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Relatos Ardientes

Mi novia virtual aceptó desnudarse delante de mí

Me llamo Diego, tengo cuarenta y dos años y vivo en Zaragoza. Llevaba un tiempo desconectado del mundo, encerrado en mí mismo después de unos meses muy oscuros que no vienen al caso, pero que me dejaron sin energía para casi nada. Sobre todo, sin ganas de conocer gente nueva ni de empezar relaciones.

Por aquellos meses, una plataforma de contenido para adultos se había puesto de moda y yo terminé suscribiéndome a varias chicas. Más por aburrimiento que por otra cosa. Veía sus fotos, miraba sus vídeos, y al rato sentía esa misma soledad de antes, multiplicada. Necesitaba algo distinto. Algo que se pareciera, aunque fuera de lejos, a tener a alguien al otro lado del teléfono.

De entre todas las chicas, había una que llamaba mi atención por algo que iba más allá del cuerpo. Escribía bien. Tenía sentido del humor en los comentarios, hablaba con sus suscriptores como si no le pesara, y se notaba que detrás de la pantalla había una persona con cabeza. Se llamaba Lucía. Tenía veintitrés años y vivía en Bilbao.

Una noche, en uno de esos momentos en los que uno hace cosas que no se atrevería a la luz del día, le escribí. Le hice una propuesta concreta: quería que fuese mi novia virtual. Le pagaría sesenta euros al mes y a cambio quería un trato como si tuviéramos algo. Buenos días, buenas noches, contarnos el día, conversaciones largas, consejos, y, cuando me apeteciera, algo más caliente.

Le expliqué que no buscaba un encuentro real. Que no iba a presionar para que nos viéramos. Que si en algún momento alguno de los dos decidía cortarlo, no pasaba nada. Le dejé clarísimo que no era una propuesta para citarse, sino para tener compañía a distancia.

Pensé que me iba a dejar en visto. Pero respondió. Me dijo que la propuesta era distinta a todo lo que le habían planteado hasta entonces, y que le hacía gracia probar. Que ella tampoco había hecho nunca algo así con un suscriptor, y que prefería ser sincera: si en algún momento se sentía incómoda, lo cortaríamos sin reproches.

—Trato hecho —escribí.

—Trato hecho —respondió ella.

***

Lo que empezó como un capricho terminó funcionando mejor de lo que yo esperaba. Lucía no era una chica buscando a alguien que la mantuviera, ni yo era un viejo intentando comprarse una novia. Éramos dos personas que, por motivos distintos, encajábamos en una rutina extraña que a ambos nos venía bien.

No hablábamos todos los días. Había semanas de mucho contacto y semanas en las que apenas cruzábamos un mensaje. Cuando ella tenía exámenes, desaparecía. Cuando yo arrastraba uno de mis días malos, era ella la que escribía primero, preguntándome cómo estaba. Y yo le devolvía el favor cuando me contaba algún disgusto, alguna pelea con su pareja, algún ligue que no había salido como esperaba.

Porque Lucía tenía pareja. Era parte de las reglas, lo respetábamos los dos. Lo nuestro no entraba en conflicto con eso. Yo nunca le pedí más de lo acordado y ella nunca cruzó esa línea conmigo.

Con los meses fue ganando confianza. Me empezó a mandar fotos cotidianas: cómo se vestía para ir a la universidad, qué cena se estaba haciendo, el café de la mañana. Después llegaron las otras. Selfies en ropa interior antes de salir de fiesta, fotos en la cama con un camisón corto, y muy pronto cosas más fuertes: primeros planos de sus tetas con los pezones duros asomando entre los dedos, fotos boca abajo con el culo levantado y las bragas metidas entre las nalgas, y algún vídeo corto en el que se abría el coño con dos dedos y me susurraba mi nombre. Yo le respondía con audios diciéndole lo que le haría, cómo le mamaría el coño hasta dejarla temblando, cómo le metería la polla hasta el fondo, y ella me devolvía audios jadeando mientras se corría en su cama.

Un día le confesé que llevaba meses masturbándome con sus fotos y sus audios. Que la conocía más de lo que conocía a casi nadie y que, a la vez, no la había visto nunca en persona. Ella se rió y me dijo que le pasaba un poco lo mismo, que sabía cosas mías que nunca le había contado a su novio, y que el morbo de no haberme puesto cara la mataba.

—Tú a mí me ves todos los días —escribió—. Yo a ti ni siquiera sé si te crece la barba.

No le había enviado ni una sola foto mía en todo ese tiempo. No por esconderme, sino porque ella me había dicho desde el principio que prefería no verme, que la cabeza le iba más rápido cuando podía imaginarse a la persona del otro lado.

***

Pasaron once meses así. Y entonces apareció el viaje.

Por trabajo tenía que pasar tres días en Bilbao. Cuando se lo conté, se le quedó la conversación callada un rato largo. Estaba escribiendo y borrando, escribiendo y borrando, podía verlo por los puntitos del WhatsApp. Al final mandó solo una frase.

—¿Quieres que nos veamos?

Le respondí que sí, pero le propuse algo concreto para que no se sintiera presionada. Le dije que podíamos comer juntos, charlar como siempre, y que después, si los dos seguíamos cómodos, le quería plantear una cosa. Algo que no implicaba tocarnos. Algo que respetaba a su pareja y mi propia incapacidad de manejar lo que sería un encuentro de verdad.

Le expliqué la idea por escrito. Quería que después de comer, subiéramos a mi habitación del hotel. Y que allí, sin tocarnos ni una sola vez, ella se desnudara delante de mí. Que se sentara enfrente y se dejara mirar, igual que la había mirado en cientos de fotos. Y yo, frente a ella, me masturbaría la polla sin moverme del sillón, hasta correrme viéndola tocarse el coño. Le pagaría el equivalente a dos meses de nuestra rutina por esa tarde.

—Mirar y nada más —le escribí—. Ni un dedo encima.

Tardó dos días en responderme. Cuando lo hizo, me dijo que aceptaba con una condición: que la regla del no contacto la repitiéramos los dos en la habitación, en voz alta, antes de empezar. Necesitaba escucharlo de mí.

—Tienes mi palabra —le respondí.

***

La reservé en un hotel del centro. Cuando entré en el restaurante esa tarde y la vi sentada en una mesa del fondo, sentí algo raro. No era la sensación de conocer a alguien nuevo. Era casi como volver a ver a alguien con quien hubiera compartido un montón de cosas, pero al que nunca le había dado un abrazo. Llevaba el pelo recogido y una camisa abierta sobre una camiseta blanca. Se levantó cuando me reconoció.

—Diego.

—Lucía.

Nos dimos dos besos como si fuera lo más natural del mundo. La comida, en realidad, fue una comida cualquiera. Hablamos como hablábamos siempre, con los mismos silencios cómodos y los mismos chistes. La única diferencia era que esta vez yo le veía la cara cuando se reía y ella me veía las manos cuando gesticulaba. Pequeñas cosas que el WhatsApp no transmite.

Cuando pedimos los cafés, me preguntó directamente.

—¿Sigues queriendo lo que dijimos?

—Sigo queriéndolo. ¿Y tú?

Asintió sin decir nada.

Subimos juntos al ascensor. No hablamos. Cuando se cerró la puerta de la habitación, fue ella la que repitió la regla en voz alta, mirándome a los ojos, como me había pedido por mensaje.

—No nos tocamos. Ni tú a mí, ni yo a ti.

—No nos tocamos —repetí.

***

Para romper el hielo, propuse algo medio en broma. Una prenda ella, una prenda yo, por turnos. Funcionó. Empezó por los zapatos, yo por los zapatos. Después los calcetines, el reloj, los pantalones. Cuando le tocó la camiseta, dudó un segundo y la dejó caer al suelo. Llevaba un sujetador negro sin nada de especial, pero a mí me pareció más obsceno que cualquier lencería que me hubiera mandado por foto. Ya se me marcaba la polla dura por encima del bóxer y ella lo miró de reojo sin decir nada, humedeciéndose el labio.

Cuando se llevó las manos a la espalda para desabrocharse el sujetador, se me cortó la respiración. Las copas cayeron hacia adelante y aparecieron sus tetas, más pequeñas de lo que las había imaginado por las fotos pero con los pezones más grandes, oscuros, ya tiesos por el frío o por lo que fuera. Se quedó un instante con los pechos al aire, sin taparse, dejando que la mirase. Yo me quité la camiseta y me bajé el bóxer de un tirón. La polla me saltó hacia arriba, dura, y ella la miró sin disimular ni un segundo.

—Joder —dijo bajito—. Es más grande de lo que me había imaginado.

—No me habías imaginado nada —le respondí—. No sabías ni si me crecía la barba.

Se rió y se metió los pulgares en las bragas. Se las bajó despacio, agachándose, y me enseñó el culo antes que el coño. Cuando se enderezó y me miró de frente, la tenía entera delante. Coño depilado con una franjita fina, labios rosados, piernas largas, el estómago plano. Toda mía para mirar y no tocar.

Aproveché que la habitación tenía dos sillones grandes enfrentados, separados por una mesa baja. La distancia entre uno y otro era de tres o cuatro metros. Suficiente para verla entera. Suficiente para que ninguno cruzara esa línea.

Cuando ya no nos quedaba ropa, se sentó en el sillón con las piernas cruzadas. Yo me senté enfrente, con la polla apuntando al techo, pegada al vientre. Estuvimos un rato así, sin decir nada, mirándonos. Era una mezcla de pudor y de morbo que no esperaba sentir a estas alturas.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora haz lo que hagas cuando estás sola.

Sonrió y se acomodó contra el respaldo. Descruzó las piernas muy despacio y las dejó abiertas, apoyando un pie en el borde del sillón para que yo le viera bien el coño. Empezó por los pechos, con las dos manos, sin teatro. Se los amasaba, se pellizcaba los pezones entre el índice y el pulgar, tirando de ellos hacia arriba hasta ponerlos rojos. Después una mano bajó por el estómago, se demoró en el ombligo, y siguió más abajo. Se pasó dos dedos por encima del coño, muy lento, arriba y abajo, todavía por fuera, como si estuviera calentándose para mí.

Cuando abrió los labios con los dedos y me enseñó lo rosa que tenía por dentro, ya estaba mojada. Se le veía el brillo desde donde yo estaba. Metió el dedo corazón hasta el fondo, lo sacó, y con el mismo dedo empezó a hacerse círculos sobre el clítoris.

—Mira lo empapada que me tienes —murmuró.

Cerró los ojos un momento, como si necesitara reencontrarse con la sensación, y cuando los abrió me estaba mirando otra vez.

Yo ya tenía mi mano sobre la polla. Llevaba minutos imaginándomelo y no me costó nada empezar. La agarré por la base y la subí y bajé despacio, apretando bien la cabeza en cada pasada. Un hilo de líquido preseminal me caía por el glande y lo usé para lubricar toda la longitud. Lo que me costó fue mantener el ritmo lento. Quería durar. Quería ver toda la película sin saltarme escenas.

***

Lucía se movía en el sillón como si estuviera bailando muy despacio. Subía y bajaba las caderas siguiendo su propia mano, se mordía el labio, dejaba escapar algún sonido que se perdía contra el respaldo. Se metía dos dedos hasta los nudillos y los sacaba brillantes, para pasárselos por el clítoris haciendo un ruido húmedo que llenaba la habitación. De vez en cuando me miraba la cara, otras veces me miraba la mano. Yo intentaba hacer lo mismo: a veces sus ojos, a veces sus tetas colgando cuando se inclinaba, a veces su coño abierto con el dedo dentro.

—Enséñamela bien —me dijo—. Quiero ver cómo te la meneas.

Me eché atrás en el sillón, abrí las piernas y dejé la polla en el centro para que la viera entera. Empecé a masturbármela más rápido, con el puño cerrado, arriba y abajo, dejando que ella escuchara el ruido de la piel resbalando sobre sí misma.

—Así, chúpatela con la mano —soltó, y se rió de su propia frase—. Joder, qué polla tienes.

Ella se apretaba los pezones con la mano libre mientras seguía frotándose el coño. Empezó a jadear más fuerte, con la boca abierta, y en un momento se llevó los dedos empapados a los labios y se los chupó sin dejar de mirarme.

—Sabes a algo —dijo—. Ojalá me lo estuvieras chupando tú.

Hubo un momento en el que dijo algo en voz baja, casi para sí misma.

—Joder.

Esa palabra, dicha así, en una habitación de hotel, después de un año hablándonos por una pantalla, me hizo perder un poco la cabeza. Tuve que parar la mano un segundo, apretándome la base de la polla con dos dedos para no correrme antes de tiempo. Ella lo notó y se rió bajito.

—No te aguantes por mí —dijo.

—Aguanto por mí, no por ti.

Volví a empezar más despacio. Ella siguió subiendo el ritmo. Subió las piernas al sillón, apoyó los pies en el borde, y desde mi posición pude verla entera: el coño rosa completamente abierto, el ojete apretadito debajo, los dedos yendo y viniendo cada vez más rápido, la otra mano ahora entre las piernas también, una haciendo círculos sobre el clítoris y la otra metiéndose tres dedos dentro. Era una imagen que llevaba meses imaginándome y que estaba muy lejos de lo que yo había sido capaz de imaginar. Era mejor. Era real.

—Diego, me voy a correr —dijo con la voz entrecortada—. Me voy a correr mirándote la polla.

—Córrete, joder. Córrete para mí.

Llegó antes que yo. Se le tensaron las piernas, se le encogió el estómago, se le arqueó la espalda separándola del respaldo, y dejó escapar un quejido largo que no se esforzó por disimular. Los dedos le seguían dando vueltas al clítoris mientras se le escapaba un chorrito de líquido que le mojó la mano y le corrió por el interior del muslo. Se quedó un rato temblando, apretándose el coño con la palma abierta, y cuando por fin abrió los ojos me miró desde el otro sillón con los ojos brillantes y me dijo:

—Ahora tú. Quiero ver cómo te corres. Quiero ver cuánto sale.

Le hice caso. Cambié el ritmo, empecé a machacármela rápido y fuerte, apretando la cabeza en cada bajada, mirándole el coño chorreando desde el otro lado de la mesa. Ella se abrió las piernas todavía más para mí, se metió dos dedos hasta el fondo y los dejó ahí, quietos, para que yo tuviera dónde mirar.

—Imagínate que estás dentro —me dijo—. Que me estás follando por detrás. Que me tienes agarrada del pelo.

Tardé poco. Demasiado poco, para mi gusto. Se me tensó todo el cuerpo, se me pusieron los huevos apretados contra la base, y me corrí soltando cuatro o cinco chorros gordos de semen que me cayeron sobre el estómago, en el pecho, uno hasta la clavícula. Solté un gruñido largo y me dejé caer contra el respaldo, con la polla todavía palpitándome en la mano y el semen tibio resbalando por la piel.

Ella lo siguió todo sin apartar la mirada, con esa sonrisa suya de quien sabe lo que está haciendo. Se llevó otra vez los dedos a la boca y se chupó lo suyo mientras me miraba embadurnado.

—Joder, cuánto sale —murmuró—. Toda esa carga era para mí.

Cuando acabé, los dos nos quedamos en silencio un rato, recuperando el aliento desde sillones distintos, sin movernos.

—Joder, qué raro ha sido esto —dijo, y se rió.

—Raro y bueno —respondí.

—Raro y bueno —repitió.

***

Aquel encuentro fue el primero. Han venido otros después. En algunos seguimos respetando la regla como esa primera vez. En otros, los dos hemos cambiado de opinión sobre la marcha y ha habido manos donde antes solo había miradas, y bocas donde antes solo había manos, y una polla mía dentro de un coño suyo que llevaba un año imaginándome. Pero esa tarde en la habitación del hotel, con tres metros de distancia entre nosotros y un año entero de conversaciones a la espalda, es a la que sigo volviendo cuando me acuerdo de Lucía. Porque fue ahí donde entendí algo: no siempre hace falta tocar para que algo te marque. A veces, mirar es más que suficiente.

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Comentarios(8)

SergioBsAs7

Increible, de los mejores relatos que leo ultimamente. Saludos desde Buenos Aires!

PaulaLect92

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo entre ustedes

ElMatias_ok

Muy bien narrado, se nota que es real. Sigue así!

Ale_Cba

Algo parecido me paso con una chica que conoci por instagram, esa tension del primer encuentro en persona no tiene precio jaja. Muy bueno el relato

RamonCidra

tremendo!!! que tension la de ese momento

MarcelaBaires

Y como siguio la historia despues? siguieron viendose o fue solo ese encuentro?

Valen_noc

Eso de conocerse meses por mensajes y finalmente verse en persona es algo unico. Lo describiste perfecto, se siente la emocion

CarinaR

me encanto!!! sigue escribiendo por favor

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