El vecino sabía por qué gemía yo cada mañana
Durante años, la mañana fue mi momento favorito del día. No por el café ni por la luz que entraba oblicua por las persianas, sino por lo que pasaba antes de que Marcos se fuera al trabajo. Antes de ducharse, antes de buscar las llaves, siempre se acercaba a mí por la espalda, me deslizaba las manos bajo la sábana y empezaba a explorarme despacio. Sabía dónde tocarme. El problema era que también sabía cuándo parar.
El ritual duraba exactamente lo que duraba él. Me manoseaba las tetas, me pellizcaba los pezones hasta ponerlos duros, bajaba la mano hasta encontrarme el coño empapado, me abría las piernas y me lamía el clítoris despacio, con la lengua plana, hasta que yo empezaba a temblar. Entonces se incorporaba, me metía la polla con esa lentitud suya que me enloquecía, me follaba con calma durante unos minutos que siempre se me hacían cortos, y terminaba con una sacudida, corriéndose dentro de mí con dos o tres embestidas secas y un beso en la frente. Después venía la ducha, después el café, después el portazo de la entrada.
Yo me quedaba en la cama con el coño palpitando, el semen resbalándome por los muslos y la necesidad intacta.
Al principio esperaba que volviera del baño. Después aprendí que Marcos tenía una puntualidad impecable con los horarios y una puntualidad bastante más laxa con los orgasmos de su mujer. No era maldad ni descuido consciente. Era, simplemente, que nunca se le había ocurrido que el asunto podía continuar sin él. Él se corría y para él la función había terminado, aunque yo me quedara al borde, con el cuerpo pidiendo diez minutos más de polla y él ya enjabonándose el pelo.
Así que busqué solución.
Tardé varias semanas en decidirme a comprarlo. La primera vez que lo usé me pareció torpe, casi ridículo. La segunda empecé a entender por qué tantas mujeres hablan de ellos como si fueran un descubrimiento menor pero fundamental. Desde entonces, cada mañana seguía el mismo orden: Marcos me dejaba a medias con el coño lleno de su corrida y las bragas de la noche anterior tiradas en el suelo, yo escuchaba cerrarse la puerta del piso, esperaba el sonido del ascensor bajando, el portazo de la entrada, el ruido del coche alejándose, y entonces abría el cajón de la mesita de noche.
Era mi momento. Mi secreto. Mi compensación privada en el silencio del piso vacío, donde podía hacer el ruido que quisiera sin calcular cuánto lo incomodaba a él. Me metía dos dedos para sentir la mezcla de su semen con mi propia humedad, me llevaba los dedos a la boca para chuparlos, y solo entonces encendía el vibrador y me lo apoyaba en el clítoris hinchado, arqueando la espalda y gritando lo que no me había atrevido a gritar con él encima.
O eso creía.
***
Fue un miércoles de finales de octubre cuando todo cambió. Marcos había estado de humor especialmente atento esa mañana, lo que significaba que yo llegué a ese nivel donde el cuerpo ya no pide, exige. Me había lamido el coño con más ganas de lo habitual, me había follado en dos posturas antes de correrse dentro, y me había dejado con los muslos temblando y las tetas marcadas por sus dedos. Lo oí salir, esperé los sonidos de rigor, abrí el cajón. El vibrador zumbaba entre mis dedos y yo ya tenía el camisón subido hasta el cuello, con una mano abriéndome los labios del coño para recibir la punta del aparato, cuando desde el pasillo exterior llegó el sonido inconfundible de dos animales peleando.
Tenía una gata. No era joven ni conflictiva, pero ese sonido me bastó para salir disparada sin pensar. Me bajé el camisón de un tirón, crucé el pasillo y abrí la puerta de golpe.
No era mi gata. La pelea era entre dos perros que nunca había visto y que, al verme aparecer, salieron corriendo escaleras abajo. Para cuando procesé esa información, la puerta había dado el clic seco de la cerradura automática.
Me quedé quieta en el rellano.
Llevaba un camisón de algodón muy fino, blanco, que con la luz de la escalera resultaba bastante más transparente de lo que yo había imaginado nunca. No tenía bragas. No tenía llaves. Tenía el vibrador en la mano derecha, todavía húmedo de la primera pasada por mi coño.
Desde el piso de arriba llegó un olor a colonia masculina y luego, con toda la calma del mundo, el sonido de pasos bajando la escalera.
***
Adrián vivía en el cuarto desde hacía poco más de un año. Nos habíamos cruzado en el ascensor las suficientes veces como para saber cómo se llamaba y en qué turno trabajaba. Era uno de esos vecinos que uno agradece en abstracto porque no monta ruido ni da problemas, y a los que casi no recuerda en concreto.
Ahora estaba de pie frente a mí en el rellano, con una chaqueta y las llaves en la mano, mirándome con una expresión que tardó un segundo en encontrar la posición correcta.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días —respondí.
No moví la mano que sujetaba el vibrador. No sé por qué. Supongo que moverla habría sido reconocer que existía.
Él bajó la mirada un momento y la volvió a subir. La luz de la escalera hacía exactamente lo que yo me temía con el camisón. Sus ojos se detuvieron un instante en mis pechos, después bajaron hasta la sombra oscura del vello del pubis que se marcaba contra la tela, y por fin volvieron a mi cara.
—Hace un poquito de frío —dijo, sin ningún énfasis especial.
Bajé la vista. Mis pezones marcaban el algodón fino como si la tela no existiera, dos puntas duras y rosadas perfectamente dibujadas. Levanté los brazos para cubrirme y el vibrador quedó suspendido entre los dos a la altura de nuestras caras, brillante todavía por mi humedad.
Adrián sonrió. No era una sonrisa de burla. Era de esas que ocurren antes de que la persona decida si son buena idea.
—Creo que acabo de resolver un misterio —dijo.
Lo miré sin hablar.
—Cada mañana —continuó, más despacio—, unos minutos después de que se oye bajar el ascensor, empiezan a escucharse ciertos sonidos desde tu piso. Gemidos, pujidos, y después unos gritos que hacen que se me ponga dura al instante. Me había preguntado muchas veces qué cojones estabas haciendo ahí abajo. —Hizo una pausa, con los ojos en el vibrador, que todavía olía a mí desde medio metro.— Ahora ya tiene sentido todo.
Sentí el calor subir desde el cuello hasta las orejas. También sentí, y esto me sorprendió más que la vergüenza, un latido específico e inconveniente entre las piernas, un tirón muy claro del coño que quería seguir donde lo había dejado. El cuerpo llevaba media hora en un estado muy concreto, y esta conversación no hacía nada por calmarlo. Más bien al contrario: notaba cómo la humedad me bajaba por la cara interna del muslo.
—Qué pena —dije, porque era lo que tocaba decir—. Debe de molestarte bastante.
—¿Molestarme? —Negó con la cabeza.— Al contrario. La verdad es que casi todas las mañanas me quedo escuchando con la polla en la mano. Me la casco pensando en ti. Hay días en que me corro casi al mismo tiempo que tú.
El silencio después de eso fue de los que pesan.
—Me quedé sin llaves —dije al fin—. Se me cerró la puerta.
Él miró la puerta, luego me miró a mí.
—Tengo una escalera. Dime por dónde puedo entrar y lo resolvemos en cinco minutos.
***
Subió con la escalera, la apoyó contra la fachada del edificio y trepó hasta la ventana del baño, que yo siempre dejaba con el pestillo abierto. Entró, me abrió desde adentro y me devolvió las llaves con la misma calma con que me las habría devuelto cualquier día de cualquier año sin que hubiera pasado nada entre medias.
—Gracias —dije—. De verdad. Me salvaste la mañana.
—No hay de qué.
No se movió hacia la puerta. Yo tampoco me moví hacia el interior del piso. El camisón seguía siendo lo que era: una tela muy fina con muy poca utilidad para el secreto. Adrián no fingía no mirar, pero tampoco miraba de un modo que resultara incómodo. Era más bien como alguien que está frente a algo que le interesa y no ve ninguna razón para disimularlo. Vi el bulto en la entrepierna de su pantalón, marcado con toda claridad, y no aparté la vista.
—Dijiste que te resultaba estimulante —dije. No sé bien de dónde me salió.
—Sí —respondió, sin apartar los ojos.
—¿Qué harías para compensar el favor?
Adrián me observó durante dos o tres segundos.
—Eso depende de lo que estés dispuesta a ofrecerme —dijo.
Me mordí el labio. El cuerpo llevaba demasiado tiempo en ese estado.
—Quiero que me mires —dije—. Quiero que veas lo que escuchabas todas las mañanas. Quiero que veas cómo me corro con el vibrador mientras tú miras.
***
Lo llevé a la sala. Puse una silla frente al sofá grande, lo senté, y me quité el camisón por la cabeza con la misma tranquilidad con que me lo habría quitado para meterme en la ducha. Sentí su mirada recorrerme desde los hombros hasta el coño con una lentitud que el propio cuerpo registró de inmediato: se me endurecieron los pezones todavía más, y noté cómo el clítoris me palpitaba entre los labios hinchados.
Me senté en el sofá. Doblé las rodillas, abrí las piernas del todo, sin pudor, ofreciéndole una vista completa del coño mojado y ya un poco enrojecido de tanto rozarme antes. Empecé despacio, como siempre hacía: primero los dedos, siguiendo el mapa que ya me conocía, dos dedos entrando y saliendo del coño para que él viera cómo brillaban al salir, luego el vibrador apoyado en el exterior, apenas rozando el clítoris, construyendo la presión de forma gradual. No cerré los ojos. Los mantuve en él.
—Mírame bien —le dije—. Mira cómo lo hago cuando estoy sola.
Me pasé los dedos húmedos por los pezones, uno y otro, dejándolos brillantes de mi propia humedad. Luego me llevé los dedos a la boca y los chupé, sin dejar de mirarlo. Él tragó saliva; lo vi mover el cuello.
Adrián no decía nada. Solo miraba. Tenía los codos en las rodillas y las manos entrelazadas. De vez en cuando se mordía el labio inferior. Eso me gustó más de lo que esperaba: el silencio concentrado, la atención sin prisa, sin comentarios de película barata. Solo él mirando, completamente quieto, con la polla ya marcándose contra la tela del pantalón como si no cupiera dentro.
—Sácatela —le dije—. Quiero verla mientras me corro.
Se desabrochó el cinturón sin dejar de mirarme, se bajó los pantalones hasta las rodillas y sacó la polla, dura y gruesa, con una gota brillante ya asomando por la punta. Se la agarró con la mano derecha y empezó a moverla despacio, al mismo ritmo que yo pasaba el vibrador por el clítoris.
Verlo cascándosela mientras me miraba abrirme el coño con dos dedos fue lo que me terminó de reventar por dentro. Metí el vibrador dentro y giré la base para subir la potencia. Los muslos me empezaron a temblar. Cuando empecé a moverme con más ritmo, recliné la espalda contra el respaldo del sofá y dejé que los gemidos salieran solos, sin calcularlos ni moderarlos, esos gemidos que él llevaba meses escuchando a través del techo.
—Eso es —lo oí decir, con la voz áspera—. Sigue así. Justo como me imaginaba.
Lo que no esperaba era la mano en mi rodilla.
No me avisó. No preguntó. Se levantó de la silla, se acercó al sofá, puso la mano en mi rodilla y la dejó ahí, quieta, sin presionar, como quien deposita algo en una superficie para ver si se queda. Y ese contacto mínimo, ese calor de palma que no pedía nada pero estaba, me sacudió más que cualquier otra cosa de esa mañana.
Abrí los ojos y lo miré. Todavía tenía la polla en la otra mano, dura, apuntándome.
—¿Puedo? —preguntó. Solo eso.
Tardé un momento. Luego asentí.
***
Lo que siguió no fue urgente. Adrián se tomó su tiempo. Se arrodilló en el suelo, entre mis piernas abiertas, y empezó por la cara interna de los muslos, subiendo con la boca muy despacio hasta llegar al coño. Cuando por fin apoyó la lengua en el clítoris me arqueé del sofá como si me hubieran dado corriente. Me lamió entera, de arriba abajo, sin prisa, aprendiendo lo que el cuerpo pedía sin que yo tuviera que explicarle nada. Me metió la lengua todo lo que pudo dentro del coño y después subió otra vez al clítoris, chupándolo con los labios mientras me metía dos dedos que empezó a mover en un gesto de "ven acá" contra el punto exacto que Marcos jamás había encontrado.
—Así, joder —jadeé, agarrándole el pelo—. Ahí, no pares.
Casi me corrí solo con eso. Sentí venir el orgasmo y le tiré del pelo hacia arriba, apartándolo, porque no quería acabar todavía.
—Ahora fóllame —le dije—. Métemela ya.
Se puso de pie, se terminó de quitar los pantalones y los calzoncillos, y me colocó las piernas sobre sus hombros. Cuando finalmente me metió la polla lo hizo con calma, midiendo cada centímetro, sin apartar los ojos de los míos en ningún momento. Sentí cómo se abría paso, cómo el coño se ajustaba al grosor, cómo llegaba hasta el fondo y se quedaba ahí un instante antes de empezar a moverse.
—Estás empapada —murmuró—. Llevas meses así, ¿verdad?
—Cállate y fóllame —le respondí.
Empezó a bombear despacio, luego más rápido, con las manos apretándome las tetas, torciéndome los pezones justo lo suficiente para arrancarme un grito. Me sacó la polla, brillante de mi humedad, y me pidió que me pusiera a cuatro patas en el sofá. Le obedecí sin pensarlo, apoyando los codos y arqueando la espalda para levantarle el culo. Me metió la polla otra vez, de una embestida entera, y me agarró de las caderas para empezar a follarme desde atrás con un ritmo que hacía chocar sus muslos contra mis nalgas con un sonido húmedo y limpio.
—Así, más fuerte —le pedí, mordiendo el cojín—. Rómpeme el coño.
Me dio un azote en una nalga, después en la otra, y siguió bombeando. Con una mano me agarró el pelo desde la nuca y tiró hacia atrás, obligándome a arquear el cuello. Con la otra me buscó el clítoris y empezó a frotarlo con dos dedos al mismo ritmo que las embestidas.
Después me quiso encima. Me tumbé sobre él, con las rodillas a cada lado de sus caderas, y me empalé despacio en su polla porque quería llevar el ritmo. Sus manos en mis caderas, no empujando, solo acompañando el movimiento. La diferencia con Marcos no estaba en el tamaño ni en la técnica: estaba en la atención. Adrián prestaba atención a cada pequeño cambio en mi respiración, a cada tensión muscular, y ajustaba sin que yo tuviera que pedírselo. Era como ser leída en voz alta.
Me moví más rápido, después más despacio, después otra vez más rápido, bajando y subiendo sobre su polla mientras él me chupaba los pezones uno tras otro. Apoyé las manos en sus hombros y me concentré en el calor acumulado desde las siete de la mañana, en las horas de tensión sin resolver, en esa presión que pedía salida desde hacía demasiado tiempo. Él seguía mi ritmo sin intentar tomarlo para sí.
Cuando noté que se acercaba al final, sin que yo dijera nada, alargó la mano hacia el sofá, tomó el vibrador y lo encendió otra vez. Me lo apoyó exactamente donde yo lo habría puesto, aplastándolo contra el clítoris mientras yo seguía cabalgándole la polla. El efecto combinado llegó como una marea, sin aviso previo, y el orgasmo fue de los que dejan el cuerpo completamente quieto durante unos segundos, como si el sistema necesitara reiniciarse antes de seguir funcionando. Sentí cómo el coño se le cerraba en oleadas alrededor de la polla, apretándolo tan fuerte que oí cómo él soltaba un gruñido entre los dientes.
—Me voy a correr —jadeó—. ¿Dónde?
—Dentro no —logré decir—. En las tetas.
Me levanté justo a tiempo, bajé y le agarré la polla con la mano, terminando de bombearla con dos o tres tirones rápidos. Se corrió a chorros gruesos y blancos que me cayeron entre los pechos y me bajaron por el vientre. Le pasé el pulgar por la punta para recoger la última gota y me lo llevé a la boca sin dejar de mirarlo.
Nos quedamos inmóviles un momento, con el único sonido de la respiración recuperándose.
***
Después me limpié con el camisón, me lo puse aunque estuviera manchado, me recosté en el sofá y lo miré recolocarse la ropa.
—Gracias por la escalera —dije.
Se rió. Una risa tranquila, nada exagerada.
—Yo pensé en pedirte un vídeo —dijo—. Pero esto fue mejor idea.
—Cierra la puerta al salir.
Lo hizo.
Me quedé en el sofá un rato largo, mirando el techo, con el semen todavía secándose entre las tetas y el coño palpitando de haberse vaciado por fin del todo. Escuchando el silencio del piso. Fuera, en la calle, el día seguía su marcha con total indiferencia. Marcos estaría en su oficina. Yo estaba aquí, con el cuerpo finalmente en paz después de meses de mañanas a medias.
Esa noche, cuando Marcos llegó a casa, me preguntó cómo había ido el día. Le dije que bien. Que había hecho algunas cosas en casa, que había salido un momento a tomar aire. Nada interesante.
No mentí del todo. Había sido, en muchos sentidos, un día completamente ordinario.
Solo que el vecino de arriba ya no era un desconocido. Y ahora, cuando Marcos cerraba la puerta por las mañanas, yo sabía que a pocos metros sobre mi cabeza había alguien despierto, con la polla en la mano, escuchando. Alguien que ya no necesitaba imaginar lo que pasaba.
Ahora los gemidos siguen siendo para mí. Pero también para él.
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