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Relatos Ardientes

Espié a mi hermana con el vecino borracho esa noche

Me llamo Mateo y tengo veintidós años. Crecí en un barrio tranquilo a las afueras de Culiacán, en una casa heredada de mis abuelos que mi hermana y yo decidimos conservar después de que nuestros padres se mudaran al sur. Lo que voy a contar pasó hace casi un año, una madrugada de agosto, y desde entonces no he vuelto a mirar a Camila de la misma forma.

Camila tiene veintitrés. La gente la describe como bonita y ya está, pero quien la ha visto sabe que no le hace justicia esa palabra. Mide poco más de un metro sesenta, lleva el pelo negro hasta media espalda y tiene unos ojos grandes y oscuros que te clavan apenas levanta la vista. La piel morena, la boca llena, las caderas anchas. Trabaja en una farmacia del centro y, aunque no se viste para llamar la atención, parece imposible que pase desapercibida.

Vivíamos solos en la casa desde que mis padres se fueron. Ella ponía la mayor parte del dinero y yo ayudaba con lo que podía mientras terminaba la carrera. En el barrio nos conocían todos. Y entre todos, estaba Bruno.

Bruno era el vecino de la esquina. Un hombre grande, de unos cuarenta años, con la cara endurecida por el sol y por la cerveza. Vivía solo desde que su mujer se había marchado con los hijos a Tijuana. Desde entonces se la pasaba con una botella en la mano y la mirada perdida en la cuadra. La gente del barrio lo evitaba: era el tipo de borracho que insultaba a la nada y, cuando se enojaba de verdad, golpeaba.

Bruno me odiaba sin razón clara. Empezó por groserías al pasar y terminó en empujones cada vez que coincidíamos en la calle. Lo aguanté un par de meses por pura prudencia, hasta que un sábado me cansé y le respondí. Lo recuerdo bien: una bofetada me partió el labio, otra me dejó tirado contra una reja. Nadie se metió. Bruno levantó la mano y los vecinos cerraron las puertas.

Camila apareció corriendo, descalza, gritando como una loca. Le tiró una piedra y se interpuso entre los dos. Bruno se la quedó mirando un largo rato, escupió al piso y se fue. Esa noche llamamos a la policía. No pasó nada. Lo único que conseguimos fue que él la tomara también con ella en la calle, con piropos que más bien parecían amenazas.

Yo había aprendido a hacerme chiquito, a salir tarde y volver temprano. Camila no. Camila lo enfrentaba.

***

Aquel jueves de agosto salí del taller donde hacía prácticas tres horas antes de lo normal. El jefe había cerrado por una avería en el sistema eléctrico y nos mandó a todos a casa. Llegué pasadas las once de la noche, cansado y con hambre, pero más cansado que hambriento. Camila no estaba en el living. La televisión apagada, el plato del almuerzo todavía sin lavar en la mesada. Pensé que dormía. Me metí en mi cuarto sin prender la luz y me tiré vestido sobre la cama.

Me desperté un rato después con la garganta seca. La casa estaba en silencio, salvo por un crujido lejano que no terminé de identificar. Quedé un momento mirando el techo, intentando entender de dónde venía el ruido. Luego escuché una voz. Una voz grave. Y otra voz, más suave, que reconocí enseguida.

Era Camila. Y un hombre. En su habitación.

Me incorporé con cuidado, descalzo, sin saber bien qué buscaba. Lo primero que pensé fue en una pareja nueva, algún tipo que ella no me había mencionado todavía. Camila era reservada con esos temas y yo no preguntaba. Pero algo en el sonido me apretó el pecho antes de razonar.

El piso de madera del pasillo crujía a cada paso. Avancé pegado a la pared, conteniendo la respiración. La puerta de su cuarto estaba entornada, no cerrada del todo. Por la rendija entraba una franja de luz amarilla, y por encima de la franja se colaban los gemidos.

No eran fingidos. Lo digo porque siempre me había imaginado que los gemidos de las películas eran exageraciones. Estos eran cortos, contenidos, como si Camila quisiera retenerlos en la boca. Me acerqué un paso más.

—¿Te gusta así, putita? —dijo la voz.

Era Bruno.

Me quedé clavado al piso. Sentí un escalofrío que me bajó desde la nuca hasta los talones. Por un instante pensé en entrar, romper la puerta, gritar, hacer cualquier cosa. Y por otro instante, mucho más largo, no hice absolutamente nada.

Lo que vi por la rendija fue a mi hermana en cuatro patas sobre su propia cama. Tenía el camisón subido hasta los hombros, las dos trenzas que se hacía para dormir caídas a un costado, los pechos balanceándose con cada empujón. Bruno estaba detrás, enorme y sudado, con una mano apretándole la cadera y la otra hundida en su pelo. La penetraba con un ritmo lento que de a poco se fue acelerando.

—No me digas así —pidió ella en voz baja, casi una súplica.

—Sí te lo digo. Eres mi putita. ¿O no?

Camila tardó en contestar. Bruno le tiró del pelo, le inclinó la cabeza hacia atrás y le habló al oído algo que no llegué a escuchar. Ella cerró los ojos.

—Sí —murmuró—. Soy tu putita.

Esto no está pasando.

***

Tendría que haberme ido. Tendría que haber vuelto a mi cuarto, ponerme los auriculares y esperar a que terminara. Tendría que haber hecho cualquier cosa menos quedarme ahí, con la frente apoyada en el marco, escuchando cómo mi hermana le decía a un tipo que me había golpeado que era suya.

Pero no me fui. Me quedé mirando.

Bruno la levantó del pelo y la sentó sobre sus muslos, todavía dándome la espalda a mí. Le ordenó algo y ella le obedeció. Le ordenó otra cosa y ella también. Le pasó la lengua por el cuello, le mordió el hombro, le susurró al oído palabras que yo nunca le había escuchado decir a nadie. Camila, que jamás levantaba la voz, gemía pegada a la oreja de aquel hombre como si la vida le dependiera de eso.

Sentí asco de él, asco del barrio, asco de mí mismo. Y, al mismo tiempo, una excitación inmensa y vergonzosa que me llenó la boca de saliva. Me apoyé contra la pared del pasillo, con la mano metida dentro del pantalón, y me hice a mí mismo en silencio mientras escuchaba el chocar de sus cuerpos.

—Más rápido —pidió ella—. Mi hermano va a llegar en cualquier momento.

—Que llegue. Si llega le rompo la cara otra vez.

Camila no respondió a eso. Lo único que hizo fue acercarlo más a su boca y besarlo con una urgencia que no le conocía. Bruno la empujó contra el colchón, le abrió las piernas con la rodilla y volvió a entrarla, esta vez con la mano cubriéndole la boca para que no gritara tan fuerte.

—¿De quién eres? —le preguntó.

—Tuya —dijo ella.

—¿De quién?

—Tuya, soy tuya.

Lo dijo como una promesa. Como si llevara meses esperando para poder decirlo en voz alta. En ese momento entendí que aquello no era la primera vez. Lo que estaba viendo no era una noche cualquiera: era una rutina.

Cuando él se vino, ella se vino al instante después, mordiendo la almohada para no despertarme. O eso creía Camila, que yo dormía. Me quedé un minuto más detrás de la puerta, conteniendo la respiración, y después me arrastré hasta mi cuarto. Me limpié la mano con un calcetín, lo escondí debajo de la cama y me tiré boca arriba con los ojos abiertos.

***

Los escuché conversar en voz baja durante un rato largo.

—Fue rico —dijo Bruno—. Pero me voy ya.

—Si dejas en paz a mi hermano, esto sigue —contestó Camila—. Si lo tocas una vez más, se acaba.

Bruno se rió bajito.

—No te preocupes por el flaco. Mientras tú me abras la puerta, yo me hago el mudo en la calle.

—Soy tu putita —dijo ella, con una voz que ya no era la de mi hermana mayor, la que me hacía la comida y me regañaba por dejar las medias tiradas. Era otra mujer.

—Eres mi putita.

Se besaron otra vez. Yo escuchaba el sonido húmedo desde mi cama, con los ojos cerrados, y me parecía mentira. Bruno se vistió, se demoró unos minutos más, le dio un manotazo en la nalga que la hizo reír y bajó la escalera. La puerta de calle se cerró sin ruido.

Esperé. Conté hasta cien. Conté otra vez. Salté de la cama, me puse un pantalón limpio y bajé corriendo. Salí a la calle por la puerta del fondo, di la vuelta a la cuadra y volví por el frente como si llegara recién del taller.

Bruno estaba todavía en la esquina, fumando bajo el farol. Me vio venir y me dedicó la sonrisa más estúpida que un hombre puede dedicarle a otro. Yo bajé la cabeza y seguí caminando.

—Buenas noches, joven —me dijo al pasar.

No le contesté. Le di la espalda y entré a mi casa con las manos temblando.

***

Camila estaba en la ducha. El olor a sudor, a alcohol barato y a sexo se sentía hasta el pasillo. La saludé desde la puerta del baño con la voz más natural que pude poner.

—Llegaste temprano —dijo ella desde adentro.

—Sí. Se cortó la luz en el taller. ¿Comiste?

—Hace rato.

Entré a su cuarto antes de subir al mío. Tenía que verlo con los ojos prendidos, sin la franja amarilla de la rendija. La cama estaba deshecha, las sábanas húmedas, dos latas vacías en el suelo y una colilla apagada en un vasito. El aire pesaba. Me quedé un par de minutos parado en el medio de la habitación, mirándolo todo, y después me fui a dormir.

Desde aquella madrugada de agosto, Bruno no volvió a tocarme un pelo. Cuando me cruzo con él en la calle me saluda y yo le respondo con un gesto seco. Camila y yo no hemos hablado nunca de lo que pasó. Ella sigue trabajando en la farmacia, yo sigo en la carrera, y de vez en cuando, cuando piensa que duermo, los escucho otra vez del otro lado del pasillo.

A veces me levanto. A veces no. A veces me asomo a la rendija y vuelvo a mirar.

Algún día les contaré qué pasó la segunda vez.

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Comentarios (5)

NicoV_arg

increible!!! me dejó sin palabras, tremendo relato

Marquitos_23

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo

Diego_noche

me recordó a una vez que tuve una situacion parecida de joven, esos momentos te dejan paralizado sin saber que hacer jajaja. muy bueno

Aguante79

Muy bueno!! seguí subiendo mas relatos así

pati_lect

Y después de esa noche como quedaron las cosas? Eso es lo que me dejó pensando más que todo lo demás

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