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Relatos Ardientes

Las cámaras del vestuario que nadie debía ver

Me llamo Verónica, tengo veintiocho años y no soy lo que la gente llamaría una mujer despampanante. Soy del tipo que pasa desapercibida: pelo castaño común, estatura normal, una cara que no llama la atención en un bar pero tampoco la ahuyenta. Nunca me molestó demasiado hasta que me casé con Sebastián y empecé a preguntarme si a él tampoco le importaba ya.

Sebastián trabaja como mecánico en barcos de carga. Meses en alta mar, semanas en puertos que yo no sabría ubicar en un mapa, y luego un regreso de cuatro o cinco días antes de que el ciclo vuelva a empezar. Cuando nos casamos, yo pensé que lo entendía. Que el amor era suficiente para llenar esos huecos. Cuatro años después entendí que el amor es muy bueno en muchas cosas, pero no llena una cama vacía ni borra la paranoia de las tres de la madrugada, ni deja de escocerte el coño cuando llevás meses sin una polla adentro.

No es que no confíe en él. O sí desconfío, pero trato de no darle vueltas. Sebastián dice que no pasa nada, que me quiere, que cuando vuelve yo soy lo primero. Y cuando vuelve, efectivamente lo soy: los primeros dos días no salimos de la cama, me folla como si quisiera recuperar cada semana perdida, me deja el coño rojo y el semen escurriéndome por los muslos. El problema es el resto del tiempo.

Por eso el gimnasio. Por eso pagué tres meses por adelantado en ese local pequeño que había abierto a dos cuadras de casa, con máquinas razonables y pocos socios. No busqué a un personal trainer ni me apunté a clases grupales. Quería moverme, sudar, apagar la cabeza y también apagar las ganas que me despertaban a las cuatro de la mañana con la mano metida entre las piernas. Y funciona a medias: el cuerpo cansado duerme mejor que el cuerpo inquieto, pero las ganas no se van con burpees.

Iba siempre a las seis de la mañana. A esa hora el local estaba casi vacío: algún habitual que tampoco hablaba mucho, y yo. Usaba ropa ajustada porque a esa hora no había nadie para mirar y porque era cómoda, no porque quisiera llamar la atención. Me ponía los auriculares en cuanto entraba. Nadie me molestó durante los primeros tres meses.

Lo que no sabía era que el encargado llevaba semanas observándome.

Su nombre era Rodrigo. Era el entrenador y también el dueño del local, algo que descubrí después. Tendría treinta y tantos años, alto, con el tipo de cuerpo que se construye durante años sin exagerar: definido sin ser grotesco, espaldas anchas, manos grandes. No era el clásico presumido del gimnasio. Pocas veces lo vi mirarse en los espejos.

La primera vez que se acercó fue un miércoles. Yo estaba terminando en la cinta cuando se paró a mi lado, sin urgencia.

—Llevas meses viniendo y nunca hablas con nadie —dijo, como si fuera una observación meteorológica.

Me quité un auricular.

—Vengo a entrenar, no a socializar.

Él no se ofendió. Solo asintió despacio.

—Lo sé. Por eso no te había molestado antes. Pero te veo hacer siempre la misma rutina. Si quieres, te armo algo nuevo. Sin cargo adicional, es parte del servicio.

Hubo un momento extraño en esa conversación. Me preguntó quién me había enseñado los ejercicios que hacía, y yo abrí la boca para decir «mi marido» y me detuve. Dije «un amigo que sabe del tema». No sé exactamente por qué lo hice. En ese momento preferí no analizarlo.

—El amigo no sabe si lo estás haciendo bien porque no está aquí —dijo Rodrigo—. Pásate por la oficina cuando termines y vemos qué se puede mejorar.

Dije que sí casi sin pensarlo.

***

La oficina era una habitación pequeña al fondo del pasillo, detrás de los vestuarios. Una mesa, dos sillas, un armario con archivadores y una computadora encendida con varias ventanas abiertas. La entrada, las máquinas, la recepción... y al menos tres ángulos que no correspondían a ninguna de esas zonas.

Tardé dos segundos en entender qué estaba viendo. Los vestuarios de mujeres. Tres cámaras distintas, con ángulos cuidadosamente elegidos: uno enfocaba las duchas, otro los bancos donde una se cambia, otro el espejo del fondo. Ese cabrón nos veía a todas desnudas y probablemente lo grababa.

No dije nada. Moví los ojos rápido hacia otra parte antes de que él cruzara hacia su silla. Me senté. Hablamos de rutinas, de cardio, de objetivos. Él hablaba mirándome y yo respondía pensando en esas pantallas, pensando en que me había visto las tetas, el culo, el coño afeitado, la manera en que a veces me demoraba pasándome la mano por el pubis bajo la ducha porque llevaba semanas sin follar.

Debería irme. Debería decirle que lo sé.

No hice ninguna de las dos cosas. Y noté, con una vergüenza que era medio bronca y medio otra cosa, que se me estaban humedeciendo las bragas ahí sentada.

Cuando me levanté para irme, él dijo que empezaríamos al día siguiente. Asentí. En la calle, caminando de vuelta a casa con el sol apenas saliendo, me di cuenta de que tenía el corazón acelerado y el coño palpitando bajo los leggins. No exactamente de miedo. O no solo de eso.

Sebastián llevaba casi cuatro meses en alta mar. Nos mandábamos mensajes cada dos días, llamadas los fines de semana. La última vez que hablamos por video lo noté distraído, con el fondo de una habitación que no reconocí. Me dijo que estaban en un puerto nuevo. No le pregunté más.

Decidí que dejaría que las cosas siguieran su curso.

***

La semana siguiente cambió algo en el gimnasio. Rodrigo aparecía cuando yo llegaba, aunque no siempre había estado allí a esa hora antes. Me explicaba los ejercicios acercándose más de lo necesario, ponía la mano en mi espalda para corregir la postura, rozaba mi hombro cuando pasaba, y una vez, haciendo sentadillas, me puso la mano en la cadera bien pegada al pliegue del culo y la dejó ahí más de la cuenta. Era tan gradual que casi podría haber sido casual.

Yo lo dejaba. Más que eso: empecé a ponerle facilidades. Me puse la ropa más ajustada que tenía para entrenar, sin bragas debajo, para que se marcaran los labios del coño contra la tela. Me inclinaba un poco más de lo necesario al recoger pesas del suelo, con las piernas separadas, sabiendo que desde atrás el leggins se me metía entre las nalgas. Lo miraba cuando terminaba una serie, solo un segundo, pero era suficiente para que lo viera. Una mañana, mientras hacía peso muerto, le vi el bulto marcado bajo el pantalón corto. No aparté la vista.

No nos dijimos nada directo en toda esa semana. No hizo falta.

El jueves de la siguiente semana llegué antes de lo habitual. Eran casi las cinco y media y el local todavía estaba a oscuras cuando Rodrigo abrió la puerta principal. Me miró, me dejó pasar, y escuché el clic de la llave girando detrás de mí.

Seguí caminando hacia los vestuarios como si no me hubiera dado cuenta.

Me cambié despacio, sin apuro. Me quité la ropa de calle mirando a la cámara del rincón sin dejar que se me notara, sabiendo que él estaba viendo cada centímetro de piel que aparecía. Me até el pelo frente al espejo, coloqué las zapatillas sobre el banco de madera. Me puse los leggins negros sin nada debajo, y un top deportivo que me subía las tetas pero dejaba a la vista casi todo el escote. Cuando escuché la puerta del vestuario abrirse y sus pasos sobre las baldosas frías, no me giré.

—Sabía que llegarías temprano hoy —dijo desde la entrada.

Seguí mirando el espejo.

—Yo también lo sabía.

Se acercó por detrás. Sus manos fueron a mis caderas antes que nada, y sentí el calor de su cuerpo pegarse al mío antes de que me tocara del todo. La polla, ya durísima, se me clavó contra el bajo de la espalda a través de la tela del pantalón corto. Me giró con un movimiento firme, sin brutalidad, y me empujó suavemente contra el metal frío de las taquillas.

No había nada debajo de los leggins. Rodrigo lo descubrió en cuestión de segundos, con una mano que se deslizó despacio por la cintura elástica hacia abajo, y lo que encontró allí le cambió la respiración. Metió dos dedos entre los labios del coño, los movió lentamente, sacó los dedos empapados y me los pasó por los pezones por encima del top.

—Llevas semanas así —dijo, no como una pregunta.

—Sí. Chorreando. Desde que vi las cámaras.

Se rió bajito contra mi cuello. Me arrancó el top de un tirón, dejándome las tetas al aire, y bajó la boca directo a un pezón, mordiendo lo suficiente para hacerme arquearme. Con la otra mano seguía trabajándome el clítoris en círculos lentos, dos dedos metidos hasta los nudillos, curvándose adentro y buscando ese punto que ni yo misma me acordaba de tener. Me mordí el labio para no gemir alto y no me alcanzó: se me escapó un jadeo largo cuando encontró el sitio y empezó a martillearlo con la yema.

—Poné las manos contra la taquilla —dijo, y le hice caso sin pensarlo.

Bajó de rodillas frente a mí, me arrancó los leggins hasta las rodillas y me abrió el coño con los pulgares antes de meter la lengua. No fue delicado. Fue una lamida larga desde la entrada hasta el clítoris, y después chupó, con la boca abierta, tragándose todo, la lengua metida entre los labios, la nariz apretada contra el pubis. Le agarré la cabeza con las dos manos y le monté la cara sin ningún pudor, moviendo las caderas contra su boca hasta que sentí que se me venía el primer orgasmo del día, uno seco y rápido que me dobló las rodillas y me hizo gemir en voz alta contra las taquillas.

Él se levantó con el mentón brillante y me dio la vuelta.

***

Lo que siguió fue directo. Sin preámbulos largos ni conversación innecesaria. Me giró de espaldas, las manos apoyadas en las taquillas, el culo empinado, y se sacó la polla del pantalón. La sentí gruesa contra las nalgas antes de sentirla en la entrada. Se restregó primero, mojándola bien en mis jugos, y entró de una vez, hasta el fondo, sin avisar. El sonido que salió de mi garganta fue involuntario y me lo tapé con mi propia mano, pero él no se detuvo. Me agarró de las caderas con las dos manos, los dedos clavados en la carne, y empezó a follarme con embestidas largas, sacándola casi entera para volver a metérmela hasta que me chocaba los huevos contra el clítoris.

—Mirá cómo la tenías escondida —le oí decir entre resoplidos—. Toda esa concha desperdiciada mientras tu marido está a diez mil kilómetros.

—Callate y seguí —le contesté, y él soltó una risa corta y aumentó el ritmo.

Mantuvo un ritmo constante, sin aflojar, que hacía difícil pensar en cualquier otra cosa. El sonido de las pieles chocando resonaba contra los azulejos, mezclado con el chapoteo húmedo de mi coño empapado y con mis propios gemidos apagados. Me alcanzó una mano por delante para agarrarme una teta, apretándola fuerte, pellizcándome el pezón entre el pulgar y el índice, y con la otra mano me buscó el clítoris otra vez. Empezó a frotármelo al mismo tiempo que me embestía, y en menos de un minuto me estaba viniendo otra vez, apretándole la polla adentro con espasmos largos que le arrancaron un gruñido a él también.

Había olvidado lo que era eso. No el sexo en general, sino esa sensación específica de algo que te ocupa del todo, que duele apenas lo suficiente para que quieras más, esa polla forzándote las paredes cada vez que entra hasta el fondo. Sebastián y yo teníamos buen sexo en los días que nos cruzábamos, pero llevábamos meses sin cruzarnos y mi coño se acordaba de todo el hambre acumulada.

Estuvimos así varios minutos, en silencio excepto por los sonidos que no podíamos evitar: el golpe seco de sus caderas contra mis nalgas, mi respiración entrecortada, algún gemido escapado, un «puta» susurrado por él cerca de mi oreja. Después me tomó de la mano, con la polla todavía dura y brillante de mí, y me llevó hacia las duchas del fondo.

Bajo el agua caliente todo se volvió más lento. Me quité el top y quedé completamente desnuda bajo el chorro. Él se desvistió sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo aunque el local abriera en menos de una hora. Le vi la polla al descubierto por primera vez, gruesa y curvada hacia arriba, la punta roja, un hilo de mis flujos todavía colgando de ella. Se me hizo agua la boca literalmente.

Rodrigo tenía una cicatriz larga en el costado izquierdo, de las que parecen antiguas. Me quedé mirándola un momento mientras el agua caía sobre los dos, y algo en ese detalle —la imperfección en alguien que se veía tan controlado— terminó de quitarme cualquier duda que pudiera quedarme.

Me puse de rodillas sobre las baldosas mojadas. Él no dijo nada, solo me sostuvo el pelo con una mano, con cuidado. Lo tomé en la boca despacio, encontrando el ritmo por mi cuenta. Primero la punta, chupando la cabeza con los labios apretados, la lengua girando alrededor del glande hasta que le escuché soltar el aire de golpe. Después más adentro, tragándola casi entera, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y tuve que retroceder para no ahogarme. La saqué toda, se la lamí desde los huevos hasta arriba, escupí saliva sobre la punta y la volví a meter. Hacía mucho tiempo que no lo hacía así, más de lo que quería admitir, y me sorprendió lo bien que me sentó ese momento: yo marcando el compás, él quieto, jadeando, con los dedos enredados en mi pelo mojado.

—Así, no pares —murmuró, y me puse a chupársela más rápido, cerrando los labios apretados contra el tronco, moviendo la cabeza de arriba abajo, dejando que un hilo de saliva me cayera por el mentón y por las tetas.

Hasta que ya no pudo estar más quieto. Me levantó, me pegó contra la pared de azulejos —contraste brusco con el agua caliente que seguía cayendo— y retomó donde habíamos dejado. Me levantó una pierna, se la puso al hombro, y me la volvió a meter entera de un solo empuje. Esta vez más despacio, con otro tipo de intención, moviendo las caderas en círculo, haciéndome sentir la polla en cada punto de las paredes del coño. Ese ritmo era casi peor, en el sentido de que hacía imposible disimular nada: cada vez que llegaba al fondo yo soltaba un gemido nuevo, más grave, y él lo respondía con una embestida más profunda.

—Decime que llevás meses queriendo esto —dijo, con la boca pegada a mi oreja.

—Llevo meses —le contesté sin aliento—. Follame más fuerte.

Y me folló más fuerte. Bajó las manos hasta el culo, me lo apretó, me separó las nalgas, y empezó a bombearme con toda la cadera. El agua nos caía por la cara, se me metía en los ojos, la boca abierta contra su hombro. Sentí venirse el tercer orgasmo desde adentro, uno lento que empezó en la panza y me subió hasta el pecho, y le mordí el hombro cuando reventó. Se me apretó todo el coño alrededor de él y no aguantó más: le sentí la polla hincharse, gruñó algo contra mi cuello, y me pidió que me pusiera de rodillas otra vez.

Lo hice. Me arrodillé, cerré los ojos y abrí la boca. Se corrió a chorros, largos, sobre la lengua y la cara, el semen espeso mezclándose con el agua que seguía cayendo. Cuando terminó, se agachó, me tomó del mentón y me besó con el sabor todavía adentro.

Terminamos con el agua ya algo menos caliente, los dos apoyados en la pared, respirando.

Me quedé un momento debajo del chorro mirando el agua correr hacia el desagüe, arrastrando lo que había quedado sobre mí. Pensé en Sebastián. No sentí exactamente lo que se supone que tendría que sentir: no fue remordimiento, o al menos no fue eso principalmente. Fue algo más parecido a la claridad. Como cuando llevas demasiado tiempo sin dormir y finalmente te acuestas.

Me vestí despacio. Al salir del vestuario el local seguía vacío, pero la puerta de entrada ya estaba desbloqueada. Rodrigo apareció en recepción con cara de haber descansado bien.

—¿Mañana? —preguntó.

Me detuve en la puerta.

—El cardio de hoy fue muy exigente. Voy a necesitar al menos un día de recuperación.

Él se rió, apenas, sin mostrar los dientes.

En la calle, con el sol ya pegando y la ciudad despierta, todavía tenía las palpitaciones y sentía el coño hinchado bajo los leggins. Caminé a casa a buen paso pensando que a las doce tenía llamada con Sebastián. Iba a sonreír, iba a preguntarle cómo estaba, iba a decirle que lo extrañaba.

Todo eso era verdad. Pero ya no era toda la verdad.

Esto fue solo el principio de lo que pasó ese verano. Rodrigo y yo nunca pusimos nombre a lo que hacíamos. No hacía falta. Las llaves giraban en la cerradura a las cinco y media, el local estaba siempre vacío a esa hora, y el vestuario de mujeres tenía tres cámaras que los dos sabíamos que existían.

Ninguno de los dos volvió a mencionarlas.

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Comentarios(8)

MiradorFurtivo

Increible, me engancho de entrada. Mas asi!

Flor_BA

Dios que bien escrito, se me paso cortisimo. Muy bueno

ElVoyerista

Muy buen relato, se nota que hay talento detras. Espero la continuacion!

KlaraM

jajaja ese giro al final!! no me lo esperaba para nada, buenisimo

viajero77

Cuando viene la segunda parte? Quede con ganas de mas, en serio. Gran historia

PatriciaMar

Muy bien logrado, se siente real y eso es lo mas dificil de conseguir. Felicitaciones

RobertoSL

Pocas veces leo algo tan bien narrado por aca. Que sigan publicando cosas asi, de verdad

NachoCba93

Uff, que morbo. Muy bueno!!

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