio. Su manera de besarme cuando quería algo concreto era una de ellas: profundo, sin rodeos, con las manos en mi cara. No había ambigüedad posible.

Del techo seguían llegando sonidos. Ritmo, fricción, instrucciones en voz baja que a veces subían de volumen. Era como tener una banda sonora que no habíamos pedido pero que encajaba perfectamente con lo que estábamos haciendo.

Sofía se sentó sobre mis caderas y empezó a moverse sin quitarme la camiseta. Me miró desde arriba con esa expresión que adopta cuando tiene el control y lo sabe.

—¿En qué estás pensando? —preguntó.

—En ellos —dije, sin mentir.

—Yo también —admitió.

Lo que siguió fue lento al principio, pero el ritmo de arriba marcaba algo, y era difícil ignorarlo. Sofía bajó por mi cuello, por mi pecho, por mi vientre, con una paciencia que contrastaba con lo que se escuchaba encima de nosotros. Cuando llegó adonde quería, lo hizo sin prisas, con la concentración que tenía para todo, y yo cerré los ojos y me dejé llevar.

Desde el techo llegó un gemido largo. Y luego otro.

Sofía no paró. Más bien aceleró.

Tardé un rato en devolver el favor. Me lo tomé con calma. Sofía disfruta más del proceso que del destino, y yo lo sabía desde hacía tiempo: le gustaba que yo prestara atención a cada parte antes de llegar a donde ella necesitaba. Así que lo hice. Despacio, con la boca y las manos, leyendo sus reacciones hasta que empezó a guiarme en voz alta.

—Ahí —decía. Y luego—: No te muevas de ahí.

Yo no me movía.

Del techo llegó el sonido de algo que golpeaba la pared. Un cabecero, probablemente. El ritmo de arriba se había vuelto más urgente. Y el nuestro también.

***

En un momento Sofía se giró y buscó algo en el cajón de la mesita. Sabía lo que era antes de que lo sacara: un vibrador compacto con estimulador externo, su preferido desde hacía casi un año. Lo usábamos juntos a menudo, y había aprendido que cuando lo sacaba sin decir nada era porque quería algo específico.

Se colocó a cuatro patas y me miró por encima del hombro.

—Hoy quiero los dos —dijo.

No era la primera vez que me lo pedía, pero cada vez que lo hacía tenía el mismo efecto en mí: una concentración total e inmediata. Me acerqué con las manos en sus caderas y empecé como ella sabía que empezaría: sin prisa, dejando que su cuerpo se adaptara, sin dar nada por hecho.

Sofía encendió el vibrador mientras yo terminaba de colocarme. El zumbido suave del motor se sumó al crujido del techo, que no cesaba, y a los sonidos propios de nuestra cama.

Cuando entré, lo hice despacio. Ella exhaló un sonido que no era todavía un gemido, más bien un reconocimiento, y ajustó el ángulo de sus caderas para encajar mejor. Apoyó la frente en el colchón y se concentró en lo suyo, en el vibrador que trabajaba contra ella mientras yo lo hacía desde dentro.

En cuestión de minutos el ritmo de todo en la habitación era el mismo: el techo sobre nuestras cabezas, la cama debajo de nosotros, el zumbido constante del motor.

Sofía levantó la cabeza de pronto.

—Adrián —dijo, con urgencia.

Yo no paré.

—Más —dijo.

Y entonces, desde el techo, llegó una voz que reconocí como la de Natalia:

—¡Yo también lo quiero así!

Y en ese instante los dos entendimos lo que significaba. No era una coincidencia. Nos habían escuchado. Llevaban un rato escuchándonos, igual que nosotros los habíamos escuchado a ellos.

Sofía soltó una carcajada breve, interrumpida enseguida por un sonido completamente diferente, porque yo no había parado y el vibrador tampoco. La carcajada se convirtió en otra cosa. Y yo, con las manos en sus caderas y sintiendo exactamente lo que estaba pasando, aceleré.

Lo que vino después fue casi simultáneo en formas que ninguno habíamos planeado. Sofía primero, con ese modo suyo de correrse que empieza callado y termina en voz alta. Yo unos segundos después, apretando los dientes. Y desde el techo, casi al mismo tiempo, los sonidos de una conclusión que no necesitaba descripción.

Nos quedamos en silencio un momento, escuchando cómo el piso de arriba se tranquilizaba también.

—Esto es ridículo —dijo Sofía, y se echó a reír.

—Es ridículo —confirmé—. Y ha sido lo mejor de este mes.

Ella me tiró una almohada.

***

Nos dormimos tarde. Antes de cerrar los ojos, Sofía dijo casi en un susurro:

—Deberíamos invitarlos a cenar.

—Es demasiado pronto —dije yo.

—Puede ser —respondió—. Pero tarde o temprano.

No añadí nada. Pero tampoco le di la razón en lo de que era demasiado pronto.

***

Al día siguiente coincidimos con ellos en el ascensor. Iván y Natalia entraron con cara de haber dormido tarde, igual que nosotros. Durante los cuatro pisos que bajamos juntos no hubo una sola palabra. El ascensor era pequeño y los cuatro miramos exactamente en la dirección necesaria para no mirarnos demasiado.

Cuando las puertas se abrieron en el portal, Natalia se giró hacia nosotros.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, directa, que no necesitaba ninguna explicación.

Sofía la devolvió. Yo también.

Iván pulsó el botón del portal sin decir nada y salió primero. Nosotros fuimos detrás.

En la calle, ya separados, Sofía me apretó el brazo.

—Me cae bien —dijo.

—No has hablado con ella ni dos minutos en total —dije.

—No hace falta —respondió.

Tenía razón. Había cosas que no necesitaban conversación para quedar establecidas. Y lo que había quedado establecido la noche anterior, a través de unos pocos metros de forjado y escayola vieja, era algo que los cuatro entendíamos perfectamente.

La cena era cuestión de tiempo.

***

Pasaron tres semanas antes de que los volviéramos a escuchar. O antes de que nos dejáramos escuchar nosotros, que tampoco éramos del todo pasivos en el asunto. Sofía se había vuelto más expresiva desde aquella noche, de una manera que no parecía completamente accidental.

Una tarde de sábado nos cruzamos con ellos en el mercado del barrio. Iván estaba eligiendo tomates con mucha concentración. Natalia levantó la vista del móvil cuando nos vio.

—Vecinos —dijo, como si fuera lo más natural del mundo.

—Vecinos —respondió Sofía.

Estuvimos diez minutos hablando de cosas completamente normales: la calefacción del edificio que nunca llegaba bien a los pisos de arriba, las obras de la calle mayor, un restaurante que habían descubierto cerca del parque. Nada de lo que dijimos tenía nada que ver con lo que los cuatro sabíamos que flotaba en el ambiente.

Al despedirnos, Natalia dijo:

—Tenéis que venir a cenar algún día.

—Nosotros estábamos pensando lo mismo —dijo Sofía, con una naturalidad que me hizo quererla mucho.

—El viernes que viene —propuso Iván—. Si os va bien.

Nos iba bien.

***

La cena fue el viernes. Subimos con una botella de vino tinto y los nervios que cualquiera tendría en una situación así, aunque ninguno de los dos lo admitiera en voz alta.

El apartamento de arriba era el espejo exacto del nuestro, como ya sabíamos. La misma distribución, los mismos techos bajos, las mismas ventanas que dan al patio interior. Pero ellos lo tenían decorado de otro modo, más oscuro, con más libros y menos luz artificial. Había algo en el ambiente que era cómodo y al mismo tiempo tenso, de esa tensión que no resulta desagradable.

Natalia cocinó algo sencillo y muy bueno. Iván abrió el vino y lo sirvió con generosidad. Hablamos durante horas de cosas que no tenían nada que ver con lo que estábamos pensando: viajes, trabajo, una película que los cuatro habíamos visto por separado, un libro que Natalia recomendó y que Sofía prometió leer esa misma semana.

A la una de la mañana, con la segunda botella casi terminada, Iván dijo, sin preámbulos:

—El mes pasado os escuchamos.

Lo dijo sin sonreír, directo, como quien pone sobre la mesa información relevante que conviene no ignorar.

—Nosotros también os escuchamos a vosotros —dijo Sofía, igual de directa.

Natalia asintió despacio.

—Lo sabemos —dijo.

Y en el silencio que siguió, los cuatro nos miramos y entendimos exactamente adónde había llegado la noche. No había prisa. No hacía falta. Había una copa de vino todavía a medias sobre la mesa, y afuera la calle estaba en calma.

Sofía alargó la mano y la apoyó sobre la de Natalia, sin decir nada.

Natalia no la retiró.

Valora este relato

Comentarios (6)

ElRonco_09

bueeeenisimo!!! uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

Daniela_OK

Quedo cortísimo, hay tanto mas por contar! Por favor seguí con esto

Dani_Bsas

jajaja me recordó a algo que me pasó con unos vecinos en Palermo, aunque sin el mismo desenlace lamentablemente jaja

Pablin_Norte

Y los vecinos se enteraron de todo al final?? me quedé con esa duda jaja, espero la continuación

FedericoCT

El titulo ya lo dice todo y aun así me sorprendiste. Bien jugado

SusanaRP

Muy buen ritmo, se lee solo y te atrapa desde el principio. Hacia rato que no leia algo tan bien narrado en esta categoria. Mas por favor!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.