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Relatos Ardientes

Lo que vi en la pista de baile me cambió para siempre

Esa noche empezó como cualquier otra salida con los compañeros de trabajo de Valeria: un restaurante ruidoso, demasiadas copas de vino, risas que no terminaban. Yo no los conocía bien, apenas los de vista. Marcos era el de la sonrisa ancha que siempre tenía un comentario para todo. Rodrigo, el callado que bebía despacio y lo observaba todo. Sebastián llegó más tarde, con esa confianza de quien sabe que siempre lo van a esperar.

Después del restaurante alguien propuso seguir en una discoteca que quedaba a dos cuadras. Era un local oscuro, con luces que parpadeaban en rojo y azul, y una música que se metía en el pecho antes de que la escucharas bien. Me senté en un reservado pegado a la pared, pedí un whisky y me dediqué a respirar. Estaba cansado. Valeria, en cambio, estaba encendida.

Así es ella cuando bebe lo suficiente: los ojos le brillan diferente, se mueve con una soltura que en casa raramente tiene, y se ríe de todo con una carcajada que le sale del estómago. La miraba desde la mesa y pensaba que seguía siendo la misma mujer que conocí hace ocho años, pero también otra. Alguien a quien todavía me sorprendía descubrir.

—¿Me dejas ir a bailar? —me preguntó inclinándose hacia mí, con el aliento cálido cerca de la oreja.

—Ve —le dije—. Yo estoy bien aquí.

Y así empezó todo.

***

Al principio bailó con el grupo entero, en ese movimiento desordenado que no tiene pareja fija. Sebastián le dijo algo al oído y ella se rió echando la cabeza hacia atrás. Marcos le puso una mano en la cintura para no perder el equilibrio sobre el suelo mojado de bebida. Nada que yo no esperara. Me terminé el whisky y pedí otro.

Entonces cambiaron la música. Soltaron un reguetón lento, con el bajo pesado y la letra que dejaba poco a la imaginación. Vi cómo Marcos se colocaba detrás de Valeria sin pedirle permiso, con esa familiaridad que tienen los hombres cuando calculan que pueden. Y Valeria, en vez de girar o de separarse un paso, acomodó el cuerpo hacia atrás.

Me quedé quieto.

Las luces cambiaban cada dos segundos: rojo, azul, negro, rojo. En los flashes oscuros casi no los distinguía. Pero en los momentos de luz veía perfectamente cómo él le apoyaba las manos en las caderas y cómo ella las dejaba estar. Se movían juntos al ritmo, y el movimiento era el que era: frontal, deliberado, sin excusas.

Debí haberme levantado. Esa es la respuesta obvia, la que cualquiera esperaría. Pero no lo hice. Me quedé con el vaso entre los dedos y los ojos clavados en ellos, y algo que no sabía nombrar me fue subiendo desde el estómago. No era rabia. Era otra cosa. Algo más caliente y más vergonzoso que la rabia.

Está dejándolo hacer.

Eso era lo que me tenía paralizado. No él, sino ella. Valeria eligiendo quedarse, eligiendo moverse así, eligiendo no mirarme.

Cuando terminó esa canción, Marcos le dijo algo y los dos volvieron a la mesa. Ella se sentó a mi lado, con la respiración un poco acelerada y una sonrisa que no era exactamente para mí.

—¿La estás pasando bien? —le pregunté. Mi voz salió más tranquila de lo que me sentía.

—Muchísimo —respondió, y me besó en la mejilla antes de levantarse otra vez hacia la pista.

***

La siguiente vez fue con Rodrigo. Este sí bailaba bien, con un sentido del ritmo que hacía que Valeria tuviera que seguirle el paso. La agarró de la mano, la hizo girar, y cuando terminó el giro la recibió pegándola a su cuerpo. Ella se rió, pero no se soltó. Siguieron bailando así, con él sosteniéndola por la cintura y ella apoyando las manos en sus hombros.

En un momento, él le dijo algo al oído. Ella bajó la vista y volvió a reír, ese tipo de risa que va acompañada de un color en las mejillas que desde donde yo estaba no podía ver pero que conocía de memoria.

Me pregunté qué le había dicho.

Me pregunté si ella quería que yo estuviera mirando.

Pedí el tercer whisky.

***

Cuando por fin regresó a la mesa, sudada y con el pelo pegado a la frente, yo llevaba un rato largo sin decir nada. Los demás hablaban entre ellos. Valeria se sentó a mi lado, tomó un sorbo de mi vaso sin pedírmelo, y me miró de reojo.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí —mentí por segunda vez esa noche.

Ella asintió despacio, como si no me creyera del todo, y volvió a girarse hacia Sebastián para seguir una conversación que había dejado a medias. Yo aproveché ese momento para acercarme por detrás, con el pretexto del ruido, y poner la boca cerca de su oreja.

—Te vi con ellos —le dije.

Ella no se movió. Tampoco respondió enseguida.

—¿Y? —dijo al fin, con la voz completamente neutra.

Ese «¿y?» me desarmó por completo.

Deslicé una mano por su muslo, por debajo del vestido rojo que llevaba, y ella no me la apartó. Al contrario: separó ligeramente las piernas y siguió hablando con Sebastián como si nada, con la voz absolutamente normal mientras yo le subía la mano por la cara interna del muslo. Cuando llegué al calzón, noté que estaba completamente empapado. No un poco. Empapado.

Moví la tela hacia un lado y le metí dos dedos sin avisar. Ella contuvo el aliento un segundo, cerró los ojos, y luego volvió a abrirlos y continuó la conversación como si no le estuviera pasando nada. Esa entereza me puso más que cualquier otra cosa de esa noche.

—Nos vamos —le dije al oído.

—Nos vamos —repitió ella, y se levantó a despedirse.

***

En el taxi no hablamos. Ella miraba por la ventana con esa expresión de quien está en otro lugar. Yo la miraba a ella. Tenía el pelo revuelto y el rouge corrido levemente en la comisura, y la luz de los faroles le pasaba por la cara cada dos segundos.

¿Con cuántos quiso que la viera bailar así?

No me atreví a preguntarlo en voz alta.

Apenas entramos al apartamento, la empujé contra el sofá que da a la ventana de la calle. No con brutalidad, pero sí con una urgencia que no podía disimular. Ella se dejó ir sin resistencia, con esa docilidad que solo aparece cuando está muy encendida, cuando ya no piensa sino que siente.

La puse en cuatro sobre el sofá, le levanté el vestido y le bajé el calzón hasta las rodillas. Ella arqueó la espalda y esperó.

—Estabas empapada desde antes de que yo te tocara —le dije—. Desde que bailabas con ellos.

—Sí —admitió sin vergüenza.

—¿Te gustó que te miraran?

Tardó un segundo.

—Sí —repitió, con la voz más baja.

Me metí de un golpe y ella soltó un gemido corto, enterrando la cara en el cojín. Le agarré el pelo y se la levanté.

—Abre la cortina —le dije.

Ella giró la cabeza para mirarme. En sus ojos había algo que oscilaba entre el miedo y el deseo, y las dos cosas eran reales al mismo tiempo.

—No… —dijo, pero ya estaba alargando el brazo hacia la cortina.

La corrió despacio. La ventana daba a la calle, y aunque era tarde y no pasaba nadie, la posibilidad estaba ahí: cualquiera que mirara hacia arriba podía ver. Ella apoyó las manos en el alféizar, con las tetas al descubierto después de que yo le bajara el vestido por delante, y se quedó ahí, expuesta hacia la oscuridad de la calle.

—¿Ahora quién te está mirando? —le pregunté mientras seguía moviéndome dentro de ella.

No respondió. Solo arqueó más la espalda y empujó hacia atrás.

La calle estaba vacía. Ni un alma. Pero eso no importaba: la adrenalina de la posibilidad era suficiente para los dos. Yo la embestía desde atrás mientras ella miraba hacia afuera, hacia esa oscuridad que podía estar llena de ojos o no estarlo, y el no saber era exactamente lo que nos tenía a los dos al borde.

Le di una palmada fuerte en el culo y ella se mordió el labio para no gritar. Le di otra. Y otra.

—Dime qué sentiste cuando Marcos te puso las manos encima —le exigí.

—Que me ardía todo —respondió con la voz ronca—. Que quería que me mirarás.

—¿Querías que te viera?

—Sí. Desde el principio. Quería que me vieras y que no pudieras hacer nada.

Eso fue lo último que necesitaba escuchar. Me vine con una fuerza que me dobló hacia adelante, apoyando el peso sobre su espalda, mordiéndole el hombro para no hacer ruido. Ella llegó casi al mismo tiempo, con esa contracción que la recorre entera y que después de ocho años todavía reconozco perfectamente.

Nos quedamos quietos un momento, sin movernos, con la ventana todavía abierta y la calle todavía vacía.

Luego ella corrió la cortina despacio, se giró, y me miró con una expresión que no era exactamente culpa ni exactamente orgullo, sino algo intermedio que no tenía nombre.

—¿Estás bien? —me preguntó, repitiendo mi propia pregunta de antes.

—Sí —respondí. Y esta vez no mentía.

***

Esa noche tardé mucho en dormirme. Valeria se quedó frita en diez minutos, como siempre, con la respiración lenta y la mano apoyada en mi pecho. Yo miraba el techo y trataba de entender qué había pasado exactamente.

No era que mi mujer hubiera hecho algo que yo no hubiera visto antes. Era que yo había visto algo en mí mismo que no sabía que estaba ahí. Esa quietud mientras los miraba. Esa decisión de no levantarme. La mano que se me metió en el bolsillo para tener algo con lo que hacer mientras esperaba.

Quería que te viera y que no pudieras hacer nada.

Lo repasé varias veces. Cada vez que lo hacía, algo se me apretaba en el estómago de una forma que no era exactamente incómoda.

La semana siguiente no hablamos de ello. No porque hubiera tensión, sino porque parecía que no hacía falta. Había cosas que quedan mejor sin palabras, suspendidas en ese espacio en el que los dos saben lo que ocurrió pero ninguno lo convierte en conversación todavía.

Hasta que llegó el cumpleaños de Valeria.

Ella quiso hacer algo en casa: una cena pequeña, solo gente de confianza. Cuando me dijo la lista de invitados, no parpadeé. Marcos, Rodrigo y Sebastián estaban en ella, con sus parejas, más cuatro botellas de vino del mismo que habíamos tomado esa noche.

Valeria me lo dijo con naturalidad, mirándome de frente, sin rodeos. Y en sus ojos había una pregunta que no estaba formulada en palabras.

—Bien —le dije—. Avisa a qué hora llegan para que esté listo.

Ella asintió. Y antes de girarse hacia la cocina, sonrió de esa manera suya que va desde la comisura hacia adentro, como si guardara algo.

Esa historia la cuento otro día.

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Comentarios (7)

Dante_22

increible, quede sin palabras!!!

CarlosMdz

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo esto

SrMaduro

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años. Esa mezcla de celos y excitacion es muy real, mas comun de lo que la gente cree. Muy bien contado.

NocheRoja7

Lo que describe al principio del relato, ese momento de darse cuenta... ahi lo enganche y ya no pude parar de leer. Tremendo

LuciaNov

Me gusto mucho como manejaste las emociones del protagonista, no es facil escribir sobre eso sin que suene forzado. 10/10

GustoDeLeer

buenisimo!! sigue asi

CuriosaTotal88

Tenes mas relatos de este tipo? Quiero leer mas, este me encanto

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