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Relatos Ardientes

El cuarto de los agujeros y la mirada de mi marido

A petición de un lector voy a contar esto con un poco más de detalle del que suelo. Espero que no os incomode.

Lo que sigue es real, como todo lo que escribo aquí. A Iván y a mí nos gusta probar cosas nuevas, salirnos del guion, sentir que cada fin de semana podemos descubrir algo distinto sin tener que romper nada. Esta vez fue idea suya. Llevaba semanas hablándome del glory hole, de la idea de verme con otra persona sin saber quién era, sin ver una cara, sin escuchar un nombre. A él lo excitaba imaginarlo. A mí, para mi propia sorpresa, también.

Iván buscó durante varias noches. Acabó encontrando un sex shop en Zaragoza con cabinas privadas, a un par de horas de casa. No voy a dar la dirección, pero más de uno sabrá a cuál me refiero. Reservó un sábado por la tarde y me dejó el resto del día para prepararme con calma.

Me duché despacio. Me depilé hasta que la piel me quedó como tela fina. Me puse un vestido corto, negro, palabra de honor, que me marcaba el pecho y me dejaba los hombros al aire. Debajo, una tanga de hilo, casi nada. Tacones altos para alargar la pierna y unos pendientes largos que a Iván siempre le llaman la atención. Cuando bajé al portal y me senté en el coche, mi marido me miró de arriba abajo y soltó un silbido bajo.

—Estás para comerte —dijo.

Algo debía tener, porque en el ascensor me había cruzado con el vecino del cuarto y el hombre se quedó hablando solo. No me quitó los ojos del escote en los seis pisos que bajamos. Yo fingí no darme cuenta, pero el detalle me había dejado la piel caliente antes incluso de salir del edificio.

—¿Nerviosa? —preguntó Iván cuando arrancó el coche.

—Caliente, más bien —contesté.

Y era verdad. Llevaba toda la semana imaginando esto.

El viaje se nos hizo corto. Hablamos poco; los dos íbamos pendientes de lo que nos esperaba. Dejamos el coche en un aparcamiento cercano y caminamos las cuatro calles hasta el local. Ajusté el vestido. Contoneé las caderas al andar. Supe, por las miradas de los hombres que se cruzaban con nosotros, que esa noche cualquiera me habría querido. Me encanta provocar, sobre todo cuando él me ve provocar.

Llegamos al sex shop sin perdernos. Era pequeño, discreto, con la luz justa para mirar sin sentirse vigilada. Dentro había dos clientes que ojeaban una estantería y un dependiente joven, de barba recortada, que se acercó a nosotros con una sonrisa sin doble fondo.

—¿Os ayudo con algo en concreto? —preguntó.

Iván fue directo.

—Venimos por el glory hole.

El chico asintió como si fuera la petición más normal del mundo. Nos pidió que lo siguiéramos hasta el fondo del local. Allí había tres cabinas pequeñas con cortina pesada en la entrada. Abrió la del centro para que la viéramos. Dentro había un diván tapizado en granate, una pantalla pequeña en una pared y tres agujeros recortados a la altura de la cadera. Dos juntos, a la misma altura, y uno más bajo entre ellos.

—Podéis poner una película —explicó— o veros a vosotros mismos en directo desde la cámara, como si lo estuvierais grabando. Lo que os ponga.

Iván me hizo un gesto para que entrara yo primero. Como soy curiosa, me agaché y miré por uno de los agujeros. Detrás solo se intuía oscuridad y un murmullo lejano de voces. Volví a incorporarme con el corazón yendo a más.

Iván entró detrás. La cortina cayó pesada a nuestras espaldas. Me besó despacio, mordiéndome el labio inferior como sabe que me gusta. Subió el vestido apenas un palmo y metió la mano por dentro del tanga. Mi marido sabe dónde encontrarme. Me acarició el clítoris con dos dedos, sin prisa, hasta que empecé a respirar con la boca abierta.

—Disfruta lo que venga —me susurró—. Yo voy a estar aquí, mirando.

Me apoyó contra una de las paredes, justo entre los dos agujeros altos, y volvió a besarme. Le respondí con ganas. Iván se separó un instante y, casi a la vez, sentí otras manos sobre el vestido. Eran manos grandes, manos que no conocía. Una me apretó un pecho por encima de la tela. La otra rodeó mi cintura y, con cierta paciencia, bajó hasta el inicio del muslo.

Iván se apartó del todo. Quería verlo. Le brillaban los ojos.

Las manos del desconocido bajaron el escote y me dejaron un pecho al aire. Sentí la palma áspera, los dedos torciendo el pezón hasta arrancarme un gemido bajo, casi sin querer. La otra mano se coló por dentro del tanga y dos dedos entraron en mí sin titubear. Me tocaba alguien que conocía el camino. Iván, frente a mí, se había bajado la cremallera y se acariciaba mirándome.

—Mete una teta por el agujero —me pidió.

Lo hice. Apoyé el pecho contra la madera tibia. Pasaron unos segundos en silencio y, de pronto, sentí una lengua. Primero rodeó el pezón despacio, luego lo chupó entero, lo soltó con un beso pequeño y volvió a tragarlo. Detrás de mí, Iván me azotaba la nalga, no fuerte, lo justo para recordarme que seguía ahí. Su mano libre buscaba mi clítoris con el ritmo que conoce de memoria.

Cuando del otro lado soltaron mi pecho, por el agujero apareció algo distinto: una verga grande, oscura, ya muy dura. La miré un instante. Iván volvió al diván y me liberó. Me arrodillé. Pasé la lengua por el glande, sentí el latido bajo la piel, la lamí entera y la tomé en la boca sin prisa. Estaba caliente, olía a piel limpia. La metí hasta donde pude. La saqué. Volví a meterla. Iván, sentado, se masturbaba sin quitarme los ojos de encima.

Estuve así un rato largo. Oía respirar al hombre al otro lado de la pared, oía cómo los nudillos le tamborileaban contra la madera cuando las rodillas le fallaban un segundo.

Iván se levantó.

—Ponte condón —dijo en voz alta, hacia el agujero.

Del otro lado llegó un gruñido afirmativo y la verga desapareció un instante. Iván me ayudó a incorporarme y me volvió a apoyar contra la pared. Cuando volví a sentir las manos en mis pechos, ya estaba mojada de arriba abajo. La punta de la verga, ahora cubierta, se restregaba contra mis labios sin entrar. Yo movía las caderas buscándola. Iván me miró, asintió en silencio y, sin esperar más, fui yo misma quien se la metió.

Lo que sentí dentro me arrancó un suspiro largo. Era más larga de lo que estoy acostumbrada. Empujó. Yo me incliné hacia delante, busqué a Iván con la boca y me la llené con su verga conocida. Tenía a un desconocido empujándome desde atrás y a mi marido empujándome desde delante. Me sentía partida en dos. Me sentía, también, increíblemente completa.

A los pocos minutos, una mano nueva apareció por la otra pared, a mi derecha. Me agarró el pecho que estaba libre, me lo apretó, me lo nalgueó por debajo, me tiró del pezón hasta hacerme cerrar los ojos. Después de un rato, soltó. La mano se retiró. Por el mismo agujero se asomó otra verga, más pequeña, más fina, ya goteando.

Saqué a Iván de mi boca un segundo.

—¿Puedo? —pregunté.

Mi marido sonrió.

—Es para lo que hemos venido —contestó.

Me incliné hacia la derecha sin dejar de moverme contra la verga que tenía dentro. Tomé la nueva con la mano y empecé a masturbarla. Le pasé la lengua por la punta. Aquella verga creció rápido. Cuando noté que se le tensaba el bajo vientre al otro lado, la saqué de mi boca y la mantuve sujeta con la mano, apretando despacio. El hombre se corrió sobre mi palma. Iván me alargó una toallita sin que yo se la pidiera. Me limpié. Volví a la verga de mi marido, lo chupé con más ganas y, en un par de minutos, también se corrió en mi boca.

Quedaba el de atrás. Iván me ayudó a incorporarme, me agarró las muñecas y me las pasó a las manos del desconocido, que esperaban por el agujero. El desconocido aceptó el regalo. Apretó. Me sujetó contra la pared. La verga me llenó hasta un punto en el que tuve que cerrar los ojos otra vez. Empujó fuerte, con la cadencia exacta, hasta que me convulsioné yo primero y, a los pocos segundos, él se quedó quieto y soltó un gruñido largo. Se vino dentro del condón.

Sacó la verga por el agujero. Me llamó con un golpe suave en la madera y deslizó el preservativo cargado por mi lado de la pared. Era una cantidad enorme. Después, por el mismo agujero, asomó una tarjeta blanca.

—Cuando quiera tu pareja, que me llame —dijo una voz grave, la primera frase entera que oía de él. Y desapareció.

Tardé un momento en volver a respirar como una persona. Recogí el vestido del suelo, me lo puse, me acomodé el pecho, busqué los tacones. Iván me ayudó a peinarme con los dedos. Me besó en el cuello y noté que él también temblaba un poco.

***

Salimos al salón del local con la cara colorada del calor y de lo que había pasado allí dentro. El dependiente estaba detrás del mostrador, como si nunca se hubiera movido de allí. Le entregó a Iván otra tarjeta y un CD pequeño, sin decir gran cosa.

—Por si os apetece guardar recuerdo —comentó.

La despedida me la dio a mí, aunque hablase con él. No me perdió ojo. Mis pezones se marcaban a través del vestido, todavía tensos, y él lo sabía.

Volvimos al coche. Cogimos dirección a Logroño para cenar. No me apetecía ir directos a casa. Quería seguir sintiendo el cuerpo así de despierto un rato más.

Por el camino, Iván puso una mano en mi muslo, sin moverla, simplemente apoyada.

—La mano que te apretó el pecho la primera vez —dijo después de un rato— era del dependiente.

Lo miré de reojo.

—¿En serio?

—Tenía un tatuaje pequeño en el dorso, ¿no lo viste? Y la verga que te corriste en la boca también era suya. Por eso te ha dado tarjeta. Si quieres, la próxima vez preparamos algo más grande. Más gente. Una sala distinta.

No contesté de inmediato. Miré por la ventana, observé pasar las luces del puente sobre el río, sentí la mano de mi marido caliente en mi pierna y todavía un latido sordo entre las piernas.

—Llámalo —dije al fin.

Iván sonrió sin mirarme y aceleró un poco.

Así acaba esta experiencia. La próxima la cuento si os portáis bien.

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Comentarios (6)

Nicki_2407

Tremendo!! me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leer

Monica_BA

Que tension lograste crear... lei el excerpt y quede enganchada en el acto. Muy bueno.

SebaMonte

La idea de reconocer una mirada entre tanto anonimato me parecio brillante. Sigue escribiendo por favor

GabrielMed

Me gusto mucho la propuesta narrativa, ese juego entre lo conocido y lo desconocido esta muy bien manejado. Quiero leer mas de este estilo

Coti_baires

Se me hizo corto!! queria mucho mas, esperando la continuacion

Rodrigo_noc

Lo lei de un tiron y cuando quise darme cuenta ya habia terminado. Buen trabajo

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