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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la cabaña el último día de vacaciones

Ilustración del relato erótico: Lo que pasó en la cabaña el último día de vacaciones

Es nuestro último día en la cabaña y despierto con Lorena dormida a mi lado. No dejo de darle vueltas a todo lo que ha pasado esta semana.

Desde el primer intercambio con Darío y Elena, pasando por la visita inesperada de Noelia, el descubrir que Iván también jugaba en los dos equipos, hasta acabar yo mismo en la cama con Darío. Está claro que con nosotros las vacaciones tranquilas no existen.

Me pregunto qué nos deparará el día de hoy.

Empecé la mañana con una ducha larga y caliente. Al salir a la habitación me quedé contemplando a mi mujer. Desnuda sobre las sábanas revueltas, la observé un largo rato pensando en cuánto habíamos cambiado desde aquel primer viaje en el que nos atrevimos a cruzar la línea.

No me arrepiento de nada. Y ella menos que yo.

Aburrida, nuestra vida no era. Tantas experiencias distintas me hacían quererla todavía más, si es que eso era posible. Oí ruido en el pasillo y me vestí antes de bajar.

En la cocina me encontré con Elena, que ya estaba preparando café. Nos dimos un beso de buenos días. Olía a fresco, recién duchada, con el pelo aún mojado y un pijama fino que no disimulaba nada. Sus pezones se marcaban contra la camiseta húmeda. Nos sentamos con las tazas y empezamos a hablar.

—Qué locura de días —dijo ella, soplando el café.

—Ni que lo digas. Yo venía buscando descanso.

—Eso con tu mujer es imposible. Y tú tampoco te quejas demasiado.

—Cierto. Lorena es un imán. Donde vamos, encontramos movimiento.

—Lo de Darío es lo que más me ha sorprendido —siguió Elena—. El intercambio, vale, es una fantasía de medio mundo. Pero verlo a él disfrutar contigo… eso no me lo esperaba.

—A mí me pasó lo mismo la primera vez. Y ya ves dónde estamos.

—Y hacerlo con los dos a la vez… —dejó la frase a medias y se mordió el labio—. Te has convertido en una adicta.

—¡Y tanto! Teneros aquí ha sido un regalo. Da pena que sea el último día.

—Se acaba lo bueno. Pero oye, tenéis a Iván cerca. Si os organizáis, no os va a faltar gente.

—A tanto no llego, de momento —rió ella—. Con Iván vale. Con desconocidos ya no sé yo.

La camiseta pegada a su pecho hacía mella en mí. Bajo el pantalón ya no había forma de disimular nada, y tampoco es que yo pusiera mucho empeño. Me levanté a por otro café y ella se dio cuenta enseguida.

—Joder, cómo se te está poniendo. Ven aquí.

Me acerqué y me quedé de pie frente a ella. Llevó una mano hasta agarrarme por encima de la tela, con esa mirada pícara que ya le conocía, y de un tirón me bajó el pantalón. Me sujetó despacio, retiró la piel y pasó la lengua por la punta con una lentitud cruel.

—Tengo una idea mejor —dijo de pronto—. Ven.

***

Me subí el pantalón y la seguí hasta el piso de arriba. Primero se asomó a nuestra habitación, comprobó que Lorena seguía dormida, y continuó hasta la suya. Darío estaba tumbado en la cama, desnudo, destapado, todavía atrapado en el sueño.

—Vamos a despertarlo —susurró Elena.

Se desnudó y me indicó con un gesto que hiciera lo mismo. Me guió hacia la cabecera de la cama, hasta apoyar mi sexo en los labios de su marido. Darío, sin abrir los ojos del todo, entreabrió la boca. Elena me empujó suavemente y él, medio dormido, sacó la lengua y empezó a lamerme. Despacio fui hundiéndome en su boca mientras ella nos miraba sonriendo.

Me tumbé de lado para alcanzarlo a él también. Mientras movía las caderas, busqué su sexo con la boca. Aún estaba blando, pero bastó cerrar los labios alrededor para notar cómo se endurecía poco a poco. Elena seguía de rodillas a un lado, acariciándose el clítoris con una mano y pellizcándose los pezones con la otra.

Darío terminó de despertarse, aunque su lengua ya jugaba conmigo de arriba abajo. Elena se levantó y volvió al rato con un consolador doble, el mismo con el que ya habíamos jugado otras noches. Se colocó detrás de su marido, le separó las nalgas y empezó a lamerlo, introduciendo después un dedo mientras yo seguía ocupado con su sexo.

Cuando lo consideró suficientemente preparado, se arrodilló entre sus piernas, las levantó y apoyó la punta lubricada del juguete contra él. Darío no podía hablar, con la boca todavía llena, pero soltó un quejido grave al sentir cómo su mujer lo penetraba despacio.

—Ponte detrás de mí —me pidió Elena, girándose—. Ahora fóllame tú.

Me coloqué tras ella y la lubriqué bien con la lengua, porque la otra mitad del consolador la mantenía a ella ocupada. La guié con cuidado y empecé a entrar mientras permanecía quieta. Cuando estuve del todo dentro, nos movimos al unísono: ella empujando contra Darío, yo empujando contra ella. La cadena entera temblaba con cada embestida.

—Ummmm, así —jadeaba Elena—. Qué gusto.

Mientras se balanceaba dentro de Darío, le agarraba el sexo con una mano y lo masturbaba. Yo, desde atrás, le sujetaba los pechos, los pezones clavándose en mis palmas.

Entonces sentí una presencia. Al girarme, Lorena estaba en la puerta, mirándonos con una sonrisa enorme.

—¿Ya no esperáis ni a desayunar ni a las demás? —dijo, divertida.

Le hice un gesto y se acercó. Se agachó a besarme mientras yo le buscaba los pechos. Besó después a Elena, luego a Darío, y volvió a mi lado para ofrecerme sus pezones a la altura de la cara. Sabe que me vuelven loco. Pasé la lengua por ellos antes de atraparlos con los labios, succionando hasta sentirlos duros, mientras ella sujetaba mi cabeza contra su cuerpo.

Me separé del grupo y Lorena se tumbó delante de mí, abriendo las piernas. No tardé en atraerla hacia mí y entrar de un solo movimiento. Gemía debajo, los ojos cerrados, los pechos moviéndose con cada empuje. Al rato se puso de costado y, sin dejar yo de bombear, apoyó la cabeza en el vientre de Darío y se metió su sexo en la boca.

—¡No aguanto más! —gruñó él—. ¡Me corro!

Lorena aceleró el ritmo de su boca y recibió todo mientras él se vaciaba con un gemido ronco.

—Pues yo todavía no he acabado —protestó Elena.

Lorena me rodeó con sus brazos, me separó las nalgas y me ofreció a ella. Elena no tardó en colocarse detrás y apoyar el juguete contra mí. Enseguida estuvo dentro, y nos movimos juntos hasta que ella se corrió primero, aunque permaneció pegada a mi espalda hasta que Lorena terminó también entre espasmos.

A punto de acabar, salí del interior de mi mujer y coloqué mi sexo entre sus pechos, apretándolos a su alrededor sin dejar de moverme. Darío adelantó la cabeza y empezó a lamer la punta cada vez que asomaba. Sintiendo que llegaba, le sujeté la nuca y me hundí entre sus labios justo en el momento del clímax. Para sorpresa de todos, no desperdició una gota: se agachó a besar a Lorena para compartirlo, y Elena se unió hasta que los tres se separaron riendo. Fue Lorena quien se incorporó al final y me besó, devolviéndome mi propio sabor en los labios.

***

Estábamos tan agotados los cuatro que durante un buen rato nadie se movió ni habló.

—Madre mía —murmuró Elena—. Todavía me tiemblan las piernas.

—Y a mí —dije yo—. Tanto trote me ha dejado reventado.

—¡Reventado estoy yo! —rió Darío.

—Sí, pero en otro sentido —apuntó su mujer.

—Aquí hace mucho calor —se quejó Lorena, abanicándose.

—Pues la sauna lleva apagada un buen rato —contestó Darío.

Me levanté y abrí la puerta de la terraza. Estaba nevando.

—Anda, valiente —le piqué a Lorena—. Sal tú primera.

No se cortó. Se puso de pie y salió desnuda, plantándose en medio de la terraza con los brazos abiertos mientras la nieve le caía sobre la piel. Elena la siguió enseguida y se colocó a su lado. Las dos allí, desnudas, eran todo un espectáculo, pero tal como estábamos de molidos, ni Darío ni yo hicimos amago de acompañarlas. Cuando entraron corriendo y muertas de frío, cada pareja subió a su habitación a darse una ducha caliente.

Bajo el agua llegó Lorena y se metió conmigo, pegando su cuerpo helado al mío.

—¡Quita, que estás congelada! —protesté.

—Lo sé —rió, sin dejar de tocarme con esas manos de hielo.

Empecé a mojarla con el agua caliente para vengarme y ella, entre carcajadas, me agarró el sexo. El frío me hizo dar un respingo.

—¿Seguro que no quieres que te toque? Tú te lo pierdes. Tendré que buscar a otro que se deje. A lo mejor llamo a Iván.

—Llámalo, pero con esas manos heladas no creo que tengas mucho éxito.

Nos duchamos rápido y salimos envueltos en los albornoces.

—Estoy tan cansada que no tengo ganas ni de vestirme —dijo ella—. Bajo así.

—Tampoco es muy distinto de como has ido toda la semana. Si apenas hemos usado ropa.

—Es verdad —rió—. De haberlo sabido, no traigo ni la mitad de la maleta.

***

Bajamos a la sala y nos tumbamos en el sofá a esperar a los otros. No tardaron en aparecer, ya vestidos y partiéndose de risa.

—¿De qué os reís? —pregunté.

—De este, que no es más tonto porque no entrena —dijo Elena señalando a su marido.

—¿Por? —quiso saber Lorena.

—Ahora dice que en su negocio solo va a aceptar clientes bisexuales y aficionados al intercambio.

—Ya que venimos a disfrutar, lo hacemos de verdad —se defendió Darío.

—Creo que hemos despertado a un monstruo —rió Lorena.

—Ni te imaginas. Ahora lo voy a tener persiguiendo no solo a las mujeres, también a los hombres.

—No exageres —protestó él, antes de soltar una carcajada—. Que conste que lo dije en broma y ella se lo tomó al pie de la letra.

Estuvimos un rato largo riéndonos y contándoles algunas de nuestras viejas aventuras, hasta la hora de comer. El avión de vuelta no salía hasta última hora de la tarde, pero recogimos las cosas y dejamos las maletas preparadas por si acaso. Pasamos el resto del rato charlando tranquilos, con la pena de tener que marcharnos pesando ya en el ambiente.

Llegada la hora, cargamos el equipaje en el coche y los cuatro salimos hacia el aeropuerto con tiempo de sobra. Una vez facturadas las maletas, nos sentamos en uno de los bares de la terminal a tomar algo y hacer tiempo hasta embarcar.

***

Al rato me levanté para ir al baño. Mientras orinaba, oí abrirse la puerta a mi espalda. No miré, hasta que unos brazos me rodearon la cintura. Me sorprendí al ver que era Elena.

—Quiero una despedida en condiciones —susurró.

Me giré hacia ella mirando de reojo la puerta.

—Nos va a ver alguien.

—Me da igual.

Empezó a besarme y a tirar de mí hacia uno de los cubículos cerrados. Una vez dentro me bajó el pantalón y se arrodilló, lamiendo despacio, jugando con la lengua en la punta hasta dejarme completamente erecto. Cuando la levanté, ella misma se giró y apretó su trasero firme contra mí, notando bien lo que la esperaba.

De un tirón le bajé los pantalones y me senté en la taza, abriéndole las nalgas con las manos para alcanzarla desde atrás con la lengua. Alterné entre un sitio y otro, humedeciéndola bien, antes de hacer que se sentara encima de mí. Se dejó caer despacio hasta clavarse del todo. Metí las manos bajo su blusa y le busqué los pechos de los que tanto había disfrutado esos días, sintiendo los pezones endurecerse contra mis dedos mientras ella me cabalgaba.

Gemía sin pudor, podía oírla cualquiera que estuviese fuera, pero a ninguno de los dos nos importaba. Después le pedí que se levantara, la giré y apoyé sus brazos contra la pared para cambiar de sitio. Soltó un grito ahogado al sentir cómo entraba.

—Sí… más fuerte —jadeó.

El golpeteo de nuestros cuerpos retumbaba en los azulejos. Oímos a alguien entrar al baño, pero Elena no me dejó parar.

—¡Sigue, no pares!

Le sujetaba los pechos mientras empujaba cada vez más rápido. Bajé una mano hasta su sexo húmedo y le acaricié el clítoris con la punta de los dedos.

—Joder… ¡me corro! ¡No aguanto más!

Sentí los espasmos recorrerla. Llevé los dedos empapados hasta su boca para que los lamiera. Enseguida se giró, se arrodilló y me terminó con la boca, jugando con la lengua hasta que me vacié en ella. Riendo, se levantó para besarme y devolverme mi propio sabor en los labios.

Nos recompusimos la ropa antes de salir. Junto a los lavabos había un hombre de unos treinta y tantos, lavándose las manos, con la cabeza girada hacia nosotros. Elena, sin cortarse, se colocó a su lado a lavarse las suyas con una sonrisa, mientras él nos miraba alucinado. Antes de irse, le guiñó un ojo y desapareció por la puerta.

El tipo seguía mirándome, así que me giré hacia él.

—La ponen nerviosa las despedidas —le dije.

No sé si lo entendió, pero al menos se le escapó una sonrisa.

Volví con los demás justo a tiempo de embarcar. Nos despedimos entre besos y abrazos, con la promesa de que la próxima vez les tocaba a ellos visitarnos. Les presentaríamos a algunos de nuestros amigos, sobre todo a Bruno y a Carla. Algo me decía que aquella semana en la cabaña no iba a ser la última.

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Comentarios (3)

LucasBaires

tremendo final!!! me quede sin palabras

Vero_santafe

Que bueno que encontre este relato, me tuvo enganchada de principio a fin. Se nota que esta bien escrito, no es de esos que van directo al grano sin contar nada. Sigan subiendo cosas asi!

PatoLP

Por favor que haya una segunda parte, no puede terminar ahi jaja

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