Ella tenía 37 años y yo no podía dejar de mirarla
Tenía veinticuatro años cuando conocí a Valeria, y no había en toda la ciudad una manera más honesta de describir aquel verano que decir que el calor era demasiado para todo menos para el deseo.
Iba al gimnasio del barrio casi cada mañana, en vacaciones de la universidad. Era un local sin pretensiones, con espejos que necesitaban limpieza y máquinas que crujían con demasiada familiaridad, pero estaba cerca y era barato. Ella apareció un martes de agosto.
La vi entrar mientras yo salía. Llevaba mallas negras que no dejaban nada a la interpretación, una camiseta deportiva anudada a la altura de la cintura y el cabello castaño recogido en una cola alta. Tenía caderas anchas, cintura que se apretaba visible, y una forma de caminar que ocupaba el espacio entero del pasillo. Nos cruzamos en la puerta y ambos nos hicimos a un lado al mismo tiempo, bloqueándonos mutuamente. Lo repetimos. Ella se rió.
—Parece que ninguno de los dos sabe a qué lado moverse —dijo.
—Tenés razón —respondí, haciéndome finalmente a la izquierda.
Ella pasó. Antes de entrar al gimnasio, volvió la cabeza y me miró con una sonrisa breve, cómplice, como si el tropiezo hubiera sido una prueba que yo había superado por los pelos. Salí a la calle con aquella imagen clavada en la cabeza.
***
Durante los días siguientes cambié mis horarios para ir de mañana. La vi dos veces más antes de que cruzáramos algo más que un gesto de reconocimiento. Había algo en ella que no encajaba del todo en el ambiente del lugar: usaba los equipos con disciplina real, sin mirarse en el espejo a cada momento, sin el ritual de performance que hacen muchos. Se concentraba. Sudaba. Y cuando terminaba, se limpiaba la cara con una toalla y se marchaba sin perder tiempo.
Un día coincidimos en el área de estiramiento y hablamos por primera vez con calma. Se llamaba Valeria, tenía treinta y siete años, trabajaba en una aseguradora. Tenía un hijo de diecinueve que ese año empezaba la universidad. Era madre soltera.
—¿Y el padre? —pregunté, porque era joven y no medía bien cuándo callar.
—Desapareció antes de que naciera —dijo sin dramatismo, como quien dice que llueve—. Me cansa repetirlo, pero ya no duele.
Lo dijo con una frialdad que no era amargura sino algo más interesante: claridad. Sabía exactamente quién era y dónde pisaba.
Esa tarde salimos juntos y tomamos café en un bar a dos cuadras. Hablamos durante casi dos horas. Me contó que en las noches pintaba, óleo sobre tela, paisajes principalmente, aunque últimamente había estado intentando figuras humanas. Vendía algunos cuadros a conocidos y en ferias de arte local. Su hijo, Nicolás, había heredado el gusto por el dibujo pero no la paciencia.
—Los diecinueve años y la paciencia no suelen coincidir —dije.
Ella me miró por encima de su taza.
—A los veinticuatro tampoco.
Me reí. No me molestó que me leyera así.
***
Esa misma tarde me escribió por WhatsApp. Había guardado mi número cuando yo no me di cuenta. Su primer mensaje fue corto: «Gracias por el café. Mañana te gano en el press de banca.» Le respondí: «Eso hay que verlo.» Y ahí empezó todo lo demás.
Por chat era otra persona. No exactamente diferente, sino más directa. Menos cuidadosa con los bordes. Me contó que llevaba casi un año sin estar con nadie, que su vida tenía una rutina que la mantenía a flote pero no la llenaba, que a veces sentía que era invisible como mujer, que el trabajo y Nicolás y las pinturas la ocupaban lo suficiente para no pensar, pero no lo suficiente para no sentir.
«Lo que más extraño», escribió una noche, «no es el sexo en sí. Es que alguien te mire y veas que realmente te está mirando a vos.»
Le dije que yo la miraba.
«Lo sé», respondió. «Y me gusta más de lo que debería.»
Esa noche no dormí bien. No por inquietud sino por algo más físico, más urgente. La imaginé en su departamento, con la luz encendida, el cabello suelto que nunca le había visto así, inclinada sobre una tela. Le pregunté si podíamos vernos. «Sí», dijo. «El viernes. En mi casa.»
***
Llegué a las nueve de la noche. Vivía en un cuarto piso en un edificio tranquilo, un barrio ordenado con árboles en la vereda. Cuando abrió la puerta llevaba un vestido verde oscuro, ajustado, con tirantes finos. El cabello, por fin suelto, le caía hasta los hombros. Olía a algo cítrico, limpio.
La sala era amplia y estaba bien pensada. Cuadros propios en la pared, una biblioteca sin orden aparente, una mesa baja con vino ya abierto y algo de comida. Nicolás había salido. Había dejado un mensaje en la heladera con un imán de colores: «Llego tarde. Chau.»
—Eso lo escribió él —dijo Valeria al verme leerlo—. No le molesta. Ya tiene edad para entender que su madre también tiene una vida.
Nos sentamos en el sofá. Comimos poco y hablamos mucho, o hablamos poco y el silencio hizo el trabajo. A la tercera copa de vino ella dejó el vaso en la mesa, se giró hacia mí y me miró de una manera que no admitía ambigüedad.
—Llevamos demasiado tiempo dando vueltas —dijo.
La besé antes de que terminara la frase.
Sus labios eran más suaves de lo que había imaginado, y ella besaba con una concentración que me sorprendió: lenta al principio, como midiéndome, y luego más intensa cuando encontró lo que buscaba. Mis manos recorrieron su espalda por encima del vestido. Ella pasó una mano por mi nuca y me acercó.
—Espera —dijo, separándose apenas—. Quiero que esto vaya bien.
—¿Y qué significa «bien»?
—Que no tengamos prisa.
Le dije que no tenía ninguna prisa.
***
Deslicé los tirantes del vestido. Ella no llevaba sujetador. Sus pechos eran grandes, reales, con el peso y la forma de quien no ha recurrido a trucos. Me incliné y tomé un pezón con la boca. Sentí cómo tensaba los hombros y soltaba un sonido breve, contenido, como si tuviera el hábito de no hacer ruido y el cuerpo se lo estuviera disputando.
Mis dedos buscaron el borde de su ropa interior por debajo del vestido. La tela era suave, encaje, y debajo la piel estaba caliente. La toqué con cuidado y ella abrió las rodillas sin que yo tuviera que pedírselo.
—Así —dijo en voz baja.
La escuché. Cuando llegó al orgasmo no gritó: se quedó inmóvil, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, y durante unos segundos pareció que había dejado de respirar. Luego exhaló despacio y abrió los ojos.
—Hace mucho que no me pasaba eso con alguien que apenas me tocaba —dijo.
Me puse de pie y la tomé de la mano. Ella se quitó el vestido y me guió al dormitorio.
***
La habitación estaba ordenada, iluminada solo con la luz del pasillo que se filtraba por la puerta entornada. Había un espejo grande apoyado contra la pared, frente a la cama, de los que sirven para verse completo antes de salir. Valeria se sentó en el borde del colchón y empezó a desabrochar mi camisa.
—Tenés un cuerpo muy lindo —dijo, pasando las manos por mi pecho.
—Vos también.
—Eso ya lo sé —respondió, con una seguridad que no era arrogancia sino algo distinto, más hondo.
Me empujó suavemente sobre el colchón. Se arrodilló entre mis piernas y me bajó los pantalones. Cuando me vio, hizo una pausa. Dijo algo en voz baja, casi para sí misma, que no escuché bien pero entendí.
Me tomó con las manos primero, despacio, aprendiendo. Luego bajó la cabeza y empezó con la boca. No tenía apuro ni actitud de performance; lo hacía como hacía todo lo demás, con concentración real. Sentí el calor, la presión, la lengua moviéndose con una precisión que me obligó a cerrar los ojos.
—Para —dije después de un rato.
Levantó la cabeza y me miró.
—¿Por qué?
—Porque si seguís, se acaba antes de empezar.
Sonrió. Una sonrisa completa, de verdad, que le cambió toda la cara.
—Eso se llama un cumplido —dijo, subiéndose a la cama.
***
Se acostó boca arriba y me esperó. Le bajé la ropa interior y me tomé el tiempo de mirarla antes de cualquier otra cosa. Valeria tenía el cuerpo de alguien que lo cuida no por vanidad sino por respeto propio: marcas que cuentan una historia, curvas que no piden disculpa. La recorrí con la boca desde el cuello hasta el interior de los muslos y luego la besé donde más lo necesitaba.
—Ahí —dijo, con una voz que ya no intentaba controlarse.
Tardé el tiempo que ella necesitaba. Cuando me indicó con las manos que subiera, lo hice.
Entré despacio porque ella me lo pidió así. Al principio noté la resistencia de quien lleva mucho tiempo sin esto. Su cara cambió: no de dolor sino de algo más complejo, una mezcla de tensión y alivio que no tenía una sola palabra. La miré a los ojos.
—¿Bien? —pregunté.
—Sí —dijo—. No pares.
No paré.
***
Fue largo y genuino, de esa clase de sexo donde el tiempo deja de tener la forma habitual. Ella encontró el ritmo que necesitaba y lo marcó con el cuerpo, subiendo las caderas, ajustando el ángulo, tomando el control en los momentos que quería tomarlo. Yo seguí sus señales. No porque fuera pasivo, sino porque había algo en verla así, entregada a lo que su cuerpo pedía después de tanto tiempo, que era más intenso que cualquier cosa que yo hubiera podido imponerle.
Llegó dos veces. La segunda con las piernas sobre mis hombros y los ojos abiertos, mirándome fijo, sin apartar la vista.
Cuando yo llegué al límite lo anuncié.
—Dentro —dijo, sin dudarlo—. Me tomo la pastilla.
Fueron las únicas palabras que dijo antes de que todo terminara.
***
Nos quedamos tumbados en la oscuridad un buen rato sin hablar. Ella tenía una pierna cruzada sobre la mía y la cabeza apoyada en mi brazo. Respiraba despacio. Yo miraba el techo.
En el espejo, desde la cama, se veía el pasillo. Y desde el pasillo, si alguien estuviera del lado de afuera, se veía la cama entera.
La puerta de la habitación de Nicolás estaba entornada.
No sé si había llegado antes. No sé si estaba ahí desde hacía rato, si escuchó, si vio algo, o si simplemente estaba durmiendo sin saber nada de nada. No había forma de saberlo con certeza y Valeria no dijo nada al respecto. Pero la posibilidad me quedó dando vueltas mucho después de esa noche.
***
Valeria se despertó antes que yo. Cuando abrí los ojos estaba de espaldas, con el cabello suelto sobre la almohada y las curvas marcándose bajo la sábana. La rodeé con el brazo y ella se movió hacia mí sin despertarse del todo. Mi cuerpo respondió antes que mi mente.
Ella lo sintió y giró la cabeza.
—Otra vez —dijo, entre dormida.
—Otra vez.
***
Esa mañana desayunamos café en la cocina sin demasiadas palabras, sentados frente a frente, con la luz del domingo entrando por la ventana. Ella había recogido el cabello y llevaba una camiseta ancha. Tenía el aspecto de alguien que ha dormido bien por primera vez en mucho tiempo.
Antes de irme, en la puerta, me dijo:
—No me llames si esto para vos va a ser un problema.
—No va a ser un problema —respondí.
—Bien —dijo—. Porque yo tampoco quiero que lo sea.
Bajé las escaleras con esa última imagen: Valeria apoyada en el marco de la puerta, descalza, con una sonrisa que no pedía nada a cambio. Hubo más noches. Muchas más. Pero ninguna tuvo exactamente la misma densidad que esa primera, cuando el sol entraba por la cocina y los dos sabíamos, sin decirlo, que algo había empezado.