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Relatos Ardientes

El gimnasio que abría solo para mí los domingos

Hay quien colecciona sellos. Yo colecciono tardes que no debería contar y, sin embargo, no puedo callarme. Esta es una de las que más me cuesta narrar sin que me suba el calor a la cara, así que dejadme empezar por el principio.

Me llamo Carla, tengo cuarenta y pocos, y mis amigos dicen que soy de esas mujeres que mejoran con los años. No lo digo yo. Mido un metro setenta sin tacones, soy morena, tengo buen pecho y un culo del que no me avergüenzo. Y, sobre todo, soy curiosa hasta extremos que asustan.

Estoy casada con Marcos desde hace mucho. Compartimos un mundo que pocos entienden: el de las parejas que disfrutan abriendo la cama a otros. Él siempre me acompaña. Nunca, jamás, quedo con nadie a solas; esa es nuestra regla y nos ha funcionado siempre. De hecho, casi todas nuestras aventuras las organiza él, que tiene un olfato especial para encontrar la gente adecuada.

A Bruno y a Tobías los habíamos conocido semanas atrás, en la piscina de un amigo común. Dos hombres enormes, de piel oscura y sonrisa fácil, que me dejaron el coño temblando aquella tarde con solo mirarme. Intercambiamos teléfonos sin mucha esperanza, como se hace por cortesía. Por eso me sorprendió la llamada.

—Hola, Carla, ¿cómo estás? Soy Tobías, el de la piscina. ¿Te acuerdas de mí?

—¿Cómo no me voy a acordar? Me lo pasé increíble con vosotros dos.

—Queríamos invitaros a nuestro gimnasio. Que vengáis tú y tu marido a entrenar, y luego os relajáis en el spa.

—No sabía que teníais un gimnasio. ¿Cuándo es mejor ir? ¿Cuándo hay menos gente?

—Un domingo por la tarde. Es cuando está más tranquilo —dijo, y noté la sonrisa al otro lado del teléfono.

Colgué y llamé a Marcos en caliente. Cuando le conté la invitación, soltó una carcajada.

—Esos no quieren entrenarte a ti, quieren follarte —dijo, marcando bien las comillas con la voz—. ¿Te apetece?

—Sabes perfectamente que sí. Ya se me está mojando el coño de pensarlo.

—Pues este domingo no tenemos nada. Tienes ganas de que te la metan, ¿eh, golfa?

—Ganas de que me la metan hasta el fondo, cabrón. De todos los tamaños.

No se lo discutí. Llamé a Tobías y quedamos para el domingo a las cinco y media. Me dijo que no llevara toalla ni chanclas, solo ropa de entrenar y un bikini para el spa. Esa frase me dejó dándole vueltas toda la semana.

***

Fueron siete días eternos. Por mi cabeza pasaban mil situaciones distintas, todas terminando igual: yo con las piernas abiertas, dos pollas negras entrándome a la vez, la corrida chorreándome por la barbilla. Marcos lo notaba y se aprovechó: las dos noches que me buscó, sacó el tema mientras me follaba, susurrándome al oído lo que aquellos dos podrían hacerme.

—Imagínatelos, golfa —me decía mientras me embestía por detrás—. Dos vergas negras, gordas, entrándote a la vez, una en el coño y otra en el culo, y tú con la boca abierta esperando la tercera.

—Sí, joder, sí. Que me revienten.

—Vas a ir chorreando y te van a follar entre los dos como a una perra. Se van a correr dentro y tú les vas a dar las gracias.

—Fóllame, cabrón, fóllame más fuerte —le pedía yo, apretando el coño alrededor de su polla mientras me imaginaba a los otros—. Cuéntame más.

Me hizo correrme dos veces así, con las manos apretándome las tetas y la boca pegada a la oreja diciéndome guarradas. Cuando se corrió dentro de mí, yo ya no sabía si el semen que me chorreaba entre los muslos era el suyo o el que llevaba imaginándome toda la semana. En lugar de calmarme, me dejó mucho peor. Es un canalla y lo adoro por eso.

El domingo no había tráfico y llegamos en veinte minutos. Avisé a Tobías por teléfono y nos abrió la barrera del aparcamiento. El edificio era moderno, mucho más grande de lo que imaginaba. Subimos en ascensor hasta la recepción y allí estaba él, esperándonos con una camiseta de tirantes que dejaba ver cada músculo y unas mallas grises que no escondían absolutamente nada. Se le marcaba el bulto de la polla contra el muslo, larga y gruesa, y con solo verlo se me apretaron los pezones.

Me dio un beso corto en los labios y un apretón de manos a Marcos. Nos enseñó la cafetería y la zona de espera, y como no había nadie tras el mostrador, él mismo abrió los tornos.

—Los domingos por la tarde cerramos al público. Solo vienen amigos de confianza —explicó—. Así el personal descansa.

Nos contó que era una franquicia que llevaban entre Bruno, él y un tío suyo. Luego nos indicó los vestuarios para que dejáramos las bolsas y nos cambiásemos.

—¿Qué te has traído para sorprenderlos? —me preguntó Marcos mientras se desnudaba.

—Estas mallas finitas y ajustadas, sin bragas debajo. Y este top que me realza las tetas.

—¿Realzar? Lo vas a reventar —se rio—. Se te marcan los pezones como piedras. Y el coño se te va a transparentar cuando te mojes.

—Esa es la idea, cariño.

Salí al pasillo y Tobías ya esperaba. Me miró de arriba abajo sin disimular, deteniéndose en las tetas y en la raja del coño, que se adivinaba perfectamente entre las mallas.

—Madre mía, estás divina. Vas a matar a alguien vestida así.

***

Subimos unas escaleras desde las que se veían la piscina y parte del spa. La sala de máquinas era enorme, con cuatro o cinco salas más para clases. Repartidos por el espacio había unos cuantos hombres entrenando, todos entre los veinticinco y los cuarenta y largos, todos con muy buena planta. Nos saludaron y vi cómo miraban mi conjunto con un deseo que no se molestaban en ocultar. Alguno se tocaba el bulto de las mallas sin cortarse, como si me estuviera dando la bienvenida con la polla.

Estábamos terminando la visita cuando aparecieron Bruno y su tío. Bruno venía vestido como Tobías, con ropa deportiva que marcaba cada línea de su cuerpo, y también él llevaba el paquete a medio empalmar bajo la tela. El tío rondaría los cincuenta y cinco, más alto que ellos, vestido con elegancia, pantalón gris y polo oscuro. Un hombre imponente.

Bruno me dio un beso suave en los labios, metiéndome apenas la punta de la lengua, lo justo para que se me disparara el pulso. El tío me dio dos besos, uno tan cerca de la comisura que me erizó la piel, mientras me sujetaba las caderas con unas manos enormes que bajaron un instante a rozarme el culo. Sentí, sin exagerar, cómo se me empapaba la entrepierna solo con ese gesto. Las mallas se me pegaron al coño, y sé que él lo notó.

Bajamos a la zona de agua, donde nos enseñaron el spa, la sauna y el baño turco. Solo había un chico nadando, que paró al borde para saludarme, y otro en la sauna que se cubrió con una toalla al vernos —pero no antes de que yo alcanzara a ver la polla que se le empezaba a hinchar bajo las gotas de sudor—. Cuando terminó la visita, el tío se despidió.

—En un rato os veo, tengo que cerrar unos papeles. Pasadlo bien.

Subimos de nuevo y Tobías me preguntó qué quería hacer.

—Sudar —contestamos Marcos y yo a la vez, riéndonos.

Marcos dijo que me dejaba en buenas manos y que él empezaría corriendo en la cinta. Y allí me quedé yo: en un gimnasio inmenso, vestida como para una sesión de fotos, rodeada de hombres jóvenes a puerta cerrada, con dos gigantes que ya sabía de lo que eran capaces. El coño ya me palpitaba.

***

Tobías me llevó a una máquina de escaleras. Mientras subía, vi por los espejos cómo los más cercanos miraban mi culo y comentaban entre ellos. Seguro que Bruno y él habían dejado caer algo. No me molestó; me encendió. Al bajar los escalones sentía el roce de la costura de las mallas contra el clítoris, y cada paso me arrancaba una punzada de placer que me obligaba a apretar los dientes para no gemir.

Pasamos a unas sentadillas con poco peso. Tobías se colocó detrás para «corregir la postura». Yo echaba la cadera hacia atrás buscando su cuerpo, y él deslizaba las manos hacia delante rozándome las tetas con la excusa de la técnica. Cuando bajaba, notaba su polla enorme apretada contra la raja del culo, marcándose entera a través de la tela. En una de las subidas movió las caderas y me la clavó justo entre los cachetes, deslizándola arriba y abajo como si me estuviera follando por encima de las mallas. —Baja bien el culo —me susurró al oído, ronco—. Así, apretándomela.

—Cabrón —jadeé bajito—. Me la estás metiendo entre las nalgas.

—Ya lo notarás dentro. Paciencia.

El roce me estaba empapando: las mallas ya se me pegaban al coño como una segunda piel y estoy segura de que se veía la humedad. Pero también surtía efecto en él: sus mallas ya no dejaban nada a la imaginación, y la punta de la polla se le marcaba oscura contra el elástico de la cintura.

Noté que los demás, antes dispersos, se habían ido acercando. Seguían entrenando, pero sin perder un solo detalle. Alguno se recolocaba la polla bajo la ropa sin disimulo, otro se la agarraba de reojo mientras fingía revisar el móvil. La situación era de un morbo que pocas veces había sentido.

De ahí me llevaron a una polea para espalda. Bruno se puso detrás y, cada vez que yo bajaba la barra, apoyaba su entrepierna contra mi espalda y me sujetaba las tetas con ambas manos «para que no me inclinara». Me pellizcaba los pezones a través del top, girándomelos entre los dedos como si supiera perfectamente lo que hacía. Y lo sabía. Su polla, dura como una piedra, se me clavaba en la nuca cada vez que echaba el cuerpo hacia atrás. Después vino un banco para pecho, y esta vez fue Bruno quien acercó su cuerpo a la altura de mi cara, guiándome los brazos y dejándome el bulto a un palmo de los labios. La punta le manchaba las mallas de un pequeño círculo húmedo, y yo tuve que morderme la lengua para no sacar la boca y chupárselo entero por encima de la tela.

En el descanso le acaricié las mallas con la mano, apretándole el bulto y notando el grosor de la polla bajo mis dedos, y lo miré con cara de gata.

—¿No me vais a llevar a ningún despacho para terminar la sesión? Se me está saliendo el coño de las mallas.

—No, no. Hay que acabar el entrenamiento —dijo, sonriendo mientras me estrujaba una teta.

En la serie siguiente fue Tobías quien me puso su cuerpo al alcance. Para entonces ya estaba al límite, así que, mientras él me sujetaba las mancuernas, le bajé las mallas de un tirón. Lo que salió de dentro no necesitaba presentación: una polla negra, larguísima, gruesa como mi muñeca, con las venas hinchadas recorriéndola y la punta brillante de líquido preseminal.

—Seguro que les habéis contado a estos chicos lo descarada que soy —dije, y me la metí en la boca hasta la mitad, cerrando los labios alrededor y notando cómo palpitaba contra la lengua.

En la sala solo se oía el sonido húmedo de mi boca succionándole la verga, el chapoteo de la saliva y algún gemido gutural que se le escapaba a Tobías. La chupé con hambre, sacándomela para lamerle los huevos uno por uno, escupiéndole encima y volviendo a tragármela hasta que la punta me golpeaba la garganta y se me saltaban las lágrimas. Estaba segura de que todos habían dejado de entrenar para mirar. Marcos se acercó desde la cinta, sin perder detalle, con la polla ya marcándosele bajo el pantalón.

—¿Qué te han hecho estos canallas? ¿Te han puesto a cien?

—Me han provocado toda la tarde, cariño —dije, con la baba chorreándome por la barbilla y la polla de Tobías palmeándome la mejilla—. Y no me daban nada. Tengo el coño empapado.

—¡Chicos! Acercaos, no seáis tímidos —dijo en voz alta—. Mi mujer es muy generosa, y con tres no le basta. Sacadla toda y dejádsela probar.

***

Mientras seguía chupándole a Tobías, sentí cómo me quitaban las zapatillas y las mallas de un tirón. Al bajármelas, el coño quedó al aire, brillante, chorreando por la cara interna de los muslos. Alguien murmuró «joder, mirad cómo está» y otro le respondió «está para reventarla». Me separaron las piernas y una lengua se abrió paso entre ellas, larga y ancha, lamiéndome de abajo arriba con hambre. Era Bruno. Me chupó los labios del coño uno por uno, me clavó la lengua dentro haciéndola girar, y luego subió al clítoris y me lo atrapó con los labios succionándolo.

Otra boca encontró mis tetas y me sacó el pezón por encima del top, mordiéndolo hasta hacerme gemir con la polla de Tobías dentro. Me pusieron una mano sobre cada teta amasándome sin piedad, y de pronto tenía una polla en la boca, dos pollas duras entre mis dedos —una en cada mano, apretándolas y masturbándolas al mismo ritmo—, la boca de Bruno entre mis muslos y dos hombres más jugando con mis pezones, chupándolos, tirando de ellos, azotándomelos suavemente con los dedos.

Yo, que durante la semana había imaginado tantas escenas, no había llegado a imaginar nada parecido a aquello. Bruno me lamía despacio, recorriéndome entera, metiendo la lengua todo lo hondo que podía y sacándola para lamer el clítoris, y cuando llegaba al punto justo lo atrapaba con los labios, lo succionaba fuerte y lo soltaba para volver a empezar. Era una tortura deliciosa. Me corrí la primera vez sobre su boca sin previo aviso, apretándole la cara contra el coño con las piernas mientras chupaba a Tobías hasta el fondo para ahogar el grito.

Bruno se levantó con la barbilla mojada y me la lamió a mí también. Me incorporaron de pie y me rodearon. Estaban todos desnudos, Marcos incluido, con las pollas apuntándome desde todos lados como cañones. Me sobaban, me besaban el cuello, me mordían los hombros, me metían dos y tres dedos en el coño empapado mientras otro me abría el culo con el pulgar. Pedí un segundo de tregua.

—Dejad que me presente como es debido. Poneos en fila, por favor. Con la polla fuera.

Y allí los tuve, siete hombres en fila, todos con la verga dura, tiesa, apuntándome. Había pollas de todos los tamaños y colores: algunas gordas y cortas, otras larguísimas, unas rectas y otras curvadas hacia arriba, todas duras como piedras. Fui pasando uno por uno: a cada uno le daba un beso corto en la boca, me agachaba, lo agarraba por la base de la polla y me la metía en la boca hasta la garganta durante unos segundos, sacándola con un chasquido de saliva antes de pasar al siguiente. Al de al lado le lamí los huevos, al de más allá le hundí la nariz en el pubis, a otro se la escupí encima y se la restregué por la cara. Cuando terminé el recorrido, tenía la barbilla brillante, los labios hinchados y ya no quedaba duda de lo que me esperaba.

***

Marcos tomó la iniciativa.

—Traed ese banco. Vamos a tratar bien a esta señora, que se lo merece. Que se la folle todo el mundo.

Me tumbaron boca abajo, con las piernas a cada lado del banco y la cadera justo en el borde, ofrecida. El coño abierto, chorreando, y el culo separado. Tobías se colocó detrás y empezó a juguetear sin decidirse, paseándose la punta de la polla despacio entre los labios del coño, restregándomela por el clítoris, abriéndome con una lentitud que me sacaba de quicio. Me daba capones con la verga contra el coño y yo apretaba las nalgas cada vez, desesperada.

—Si no te decides, que pase otro —lo provoqué—. Métemela ya, cabrón. Métemela entera.

Fue oírlo y clavármela de golpe, hasta el fondo, hasta que sentí los huevos golpearme contra el clítoris. Grité contra el cuero del banco.

—¡Joder! ¡Así, así me gusta! —jadeé—. Fóllame duro, no te cortes.

Y me folló duro, agarrándome de las caderas y embistiendo hasta el fondo, sacándomela entera y volviendo a hundírmela con un chasquido húmedo que resonaba en la sala. Otro se sentó en el banco a la altura de mi cara y me acercó la polla a la boca, dándome bofetadas suaves con ella en la mejilla.

—Abre, guapa. Chúpame mientras te la meten.

Lo que más me enciende es precisamente eso, que me lo pidan, que me lo ordenen casi con ternura. Abrí y me la tragué entera, cerrando los labios en la base y respirando por la nariz mientras me follaban por detrás. Los chicos se fueron turnando entre mi boca y el resto de mí, sacándomela uno para meterme otra distinta, y en esa postura yo no controlaba absolutamente nada. Sentía cómo cada polla nueva era diferente, cómo unas me llenaban más y otras me llegaban más adentro. Uno se corrió en mi boca sin avisar, llenándomela de semen espeso y salado, y me obligó a tragarlo todo apretándome la nuca. Otro se corrió sobre mi culo, chorreándome corridas calientes por la raja mientras la siguiente polla ya se abría paso a través de ellas para hundirse en mi coño empapado. Solo sé que me corrí una vez sobre la polla que tenía dentro, y otra chupando, y otra más con dos manos entre las piernas frotándome el clítoris a la vez que me follaban.

—Mirad cómo disfruta —decía uno—. Ha merecido la pena venir un domingo. Nunca he visto un coño chupar tan bien una polla.

—Invítala todos los fines de semana —reía otro, masturbándose sobre mi espalda—. Pero avísanos con tiempo.

Sentí entonces una mano nueva preparándome el culo por detrás, con paciencia, embadurnándome con lubricante y metiéndome un dedo, luego dos, girándolos despacio hasta abrirme. Giré la cabeza: era Marcos.

—Eres un canalla. ¿Me estás preparando el culo para ellos?

—No lo dudes. Van a pasar todos por ese agujero también. Sé lo que te gusta.

—Sí, joder. Para eso he venido. Que me follen los tres agujeros.

***

Cuando Marcos consideró que estaba lista, me levantaron del banco. En una colchoneta ya esperaba el chico de la sauna, tumbado boca arriba, con una polla gruesa, corta y ancha, apuntando al techo, la punta brillando de líquido. No lo pensé: me coloqué sobre él, me agarré la verga con la mano para dirigírmela al coño y la recibí entera de una sola vez, ayudada por lo empapada y encendida que estaba. Sentí cómo me abría entera, cómo se me acoplaba al fondo del coño, y solté un gemido largo.

—Joder, cómo se la ha metido —murmuró alguien, y los demás soltaron una risa de asombro—. Se la ha tragado hasta los huevos.

Empecé a moverme sobre él, subiendo y bajando, notando cómo la polla me raspaba las paredes del coño con cada envestida. Me reclinaba hacia atrás contra su pecho mientras, frente a mí, otro buscaba acomodo, arrodillándose sobre la colchoneta y ofreciéndome la boca su polla mojada de saliva. Detrás, otro más se abría paso hacia mi culo, apoyando la punta contra el agujero ya lubricado. Cuando se hundió despacio, sentí el estallido de placer que me atravesaba entera. Me estaban follando por los tres agujeros a la vez.

Me sentía repleta, desbordada, atravesada, y no quería que parara. Los tres empezaron a moverse coordinados: el de abajo empujando hacia arriba, el de detrás embistiendo hacia delante, el de la boca metiéndomela hasta la garganta. Yo era un pedazo de carne que rebotaba entre los tres, y me encantaba. Apenas aguantaron unos empujones antes de pedirme la boca, y el que la tenía se corrió con un gemido ronco, y yo se la di, tragando sin escapárseme una gota mientras otro ocupaba su lugar y otra polla nueva encontraba mis labios. El del culo aguantó un poco más antes de sacarla y correrse a chorros sobre mi espalda y mi coleta.

—Es increíble —decía uno, mirando cómo me chorreaba el semen por la cara—. Nunca he estado con una mujer así. Traga y aguanta y pide más.

—Os lo avisé —apuntó Marcos, orgulloso, masturbándose despacio a un lado—. Es de las que disfrutan de verdad. Mientras haya polla, no se cansa.

Los fui recibiendo de uno en uno, de dos en dos, sin apenas tregua. Bruno aguantaba como un campeón debajo de mí mientras otro buscaba mi espalda y me clavaba la verga en el culo. Marcos se tumbó y me subió encima de él, con su polla clavándoseme en el coño, y al instante tenía a un tercero acomodándose por detrás, hundiéndomela en el agujero del culo con un empujón firme. Sentí las dos pollas rozándose dentro de mí, separadas solo por una fina pared de carne, y a cada embestida me sacaban gritos que no podía contener. Sincronizados, los dos de dentro y el que tenía en la boca, me hicieron perder la cuenta de todo. Me corrí sobre la polla de Marcos con un temblor que le dejó el pubis empapado.

—¿Cómo estás, cariño? —me preguntó Marcos.

—En la gloria. Me estáis usando como yo quería. Como una puta —le respondí, jadeando—. Y sabes que eso me vuelve loca.

Uno tras otro se fueron vaciando. Uno me llenó el coño de leche caliente que empezó a chorrearme por dentro; otro se la sacó del culo en el último segundo y me la corrió sobre la raja de las nalgas; un tercero se la vació en la boca y me pidió que se la enseñara antes de tragármela. Cuando me bajé de Marcos, tenía las pollas todavía dentro de él a medio bajar y le lamí los muslos y los huevos sin que me lo pidiera, chupándole hasta la última gota que le quedaba, y él me dejó hacer entre risas y gemidos.

***

—Los que aún aguantáis, sentaos en los bancos —ordené, recuperando el aliento con la cara pringada de corridas—. Os voy a montar de uno en uno. Voy a exprimiros hasta la última gota.

Empecé por el chico de la sauna, el más imponente. Me agarré la polla, se la coloqué contra el coño chorreante y me dejé caer hasta el fondo con un gemido largo. En esa postura era yo quien marcaba el ritmo, quien lo usaba a mi antojo. Subía y bajaba despacio al principio, luego cada vez más rápido, sintiendo cómo la polla me golpeaba el fondo del coño con cada bajada. Le agarré las manos y me las puse en las tetas para que las apretara. Me incliné hacia delante para besarlo, con la lengua enredada en la suya, mientras cabalgaba sobre él sin descanso. Es una de mis posturas favoritas precisamente por eso, porque marco yo cómo se corren dentro de mí, o si no lo hacen.

Cuando noté que no aguantaba y que ya se le movían los huevos contra mi culo con desesperación, me levanté de golpe, me arrodillé delante, con las manos a la espalda y la boca abierta, mirándolo a los ojos, la polla apuntándome directa a la cara. Me encanta esperar así, lamiéndosela despacio y jugando con la punta con la lengua mientras llega el final. Le lamí el frenillo con la punta, le succioné la cabeza, le mordisqueé los huevos, hasta que se corrió con un gruñido y un chorro caliente me golpeó la frente, otro la mejilla, otro me entró en la boca y otro más me manchó las tetas. Me lo tragué sonriendo, con los ojos aún clavados en los suyos.

Pasé al siguiente, y al siguiente, repitiendo el mismo ritual: montarlos hasta el borde, bajarme, arrodillarme, esperar el chorro sobre la cara con la boca abierta. Todos terminaban igual, y yo agradecía cada corrida como si fuera un regalo, chupándoles la polla hasta la última gota. Uno se corrió antes de darme tiempo a bajarme y me llenó el coño hasta que se le desbordó por los bordes. Marcos los animaba, encantado de verme disfrutar y hacerse una paja lentamente a un lado.

Solo quedaban Bruno y Tobías. Me subí sobre Tobías clavándome su verga negra hasta el fondo y, mientras lo besaba y le mordía el labio, Marcos se acomodó detrás de mí y me metió su polla en el culo, ya blando y abierto, con un empujón limpio. Bruno colocó un banco tras su primo y se subió de pie, dejándome su polla enorme a la altura de la boca. Me sujetó por la coleta y me la metió hasta la garganta. Los tres se movían coordinados: Tobías hacia arriba, Marcos hacia delante, Bruno hacia dentro de mi boca. Yo era solo un cuerpo lleno de tres pollas a la vez, y no podía ni gemir porque la boca estaba tapada, y cuando Bruno me la sacaba para dejarme respirar, gritaba como una loca.

—Que se corra ya —dijo Bruno, jadeando—. Está a punto.

Entre los tres me llevaron al borde una última vez, con las pollas moviéndose dentro de mí en un ritmo brutal, y cuando exploté los tres se sacaron y me terminaron a la vez, marcándome la cara, el cuello, la boca y las tetas de chorros calientes que se mezclaban unos con otros. Bruno me la restregó por los labios pintándomelos de blanco, Tobías me la vació sobre el pecho, y Marcos me llenó la boca hasta que se me escapó por las comisuras.

Los chicos me dedicaron un aplauso suave, casi tierno, mientras yo me pasaba los dedos por la cara recogiendo el semen y llevándomelo a la boca.

—Esperamos que vuelvas más domingos —dijo uno—. Nunca habíamos visto a nadie disfrutar tanto. Nunca habíamos visto tragar tanto.

***

Bruno y Tobías nos acompañaron a los vestuarios para que nos ducháramos. Cuando nos quedamos solos, Marcos me abrazó por la espalda y me metió la mano entre las piernas. El coño aún me chorreaba semen de todos ellos.

—¿Qué tal, golfa? Te he visto disfrutar. Estás llena de leche.

—He perdido la cuenta de las veces que me he corrido —reconocí, apretándome contra él—. Y, ¿sabes una cosa? Sigo con ganas. Todavía tengo el coño ardiendo. He traído algo que aún no he estrenado.

Me puse un bikini diminuto de color rosa, con el triangulito de abajo tan pequeño que apenas me tapaba el coño depilado y los tirantes de arriba a punto de reventar con las tetas, unos zapatos de plataforma transparentes y una gargantilla de terciopelo terminada en una pequeña cadena. Marcos me miró como se mira un trofeo.

—Madre mía. Llévame de la correa y presume —le dije—. Enséñame como a una perra.

Salimos a la zona de la piscina, donde solo quedaba el tío, nadando solo. Al vernos, salió por la escalera, y entonces entendí por qué se había mostrado tan tranquilo toda la tarde. Estaba desnudo, y lo que le colgaba entre las piernas, incluso en reposo, era de las cosas más impresionantes que había visto: una polla gruesa, pesada, larga aún sin empalmar, con unos huevos que se balanceaban al caminar como si fueran de otra especie. Caminaba despacio, a propósito, dejándome mirar, sacudiéndola apenas al andar para que la viera bien.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.

—Muchísimo. Es espectacular. Es la polla más grande que he visto en mi vida.

—Puedes comprobar si se pone a la altura. Si quieres.

Marcos le tendió la cadena de mi gargantilla.

—Toma, guíala. A veces le gusta que la lleven como a una zorra.

El tío me condujo tirando suave de la cadena a unos sofás de descanso, se sentó con las piernas abiertas y tiró un cojín al suelo. No hizo falta que dijera nada. Me arrodillé entre sus muslos y empecé despacio, con devoción. Primero le lamí los huevos, uno por uno, metiéndomelos en la boca y chupándolos con cuidado. Luego le recorrí la polla entera con la lengua, de abajo arriba, notando cómo latía y se iba hinchando bajo mis labios. Le besé la punta, la lamí en círculos, y solo cuando empezó a estar más dura me la fui metiendo en la boca poco a poco. Él me sujetaba la coleta para marcarme el ritmo, tirando suave cuando quería que fuera más despacio, empujando cuando quería más profundo. Tardó en endurecerse del todo, pero cuando lo hizo era un monstruo: gruesa como una muñeca, larga, con las venas hinchadas recorriéndola. Me costaba abarcarla con la boca, se me estiraban las comisuras, la baba me caía en hilos hasta el pecho, y yo no me cansaba. Le escupía encima y la restregaba entera con las manos, luego volvía a metérmela en la boca hasta la mitad, ahogándome, saltándoseme las lágrimas.

—¿Ves cómo se pone en manos de una buena mujer? —dijo, satisfecho, mirándome con una sonrisa mientras me la sacaba y me la palmeaba en la cara.

***

—Súbete encima, pero sin llegar a recibirme —ordenó.

Me coloqué a horcajadas, notándolo apoyado contra mi coño empapado, la punta de aquella polla monstruosa apenas rozando la entrada, y me besó como un huracán, comiéndome la boca, chupándome la lengua, mordiéndome los labios. Yo restregaba el coño arriba y abajo por su verga sin llegar a metérmela, empapándosela entera con mi humedad, torturándome. No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero cuando por fin se lo pedí gimiendo «métemela, por favor, ya no aguanto», lo hizo todo despacio: me sujetó las caderas con aquellas manos enormes y me fue bajando milímetro a milímetro, deteniéndose, comprobando que me acostumbraba, subiéndome y bajándome un poco cada vez, hasta que mi coño cedió por completo alrededor de él.

—¿Quieres más? —preguntaba a cada pausa.

—Sí, por favor. Necesito sentirte entero. Métemela toda, no puedo más.

Cuando por fin la recibí del todo, con los huevos apretados contra mi culo, creí que perdía el sentido. Era, sin duda, lo más grande que había probado nunca. Me llenaba de una manera que no había sentido antes, notaba cómo me tocaba el fondo y aún había polla fuera. Me dio unos segundos para asimilarla y empezó a moverme sobre él como si yo no pesara nada, subiéndome y bajándome con las manos en la cintura, follándome de abajo hacia arriba con una fuerza que hacía chocar mis tetas contra su cara. No paraba de arrancarme orgasmos. Me corrí una vez casi inmediatamente, otra a los pocos minutos, y otra después que me dejó temblando entera. En un momento sentí que me deshacía por completo, descontrolada, entregada del todo a sus manos, con el coño chorreándole por los huevos hasta el sofá.

De los sofás pasamos a que me pusiera a cuatro patas, con la cara pegada al cojín y el culo bien en alto. Me sujetaba por la cadena con una mano, tirando suave para que arqueara la espalda, y con la otra me marcaba el ritmo agarrándome de la cadera. Ya me tenía tan abierta que la polla enorme entraba y salía sin esfuerzo, con un ruido húmedo obsceno que resonaba en el silencio de la sala. Me embestía profundo, sacándomela casi entera para volver a hundírmela hasta el fondo, y a cada embestida yo gritaba palabras que no tenían sentido, mientras Bruno, Tobías y Marcos miraban desde un lado, comentando entre dientes con las pollas en la mano, ya vueltas a endurecer.

—El tío es un profesional —decía uno—. Con eso, la va a tener aquí todos los domingos.

—Mira cómo se la traga el coño. Está para no salir de aquí en la vida.

***

Después llegó el turno del resto. Bruno se acomodó primero, tumbándose de espaldas mientras yo me montaba sobre él y me clavaba su polla en el coño ya destrozado, con Marcos sujetándome una pierna y Tobías la otra, abriéndome del todo. El propio Marcos fue alternando con ellos, riéndose, encantado de compartirme. Se me acercaba y me metía la polla en la boca mientras Bruno me follaba desde abajo, y luego cambiaba con Tobías, y luego lo hacían al revés. Yo iba de una boca a otra, de unas manos a otras, sin saber ya quién era quién, solo sintiendo pollas entrando y saliendo, dedos apretándome las tetas, lenguas lamiéndome los pezones y el clítoris. En algún momento me tumbaron de lado, con una pierna en alto, y sentí cómo Bruno me la metía en el coño y Tobías buscaba mi culo al mismo tiempo, follándome doble mientras Marcos me daba la polla en la boca. Los tres se movían dentro de mí, y yo solo era un cuerpo tembloroso corriendo un orgasmo tras otro, sin poder parar.

El tío se reservó para el final. Cogió un frasco de lubricante, se preparó con calma echándose una buena cantidad en la mano y frotándose la polla monstruosa hasta que le brilló entera, y luego me embadurnó a mí, metiéndome dos dedos gruesos en el culo, luego tres, girándolos, abriéndomelo despacio para lo que venía. Se colocó entre mis piernas mientras Marcos y Bruno me las sujetaban en alto, dobladas contra mi pecho, ofreciéndome entera. Entró despacio, muy despacio, apoyando la punta contra mi agujero y presionando con paciencia, milímetro a milímetro, acariciándome el clítoris al mismo tiempo con un dedo mojado. Lo que sentí no fue dolor sino un placer que no sabía describir: una plenitud brutal, un ardor dulce, un estiramiento imposible que me hacía perder la razón. Sabía exactamente lo que hacía. Cuando notó que me había abierto, se hundió hasta el fondo con un solo empujón largo, y yo grité contra el cojín.

—Dios, qué bien me siento así —jadeé—. Abierta, ofrecida, para ti. Fóllame el culo, por favor.

—Ya me habían contado mis sobrinos cómo eras —dijo, midiendo cada embestida, sacándomela hasta la punta y volviéndola a hundir—. Pero se quedaron cortos. Este culo es una maravilla.

Me embestía con un ritmo lento y profundo, cada empujón llegándome tan hondo que sentía la punta de su polla golpeándome sitios que no sabía que tenía. Marcos me metió dos dedos en el coño al mismo tiempo, moviéndolos al ritmo del tío, y yo me corrí como no me había corrido nunca, con espasmos que me sacudían de arriba abajo mientras aquella verga enorme me atravesaba el culo.

Cuando noté que se tensaba, que se le hinchaba dentro y que se le apretaban los huevos, me la sacó y se incorporó sobre mi pecho, arrodillándose a horcajadas sobre mí. Me sujetó por la coleta con una mano y con la otra empezó a masturbarse la polla brillante de lubricante y de mí, apuntándome a la cara.

—Abre la boca. Prepárate. Vas a ver lo que es una despedida en condiciones.

No hay nada que me haga sentir más viva que ese instante: notar el latido justo antes del final, ver la polla palpitar delante de mis ojos, sabiendo que es por mí. Cuando terminó, lo hizo con una intensidad que me dejó sin palabras: el primer chorro me atravesó la cara de la frente al mentón, el segundo me llenó la boca abierta y me llegó al fondo de la garganta, el tercero y el cuarto me cayeron sobre las tetas en gotas espesas y calientes. Y aun así seguía saliéndole, chorros más pequeños que le resbalaban por los dedos con los que se sujetaba la polla. Sin que se me escapara nada, me lo tragué todo relamiéndome, y aun así no me soltó: me dejó limpiarle la polla despacio con la lengua, lamiéndolo entero, chupándole los huevos, recogiendo la última gota, con una ternura extraña después de tanta intensidad.

—Gracias —me dijo al final, acariciándome la cara con el dorso de la mano—. Me ha gustado mucho.

—¿Me dejas disfrutar un poco más?

Estuve un buen rato más entre sus piernas, agradeciéndole con la boca lo que me había dado, recorriéndole la polla ya blanda entera sin prisa, chupándosela sin urgencia, besándole la cara interna de los muslos, lamiéndole los huevos como una gata. Después me cogió de la mano y me llevó a la ducha junto a la piscina, y entre los cuatro me enjabonaron y me ducharon. Manos por todas partes, dedos volviendo a colarse entre mis piernas, jabón resbalando por las tetas, bocas robando besos. Una delicia.

Era la primera vez que íbamos a aquel gimnasio. No fue la última.

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Comentarios(8)

NadiaBA

Que bueno!! me encantó desde el principio hasta el final, tremendo relato

JuanM_77

segunda parte por favor!!! me quedé con ganas de mas, se hizo cortísimo

RoxanaMdp

El clima que lograste con el escenario está muy bien conseguido, se siente real sin ser burdo. Sigue asi!

EstebanLp

Increible, de los mejores que leí acá en mucho tiempo. Bien ahí

SebastianR_BA

la idea del gimnasio vacío le da un clima especial al relato, nunca habia leido algo planteado asi. Tremendo

MarisolBsAs

me recordó a un domingo que tuve yo jaja, aunque mucho menos emocionante que esto. Muy bien contado

Carletos_89

Leí el excerpt y no pude no entrar, y valió totalmente la pena. Espero que subas mas relatos así

Charly_net

buenisimo!! saludos desde el sur

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