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Relatos Ardientes

Lo que le oculté a mi marido esa noche de hotel

La obsesión había crecido despacio, como crecen las que no tienen prisa por ser satisfechas. No era una fantasía nueva ni un capricho de tarde aburrida; llevaba meses alimentándola en silencio, en los momentos más inesperados. Bajo la ducha, con el agua caliente bajándome por la espalda, me imaginaba con manos ajenas encima. En el metro, apretada entre la gente, pensaba en cuerpos distintos, en el peso de tres pares de manos al mismo tiempo. En la cama, con Andrés a mi lado, construía la escena entera antes de dormirme: tres hombres, una habitación anónima, sin nombres ni preguntas de más.

Lo que me frenaba no era la culpa. Era encontrar la situación exacta, que sucediera de forma natural, sin tener que explicarme demasiado ni que nadie lo malinterpretara.

La app llegó recomendada en un foro privado que encontré un martes por la noche. La instalé en un móvil viejo, le puse contraseña nueva y lo guardé debajo de los pañuelos del cajón de la mesilla. Pasé semanas mirando perfiles sin escribir a nadie. Hasta que apareció el mensaje.

«Somos tres. Buscamos a una mujer dispuesta para una noche. Sin romanticismo, sin compromisos. Hotel en el centro, mañana a las nueve. Ven sin bragas y depilada. ¿Te interesa?»

Lo leí tres veces. Cerré la app. La abrí de nuevo.

Respondí «sí» antes de que el miedo pudiera hablar.

***

Me preparé esa tarde con una concentración que no le dedico a muchas cosas. Me bañé despacio, me depilé el coño entero hasta dejarlo liso, elegí la ropa con cuidado: vestido negro ceñido, escote en uve que dejaba ver lo justo, medias de rejilla que terminaban a medio muslo, sujetador de encaje oscuro que levantaba y separaba las tetas. El tanga lo doblé y lo metí en el bolso antes de salir, tal como me habían pedido. Me gustó hacerlo: obedecer antes de llegar, salir a la calle con el coño al aire bajo la falda, sintiendo cómo el aire me rozaba los labios cada vez que caminaba.

Andrés estaba en el sofá con la tele puesta. Me preguntó a qué hora volvía.

—Tarde. Cena de trabajo.

Me besó en la mejilla sin levantarse. Yo cerré la puerta y bajé las escaleras.

El taxi tardó doce minutos. Doce minutos mirando las luces de la ciudad por la ventanilla, con las manos quietas sobre el bolso, notando el contraste entre el frío del coche y el calor que ya llevaba por dentro. Cada bache me recordaba que no llevaba bragas, y me imaginaba a los tres esperándome con las pollas ya duras, hablando de lo que iban a hacerme.

***

El hotel era discreto y caro: mármol en el suelo del vestíbulo, iluminación tenue, un recepcionista que atendió sin preguntar nada. Ascensor hasta la quinta planta. Pasillo largo en silencio.

Llamé a la puerta del 512.

Abrió Sergio. Cuarenta y tantos, moreno, hombros anchos bajo una camiseta oscura ajustada. Barba de tres días, mandíbula marcada. Me miró de arriba abajo sin disimular, deteniéndose en el escote y en los muslos.

—Entra —dijo.

El salón de la suite tenía las luces bajas: una lámpara de pie en la esquina, la ciudad visible a través de las ventanas. Botella de whisky en la mesa, condones al lado. En el sofá había dos hombres más. Pablo: rubio, alrededor de los treinta, cara abierta y una sonrisa torcida que no tenía nada de inocente, camisa desabotonada hasta la mitad sobre un cuerpo que decía que hacía ejercicio en serio. Tomás: el mayor de los tres, rondando los cincuenta, calvo, barba canosa y espesa, complexión robusta, ojos oscuros que analizaban despacio.

Me quedé de pie en el centro de la habitación. Los miré a los tres.

—¿Nerviosa? —preguntó Pablo.

—Un poco.

—Bien —dijo Tomás desde el sofá. Era la primera vez que hablaba. Voz grave, pocas palabras—. Es buena señal.

***

Sergio se acercó primero. Me rodeó despacio, sin urgencia, y se detuvo detrás. Sus manos encontraron el cierre del vestido.

—¿Puedo?

Asentí.

Bajó la cremallera. El vestido cayó al suelo con un susurro. Me quedé en sujetador, medias y tacones, con el aire del climatizador recorriéndome la piel. Los tres miraban. Nadie habló durante varios segundos.

—Sin bragas, buena chica —murmuró Sergio, y me metió una mano entre los muslos desde atrás. Los dedos me encontraron ya mojada. Le oí soltar el aire—. Empapada. Llevas todo el día pensando en esto, ¿verdad?

—Meses —contesté.

Deslizó dos dedos dentro sin avisar, hasta el fondo, y los curvó. Se me doblaron las rodillas y él me sujetó con el otro brazo por la cintura para que no me cayera. Empezó a bombear despacio, sacando y metiendo, con el pulgar rozándome el clítoris. Me mordí el labio para no gemir todavía.

—Gime —dijo él al oído—. Aquí puedes.

Y gemí. Un sonido largo y ronco que se me escapó desde el pecho.

Pablo se levantó del sofá.

—El sujetador también.

Me lo quité. Las manos no me temblaron.

Se acercó y me agarró las tetas sin pedir permiso para cada cosa: las palmas abiertas primero, luego los dedos cerrándose con firmeza sobre los pezones, pellizcando hasta que se me pusieron duros y me arqueé contra la mano de Sergio, que seguía dentro. Pablo bajó la cabeza y me chupó un pezón, tirando con los dientes hasta que solté un quejido. Sabía lo que hacía. Se notaba en cada movimiento.

—Así —dijo, apretando—. Bien duros para nosotros.

Cerré los ojos un momento. Sergio sacó los dedos brillantes de dentro de mí, se los llevó a la boca y los chupó despacio.

—Buena —dijo—. Se te va a poner a chuparnos ya.

Cuando abrí los ojos, Tomás ya se había levantado y se estaba desabrochando el cinturón.

***

Me pusieron de rodillas en la alfombra entre los tres. Se bajaron los pantalones sin ceremonia y se quedaron frente a mí con las pollas fuera, a la altura de mi cara. Tres pollas distintas, tres olores distintos, tres pesos distintos cuando los agarré con las manos.

Sergio era grueso y corto, la punta ancha y morada, ya soltando líquido. Pablo largo y curvo, con las venas marcadas, palpitándole cuando cerré los dedos en la base. Tomás el más grande de los tres, gordo y pesado, con los cojones grandes colgándole debajo.

Empecé por Pablo, que tenía la mano metida en mi pelo y tiró un poco para acercarme. Me la metí entera hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y tuve que hacer una arcada. La saqué con hilos de saliva colgando y volví a metérmela, más despacio esta vez, tragando alrededor cuando llegaba al fondo. Él soltó un juramento largo entre dientes.

—Joder, qué bien mamas —dijo, apretando el puño en mi pelo—. Con hambre, mama.

La saqué y la lamí desde los cojones hasta la punta, entretenida en la vena gruesa de abajo, y luego pasé a Sergio. La suya no me entraba entera por el grosor, así que la trabajé con las dos manos y la boca a la vez, chupando la punta con fuerza mientras subía y bajaba con los dedos. Se me llenaba la boca de saliva y le caía por la barbilla, empapándole los cojones y la mano con la que me sujetaba la cabeza.

—Mírala —le dijo a los otros dos—. Mira cómo se lo traga.

Tomás me la metió por el lado sin esperar. Yo abrí la boca y dejé que me la metiera hasta donde llegara, sintiendo el peso en la lengua. Empezó a follarme la boca con embestidas cortas, sujetándome la cabeza con las dos manos, y yo me dejé, apoyándome en los muslos de Pablo para no perder el equilibrio.

Fui alternando: la boca en uno, las manos en los otros dos, luego rotando. La saliva se me acumulaba y me chorreaba por el cuello hasta las tetas, el cuello me ardía un poco, las rodillas notaban la alfombra. Intenté meter dos capullos en la boca al mismo tiempo, la de Pablo y la de Sergio, estirando los labios hasta donde llegaban, y los tres soltaron ruidos guturales que me hicieron apretar los muslos.

—Bien —dijo Sergio en voz baja, mirándome desde arriba—. Muy bien. Puta buena.

La palabra me atravesó como una descarga. Volví a mamársela con más ganas.

***

Sergio me cogió por la cintura y me tumbó en el sofá. El cuero frío contra mi espalda desnuda. Pablo me separó las piernas con las manos y se colocó entre ellas, mirándome primero. Bajó la cara y me lamió el coño de un lametón largo, de abajo arriba, cerrando la boca sobre el clítoris al final y chupando con fuerza.

—Joder —jadeé, agarrándome al respaldo.

Estuvo lamiéndome un rato largo, metiéndome la lengua entera hasta que la sacó brillante, chupando los labios uno por uno, mordisqueando el clítoris con cuidado. Me metió dos dedos y curvó igual que había hecho Sergio, buscándome el punto de dentro, y yo empecé a apretarle la cara con los muslos sin poder controlarlo.

—Fóllame ya —le pedí—. Por favor.

Se irguió, se puso un condón con una mano mientras con la otra me sujetaba las caderas, y empujó hasta el fondo de golpe. El sonido que hice fue involuntario: un gemido corto y agudo que salió antes de que pudiera decidir si quería hacerlo.

—¿Bien? —preguntó, deteniéndose.

—No pares. Fóllame fuerte.

No se paró. Empezó a moverse con ritmo firme, sus caderas golpeando las mías, el sofá crujiendo con cada embestida, el ruido húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño llenando la habitación. Yo tenía las uñas clavadas en sus hombros y las piernas abiertas hasta el límite. Cada vez que llegaba al fondo me daba un espasmo en el vientre.

Tomás se arrodilló a mi lado en el sofá, se sacó la polla y me la puso en la mano. Yo cerré los dedos y empecé a masturbársela al ritmo que Pablo me follaba, apretando fuerte, y él soltó un sonido grave, de aprobación.

Sergio se subió al sofá junto a mi cabeza y me ofreció la suya. La cogí con la boca sin que nadie tuviera que pedírmelo. Me quedé así, con la cabeza colgando hacia atrás por el borde del cojín, dejando que me la metiera hasta la garganta desde ese ángulo, mientras Pablo seguía embistiéndome abajo y yo seguía pajeando a Tomás.

Estuve así un buen rato: Pablo dentro del coño, Sergio metiéndomela por la garganta, Tomás en la mano. El cuerpo ocupado en tres direcciones al mismo tiempo, tres pollas a la vez, y las tres cambiaban de ritmo entre sí como si se hubieran puesto de acuerdo sin hablar. Era exactamente lo que había imaginado durante meses, y encima era real.

***

Hubo un momento, en mitad de todo, en que me quedé completamente quieta y simplemente lo sentí. No pensé en Andrés. No pensé en el trabajo ni en mañana. Solo había cuerpos y calor y la certeza de estar exactamente donde había decidido estar, con tres pollas metidas en tres agujeros al mismo tiempo.

Eso es lo que cuesta explicar a quien no lo ha vivido. No es que la vida de fuera no importe. Es que en ese momento no existe.

***

Me corrí la primera vez con Pablo todavía dentro. El orgasmo llegó desde muy adentro: un cierre repentino de todos los músculos, el coño apretándose alrededor de su polla en espasmos que él sintió porque juró en voz baja, las piernas yéndose hacia los lados solas, un grito corto ahogado contra la polla de Sergio que tenía en la boca hasta la garganta. El cuerpo entero tembló durante varios segundos y noté cómo me chorreaba por dentro de los muslos.

—Eso es —dijo Sergio, sin soltar, empujándome un poco más dentro de la boca para aprovechar los espasmos—. Córrete en su polla.

Pablo siguió moviéndose, más rápido ahora, hasta correrse también con un sonido grave y los dedos clavados en mis caderas dejando marcas. Se quedó dentro unos segundos después, respirando fuerte, con la polla todavía dando pulsaciones dentro del condón.

Salió despacio y Tomás no esperó. Me cambió de posición: de rodillas en el sofá, las manos apoyadas en el respaldo, el culo alzado, él detrás. Se puso un condón nuevo, me abrió el coño con dos dedos para comprobar cómo estaba y luego se colocó y empujó.

Al ser el más grande, el estiramiento fue mayor. Sentí cómo me abría centímetro a centímetro, cómo el coño se acomodaba a él en oleadas. Cuando estuvo hasta el fondo se quedó ahí un momento, dejándome respirar, y luego empezó despacio, metódico, con una cadencia que no tenía nada de urgente pero que tenía todo de preciso. Cada embestida llegaba al fondo, me tocaba el cuello del útero, y se quedaba ahí un segundo antes de retroceder.

Sergio se puso delante de mí en el sofá y me metió otra vez la polla en la boca. Yo me la tragué agradecida, dejándome empujar por atrás y por delante al mismo tiempo, sintiéndome atravesada por los dos, un juguete entre ellos.

—Has pensado en esto mucho tiempo —dijo Tomás al oído, sin cambiar el ritmo, cogiéndome un pecho por debajo y apretándome el pezón entre dos dedos.

—Meses —admití, con la boca todavía medio llena.

—Se nota. Qué coño más apretado tienes cuando te corres —dijo, y me dio una palmada seca en la nalga que me hizo apretarme entera contra él. Soltó una risa corta—. Otra vez.

Me dio dos más y me empujó más fuerte, agarrándome del pelo con la otra mano y tirando hacia atrás para arquearme. Me corrí otra vez, más corto pero más intenso, gimiendo con la boca de Sergio dentro.

Cuando Tomás se corrió fue casi en silencio: un momento de quietud total, un sonido contenido y grave, un empuje profundo y luego el calor. Sergio me sacó la polla de la boca y se corrió sobre mis tetas y mi cara en chorros calientes, sin avisar, y yo saqué la lengua por instinto para atrapar los últimos.

***

Me senté en el borde de la cama después, buscando el vestido con la vista. Las piernas no me respondían del todo. Sergio me pasó una toalla sin que se la pidiera. Pablo trajo agua de la nevera.

Bebí despacio. Los tres se recomponían: uno vistiéndose a medias, otro sentado. Yo seguía en medias y tacones con la toalla sobre el vientre, el semen de Sergio secándoseme aún en el pecho, y aquello no me incomodaba lo más mínimo.

—¿Repetimos en un rato? —preguntó Pablo. La sonrisa torcida de antes.

—Dame diez minutos.

Tomás se rio. Era la primera vez que lo oía reírse. Sonó auténtico.

Fui al baño, me limpié entre las piernas con agua tibia, bebí más agua, me miré en el espejo. El pelo revuelto, los labios hinchados, un hilo blanco todavía en el cuello, los pezones enrojecidos de los pellizcos, los ojos completamente despiertos. Aquella mujer del espejo parecía satisfecha.

Salí del baño.

—Listos —dije.

***

La segunda ronda fue más larga y más tranquila, como cuando el hambre inicial ya pasó y lo que queda es el placer sin la urgencia. Cambiamos de posición varias veces hasta encontrar la que encajaba: yo tumbada boca abajo en la cama, Tomás detrás, separándome las nalgas con las manos y empujando hacia dentro despacio, dejando que me adaptara centímetro a centímetro. El ardor inicial se transformó en algo más denso y más profundo cuando bajó la mano y me humedeció el ojo del culo con saliva y el líquido que me chorreaba del coño. Metió primero un dedo, luego dos, abriéndome muy despacio, y cuando estuve lista se cambió de agujero y empujó ahí, con la polla todavía embadurnada.

Grité contra la almohada al notar la presión, no de dolor sino de saturación total, y él se quedó quieto hasta que asentí. Empezó a moverse muy despacio, casi con delicadeza, y el placer llegó por sorpresa: distinto, más oscuro, más de dentro.

Pablo se colocó frente a mí y me metió la polla en la boca a la vez, y yo me quedé ensartada entre los dos, apretando cada vez que Tomás empujaba hasta el fondo. Sergio se puso a un lado y me pasó los dedos por el clítoris, frotándome en círculos rápidos.

Me corrí dos veces más: una rápida y tensa, con el culo lleno y los dedos de Sergio martillándome el coño desde fuera; la segunda larga y lenta, casi silenciosa, que me dejó sin aire durante varios segundos y me hizo temblar hasta que me quedé floja debajo de ellos.

Los tres se corrieron sobre mi espalda al final, uno detrás de otro, dejándome cubierta y jadeando boca abajo en las sábanas.

Cuando terminó todo, Tomás encendió la lámpara de la mesilla y la habitación quedó en penumbra cálida. Sergio puso vasos sobre la mesita. Bebimos los cuatro en silencio durante un rato, sin que nadie necesitara decir nada especial.

—¿Bien? —preguntó Sergio al final.

—Muy bien —dije.

Y era verdad.

***

Salí del hotel pasada la medianoche. El taxi llegó en tres minutos. Durante el trayecto de vuelta miré las luces de la ciudad igual que había hecho a la ida, pero con algo diferente en el cuerpo: un cansancio específico y satisfecho, la calma que se instala cuando uno hace exactamente lo que quería sin pedir disculpas por ello. Notaba el coño todavía palpitando y el culo un poco dolorido a cada bache del taxi.

Andrés dormía. Entré en silencio, me di una ducha rápida, me metí en la cama.

No me vino la culpa. Tampoco la había esperado demasiado.

Lo que sí llegó fue algo parecido a la claridad: la sensación de haberme dado algo que necesitaba, sin pedírselo a nadie más. No sé si eso tiene un nombre concreto. No me importa mucho que lo tenga.

***

Hay cosas que uno guarda solo para sí. Esta es una de ellas.

Pero aquí puedo decirlo sin rodeos: fue exactamente lo que quería. Tres hombres distintos, una habitación anónima, una noche sin promesas de por medio. Tres pollas dentro de mí toda la noche, y yo agradecida en cada agujero.

Y si volviera a aparecer ese mensaje en la pantalla del móvil viejo, volvería a responder «sí».

Sin pensarlo dos veces.

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Comentarios(10)

Luciana_Rc

increible, me dejo sin palabras

Pato_nocturno

por favor sigan publicando cosas asi, quedé prendida desde la primera oracion

Gordo_Rosario

se me hizo cortisimo pero muy bueno, queria que siguiera

Claudia_Mdq

Que buen relato. Me gusto mucho como esta escrito, parece una historia real

VickyNoc

Me encanto! La forma en que narra te mete dentro de la historia desde el principio. Quede muy enganchada y ojala haya una segunda parte, porque termino justo cuando queria seguir leyendo

SergioPampa

y yo aca en el trabajo tratando de no reírme jaja. excelente relato

CuriosaRosario

tengo mucha curiosidad de saber como siguio la noche despues... tiene continuacion?

PabloR_77

Buenisimo!!!

SantiRiver14

Me recordo a algo que vivi hace años, nada tan extremo pero la adrenalina que describis se siente identica. muy bien narrado

Anto_BA

La verdad que engancha desde el primer parrafo. Esperando el proximo relato

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