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Relatos Ardientes

Me infiltré vestida de mujer y ya no quise volver

Me llamo Mateo y trabajo como agente en una unidad portuaria de un pueblo pesquero del sur, donde el sol castiga las fachadas blancas y el aire huele a sal y a buganvilla. A mis treinta y seis años creía tener la vida resuelta, hasta que el divorcio me dejó con el pecho hueco y un silencio que ni el trabajo ni las videollamadas nocturnas con mi hija, Valeria, conseguían tapar. Entonces llegó un caso de contrabando de ropa de lujo y, con él, una orden que parecía rutinaria: infiltrarme en una red que movía mercancía falsificada entre fiestas privadas.

El plan exigía que pasara desapercibido entre quienes compraban esa ropa, y para eso debía entrar en un círculo cerrado, vestido de mujer. La primera vez que me miré al espejo con un vestido ajustado, maquillaje cuidado y una peluca de rizos sueltos, algo se movió dentro de mí. No era el agente cumpliendo una tapadera. Era alguien nuevo, alguien que llevaba años esperando bajo la piel. La llamé Lía, y Lía me hizo sentir vivo de una manera que no sabía nombrar.

Daniela apareció en ese mundo como una guía. Empezó siendo mi contacto, la mujer que conocía a la gente correcta, y terminó siendo mi cómplice y mucho más. Fue ella quien notó, antes que yo, que Lía no era un disfraz.

—No te estás escondiendo —me dijo una noche, ajustándome el tirante del vestido con los dedos—. Te estás encontrando.

Lo que había empezado como una operación se convirtió en otra cosa. Daniela y yo dejamos de fingir. La primera vez que me metió la mano bajo la falda y me apretó la polla por encima de las bragas de encaje, gemí como una perra en celo y le manché la palma con el líquido preseminal que ya me chorreaba. Ella se rió, se llevó los dedos a la boca y los chupó despacio, mirándome a los ojos.

—Sabes a puta cara, Lía —me dijo, y me empujó de rodillas sobre la alfombra para que le comiera el coño hasta que se corrió tres veces seguidas apretándome la cabeza entre los muslos.

Nuestros encuentros eran un incendio lento: piel contra piel, sin reglas, con Lía tomando el control de un cuerpo que de día seguía siendo el de Mateo. Cada vez que me vestía, ella se hacía más real, y Daniela la alimentaba con su mirada, con su lengua, con los dedos que me metía en el culo mientras me obligaba a mirarme al espejo pintado y corrido.

—Lía, eres un huracán —me susurraba, mientras sus manos recorrían la tela tensa sobre mis caderas y nuestros cuerpos se buscaban entre suspiros y gemidos guarros.

Nunca imaginé hasta dónde me llevaría esa pasión.

***

Una noche, mientras compartíamos una botella de vino en su piso, Daniela me miró con esa chispa traviesa que siempre precedía a algo inesperado. Tenía las piernas recogidas en el sofá y el pelo suelto, y yo, todavía vestido de Lía, sentía el encaje del sujetador rozándome con cada respiración, los pezones duros como piedras contra la tela.

—¿Te atreverías a ir más lejos? —dijo, y su voz cargaba una intención que me erizó la nuca.

—¿A qué te refieres? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.

Sonrió y dejó caer un nombre: Bruno, su exnovio.

—Es de mente abierta, siempre le gustó experimentar. Un trío. Tú, yo y él. Como Lía, claro. Y te aviso, Bruno la tiene enorme. Quiero verte con esa verga hasta el fondo de la garganta.

El corazón me dio un vuelco. La idea era un remolino de excitación y de miedo a partes iguales. Pero su mano subió despacio por mi muslo, bajo el dobladillo del vestido, y me agarró la polla por encima del tanga, apretándomela hasta que se me escapó un jadeo. El miedo se quedó atrás. Dije que sí antes de pensarlo.

***

La noche del encuentro me preparé con un cuidado casi obsesivo. Elegí un vestido negro de encaje, con un escote profundo que insinuaba las curvas que Daniela me había ayudado a moldear. Me pinté los labios de un rojo carmesí que brillaba bajo la luz tenue del apartamento. La peluca castaña caía en ondas perfectas sobre los hombros, y un perfume de vainilla y jazmín me envolvía con cada movimiento. Debajo, unas bragas negras minúsculas que apenas me contenían la polla ya medio dura de pensar en lo que venía. Cuando me miré por última vez, no vi a Mateo en ninguna parte.

Bruno ya estaba en el piso de Daniela cuando llegué. Era alto, de barba recortada y unos ojos oscuros que me estudiaron con una mezcla de curiosidad y deseo que me hizo temblar las rodillas.

—Así que tú eres Lía —dijo, con una sonrisa lenta, y sus ojos me recorrieron de arriba abajo como si ya me estuviera desnudando.

—Esa misma —respondí, y mi voz salió más firme de lo que esperaba.

No hubo preámbulos incómodos. Daniela tomó las riendas, como siempre. Sirvió vino, puso música suave y se acercó a mí. Sus manos se deslizaron por mi cintura mientras me besaba con una intensidad que me dejó sin aire, la lengua metida hasta la garganta, chupándome los labios pintados hasta correrme el carmín. Bruno observaba desde el sillón, la mano ya apretándose el bulto de los pantalones, hasta que dejó de mirar y empezó a participar. Sus dedos se unieron a los de Daniela, recorriéndome por encima del encaje, buscando los broches, soltando la tela despacio, pellizcándome los pezones postizos hasta que le aparté la mano y le enseñé los míos, duros y rosados bajo el relleno.

La ropa fue cayendo en un desorden de prisas. Daniela me arrancó el vestido por la cabeza y me dejó de rodillas en medias, tanga y sujetador. Bruno se bajó los pantalones de un tirón y la polla le saltó fuera, gorda y venosa, brillando en la punta. Se me hizo la boca agua.

—Bésalo, Lía. Déjate llevar —me murmuró Daniela al oído, empujándome la nuca hacia adelante—. Come esa verga como la puta que eres.

Dudé un instante, apenas un segundo, antes de que el calor del momento me arrastrara. Mis labios encontraron primero los suyos, ásperos y exigentes, y el beso fue un choque de lenguas que despertó algo salvaje, algo que llevaba años durmiendo. Bruno me sujetó la nuca, me bajó la cara y me estampó la polla contra los labios pintados. La abrí sin pensar.

***

Daniela, siempre provocadora, me guió hacia abajo con una mano firme en mi hombro.

—Hazlo despacio —dijo, y su voz fue una orden suave que me recorrió entero—. Quiero verte tragarla entera.

Me arrodillé sobre la alfombra, el vestido arrugado a un lado, y tomé el miembro erecto de Bruno en la boca. Era grueso, duro, y el sabor salado del glande me golpeó como una ola. Empecé por la punta, chupando el capullo con los labios cerrados, dando vueltas con la lengua alrededor de la corona, saboreando cada gota de líquido preseminal que le brotaba. Después bajé, centímetro a centímetro, hasta que la garganta me dio arcadas y se me saltaron las lágrimas, corriéndome el rímel sobre las mejillas.

—Así, sucia, ahógate con ella —gruñó Bruno, y me agarró de la peluca para hundírmela hasta la campanilla.

Daniela se sentó en el borde del sofá con las piernas abiertas, la falda subida hasta la cintura y sin bragas. Se acariciaba el coño mojado con dos dedos mientras me miraba mamársela a su ex, riéndose entre gemidos.

—Mírate, Lía. Naciste para tener una polla en la boca. Escúpela y lámele los huevos, que te vea entera.

Obedecí. Le saqué la verga con un hilo de saliva colgando del labio inferior y le enterré la cara entre las piernas, chupándole los testículos uno a uno, subiendo por el tronco a lametones largos, volviendo a metérmela hasta el fondo hasta que Bruno gimió con la mandíbula apretada. Mis manos apretaban sus muslos, mi culo se agitaba en el aire, y cada gemido suyo me hacía sentir más poderosa, más deseada, más Lía que nunca. No había caso, no había tapadera, no había Mateo. Solo estaba yo, de rodillas, con una polla en la boca y otra mujer masturbándose para mí, descubriendo un deseo que nunca me había permitido nombrar.

***

Bruno me levantó del pelo y me arrastró hasta la cama. Me tiró boca abajo, me arrancó el tanga de un tirón que me dejó marca en la cadera y me abrió las nalgas con las dos manos. Sentí el chorro tibio de su saliva caerme en el ojo del culo, y después dos dedos que me lo abrían despacio, entrando hasta los nudillos.

—Está apretadísima —le dijo a Daniela, riéndose—. Va a chillar.

—Rómpela —contestó ella, subiéndose a la cama—. Para eso vino.

Me embistió de una sola vez, hasta el fondo, y grité contra la almohada. El dolor me quemó primero y después se convirtió en un placer sordo que me subió por la columna. Daniela se puso delante de mí, se abrió el coño con dos dedos y me hundió la cara ahí, obligándome a comérselo mientras Bruno me follaba por detrás con embestidas que me hacían crujir el somier. Yo lamía y chupaba con la boca llena de flujo, jadeando entre lametones, la polla dura goteando contra la sábana.

—Dile lo que eres, Lía —me ordenó Daniela, tirándome de la peluca hacia atrás—. Díselo.

—Soy una puta —balbuceé, con la boca brillante de sus jugos—. Soy tu puta, soy la puta de los dos.

Ella se corrió con un grito, apretándome la cabeza entre los muslos, chorreándome en la barbilla. Bruno se salió, me giró de un movimiento y me montó a horcajadas sobre él. Me clavó la verga desde abajo mientras Daniela se sentaba sobre mi cara, restregándome el coño empapado por la nariz y la boca. Quedé atrapado entre los dos, mi cuerpo enterrado en el de él mientras marcaba el ritmo con embestidas profundas que me sacudían las tetas postizas, la peluca ya torcida sobre el ojo. Daniela echó la cabeza atrás, el cuello tenso, y otro orgasmo llegó como una tormenta, su cuerpo temblando entero mientras gemía mi nombre. No se detuvo. Sus caderas siguieron restregándose contra mi boca con una furia que me llevó al borde, y cuando me derramé sobre mi propio vientre en chorros espesos que me salpicaron hasta el mentón, ella seguía buscándome, exprimiendo cada segundo.

Bruno no daba tregua. Nos giró, nos colocó, nos guió a posiciones nuevas con una paciencia insaciable. A cuatro patas, de lado, contra el cabecero. Daniela me besaba entremedio, chupándome el semen de los labios, clavándome las uñas en la espalda, riéndose contra mi boca.

—¿Ves lo que eres capaz de sentir? —me preguntó, jadeando—. ¿Ves qué rica eres cuando te dejás usar?

No supe responder. Solo asentí, y la besé, y me dejé caer otra vez en el incendio.

***

En el último encuentro, Daniela y Bruno se turnaron sin descanso. Él me tomó desde atrás otra vez, las embestidas hondas y firmes contra el culo ya abierto, mientras ella se sentaba frente a mí en el borde de la cama y me ofrecía su cuerpo, exigiendo mi boca sobre su coño hinchado. La complací con desesperación, chupándole el clítoris duro entre los labios, metiéndole la lengua hasta donde llegaba, mientras Bruno me sacudía con cada golpe. El vestido negro todavía a medias colgando de un hombro como una segunda piel arrancada. Daniela llegó al clímax una vez, y otra, sus gritos llenando la habitación, las manos enredadas en mi peluca, apretándome la cara contra ella hasta que casi no podía respirar.

—Que se corra dentro —le pidió a Bruno con la voz rota—. Quiero verlo chorreándole por las piernas.

Él aceleró el ritmo, gruñendo, hasta que se enterró hasta las pelotas y descargó, calor húmedo llenándome por dentro en pulsos que me hicieron gemir contra el coño de ella. Cuando se retiró, sentí el semen espeso resbalarme por el muslo. Daniela se agachó, me abrió las nalgas y me limpió con la lengua, subiendo por la corva, chupándome los huevos, tragándose todo lo que él me había dejado dentro. Me corrí otra vez sin que nadie me tocara la polla, un chorro delgado que le cayó a ella en el pelo.

Cuando terminamos, los tres nos derrumbamos sobre las sábanas revueltas, un nudo de cuerpos temblorosos, empapados, y risas entrecortadas. El cuarto olía a sudor, a perfume, a semen y a coño, una mezcla dulce y densa que no sabría definir. Bruno se rió, pasándose la mano por el pelo, y Daniela me acarició la mejilla con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.

—Bienvenida, Lía —dijo en voz baja.

***

Pero cuando volví a mi apartamento, todavía vestido como ella, el peso de lo que había ocurrido me alcanzó de golpe. Me senté en el sofá, el vestido negro arrugado, la peluca ladeada, el culo ardiéndome y el semen todavía escurriéndoseme entre las piernas. Mi cabeza era un torbellino. Me quité los tacones, pero no conseguí desprenderme de Lía. Seguía ahí, en el espejo del recibidor, mirándome con una calma que no entendía.

Me toqué casi sin pensarlo, con una urgencia desesperada. Me subí la falda, saqué la polla del tanga roto y empecé a masturbarme rápido, mirándome al espejo, las imágenes de Daniela chupándome el culo y Bruno reventándome quemándome por dentro. Me corrí en la mano con un gemido ahogado, y me lamí los dedos como me había visto hacer a ella. Me quedé un rato largo en silencio, con la respiración entrecortada y el carmín corrido. El placer se mezclaba con una confusión que no dejaba de crecer, un sabor crudo a noche, a descubrimiento, a semen ajeno, a todo lo que estaba destapando dentro de mí.

***

En la unidad sigo siendo Mateo: el agente serio, el padre que habla con Valeria cada noche y le pregunta por sus exámenes. Cierro el caso de contrabando con buena nota y nadie sospecha que la tapadera me cambió por dentro más que cualquier operación. Pero Lía ya no es una fantasía pasajera. Es una fuerza que me arrastra, que me obliga a preguntarme quién soy de verdad cuando apago la luz.

Daniela y yo seguimos alimentando este fuego, y la noche con Bruno abrió puertas que no sé si quiero cerrar. Estoy confundido, inquieto, preguntándome a dónde me llevará todo esto. ¿Es Lía mi verdad, o un abismo del que no podré salir? No tengo respuestas. Solo sé que cada vez que me pongo el vestido y me miro al espejo, siento que estoy más cerca de descubrirlo, y eso me aterra tanto como me enciende.

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Comentarios(7)

Noe_lectora

increible, me quede sin palabras!!!

BelénDTucuman

Por favor que haya segunda parte, esto se cortó justo cuando empezaba lo mejor

Toni_Mex

La parte del espejo me llegó de verdad. No esperaba que me moviera tanto un relato asi

LectorNocturno42

Me enganché desde el primer parrafo y no pude parar. Buenisimo!!

ElectoraDiscreta

excelente!!! sigue subiendo cosas asi

KarlaF_mdq

Me recordo a una historia que me conto una amiga, casi igual de intensa. Gracias por compartirlo

Romi_lectora

Lo que mas me gustó es como está narrado desde adentro, se siente muy real sin ser forzado. Tremendo relato

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