Lo que propusieron en el hotel esa noche
La pandemia nos había arruinado dos veranos seguidos. Cuando por fin abrieron los hoteles con restricciones, Marcos reservó una semana en un resort de Peñíscola con todo incluido. Era junio, pocas semanas después del final de las clases, y el hotel estaba casi vacío. Con eso de la distancia social, los adultos evitábamos mezclarnos demasiado.
Nuestros hijos, en cambio, son incapaces de cumplir ninguna norma. En el tercer día ya habían hecho amigos inseparables con dos hermanos de su edad. Sus padres eran Sofía y Andrés: algo más jóvenes que nosotros, y se notaba. Sofía vestía con una soltura que tardé en definir como provocación — vestidos de tirantes semitransparentes, tops ajustados sin sujetador. Andrés casi siempre iba con la camisa abierta o directamente sin ella, con un torso que invitaba a mirar.
Después de cenar, los niños se iban a jugar solos un par de horas y los cuatro nos sentábamos en la terraza junto a la piscina. La tercera noche, con varias copas encima, la conversación tomó un giro que no esperaba. Sofía dejó caer, con una naturalidad desconcertante, que ellos eran pareja abierta. Que de vez en cuando hacían intercambios.
—¿Vosotros nunca lo habéis pensado? —preguntó.
Marcos y yo nos miramos. La verdad era que nuestras conversaciones al respecto siempre habían girado en otra dirección: a él le gustaba la idea de verme con otros, no tanto la de compartir. Se lo explicamos sin rodeos.
—Interesante —dijo Andrés, sonriendo—. Entonces esto os puede gustar.
La propuesta fue sencilla y extraña a la vez. Cada noche, uno de los cuatro sería el que mandaba. Ese adulto se iría a la habitación del otro matrimonio y dirigiría lo que ocurriera allí, mientras el cuarto adulto se quedaba con los niños haciendo guardia. Sin intercambio real, solo observación y órdenes. Un juego de voyerismo con reglas.
Dijimos que sí. Más por las copas que por convicción, probablemente. Pero dijeron que empezábamos esa misma noche, y que el primer turno era de Sofía.
***
Andrés se fue con todos los niños. Sofía subió con nosotros.
Pedimos una última copa y nos sentamos en la habitación. Sofía revisó el armario con calma, como si fuera algo perfectamente normal. Frunció el ceño un poco al ver que yo no había traído nada especialmente sexy para unas vacaciones en familia.
—Mañana vamos de compras —dijo—. Esta noche improvisamos.
Me puso un vestido de playa fino, casi transparente, sin nada debajo. A Marcos lo dejó en vaqueros y le pidió que se quitara la camiseta.
—Rodillas sobre la cama —me indicó.
Obedecí. Tenía el corazón acelerado aunque todavía no había pasado nada. Sofía le dio a Marcos un cubito de hielo y le dijo que me lo pasara por el cuello. Noté el frío bajando hasta la clavícula, y luego la lengua de Marcos siguiendo el mismo camino para compensar el calor. Después el hielo llegó a mis pezones y él repitió la caricia con la boca. Sofía le fue indicando que alternara entre el cuello y los pechos mientras me acariciaba con la mano entre las piernas.
Tardé menos de un minuto en mojarme. Marcos quiso quitarse los pantalones. Sofía no lo dejó.
Desde esa posición, Marcos empezó a masturbarme con una mano mientras con la otra seguía tocándome los pechos. Yo intentaba alcanzar su erección por encima de la tela, pero Sofía tampoco eso me lo permitía.
—A cuatro patas —ordenó—. Cabeza apoyada, culo arriba.
Marcos se arrodilló detrás y empezó a comerme. Sofía le fue dando instrucciones en voz baja: que alternara entre adelante y atrás, que no se apresurara. Yo estaba al borde del orgasmo cuando ella le mandó parar. Le dijo que se bajara los pantalones.
Le chupé durante un buen rato. Estaba tan excitada que intentaba meterme toda su polla en la boca, y a veces bajaba a sus testículos y volvía. Sofía no decía nada; solo miraba.
Después nos ordenó hacer un 69. Yo arriba, Marcos debajo. Le pidió que me follara la boca con fuerza, y en esa posición casi entraba entera; yo le empujaba del culo para ayudar, mientras él seguía comiéndome y metiendo dedos. Cuando Sofía vio que los dos acelerábamos, le dijo a Marcos que se tumbara en la cama y que yo me subiera encima.
No duró ni un minuto. Nos corrimos juntos, uno después del otro, y cuando por fin recuperé la respiración y me di la vuelta, Sofía ya no estaba.
***
A la mañana siguiente, Marcos me contó lo que había pasado con él como director en la habitación de ellos. Lo único que desveló sobre Andrés fue una sonrisa y una promesa: que ya lo averiguaría yo. De Sofía no había demasiadas sorpresas después de verla cada noche en la terraza — tal como imaginaba, llevaba el coño completamente depilado y los gemidos eran altos.
Esa tarde, Sofía y yo fuimos de compras. Me compré un body negro de lencería: corpiño que dejaba los pechos al descubierto y una abertura en la zona genital para no tener que quitarlo durante el juego. Ella se compró un conjunto rojo de dos piezas con liguero.
La tercera noche era mi turno. Llegué a su habitación con menos seguridad de la que aparentaba: Andrés acababa de salir de la ducha y llevaba solo una toalla. Sofía ya tenía puesto el conjunto rojo que había comprado esa tarde.
No tenía la experiencia de mando que tenía Sofía, pero algo había aprendido la primera noche. Decidí que Andrés haría de masajista y Sofía de clienta. La tumbé boca abajo en la cama y le dije que empezara por la espalda y las piernas.
Andrés masajeó a su mujer con manos largas y seguras. Cuando le llegó el turno al culo, le permití que siguiera. Le indiqué que introdujera los dedos mientras masajeaba su pelvis. Sofía empezó a moverse en la cama.
—Boca arriba —dije.
Él masajeó sus pechos y volvió al coño. Y fue entonces, cuando Andrés soltó la toalla para ponerse de rodillas junto a la cama, cuando entendí de qué me había hablado Marcos.
La polla de Andrés era gruesa. No especialmente larga, pero su grosor era una cosa aparte, casi hipnótica. No podía dejar de mirarla.
Sofía intentó metérsela en la boca y llegó solo al glande, que era lo máximo que cabía. Estuvieron así un rato: él con los dedos en su coño mientras ella lo chupaba de arriba abajo, metiéndose solo la punta de vez en cuando.
Recordé entonces lo que Sofía nos había mandado hacer la primera noche, y le pedí a Andrés que se pusiera encima de ella para follarle la boca mientras le comía el coño. La imagen me puso más cachonda de lo que esperaba. Veía cómo Andrés intentaba que los labios de su mujer aceptaran más de lo que podían, y noté que mi ropa interior estaba completamente húmeda.
—Métesela —dije en voz baja.
Sofía llevó las rodillas hacia el pecho para facilitar la entrada. La polla de Andrés fue abriéndose paso de forma lenta, presionando sus labios vaginales con una resistencia que parecía imposible aunque ella estuviera acostumbrada. Metió y sacó la punta varias veces antes de hundirla del todo. Sofía gritó, y yo me sobresalté.
Me levanté del sillón sin darme cuenta. Me acerqué. Nunca había visto una penetración así en directo, y me quedé parada a menos de un metro observando cómo él la bombeaba y ella respondía con las caderas.
Pedí que cambiaran de posición. Sofía se subió encima de él. Yo me senté en el borde de la cama, a menos de un metro, viendo cómo la polla de Andrés entraba y salía. Él introdujo un dedo en el culo de Sofía, luego dos. Recordé lo que Marcos me había dicho sobre la preferencia de Andrés por el sexo anal, aunque a mí me parecía imposible con ese grosor.
No llegué a comprobarlo. Los dos aceleraron y terminaron juntos en un orgasmo que sacudió toda la cama. Cuando Andrés la sacó, vi salir una cantidad de semen que no esperaba. Me despedí y volví a mi habitación con una sola idea en la cabeza: follarme a Marcos sin esperar.
Pero al entrar me encontré a todos los niños dormidos en sacos de dormir en el suelo. Tuve que acostarme con el deseo intacto y contar las horas que faltaban para la última noche. La noche en que mandaría Andrés.
***
El día siguiente se me hizo eterno.
Sabía que esa noche Andrés iba a vernos. Que iba a decirme cómo tenía que follar. Con Sofía había sido diferente — una mujer me generaba menos vértigo. Con Andrés era otra cosa. Además, tenía el body negro que estaba deseando que Marcos viera.
Después de cenar, los niños se fueron con Sofía y nos quedamos los tres tomando la última copa. Cuando llegó la hora, subí sola a la habitación para prepararme. Me puse el body y esperé tumbada en la cama.
Marcos y Andrés tardaron un poco. Cuando entraron, los dos se quedaron en silencio un momento.
—Dos días esperando esto —dijo Andrés—. Sofía me había avisado, pero se quedó corta.
Marcos no apartaba los ojos de mí. Andrés se sentó en el sillón. Le pidió a Marcos que se desvistiera y se tumbara a mi lado. Yo esperaba algo parecido a lo de la primera noche, pero Andrés sacó un pañuelo negro del bolsillo y le pidió a Marcos que me vendara los ojos.
Me puse nerviosa de golpe. Recordé que una de las fantasías de Marcos era esa: que yo no supiera si la mano que me tocaba era la suya o la de otro. ¿Le había dicho algo a Andrés, o era casualidad?
Marcos me colocó el pañuelo. El cambio fue inmediato: los sonidos de la habitación se volvieron más presentes, el tacto de las manos se amplificó. La voz de Andrés llegaba desde el fondo del cuarto.
—Boca abajo.
Marcos empezó a recorrerme el cuerpo desde los pies hasta el cuello y volvió. Largo, lento, sin prisa. Después me besó cada parte del camino de regreso. Cuando llegó a mis pezones, Andrés le pidió que les diera unos mordisquitos suaves. Cuando llegó al coño, un par de lengüetazos.
Luego la voz de Andrés, más cerca:
—A partir de ahora, silencio. Laura, abre las piernas. Quiero ver tu coño. Bien. Chúpate dos dedos y pásalos por ahí. Más despacio. Ahora mételos poco a poco.
Obedecí. Sin ver nada, con la voz de Andrés guiando cada movimiento y Marcos respirando cerca.
—Marcos, siéntate sobre sus tetas. Acércale la polla a los labios.
Pasé la lengua por el glande sin dejar de moverme los dedos. Las instrucciones siguieron llegando, una a una, sin prisas. Que le metiera tres dedos en la boca a Marcos para que se los chupara bien. Que los devolviera a mi coño. Que Marcos me lamiera un rato más.
—Buen trabajo. Ahora fóllale la boca con fuerza. Tú, Laura, no dejes de masturbarte.
Cuando Andrés dijo que cambiaríamos de posición, añadió:
—Marcos, quítate la venda. Pónsela tú.
Marcos se tumbó con el pañuelo en los ojos. Yo me puse a cuatro patas entre sus piernas y empecé a masajear su polla mientras le chupaba los testículos. En esa posición, mi culo y mi coño quedaban completamente expuestos hacia donde Andrés estaba sentado. O donde había estado.
Escuché pasos. La cama se hundió ligeramente a mi lado. De reojo, sin moverme, vi que Andrés se había levantado y se había sentado en el borde de la cama. Igual que había hecho yo la noche anterior con ellos.
—Métete la polla entera en la boca. Despacio. No queremos que Marcos termine todavía.
Obedecí. Pero no dejé de mirar de reojo. Andrés se había sacado la polla del pantalón y se masturbaba. Me quedé paralizada un segundo. Podría haberle dicho que no. Pero la verdad es que no quería hacerlo.
Siguió de rodillas en la cama y lo tenía muy cerca de mi cara. De repente noté su mano en mi pecho. Después bajó hasta mi culo, lo acarició despacio, y llegó al coño. Retiré su mano. Él se apartó un poco, sin decir nada.
—Súbete encima de él. Despacio.
Me puse encima de Marcos y empecé a moverme. Tenía tantas ganas de terminar que aceleré demasiado pronto. Andrés me mandó parar y volver a cuatro patas a chuparle a Marcos.
Mientras me ponía en posición, Andrés se acercó por detrás y empezó a comerme el coño. Alternaba con el culo, dándome lametones largos mientras yo intentaba no hacer ruido. Metió dos dedos, luego tres. Yo aceleré el ritmo de la mamada para ahogar los gemidos que empezaban a escaparse. Marcos empezó a correrse dentro de mi boca. No me importó lo más mínimo.
Yo también estaba a punto. Con tres embestidas habría llegado. Pero Andrés me lo impidió.
—Túmbate en la cama. Que Marcos te folle en el misionero.
Marcos se puso encima. Llevaba las copas encima y acababa de correrse; su polla fue perdiendo firmeza antes de que yo pudiera llegar. Me concentré con todas mis fuerzas. No sirvió de nada. Andrés sonreía desde el sillón con cara de satisfacción plena.
—¿Paramos un momento? —preguntó—. O mejor reanimamos a Marcos. Misma posición de antes. Métete la polla entera en la boca sin sacarla en ningún momento. Ya verás qué rápido se recupera.
Nos pusimos de nuevo. Andrés se acercó otra vez a la cama. Le dijo a Marcos que empezara a masturbarme para no perder el ritmo, pero era Andrés quien lo hacía. Con la otra mano cogió la mía y la llevó a su polla.
Durante un par de minutos estuvimos así: yo chupando a Marcos y masturbando a Andrés, él masturbándome a mí, Marcos con los ojos vendados recuperándose despacio. Notaba que Marcos se iba poniendo más duro. Era cuestión de tiempo.
Entonces Andrés se acercó a mi oído.
—¿Quieres que te folle?
Me tensé entera. Negué con la cabeza, pero no solté su polla.
Introdujo cuatro dedos en mi coño y volvió a acercarse.
—Última oportunidad.
Miré a Marcos, que seguía con la venda. Asentí.
Andrés sacó los dedos, se puso de rodillas detrás de mí y apoyó la punta contra mi entrada. Empujó lentamente. Notaba cada milímetro de su grosor abriéndose paso, llenando cada centímetro. Él iba despacio, convencido de que iba a costarle entrar. Pero estaba tan mojada que empujé yo hacia atrás y me la metí entera de una vez.
Se quedó quieto unos segundos. Luego empezó a moverse, primero lento y luego cada vez más deprisa, y yo acompañaba cada embestida empujando hacia él. No llegaron a dos minutos. Noté cómo se hinchaba más todavía dentro de mí y empezaba a descargarse. Me corrí al mismo tiempo, con espasmos que no podía controlar.
Cuando levanté la vista, Marcos ya no tenía la venda. Me estaba mirando con una sonrisa. No sé si porque acababa de cumplir otra de sus fantasías o simplemente por ver mi cara.
Andrés lo sacó poco a poco y yo me recosté sobre Marcos dándole un abrazo. Luego me confesó que Andrés le había preguntado días antes si tendría algún problema en que se diera la situación. Marcos le dijo que lo veía muy improbable, pero que tenía vía libre.
Al día siguiente se acabaron las vacaciones. Fue una pena. No me habría importado repetir unas cuantas veces más.