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Relatos Ardientes

La noche que mi vecino vio más de lo que debía

Llevábamos veintiocho años casados y la rutina se nos había metido por debajo de las sábanas sin que nos diéramos cuenta. No era falta de deseo. Carolina seguía siendo, a sus cincuenta y cuatro, una mujer que hacía girar cabezas cuando caminaba por la calle del barrio. Era el calendario, los hijos ya fuera de casa, la previsibilidad de los viernes a la noche. Y sobre todo, era esa fantasía mía que ella todavía resistía a medias.

Siempre me había gustado que la miraran. No los hombres en la vereda, eso era inevitable y poco más que un cumplido pasajero. Me gustaba que la vieran de verdad. Que la imaginaran sin la ropa, que se quedaran clavados en el escote, que esa noche pensaran en ella al apagar la luz de su mesa de luz.

Carolina cedía a cuentagotas. Había salido dos veces conmigo a cenar sin nada debajo del vestido, y cada cierto tiempo aceptaba pasearse desnuda por el departamento con las cortinas a medio correr. Le encendía saber que algún ojo curioso podía atraparla, aunque jamás lo admitía en voz alta. Tenía unos pechos firmes, sorprendentes para su edad, y una cola que llenaba los pantalones de tela liviana de una manera que todavía me dejaba sin aire.

El vecino se llamaba Fernando. Vivía solo desde que se había separado, hacía un par de años, y nuestra terraza compartía pared con la suya. Cada vez que Carolina salía a regar los helechos o a tender una toalla, él aparecía como por encanto. Se acodaba en la baranda, le preguntaba por el clima, por el trabajo, por cualquier cosa, y mientras hablaba le repasaba el cuerpo con una atención que ni siquiera disimulaba.

—Otra vez está ahí —me decía ella entrando a la cocina, fingiendo molestia.

—Otra vez está ahí porque no te ponés un buzo —le contestaba yo, sonriendo.

La verdad es que un par de veces Carolina había salido con un camisón corto que apenas le tapaba lo justo, y se había agachado a propósito para acomodar una maceta. Fernando no había vuelto a hablar nunca más con tanta atención de los geranios. Después entraba al living con las mejillas encendidas y me empujaba contra el sillón antes incluso de cerrar la puerta corrediza.

***

Una tarde de octubre, con un calor adelantado y los chicos viajando por sus cosas, Carolina estaba en la terraza recortando unas hojas secas. Yo había vuelto antes del estudio y me senté en el living a leer, con la puerta corrediza entornada. No se daba cuenta de que estaba ahí.

Fernando salió a los dos minutos. Empezó por lo de siempre: el calor, el barrio, lo poco que se veía a sus padres. Después soltó una pregunta más calculada.

—¿Y Diego sigue de viaje?

—Sí, anda haciendo capacitaciones por el interior. Vuelve los viernes.

—Te ve poco entonces. Si alguna noche te sentís sola, me decís. Para algo somos vecinos.

Hubo un silencio largo. Carolina respondió algo amable, una de esas frases de cortesía que no comprometen nada, y entró al departamento con la cara encendida. Cuando me vio sentado en el sillón, abrió grande los ojos y me hizo el gesto universal de no decir nada.

—No hagas escándalo —me pidió en voz baja—. Mejor lo evitamos.

—No voy a hacer escándalo —le dije, y le pasé una mano por la cintura—. Tengo una idea mejor.

***

Esa noche cené ligero, le serví a Carolina una copa generosa de Malbec y le conté el plan en voz baja, como si nos pudiera escuchar alguien. Quería que Fernando, después de su frasecita de la tarde, recibiera una lección que no iba a olvidar. No un grito, no una pelea. Algo que le quitara el sueño durante semanas.

Le expliqué la idea con las manos primero, recorriéndole los muslos por debajo de la falda. Le pellizqué los pezones por encima de la tela y se le cortó la respiración, como me pasaba siempre con ella en ese punto exacto. Le metí la mano entre las piernas y la encontré ya mojada. Me costaba creer que después de tanto tiempo todavía me hiciera ese efecto, y todavía se lo hiciera yo a ella.

—¿Estás segura? —le pregunté contra su oreja.

—Estoy más que segura —me contestó—. Le voy a dar algo para que se acuerde toda la vida.

Esa es mi mujer, pensé, mientras le mordía el cuello.

Apagué las luces principales del living y dejé encendida nada más que la lámpara de pie del rincón. Esa lámpara tenía una luz cálida, dorada, perfecta para una escena de cine. Después corrí las cortinas a un costado y entreabrí la puerta de la terraza con un ruido a propósito, como si estuviera ventilando.

Esperé el primer movimiento del otro lado. No tardó. Escuché la silla de Fernando arrastrándose suavemente sobre las baldosas. Imaginé su cabeza asomando sin querer queriendo, los ojos buscando una rendija de información en la penumbra dorada de nuestro living.

Carolina entró descalza, con una bata corta de seda que le había regalado para un aniversario y que casi nunca usaba. La dejó caer al lado del sillón. Quedó parada, completamente desnuda, en el medio del living. La luz cálida le marcaba la curva de las caderas y le sacaba un brillo suave en la espalda. Tragué saliva.

—Acercate —le dije, sentándome en el borde del sillón.

***

Carolina caminó hasta donde estaba yo, se arrodilló frente al sillón y empezó a desabrocharme el pantalón con una calma que era pura provocación. Yo giré apenas el cuerpo para que la escena quedara perfectamente encuadrada hacia la puerta de la terraza. Si Fernando se asomaba un poco más, vería el perfil de mi mujer arrodillada y la curva de su espalda baja, esa que tantas veces le había visto adivinar bajo los camisones.

De reojo capté el primer movimiento real. La sombra de su cabeza apareció en la baranda, indecisa, después firme. Estaba mirando. Y yo sabía que ella sabía que él estaba mirando.

Carolina me la metió en la boca despacio, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Conocía mi cuerpo de memoria, sabía dónde apoyar la lengua, sabía cuándo detenerse y respirar contra la piel para que se me erizara la espalda. Esa noche, además, lo hacía sabiendo que la estaban observando, y eso le agregaba una dimensión nueva. Cada vez que levantaba la cabeza para tomar aire, abría apenas las rodillas para mostrarse mejor.

—Está ahí —le susurré.

—Ya sé —me contestó sin sacarse la boca llena.

Estuve a punto de terminar dos veces. Tuve que apartarla con suavidad y respirar profundo. Le pedí que se diera vuelta y se pusiera de pie, dándome la espalda. Lo hizo sin protestar, con los pies bien separados sobre la alfombra. Apoyé una mano en su nuca y la incliné hacia adelante, lo justo para que toda su retaguardia quedara servida en bandeja hacia la terraza.

Le pasé la palma abierta por la espalda, le bajé los dedos por el surco, le rocé el centro despacio. Estaba empapada. La tomé de las caderas y entré de un solo movimiento. El gemido que le salió no fue actuado, pero tampoco intentó disimularlo. Quería que Fernando lo escuchara.

—Más fuerte —me pidió en voz alta, mucho más alta de lo necesario—. Más fuerte, Diego.

El nombre dicho así, casi a los gritos, era para él. Para que supiera quién era el que estaba ahí adentro y de quién era cada gemido.

***

Cambiamos de posición varias veces. La senté en el sillón con las piernas abiertas mirando directo hacia la terraza y me arrodillé entre ellas. Le pasé la lengua despacio, mordiéndole apenas la cara interna del muslo, mirándola a los ojos. Carolina se aferraba al respaldo del sillón con una mano y con la otra se acariciaba un pezón. La luz dorada le caía en la garganta echada hacia atrás. Era la imagen más obscena y más hermosa que había visto en años.

Cuando la sentí cerca, la levanté, la senté encima mío y la hice cabalgar de cara a la terraza. Le agarré los pechos por detrás, le pellizqué los pezones con las dos manos, le bajé una mano al clítoris y empecé a girarle el dedo en círculos lentos. Carolina gemía sin freno, sin cuidar la voz, sabiendo que cada sonido cruzaba la pared y se metía en los oídos del vecino. La sentía temblar entera contra mi pecho.

Se vino primero ella, con una sacudida larga que le hizo arquear toda la espalda y soltar un grito que no se había escuchado en ese departamento en años. Yo le sostuve la cadera para que no se me cayera. Después se dio vuelta otra vez, se arrodilló frente a mí y volvió a metérsela en la boca con las piernas bien abiertas en pleno hacia la puerta. Duré poco. Terminé dentro de su boca, sin sacarme, y ella se tragó todo despacio, mirándome.

Recién entonces giramos la cabeza hacia la terraza. Fernando estaba parado contra la baranda, con la mano sobre el pantalón, ya sin disimular nada. Tenía la cara desfigurada por una mezcla rara de excitación y vergüenza, esa cara de alguien que no sabe si esconderse o quedarse para siempre clavado en lo que está viendo. Le sostuve la mirada un par de segundos, sin gestos, sin sonreír. Después corrí la cortina con calma, como quien cierra un telón al final de una función.

***

Carolina se rió bajito contra mi cuello mientras yo la abrazaba sentado en el sillón. Le temblaban un poco las piernas. Yo no podía dejar de pensar en la cara de Fernando recortada contra la noche, en cómo había pasado de la vergüenza a la fascinación sin moverse del lugar.

—Le destrocé la cabeza para una semana —dijo ella, todavía agitada, con la voz ronca.

—Para un mes, mínimo. Para tres, si te pones a hacer cuentas.

Nos quedamos un rato así, desnudos en el living, sin prender ninguna luz más. Carolina me acariciaba la nuca con la yema de los dedos, despacio, como si recién nos hubiéramos conocido. Cuando finalmente nos fuimos a la cama, sentí algo que hacía mucho no sentía. Ganas de que llegara el día siguiente para ver qué cara tenía el barrio.

***

Lo que pasó después fue, en cierta forma, lo más interesante de todo. Fernando dejó de ofrecerle compañía a Carolina cuando yo estaba de viaje. Dejó de hacer preguntas indirectas sobre mi agenda. Pero pasaba más tiempo que nunca en su terraza. Aparecía a la hora en que ella regaba, a la hora en que tomábamos un café afuera, a la hora en que se hacía de noche. Saludaba con la cabeza, decía dos o tres palabras de circunstancias y volvía a sentarse, fingiendo leer un diario que nunca pasaba de página.

Carolina cambió un poco también. Empezó a salir a la terraza más seguido, con la bata mal cerrada, sin necesidad de que se lo pidiera. Y cuando volvía a entrar al living, me buscaba con la mirada y se mordía el labio.

No le hemos vuelto a dar otra función. Por ahora. La idea está ahí, suspendida entre los dos como una promesa, y a veces, cuando la veo cerrar las cortinas con demasiado cuidado, sé que ella también la está pensando. Algún viernes de estos, cuando Fernando menos se lo espere, vamos a volver a olvidarnos de la cortina.

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Comentarios (4)

Tania_nocturna

excelente!!! me enganche desde el principio y no pude parar

GabiMendoza

La idea de abrir las cortinas a proposito... eso es lo mas emocionante del relato. Muy bien logrado.

MironFeliz

el pobre vecino no durmio esa noche jajaja

lectora_ansiosa

Muy bueno, bien escrito y con un ritmo que te atrapa. Espero que subas mas relatos de este estilo!

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