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Relatos Ardientes

La noche que ninguno de los cuatro olvidará

El ritual del patio del colegio es simple: te turnas con tu pareja para recoger al niño, esperas a que salgan los críos y charlas con los otros padres mientras aguantas el frío o el calor según la temporada. Claudia y yo teníamos suerte. Nos habíamos hecho amigos de verdad de algunas familias, no solo conocidos de pasillo. Entre todos, Bruno y Natalia eran los favoritos sin discusión. Su hijo Leo y el nuestro, Pablo, eran inseparables desde el primer día de clase, lo que nos daba la excusa perfecta para tomarnos algo juntos mientras los niños agotaban las pilas en el parque.

Bruno era italiano de origen, aunque llevaba tantos años en España que solo se le notaba en la manera de gesticular cuando hablaba de mujeres, que era casi siempre. Le gustaban todas sin excepción. A cada una le encontraba algo: un detalle que otros no veían. Era imposible pasear con él sin que señalase con discreción a alguna que pasaba y dijese algo que te hacía reír y avergonzarte a la vez. Guardaba esos comentarios para cuando estábamos solos, nunca delante de Natalia ni de Claudia.

Natalia era distinta: más tranquila, más reservada, con algo en la mirada que te decía que pensaba exactamente lo mismo que su marido pero se lo callaba. Yo la veía seguir con los ojos a cualquier hombre que cruzara el bar donde tomábamos el café. Lo hacía sin demasiado disimulo. Sabía lo que tenía y le gustaba que lo notasen.

Llevábamos casi dos años viéndonos entre la salida del colegio y la primera cerveza de la tarde cuando nos propusieron pasar un puente en la casa rural que tenía la familia de ella en la provincia. Claudia aceptó antes de que yo terminase de procesar la pregunta. Se unirían otras dos parejas del grupo, pero la primera noche seríamos solo los cuatro.

Yo tenía mis propias razones para estar ilusionado y no todas eran confesables.

***

Llegamos a media tarde después de dos horas escuchando la misma canción del coche de Pablo en bucle. Bruno y Natalia se habían adelantado para prepararlo todo y cuando aparecimos ya tenían la barbacoa lista y una jarra de algo frío que olía a lima y a ron. Los niños se tiraron a la piscina antes de que nadie los dejara. Nosotros nos quedamos mirándolos desde las tumbonas con los vasos en la mano. No había mucho que hablar. Era ese tipo de tarde donde basta con estar.

La cena fue larga y sin prisa. Vino, brasas, los niños cayendo dormidos frente a la consola antes de que nadie los mandara a la cama. Bruno los desenchufó sin que se despertaran y los subió a la habitación que compartirían. Cuando volvió al jardín, quedamos los cuatro solos por primera vez en mucho tiempo.

***

Bruno apagó las luces exteriores. Dijo que prefería la luna, que esa noche estaba llena y daba más claridad que cualquier foco. Solo quedaron encendidas las del interior de la piscina, que teñían el agua de un azul verdoso. Con las copas en la mano y los pies descalzos en la hierba, pusimos música desde el teléfono y bailamos sin ganas de hacer nada más. El calor había bajado lo suficiente para estar cómodos. La oscuridad del jardín tenía algo que invitaba a soltarse.

Natalia bailaba con una desinhibición que no le había visto antes. No era el alcohol, o no solo eso. Cuando se acercó a Claudia para bailar juntas, mi mujer aceptó con una risa y no le dio más importancia. Yo sí se la di. Bruno se puso a mi lado con su copa y miró el espectáculo en silencio durante un buen rato.

—Hay que reconocer que tenemos suerte —dijo en voz baja—. Mira qué buenas están nuestras mujeres.

Era la primera vez que incluía a Claudia en ese tipo de comentario. Lo miré de reojo y él sostuvo la mirada un segundo.

—No me digas que no te fijas en Natalia. Porque yo sí veo cómo la miras.

Me ruboricé. No lo pude evitar.

—No te preocupes —siguió—. A ella le encanta que la miren. Es lo que más la enciende.

Delante de nosotros, el baile había cambiado de tono sin que yo me diera cuenta exacta de cuándo. Las dos se rozaban con una confianza que no se improvisa. Natalia reía y Claudia la seguía, menos experimentada en esos juegos pero sin apartarse.

—Que se besen —canturreó Bruno de pronto, como si fuera una broma de bar.

Natalia no lo trató como una broma. Cogió la cara de Claudia entre las manos y le dio un beso en los labios, limpio y decidido. Bruno aplaudió. Yo me quedé mudo.

Luego fue un beso con lengua, largo, y algo dentro de mí se encendió de golpe. Las lenguas de las dos se entrelazaron durante varios segundos. No había ninguna duda de que se deseaban.

Claudia se apartó con la cara colorada pero con una sonrisa que no era de vergüenza. Se acercó a nosotros a buscar su copa y esquivó las miradas de los dos.

***

Bruno empezó a hablar de lo que pensaban de nosotros, de que hacía tiempo que les gustábamos, de que aquella escapada no había sido del todo improvisada. Lo dijo con tanta naturalidad que tardé un momento en entender lo que estaba diciendo.

Natalia vino directa hacia mí.

—A mí no solo me gusta Claudia —me dijo en voz baja—. Llevaba mucho tiempo esperando una oportunidad contigo.

Me besó antes de que pudiera responder. Un beso corto, firme, sin disculpa.

Luego fue a buscar a Claudia y la besó también. Mi mujer le abrió la boca sin vacilar esta vez. Miré a Bruno. Me miraba con una sonrisa tranquila, como quien confirma algo que ya sabía.

***

Bruno me ofreció otra copa y se sentó en una de las hamacas como si lo que pasaba a dos metros fuera lo más natural del mundo. Me senté también. Necesitaba ese momento de distancia para procesar.

Claudia se había dejado quitar la parte de arriba del biquini. Natalia le besaba el cuello, los hombros, bajaba despacio. Mi mujer tenía los ojos cerrados y una mano aferrada al pelo de su amiga.

Bruno se sacó la polla del bañador y empezó a tocarse. Sin drama, sin preguntar. Era simplemente lo que correspondía hacer en ese momento. Yo nunca había visto a otro hombre masturbarse delante de mí. Fue una sensación extraña, pero no me molestó. Ya habíamos cruzado una línea que ni siquiera sabía que existía.

Natalia se arrodilló frente a su marido. Luego Claudia hizo lo mismo frente a mí, despacio, mirándome mientras bajaba. Me dejé llevar.

Mientras Claudia me acariciaba, los dos mirábamos lo que hacía Natalia con Bruno. Era buena. Muy buena. Se lo tomaba hasta el fondo con una calma que yo nunca había visto. Claudia me miró, cruzó los ojos con los de ella, y lo imitó.

***

Bruno se levantó de pronto a buscar otra copa. Natalia quedó libre y vino hacia nosotros. Se besó con Claudia primero, con lengua y sin prisa, justo delante de mis ojos. Luego me miró a mí.

Lo que hizo a continuación no lo olvidaré. Se lo engulló hasta el fondo sin esfuerzo aparente, mordisqueó despacio al subir, y me lo devolvió a Claudia. Mi mujer lo intentó igualar pero le costaba, le daban arcadas. No se rindió. Natalia la agarró por la coleta y la ayudó. Escuché el gorgoteo y esperé que se apartara, pero no lo hizo. Siguió, con la mano de su amiga guiándola, golpeándose los labios contra mi pubis y gimiendo cada vez que salía a respirar.

Bruno volvió con su copa, la dejó en el suelo y se colocó detrás de Natalia.

Claudia hizo un movimiento rápido con la hamaca y me tumbó de espaldas. Pasó una pierna sobre mi cabeza y se sentó en mi cara mirando hacia ellos. El biquini estaba empapado, no solo por la piscina. Lo apartó. Me dediqué a lo que tenía delante.

***

Podía escuchar a Natalia gemir mientras Bruno la follaba de pie. Podía sentir la excitación de Claudia aumentando en mi boca. Todo ocurría al mismo tiempo, en ese jardín oscuro bajo la luna llena.

Escuché a Natalia decir:

—Métemela en el culo, mi amor. No esperes más.

Fue la frase más excitante que había escuchado en mucho tiempo. Sobre todo viniendo de ella, que en ese momento tenía la boca entre las piernas de mi mujer.

Claudia dejó escapar un sonido que no le había escuchado antes. Separó su cuerpo de mi boca, se colocó encima de mí, se introdujo mi polla con la ayuda de Natalia, y en cuatro movimientos se corrió gritando sin importarle quién la oyera. Sus orgasmos son así: ruidosos. Natalia quedó empapada. Bruno hizo algún comentario en voz baja y ella se rió.

***

Descansamos un momento. Claudia se sirvió lo que quedaba en su copa y se tumbó en la hamaca de al lado. Bruno me miraba con algo que parecía apreciación. Natalia tenía la mano en mi polla, suave, sin urgencia.

—Sigue —le dijo Bruno a su mujer—. Ya sabes cómo me pone verte así.

Natalia se inclinó y retomó lo que hacía. Bruno la penetró de nuevo por detrás con una estocada fuerte. Ella no soltó lo que tenía en la boca. Claudia estiró el brazo desde su hamaca y pellizco los pezones de Natalia. Ella gimió con la boca llena y el sonido me recorrió entero.

Bruno la llevó al orgasmo sin aflojar el ritmo. Yo me tuve que contener.

***

Hicimos una pausa más larga. Nos metimos en la piscina los cuatro. El agua fría bajó la temperatura de todo. Natalia se arrimó a mí, tranquila, como si nos conociéramos de otra manera. Bruno dijo algo al oído de Claudia y ella se rió.

—Al final me quedé con las ganas —me dijo Natalia rozándome el pecho con la yema de los dedos.

—Habrá más oportunidades —respondí sin saber muy bien qué decía.

—Mañana llegan los demás —dijo Bruno desde el otro extremo de la piscina, con una sonrisa que no era inocente.

Natalia se subió al borde de la piscina y separó un poco las piernas. La invitación era obvia. Casi no la dejé terminar el gesto. Claudia hizo lo mismo y Bruno no tardó ni un segundo en responder.

Me dediqué al coño que tenía delante con toda la atención que le debía desde hacía tiempo. Era exactamente lo que me había imaginado. Mejor, en realidad.

***

Cuando subimos a ducharnos ya pasaba de la una de la madrugada. Claudia esperó a que el agua caliente corriera antes de hablar.

—¿Sabías algo? —le pregunté.

—Natalia me lo había insinuado desde hace meses. Le daba largas porque no lo veía claro. Pero cuando propusieron el finde, pensé que era el momento.

—¿Y no me dijiste nada?

—Quería ver cómo reaccionabas tú solo. Sin que te sintieras presionado.

Me quedé callado unos segundos.

—Mañana llegan cuatro personas más —dije por fin.

—Seis —me corrigió con calma.

—¿Todos saben cómo son estas noches?

—Todos. Somos los únicos que nunca habíamos venido.

Me sequé despacio sin decir nada más. No sabía si lo que sentía era miedo o curiosidad. Probablemente las dos cosas a la vez.

—¿Y qué piensas hacer tú? —le pregunté.

Claudia me miró con una honestidad que me desarmó por completo.

—Seguir. Si tú también quieres.

Me metí en la cama pensando en eso. En los padres y las madres del grupo que llegarían al día siguiente. En lo que había pasado esa noche y en lo que podía pasar al día siguiente. Claudia se durmió en dos minutos, aliviada de tener las cartas sobre la mesa.

Yo tardé bastante más. Pero cuando por fin lo hice, era con las ideas claras.

Continuará…

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Comentarios (3)

NocturnoX

tremendo relato, quede sin palabras

RominaK_84

Me encantó como lo describiste, se siente que fue una noche única. Ojalá cuentes mas aventuras asi!

JulianCordo

Me recordó a una salida de verano hace unos años, algo muy parecido pasó con unos amigos... nunca lo olvidé tampoco jaja

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