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Relatos Ardientes

El vecino sabía por qué gemía yo cada mañana

Durante años, la mañana fue mi momento favorito del día. No por el café ni por la luz que entraba oblicua por las persianas, sino por lo que pasaba antes de que Marcos se fuera al trabajo. Antes de ducharse, antes de buscar las llaves, siempre se acercaba a mí por la espalda, me deslizaba las manos bajo la sábana y empezaba a explorarme despacio. Sabía dónde tocarme. El problema era que también sabía cuándo parar.

El ritual duraba exactamente lo que duraba él. Me acariciaba los pechos, bajaba la mano hasta encontrarme húmeda, me abría las piernas y me lamía despacio hasta que yo empezaba a temblar. Entonces se incorporaba, entraba en mí con esa lentitud suya que me enloquecía, bombeaba con calma durante unos minutos que siempre se me hacían cortos, y terminaba con una sacudida y un beso en la frente. Después venía la ducha, después el café, después el portazo de la entrada.

Yo me quedaba en la cama con el cuerpo encendido y la necesidad intacta.

Al principio esperaba que volviera del baño. Después aprendí que Marcos tenía una puntualidad impecable con los horarios y una puntualidad bastante más laxa con los orgasmos de su mujer. No era maldad ni descuido consciente. Era, simplemente, que nunca se le había ocurrido que el asunto podía continuar sin él.

Así que busqué solución.

Tardé varias semanas en decidirme a comprarlo. La primera vez que lo usé me pareció torpe, casi ridículo. La segunda empecé a entender por qué tantas mujeres hablan de ellos como si fueran un descubrimiento menor pero fundamental. Desde entonces, cada mañana seguía el mismo orden: Marcos me dejaba a medias, yo escuchaba cerrarse la puerta del piso, esperaba el sonido del ascensor bajando, el portazo de la entrada, el ruido del coche alejándose, y entonces abría el cajón de la mesita de noche.

Era mi momento. Mi secreto. Mi compensación privada en el silencio del piso vacío, donde podía hacer el ruido que quisiera sin calcular cuánto lo incomodaba a él.

O eso creía.

***

Fue un miércoles de finales de octubre cuando todo cambió. Marcos había estado de humor especialmente atento esa mañana, lo que significaba que yo llegué a ese nivel donde el cuerpo ya no pide, exige. Lo oí salir, esperé los sonidos de rigor, abrí el cajón. El vibrador zumbaba entre mis dedos y yo ya tenía el camisón subido cuando, desde el pasillo exterior, llegó el sonido inconfundible de dos animales peleando.

Tenía una gata. No era joven ni conflictiva, pero ese sonido me bastó para salir disparada sin pensar. Me bajé el camisón de un tirón, crucé el pasillo y abrí la puerta de golpe.

No era mi gata. La pelea era entre dos perros que nunca había visto y que, al verme aparecer, salieron corriendo escaleras abajo. Para cuando procesé esa información, la puerta había dado el clic seco de la cerradura automática.

Me quedé quieta en el rellano.

Llevaba un camisón de algodón muy fino, blanco, que con la luz de la escalera resultaba bastante más transparente de lo que yo había imaginado nunca. No tenía ropa interior. No tenía llaves. Tenía el vibrador en la mano derecha.

Desde el piso de arriba llegó un olor a colonia masculina y luego, con toda la calma del mundo, el sonido de pasos bajando la escalera.

***

Adrián vivía en el cuarto desde hacía poco más de un año. Nos habíamos cruzado en el ascensor las suficientes veces como para saber cómo se llamaba y en qué turno trabajaba. Era uno de esos vecinos que uno agradece en abstracto porque no monta ruido ni da problemas, y a los que casi no recuerda en concreto.

Ahora estaba de pie frente a mí en el rellano, con una chaqueta y las llaves en la mano, mirándome con una expresión que tardó un segundo en encontrar la posición correcta.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días —respondí.

No moví la mano que sujetaba el vibrador. No sé por qué. Supongo que moverla habría sido reconocer que existía.

Él bajó la mirada un momento y la volvió a subir. La luz de la escalera hacía exactamente lo que yo me temía con el camisón. Sus ojos se detuvieron un instante en mi pecho antes de volver a mi cara.

—Hace un poquito de frío —dijo, sin ningún énfasis especial.

Bajé la vista. Mis pezones marcaban el algodón fino como si la tela no existiera. Levanté los brazos para cubrirme y el vibrador quedó suspendido entre los dos a la altura de nuestras caras.

Adrián sonrió. No era una sonrisa de burla. Era de esas que ocurren antes de que la persona decida si son buena idea.

—Creo que acabo de resolver un misterio —dijo.

Lo miré sin hablar.

—Cada mañana —continuó, más despacio—, unos minutos después de que se oye bajar el ascensor, empiezan a escucharse ciertos sonidos desde tu piso. Gemidos, pujidos, y después gritos bastante estimulantes. Me había preguntado muchas veces. —Hizo una pausa, con los ojos en el vibrador.— Ahora ya tiene sentido todo.

Sentí el calor subir desde el cuello hasta las orejas. También sentí, y esto me sorprendió más que la vergüenza, un latido específico e inconveniente entre las piernas. El cuerpo llevaba media hora en un estado muy concreto, y esta conversación no hacía nada por calmarlo.

—Qué pena —dije, porque era lo que tocaba decir—. Debe de molestarte bastante.

—¿Molestarme? —Negó con la cabeza.— Al contrario. La verdad es que casi todas las mañanas me quedo escuchando. Me excita bastante. Hay días en que termino casi al mismo tiempo que tú.

El silencio después de eso fue de los que pesan.

—Me quedé sin llaves —dije al fin—. Se me cerró la puerta.

Él miró la puerta, luego me miró a mí.

—Tengo una escalera. Dime por dónde puedo entrar y lo resolvemos en cinco minutos.

***

Subió con la escalera, la apoyó contra la fachada del edificio y trepó hasta la ventana del baño, que yo siempre dejaba con el pestillo abierto. Entró, me abrió desde adentro y me devolvió las llaves con la misma calma con que me las habría devuelto cualquier día de cualquier año sin que hubiera pasado nada entre medias.

—Gracias —dije—. De verdad. Me salvaste la mañana.

—No hay de qué.

No se movió hacia la puerta. Yo tampoco me moví hacia el interior del piso. El camisón seguía siendo lo que era: una tela muy fina con muy poca utilidad para el secreto. Adrián no fingía no mirar, pero tampoco miraba de un modo que resultara incómodo. Era más bien como alguien que está frente a algo que le interesa y no ve ninguna razón para disimularlo.

—Dijiste que te resultaba estimulante —dije. No sé bien de dónde me salió.

—Sí —respondió, sin apartar los ojos.

—¿Qué harías para compensar el favor?

Adrián me observó durante dos o tres segundos.

—Eso depende de lo que estés dispuesta a ofrecerme —dijo.

Me mordí el labio. El cuerpo llevaba demasiado tiempo en ese estado.

—Quiero que me mires —dije—. Quiero que veas lo que escuchabas todas las mañanas.

***

Lo llevé a la sala. Puse una silla frente al sofá grande, lo senté, y me quité el camisón con la misma tranquilidad con que me lo habría quitado para meterme en la ducha. Sentí su mirada recorrerme desde los hombros hacia abajo con una lentitud que el propio cuerpo registró de inmediato.

Me senté en el sofá. Doblé las rodillas, abrí las piernas y empecé despacio, como siempre hacía: primero los dedos, siguiendo el mapa que ya me conocía, luego el vibrador apoyado en el exterior, apenas rozando, construyendo la presión de forma gradual. No cerré los ojos. Los mantuve en él.

Adrián no decía nada. Solo miraba. Tenía los codos en las rodillas y las manos entrelazadas. De vez en cuando se mordía el labio inferior. Eso me gustó más de lo que esperaba: el silencio concentrado, la atención sin prisa, sin comentarios de película barata. Solo él mirando, completamente quieto, como si no quisiera perderse ningún detalle.

Cuando empecé a moverme con más ritmo, recliné la espalda contra el respaldo del sofá y dejé que los sonidos salieran solos, sin calcularlos ni moderarlos. Escuché que él cambiaba de posición en la silla. No lo miré. Cerré los ojos un momento y me dejé ir por el camino que el cuerpo ya conocía bien.

Lo que no esperaba era la mano en mi rodilla.

No me avisó. No preguntó. Puso la mano en mi rodilla y la dejó ahí, quieta, sin presionar, como quien deposita algo en una superficie para ver si se queda. Y ese contacto mínimo, ese calor de palma que no pedía nada pero estaba, me sacudió más que cualquier otra cosa de esa mañana.

Abrí los ojos y lo miré.

—¿Puedo? —preguntó. Solo eso.

Tardé un momento. Luego asentí.

***

Lo que siguió no fue urgente. Adrián se tomó su tiempo, exploró despacio con las manos antes de nada más, aprendiendo lo que el cuerpo pedía sin que yo tuviera que explicarle nada. Cuando finalmente entró en mí lo hizo con calma, midiendo cada movimiento, sin apartar los ojos de los míos en ningún momento.

Me puse encima porque quería llevar el ritmo. Sus manos en mis caderas, no empujando, solo acompañando el movimiento. La diferencia con Marcos no estaba en otra cosa: estaba en la atención. Adrián prestaba atención a cada pequeño cambio en mi respiración, a cada tensión muscular, y ajustaba sin que yo tuviera que pedírselo. Era como ser leída en voz alta.

Me moví más rápido, después más despacio, después otra vez más rápido. Apoyé las manos en sus hombros y me concentré en el calor acumulado desde las siete de la mañana, en las horas de tensión sin resolver, en esa presión que pedía salida desde hacía demasiado tiempo. Él seguía mi ritmo sin intentar tomarlo para sí.

Cuando noté que se acercaba al final, sin que yo dijera nada, tomó el vibrador del sofá y lo apoyó exactamente donde yo lo habría puesto. El efecto combinado llegó como una marea, sin aviso previo, y el orgasmo fue de los que dejan el cuerpo completamente quieto durante unos segundos, como si el sistema necesitara reiniciarse antes de seguir funcionando.

Llegamos casi al mismo tiempo. Lo sentí tensarse justo cuando yo empezaba a relajarme. Nos quedamos inmóviles un momento, con el único sonido de la respiración recuperándose.

***

Después me puse el camisón, me recosté en el sofá y lo miré recolocarse la ropa.

—Gracias por la escalera —dije.

Se rió. Una risa tranquila, nada exagerada.

—Yo pensé en pedirte un vídeo —dijo—. Pero esto fue mejor idea.

—Cierra la puerta al salir.

Lo hizo.

Me quedé en el sofá un rato largo, mirando el techo, escuchando el silencio del piso. Fuera, en la calle, el día seguía su marcha con total indiferencia. Marcos estaría en su oficina. Yo estaba aquí, con el cuerpo finalmente en paz después de meses de mañanas a medias.

Esa noche, cuando Marcos llegó a casa, me preguntó cómo había ido el día. Le dije que bien. Que había hecho algunas cosas en casa, que había salido un momento a tomar aire. Nada interesante.

No mentí del todo. Había sido, en muchos sentidos, un día completamente ordinario.

Solo que el vecino de arriba ya no era un desconocido. Y ahora, cuando Marcos cerraba la puerta por las mañanas, yo sabía que a pocos metros sobre mi cabeza había alguien despierto y escuchando. Alguien que ya no necesitaba imaginar lo que pasaba.

Ahora los gemidos siguen siendo para mí. Pero también para él.

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Comentarios (5)

CuriosoBA_

tremendo relato, no pude parar de leerlo!!!

MarinaRst

Por favor seguí con esta historia, me quedé con ganas de saber que paso despues. Muy bueno!

Gonzalo_NQN

jajaja el momento de la puerta me mató, que situacion mas comprometida xD

PatricioMdz

me recordó a una situacion parecida que viví hace años. Esas cosas quedan grabadas para siempre jaja

natacha_93

buenisimo!! muy bien escrito, se siente real

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