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Relatos Ardientes

El gimnasio que abría solo para mí los domingos

Ilustración del relato erótico: El gimnasio que abría solo para mí los domingos

Hay quien colecciona sellos. Yo colecciono tardes que no debería contar y, sin embargo, no puedo callarme. Esta es una de las que más me cuesta narrar sin que me suba el calor a la cara, así que dejadme empezar por el principio.

Me llamo Carla, tengo cuarenta y pocos, y mis amigos dicen que soy de esas mujeres que mejoran con los años. No lo digo yo. Mido un metro setenta sin tacones, soy morena, tengo buen pecho y un culo del que no me avergüenzo. Y, sobre todo, soy curiosa hasta extremos que asustan.

Estoy casada con Marcos desde hace mucho. Compartimos un mundo que pocos entienden: el de las parejas que disfrutan abriendo la cama a otros. Él siempre me acompaña. Nunca, jamás, quedo con nadie a solas; esa es nuestra regla y nos ha funcionado siempre. De hecho, casi todas nuestras aventuras las organiza él, que tiene un olfato especial para encontrar la gente adecuada.

A Bruno y a Tobías los habíamos conocido semanas atrás, en la piscina de un amigo común. Dos hombres enormes, de piel oscura y sonrisa fácil, que me dejaron el cuerpo temblando aquella tarde. Intercambiamos teléfonos sin mucha esperanza, como se hace por cortesía. Por eso me sorprendió la llamada.

—Hola, Carla, ¿cómo estás? Soy Tobías, el de la piscina. ¿Te acuerdas de mí?

—¿Cómo no me voy a acordar? Me lo pasé increíble con vosotros dos.

—Queríamos invitaros a nuestro gimnasio. Que vengáis tú y tu marido a entrenar, y luego os relajáis en el spa.

—No sabía que teníais un gimnasio. ¿Cuándo es mejor ir? ¿Cuándo hay menos gente?

—Un domingo por la tarde. Es cuando está más tranquilo —dijo, y noté la sonrisa al otro lado del teléfono.

Colgué y llamé a Marcos en caliente. Cuando le conté la invitación, soltó una carcajada.

—Esos no quieren entrenarte a ti, quieren entrenarte —dijo, marcando bien las comillas con la voz—. ¿Te apetece?

—Sabes perfectamente que sí.

—Pues este domingo no tenemos nada. Tienes ganas, ¿eh, golfa?

No se lo discutí. Llamé a Tobías y quedamos para el domingo a las cinco y media. Me dijo que no llevara toalla ni chanclas, solo ropa de entrenar y un bikini para el spa. Esa frase me dejó dándole vueltas toda la semana.

***

Fueron siete días eternos. Por mi cabeza pasaban mil situaciones distintas, todas terminando igual. Marcos lo notaba y se aprovechó: las dos noches que me buscó, sacó el tema mientras lo hacíamos, susurrándome al oído lo que aquellos dos podrían hacerme. En lugar de calmarme, me dejó mucho peor. Es un canalla y lo adoro por eso.

El domingo no había tráfico y llegamos en veinte minutos. Avisé a Tobías por teléfono y nos abrió la barrera del aparcamiento. El edificio era moderno, mucho más grande de lo que imaginaba. Subimos en ascensor hasta la recepción y allí estaba él, esperándonos con una camiseta de tirantes que dejaba ver cada músculo y unas mallas grises que no escondían absolutamente nada.

Me dio un beso corto en los labios y un apretón de manos a Marcos. Nos enseñó la cafetería y la zona de espera, y como no había nadie tras el mostrador, él mismo abrió los tornos.

—Los domingos por la tarde cerramos al público. Solo vienen amigos de confianza —explicó—. Así el personal descansa.

Nos contó que era una franquicia que llevaban entre Bruno, él y un tío suyo. Luego nos indicó los vestuarios para que dejáramos las bolsas y nos cambiásemos.

—¿Qué te has traído para sorprenderlos? —me preguntó Marcos mientras se desnudaba.

—Estas mallas finitas y ajustadas, sin nada debajo. Y este top que me realza el pecho.

—¿Realzar? Lo vas a reventar —se rio—. Estás espectacular.

Salí al pasillo y Tobías ya esperaba. Me miró de arriba abajo sin disimular.

—Madre mía, estás divina.

***

Subimos unas escaleras desde las que se veían la piscina y parte del spa. La sala de máquinas era enorme, con cuatro o cinco salas más para clases. Repartidos por el espacio había unos cuantos hombres entrenando, todos entre los veinticinco y los cuarenta y largos, todos con muy buena planta. Nos saludaron y vi cómo miraban mi conjunto con un deseo que no se molestaban en ocultar.

Estábamos terminando la visita cuando aparecieron Bruno y su tío. Bruno venía vestido como Tobías, con ropa deportiva que marcaba cada línea de su cuerpo. El tío rondaría los cincuenta y cinco, más alto que ellos, vestido con elegancia, pantalón gris y polo oscuro. Un hombre imponente.

Bruno me dio un beso suave en los labios. El tío me dio dos besos, uno tan cerca de la comisura que me erizó la piel, mientras me sujetaba las caderas con unas manos enormes. Sentí, sin exagerar, cómo me humedecía solo con ese gesto.

Bajamos a la zona de agua, donde nos enseñaron el spa, la sauna y el baño turco. Solo había un chico nadando, que paró al borde para saludarme, y otro en la sauna que se cubrió con una toalla al vernos. Cuando terminó la visita, el tío se despidió.

—En un rato os veo, tengo que cerrar unos papeles. Pasadlo bien.

Subimos de nuevo y Tobías me preguntó qué quería hacer.

—Sudar —contestamos Marcos y yo a la vez, riéndonos.

Marcos dijo que me dejaba en buenas manos y que él empezaría corriendo en la cinta. Y allí me quedé yo: en un gimnasio inmenso, vestida como para una sesión de fotos, rodeada de hombres jóvenes a puerta cerrada, con dos gigantes que ya sabía de lo que eran capaces.

***

Tobías me llevó a una máquina de escaleras. Mientras subía, vi por los espejos cómo los más cercanos miraban mi culo y comentaban entre ellos. Seguro que Bruno y él habían dejado caer algo. No me molestó; me encendió.

Pasamos a unas sentadillas con poco peso. Tobías se colocó detrás para «corregir la postura». Yo echaba la cadera hacia atrás buscando su cuerpo, y él deslizaba las manos hacia delante rozándome el pecho con la excusa de la técnica. El roce me estaba mojando, pero también surtía efecto en él: sus mallas ya no dejaban nada a la imaginación.

Noté que los demás, antes dispersos, se habían ido acercando. Seguían entrenando, pero sin perder un solo detalle. Alguno se recolocaba el bulto sin disimulo. La situación era de un morbo que pocas veces había sentido.

De ahí me llevaron a una polea para espalda. Bruno se puso detrás y, cada vez que yo bajaba la barra, apoyaba su entrepierna contra mi espalda y me sujetaba el pecho con ambas manos «para que no me inclinara». Después vino un banco para pecho, y esta vez fue Bruno quien acercó su cuerpo a la altura de mi cara, guiándome los brazos y dejándome el bulto a un palmo de los labios.

En el descanso le acaricié las mallas con la mano y lo miré con cara de gata.

—¿No me vais a llevar a ningún despacho para terminar la sesión?

—No, no. Hay que acabar el entrenamiento —dijo, sonriendo.

En la serie siguiente fue Tobías quien me puso su cuerpo al alcance. Para entonces ya estaba al límite, así que, mientras él me sujetaba las mancuernas, le bajé las mallas. Lo que salió de dentro no necesitaba presentación.

—Seguro que les habéis contado a estos chicos lo descarada que soy —dije, y me lo metí en la boca.

En la sala solo se oía el sonido de mi boca. Estaba segura de que todos habían dejado de entrenar para mirar. Marcos se acercó desde la cinta, sin perder detalle.

—¿Qué te han hecho estos canallas? ¿Te han puesto a cien?

—Me han provocado toda la tarde, cariño. Y no me daban nada.

—¡Chicos! Acercaos, no seáis tímidos —dijo en voz alta—. Mi mujer es muy generosa, y con tres no le basta.

***

Mientras seguía con Tobías, sentí cómo me quitaban las zapatillas y las mallas, me separaban las piernas y una lengua se abría paso entre ellas. Era Bruno. Otra boca encontró mi pecho. Me pusieron una mano sobre cada uno de ellos, y de pronto tenía a alguien en la boca, dos hombres entre mis dedos, uno entre mis muslos y dos más jugando con mis pezones.

Yo, que durante la semana había imaginado tantas escenas, no había llegado a imaginar nada parecido a aquello. Bruno me lamía despacio, recorriéndome entera, y cuando llegaba al punto justo lo atrapaba con los labios y lo soltaba para volver a empezar. Era una tortura deliciosa.

Me incorporaron de pie y me rodearon. Estaban todos desnudos, Marcos incluido. Me sobaban, me besaban el cuello, me mordían los hombros. Pedí un segundo de tregua.

—Dejad que me presente como es debido. Poneos en fila, por favor.

Y allí los tuve, siete hombres en fila, esperando a ver qué hacía. Fui pasando uno por uno: a cada uno le daba un beso corto, me agachaba a probarlo un instante y seguía. Cuando terminé el recorrido, ya no quedaba duda de lo que me esperaba.

***

Marcos tomó la iniciativa.

—Traed ese banco. Vamos a tratar bien a esta señora, que se lo merece.

Me tumbaron boca abajo, con las piernas a cada lado del banco y la cadera justo en el borde, ofrecida. Tobías se colocó detrás y empezó a juguetear sin decidirse, paseándose despacio, abriéndome con una lentitud que me sacaba de quicio.

—Si no te decides, que pase otro —lo provoqué.

Fue oírlo y entrar de golpe.

—Así, así me gusta —jadeé.

Otro se sentó en el banco a la altura de mi cara y me acercó el cuerpo a la boca. Lo que más me enciende es precisamente eso, que me lo pidan, que me lo ordenen casi con ternura. Los chicos se fueron turnando entre mi boca y el resto de mí, y en esa postura yo no controlaba absolutamente nada. Solo sé que me corrí una vez, y otra, y otra más.

—Mirad cómo disfruta —decía uno—. Ha merecido la pena venir un domingo.

—Invítala todos los fines de semana —reía otro—. Pero avísanos con tiempo.

Sentí entonces una mano nueva preparándome por detrás, con paciencia. Giré la cabeza: era Marcos.

—Eres un canalla. ¿Me estás preparando para ellos?

—No lo dudes. Van a pasar todos. Sé lo que te gusta.

—Sí, joder. Para eso he venido.

***

Cuando Marcos consideró que estaba lista, me levantaron del banco. En una colchoneta ya esperaba el chico de la sauna, tumbado boca arriba. No lo pensé: me coloqué sobre él y lo recibí entero de una sola vez, ayudada por lo encendida que estaba.

—Joder, cómo se la ha metido —murmuró alguien, y los demás soltaron una risa de asombro.

Me reclinaba hacia atrás contra su pecho mientras, frente a mí, otro buscaba acomodo. Me sentía repleta, desbordada, y no quería que parara. Apenas aguantaron unos empujones antes de pedirme la boca, y yo se la di, tragando sin escapárseme una gota mientras otro ocupaba su lugar.

—Es increíble —decía uno—. Nunca he estado con una mujer así.

—Os lo avisé —apuntó Marcos, orgulloso—. Es de las que disfrutan de verdad.

Los fui recibiendo de uno en uno, de dos en dos, sin apenas tregua. Bruno aguantaba como un campeón debajo de mí mientras otro buscaba mi espalda. Marcos se tumbó y me subió encima de él, y al instante tenía a un tercero acomodándose por detrás. Sincronizados, me hicieron perder la cuenta de todo.

—¿Cómo estás, cariño? —me preguntó Marcos.

—En la gloria. Me estáis usando como yo quería. Y sabes que eso me vuelve loca.

Uno tras otro se fueron vaciando. Cuando me bajé de Marcos, le lamí los muslos sin que me lo pidiera, y él me dejó hacer entre risas.

***

—Los que aún aguantáis, sentaos en los bancos —ordené, recuperando el aliento—. Os voy a montar de uno en uno.

Empecé por el chico de la sauna, el más imponente. En esa postura era yo quien marcaba el ritmo, quien lo usaba a mi antojo. Es una de mis posturas favoritas precisamente por eso. Cuando noté que no aguantaba, me arrodillé delante, con las manos a la espalda y la boca abierta, mirándolo a los ojos. Me encanta esperar así, lamiéndole despacio mientras llega el final.

Pasé al siguiente, y al siguiente, repitiendo el mismo ritual. Todos terminaban igual, y yo agradecía cada vez como si fuera un regalo. Marcos los animaba, encantado de verme disfrutar.

Solo quedaban Bruno y Tobías. Me subí sobre Tobías y, mientras lo besaba, Marcos se acomodó detrás de mí. Bruno colocó un banco tras su primo y se subió de pie, dejándome su cuerpo a la altura de la boca. Me sujetó por la coleta y, entre los tres, me llevaron al borde una última vez antes de terminar a la vez, marcándome la cara y el cuello.

Los chicos me dedicaron un aplauso suave, casi tierno.

—Esperamos que vuelvas más domingos —dijo uno—. Nunca habíamos visto a nadie disfrutar tanto.

***

Bruno y Tobías nos acompañaron a los vestuarios para que nos ducháramos. Cuando nos quedamos solos, Marcos me abrazó por la espalda.

—¿Qué tal, golfa? Te he visto disfrutar.

—He perdido la cuenta de las veces que me he corrido —reconocí—. Y, ¿sabes una cosa? Sigo con ganas. He traído algo que aún no he estrenado.

Me puse un bikini diminuto de color rosa, unos zapatos de plataforma transparentes y una gargantilla de terciopelo terminada en una pequeña cadena. Marcos me miró como se mira un trofeo.

—Madre mía. Llévame de la correa y presume —le dije.

Salimos a la zona de la piscina, donde solo quedaba el tío, nadando solo. Al vernos, salió por la escalera, y entonces entendí por qué se había mostrado tan tranquilo toda la tarde. Estaba desnudo, y lo que tenía entre las piernas, incluso en reposo, era de las cosas más impresionantes que había visto. Caminaba despacio, a propósito, dejándome mirar.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.

—Muchísimo. Es espectacular.

—Puedes comprobar si se pone a la altura. Si quieres.

Marcos le tendió la cadena de mi gargantilla.

—Toma, guíala. A veces le gusta que la lleven.

El tío me condujo a unos sofás de descanso, se sentó con las piernas abiertas y tiró un cojín al suelo. No hizo falta que dijera nada. Me arrodillé entre sus muslos y empecé despacio, con devoción, mientras él me sujetaba la coleta para marcarme el ritmo. Tardó en endurecerse del todo, y cuando lo hizo me costaba abarcarlo. Yo no me cansaba.

—¿Ves cómo se pone en manos de una buena mujer? —dijo, satisfecho.

***

—Súbete encima, pero sin llegar a recibirme —ordenó.

Me coloqué a horcajadas, notándolo apoyado contra mí, y me besó como un huracán. No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero cuando por fin se lo pedí, lo hizo todo despacio: me sujetó las caderas y me fue bajando milímetro a milímetro, deteniéndose, comprobando que me acostumbraba, subiéndome y bajándome hasta que mi cuerpo cedió por completo.

—¿Quieres más? —preguntaba a cada pausa.

—Sí, por favor. Necesito sentirte entero.

Cuando por fin lo recibí del todo, creí que perdía el sentido. Era, sin duda, lo más grande que había probado nunca. Me dio unos segundos y empezó a moverme sobre él como si yo no pesara nada. No paraba de arrancarme orgasmos. En un momento sentí que me deshacía por completo, descontrolada, entregada del todo a sus manos.

De los sofás pasamos a que me pusiera a cuatro patas. Me sujetaba por la cadena con una mano y, con la otra, me marcaba el ritmo. Ya me tenía tan abierta que entraba y salía sin esfuerzo, mientras Bruno, Tobías y Marcos miraban desde un lado, comentando entre dientes.

—El tío es un profesional —decía uno—. Con eso, la va a tener aquí todos los domingos.

***

Después llegó el turno del resto. Bruno se acomodó primero, con Marcos sujetándome una pierna y Tobías la otra. El propio Marcos fue alternando con ellos, riéndose, encantado de compartirme. Yo iba de una boca a otra, de unas manos a otras, sin saber ya quién era quién, solo sintiendo.

El tío se reservó para el final. Cogió un frasco de lubricante, se preparó con calma y se colocó entre mis piernas mientras Marcos y Bruno me las sujetaban en alto. Entró despacio, acariciándome al mismo tiempo, y lo que sentí no fue dolor sino un placer que no sabía describir. Sabía exactamente lo que hacía.

—Dios, qué bien me siento así —jadeé—. Abierta, ofrecida, para ti.

—Ya me habían contado mis sobrinos cómo eras —dijo, midiendo cada embestida—. Pero se quedaron cortos.

Cuando noté que se tensaba, me lo sacó y se incorporó sobre mi pecho. Me sujetó por la coleta y me pidió que abriera la boca.

—Prepárate. Vas a ver lo que es una despedida en condiciones.

No hay nada que me haga sentir más viva que ese instante: notar el latido justo antes del final, sabiendo que es por mí. Cuando terminó, lo hizo con una intensidad que me dejó sin palabras, sin que se me escapara nada. Y aun así no me soltó: me dejó limpiarlo despacio, con una ternura extraña después de tanta intensidad.

—Gracias —me dijo al final, acariciándome la cara—. Me ha gustado mucho.

—¿Me dejas disfrutar un poco más?

Estuve un buen rato más entre sus piernas, agradeciéndole con la boca lo que me había dado, recorriéndolo entero sin prisa. Después me cogió de la mano y me llevó a la ducha junto a la piscina, y entre los cuatro me enjabonaron y me ducharon. Una delicia.

Era la primera vez que íbamos a aquel gimnasio. No fue la última.

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Comentarios (3)

NadiaBA

Que bueno!! me encantó desde el principio hasta el final, tremendo relato

JuanM_77

segunda parte por favor!!! me quedé con ganas de mas, se hizo cortísimo

RoxanaMdp

El clima que lograste con el escenario está muy bien conseguido, se siente real sin ser burdo. Sigue asi!

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