El plomero no sabía que la cámara estaba activa
El aire acondicionado del cuarto pequeño que Mateo había convertido en su despacho gemía bajo, un murmullo eléctrico que tapaba el silencio del resto de la casa. Sentado frente a la pantalla principal, mantenía las manos apoyadas en los muslos, los dedos crispados de tanto esperar. La cocina aparecía ahí, nítida, casi quirúrgica, con la luz de la tarde rebotando contra los azulejos blancos y la isla de mármol. En el centro de esa escenografía perfecta, Renata terminaba de armar el cuadro.
Movió un poco el ratón. La imagen avanzó dos pasos y se fijó en ella.
Renata sabía que él la estaba mirando. Esa certeza era el primer hilo de un placer que ya conocía de memoria. Estaba de pie junto a la mesada de granito, fingiendo repasar la factura del gas, pero cada gesto venía ensayado. Llevaba una musculosa fina, de algodón blanco, tan delgada que se notaba que no había nada debajo. El aire frío de la casa le marcaba los pezones contra la tela, dos puntos firmes que rompían el blanco con una insolencia tranquila.
El juego, sin embargo, estaba más abajo. Unos vaqueros gastados, de tiro tan bajo que parecía un desafío a la gravedad, se le abrazaban a las caderas. Por encima de la pretina, las dos tiras de una tanga negra de encaje asomaban contra la piel pálida de su espalda, una invitación silenciosa que solo se entendía si uno se quedaba mirando más de la cuenta.
El timbre sonó. El sonido llegó al mismo tiempo a la planta baja y a los auriculares de Mateo.
—Llegó —murmuró él, sintiendo el corazón latirle contra las sienes.
En la pantalla, Renata se alisó el pelo con una calma que contradecía lo que venía. Cruzó el comedor hacia el recibidor y por unos segundos salió de plano. Mateo cambió de cámara con un clic. La toma del pasillo la mostró abriendo la puerta.
El técnico era un tipo joven, de unos treinta y pocos, con un mameluco azul oscuro abierto hasta el ombligo y una remera gris descolorida debajo. Cargaba una caja metálica abollada y una libreta apretada bajo el brazo. Tenía esa indiferencia de quien entra a diez casas por día y nunca registra nada que no sea una rosca o una llave de paso.
—Buenas tardes. Vengo por la pérdida —dijo, secándose las manos en un trapo.
—Pasá. Es acá en la cocina —respondió Renata, con esa voz líquida que Mateo le conocía perfectamente, la que reservaba para los desconocidos y que él, desde su escondite, sabía descifrar a la primera nota.
Volvieron a la cocina. Mateo regresó al plano cenital. La cámara central le daba una sensación de control que disfrutaba en silencio. Era el único espectador autorizado, el director de una función que nadie más sabía que estaba ocurriendo.
El técnico apoyó la caja contra el zócalo y se arrodilló frente al mueble de la bajo mesada. Renata se quedó de pie, un paso por detrás, más cerca de lo que cualquier desconocido habría aceptado sin incomodarse.
—Yo creo que pierde por el flexible —dijo ella, apoyando una mano en la mesada e inclinándose apenas hacia adelante.
El gesto despegó la tela del torso. Desde el suelo, si el hombre levantaba un poco la cabeza, la vista era directa, sin pudor posible. Mateo lo vio dudar, casi en cámara lenta. El técnico se quedó un segundo más de lo necesario buscando una llave inglesa que ya tenía a mano. La cocina, antes neutra, se había llenado de una densidad pegajosa que no estaba en el plano arquitectónico de la casa.
—Voy a cerrar la llave de paso —dijo el hombre, con la voz un punto más áspera. Se incorporó y se dio vuelta.
Quedó frente a Renata, a un palmo escaso. Los ojos de él, traicionando todos los entrenamientos del oficio, bajaron. Fue un acto reflejo, casi un parpadeo. La mirada recorrió la curva de los pechos marcados en el algodón, siguió por la línea del abdomen y se enredó un instante en el vientre desnudo, en el ombligo, en la franja de encaje negro que asomaba contra el hueso de la cadera.
Renata no se movió. Hizo lo contrario. Levantó los brazos como si se acomodara el pelo y se estiró como una gata perezosa en una siesta de domingo. La musculosa subió. El vaquero bajó. La curva entera de sus caderas y la tanga negra quedaron expuestas, una imagen prohibida en medio de una tarde de jueves cualquiera.
Desde el despacho, Mateo contuvo el aire. Tenía el perfil del técnico justo de costado: podía verle el sonrojo subiendo por el cuello, la manzana de Adán moviéndose al tragar saliva con dificultad. Ese era el clímax del juego, el instante exacto en que el contrato social se quebraba en silencio, en que el hombre dejaba de ser un técnico para convertirse en un mirón forzado, atrapado dentro de una escena que él no había escrito.
—¿Necesitás que te alcance algo? —preguntó Renata, bajando los brazos despacio, sin cubrirse del todo.
El hombre carraspeó y desvió la vista hacia la ventana con un esfuerzo visible.
—No, no… tengo todo acá. Es un minuto.
Volvió a tirarse al suelo, casi escapando hacia la seguridad oscura de las cañerías. Pero ya no tenía la calma del principio. Una pinza se le resbaló de la mano y rebotó contra los azulejos con un golpe metálico que sonó como un disparo en el silencio de la casa.
Renata se agachó a recogerla.
Mateo gimió sin sonido, los labios entreabiertos contra el micrófono apagado. Ella lo estaba haciendo a propósito. Le dio la espalda al hombre y bajó en cuclillas, con esa lentitud que solo se entiende cuando se sabe que dos pares de ojos están midiendo cada centímetro. La columna se le marcó debajo de la tela fina. La pretina del vaquero se tensó hasta el límite. El encaje negro gritó su presencia. El técnico, desde el suelo, tenía una vista panorámica que no podía dejar de mirar aunque supiera que estaba mirando lo que no debía.
Cinco segundos eternos. El tiempo se detuvo entre las paredes blancas. El hombre no se movió. Renata, sabiéndose observada por los dos —uno presente y atado a la pinza de la realidad, el otro distante y voraz detrás de un monitor—, sostuvo la postura un instante más antes de incorporarse y tenderle la herramienta.
—Se te cayó —dijo ella, con una sonrisa apenas insinuada.
El hombre tomó la pinza sin rozarle los dedos, como si la piel de ella le quemara.
—Gracias —masculló.
El resto del trabajo transcurrió en un silencio denso. El técnico se movió con una rapidez impropia del oficio, sin levantar la vista del suelo, pero Mateo, que se había convertido en un experto en leer cuerpos a través de la pantalla, vio la tensión en cada músculo de su espalda. Estaba hiperconsciente de la presencia de Renata, de su respiración, del roce de la tela cuando se inclinó a llenar un vaso de agua. Cuando ella se lo ofreció, él lo bebió de un solo trago, casi sin pensar el gesto, como quien acepta cualquier excusa para no quedarse mirando otra vez.
—Listo, señora. Ya no pierde —dijo, guardando las herramientas con prisa.
—¿Tan rápido? —Renata se apoyó en el marco de la puerta, bloqueando un poco la salida.
—Sí, era… era solo una junta floja. Nada más.
Cuando el técnico salió, casi al trote hacia su camioneta blanca, Renata cerró la puerta y echó el cerrojo. Después se giró despacio hacia la cámara del pasillo. Sabía exactamente dónde estaba el lente. Lo habían estudiado juntos una tarde de domingo, con un cuaderno y dos cafés tibios entre los dos.
Miró directamente a través de la tecnología, a los ojos de Mateo. Se mordió el labio inferior y, con un movimiento lento, enganchó los pulgares en el borde de la musculosa y tiró hacia arriba apenas un par de centímetros. Lo suficiente para confirmar lo que ambos sabían. El espectáculo para el extraño había terminado. Para ellos, recién empezaba.
Bajá ya, decían sus ojos a través del lente.
Mateo se sacó los auriculares. El silencio de la casa volvió de golpe, ya no neutro sino cargado, espeso, con un peso físico en el aire. Empujó la silla hacia atrás, se levantó y se dirigió a la puerta. Le temblaban un poco las manos, no por nervios, sino por la promesa concreta que lo esperaba un piso más abajo.
***
Bajó las escaleras de a una, despacio, para no romper el ritual. Ella sabía que él se tomaba siempre ese minuto exacto entre la pantalla y el cuerpo. Era parte del juego también. La distancia entre verla y tocarla tenía que estirarse hasta que doliera un poco.
La encontró en la cocina, apoyada contra la misma mesada donde, hacía cinco minutos, había estado el hombre arrodillado mirándole el escote. Tenía un vaso de agua en la mano y la musculosa todavía un poco torcida sobre la cadera derecha. El sol de la tarde le había dejado una línea de luz sobre el cuello.
—¿Y? —preguntó Renata, sin moverse.
—Te lo comió con los ojos —dijo Mateo, acercándose hasta dejar apenas un dedo de espacio entre los dos—. Se le cayó la pinza dos veces.
—Una vez.
—Dos. La segunda fue dentro del mueble, no la viste.
Ella rió bajito, esa risa ronca que solo le aparecía cuando algo le había salido perfecto. Apoyó el vaso en la mesada con un golpecito seco. Mateo la miró de cerca, sin tocarla todavía, recorriendo el mismo camino que el técnico había hecho desde el suelo. El cuello largo, la clavícula marcada, el algodón blanco tensado sobre los pechos, la tela de la pretina hundiéndose contra el hueso de la cadera.
—Quedó duro debajo del mameluco —siguió él, en voz baja—. Se le notaba cuando se levantó.
—Vos también.
—Yo siempre.
Le pasó dos dedos por la pretina del vaquero, lentamente, siguiendo el camino del encaje negro. Renata cerró los ojos un segundo y volvió a abrirlos.
—¿Qué pensabas, allá arriba? —preguntó.
—Que ibas a hacer que se quedara.
—¿Y eso te asustó?
—No.
—Mentiroso.
—Un poco.
Ella se rió otra vez. Le tomó la mano y se la subió por debajo de la musculosa hasta apoyársela contra la piel desnuda del vientre. Estaba caliente, más caliente de lo que el aire acondicionado dejaba suponer.
—Te aviso de antemano la próxima —murmuró ella, contra la oreja de él—. Para que tengas tiempo de poner las dos cámaras.
—Las tres.
—Las que quieras.
Mateo cerró los ojos. En su cabeza todavía estaba la imagen del técnico mirando lo que no debía, el sonrojo subiéndole por el cuello, el silencio espeso de la cocina, la pinza cayéndose contra el azulejo. Y, sobre todo, la pose de ella, sostenida cinco segundos más de la cuenta, sabiendo que él la estaba viendo desde un cuarto chico en el piso de arriba.
—No hace falta que avises —dijo, con la voz contra el cuello de ella—. Yo siempre estoy mirando.
Renata sonrió contra su hombro y, sin contestar, deslizó la mano hasta la nuca de él. Detrás, en la pantalla del despacho que había quedado prendida, la cámara seguía grabando una cocina vacía, el vaso de agua a medio terminar sobre la mesada y la luz de la tarde corriéndose despacio hacia las baldosas del fondo.