Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El verano que espié a la vecina del quinto

Valencia en agosto. El calor sube desde los adoquines como un aliento espeso que no se disuelve ni cuando cae la noche. Llevo cinco veranos en este ático y el telescopio sigue apuntado al cielo solo de boquilla. Lo compré con la excusa de Saturno, de Júpiter, de la luna llena. La verdad es que hace tiempo que no lo giro hacia arriba.

Frente a mi terraza se levanta un edificio estrecho de siete plantas, con ventanas grandes y sin persiana. Los inquilinos se mudan cada pocos meses, así que el espectáculo se renueva solo. He visto matrimonios discutir sin sonido, niños pintar las paredes a escondidas, una mujer mayor que cose en el balcón a las tres de la madrugada, un chico que ensaya guitarra en calzoncillos cada lunes y miércoles.

Y entonces, en julio, llegó ella.

La descubrí una tarde de viernes, cuando la luz cae en diagonal y entra por las ventanas del lado oeste como si las atravesara. Quinta planta. Una sola habitación visible desde mi terraza: el estudio donde tenía el escritorio, la silla y el ordenador.

Lo que vi me hizo soltar el vaso.

Estaba arrodillada sobre la silla, de espaldas a la ventana, con el camisón subido hasta la cintura. Una mano hundida entre los muslos, la otra apoyada en el respaldo. La pantalla del ordenador le iluminaba la curva de la espalda y el pelo recogido en un moño flojo. Se movía despacio, en círculos cortos, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Aparté el ojo del telescopio. Volví a mirar.

Seguía ahí, idéntica, ajena al hecho de que un desconocido a treinta metros la observaba en silencio.

O eso pensé yo.

Al día siguiente, a la misma hora, miré otra vez. Ella estaba en la misma postura, en la misma silla. Pero esta vez no me daba la espalda.

Estaba de frente. Mirando directamente hacia mi terraza. Hacia el telescopio.

Y se tocaba.

La sangre me bajó a los pies y después a otra parte. Se me secó la boca. Quise apartarme y no pude. Ella mantenía los ojos fijos en mi ventana como si pudiera atravesar el cristal, como si supiera exactamente dónde estaba mi pupila contra el ocular. Se mordía el labio inferior y respiraba hondo. Cuando terminó, no apagó la luz. Se quedó sentada, mirándome.

Luego se levantó, se acercó al cristal y bajó la cortina.

Esa noche no dormí.

***

El tercer día fue el de las primeras señales.

A las nueve subí a la terraza con un café que no necesitaba. Su ventana estaba abierta y, pegado al cristal, había un papel cuadriculado. Tuve que enfocar dos veces para leerlo. Una sola palabra, escrita con rotulador negro.

Hola.

Tardé media hora en decidir qué responder. Al final cogí una hoja del cuaderno, escribí una palabra y la pegué al cristal de la terraza con cinta adhesiva.

Hola.

El cuarto día apareció un horario. «23:00» escrito en el cristal con tinta roja, en cifras enormes.

A las once en punto yo estaba detrás del telescopio, con la luz de la terraza apagada y el corazón golpeándome el cuello. Ella entró en el cuadro como si llegara a un escenario. Llevaba un kimono corto, color marfil. Lo abrió despacio, sin teatralidad, y debajo no había nada. Se sentó en la silla, de cara a mí, y separó las piernas con una calma que me pareció obscena.

Me bajé la cremallera del pantalón. La dejé verme.

Lo que pasó esa hora no se cuenta. Se respira.

***

El juego se instaló como una costumbre de verano.

Hubo noches de lencería negra y otras de bata abierta. Hubo días en los que ella fingía hablar por teléfono mientras la mano se le hundía bajo la falda; días en los que yo me afeitaba frente a la ventana del baño sabiendo que me miraba. Aprendimos un código sin palabras: una vela encendida significaba que esa noche iría despacio; una persiana a media altura, que prefería esperar. Una camisa colgada del balcón era un «hoy no, pero mañana sí».

A veces jugábamos a no mirarnos. A ignorarnos durante horas. Yo paseaba por la terraza con un libro, fingiendo que el telescopio no existía. Ella se sentaba a leer en su sillón, con los pies descalzos cruzados sobre el reposabrazos. Ninguno cedía. La tensión se acumulaba como una tormenta de calor, y al final siempre estallaba: una mano, una mirada, una postura imposible.

Una vez, sólo una, ella se quitó la ropa interior sin tocarla con las manos. La bajó con las piernas, despacio, hasta dejarla en el suelo como si fuera una serpiente que se desprendía sola. No sé cómo lo hizo. Tardé días en quitarme esa imagen de la cabeza.

Otra noche, yo me masturbé bajo la ducha sabiendo que ella me observaba a través del cristal traslúcido. Cuando salí, envuelto en una toalla, encontré en su ventana una palabra nueva.

Más.

Cada noche terminaba con el mismo vacío: piel ajena, distancia idéntica, y la sensación de haber bebido sin saciarme.

***

Un domingo de agosto, finalmente, me decidí.

Escribí en un cartón blanco con letras grandes y lo pegué al cristal antes de que oscureciera.

¿Y si bajamos?

No hubo respuesta esa noche. Ni a la mañana siguiente. Su ventana se quedó cerrada durante dos días enteros. Pensé que la había asustado. Pensé que se había mudado. Pensé en bajar al portal, en cruzar la calle, en plantarme bajo su edificio con cualquier excusa, pero no me atreví.

Al tercer día, cuando estaba a punto de retirar mi cartón, ella apareció. Llevaba un vestido negro corto y una copa de vino en la mano. Sonreía, pero no con los ojos. Pegó su nota al cristal con un gesto seco, casi violento.

No.

Y cruzó las piernas como quien cierra una puerta.

***

El verano siguió. Yo respeté la regla. Nunca volví a proponer nada. Ella volvió al juego como si no hubiera pasado nada, y yo aprendí que aquello no era el preámbulo de otra cosa: aquello era la cosa.

Hubo una semana de fiebre. Otra de lluvia, la única lluvia de agosto, en la que ella se quedó mirando el cristal mojado con una tristeza que me llegó a través del telescopio como si fuera una mano. Hubo una noche en la que se quedó dormida en la silla, con la lámpara encendida y el portátil abierto entre los muslos. La tapé con la mirada hasta que amaneció.

Y entonces llegó la última noche.

***

Era finales de septiembre. La temperatura había bajado lo justo para abrir la terraza sin que el aire pesara. Yo estaba en mi puesto: desnudo de cintura para arriba, detrás del telescopio, esperando.

Ella no se desnudó.

Apareció vestida con vaqueros y una camiseta blanca, los hombros desnudos. Llevaba el pelo suelto por primera vez. Encendió la lámpara de la mesa y se sentó en la silla, sin apartarme la mirada. Luego cogió el móvil y empezó a teclear.

Un minuto después, proyectó algo contra la pared de su estudio. Una imagen grande, nítida, pensada para que yo la viera.

Era una foto. Tomada desde su ventana hacia la mía. Se veía mi terraza, el telescopio, la cortina abierta, mi silueta inclinada sobre el ocular. Estaba ahí, mi cuerpo expuesto, mi rutina, mi ritual. Llevaba semanas fotografiándome.

Pero no era eso lo que me clavó al suelo.

En primer plano, dentro de la foto, junto al alféizar de su ventana, había una silla de ruedas vacía.

Debajo de la imagen, escrita en blanco sobre el muro proyectado, una frase con su letra.

Aquí arriba también se juega. Pero no se baja.

Tardé en entender. Después tardé en respirar. Después tardé en mirar otra vez.

Ella seguía sentada en la silla del escritorio, sin moverse. La misma silla que yo había imaginado durante semanas como un trono, como una pose, como un capricho. La misma silla en la que se arrodillaba para mí, en la que se abría para mí, en la que dormía con el portátil entre los muslos. Esa silla.

Me incorporé sin saber qué hacer con las manos. Pensé en escribir algo. En levantar un cartel. En cerrar la cortina y no volver a mirar nunca más. En cruzar la calle, llamar al telefonillo, subir y mandar al carajo la regla, su «no», la distancia, el verano entero.

No hice nada de eso.

Me senté en el suelo de la terraza, con la espalda contra el cristal, y dejé que el telescopio siguiera apuntando hacia ella. La oí encender un cigarrillo. La vi exhalar el humo contra la luz amarilla de la lámpara. Me bajé el pantalón muy despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y empecé a tocarme con los ojos abiertos.

Arriba se juega. Abajo no se baja.

Lo entendí esa noche, y lo entendí cada noche del invierno siguiente, cuando volví a la terraza y a su ventana, y ella seguía ahí, y seguíamos siendo dos cuerpos a treinta metros, ardiendo en silencio, sin tocarnos jamás.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios (5)

OjoCurioso_67

jajaja el titulo me engancho de entrada y el relato no decepciona. Muy bueno!!!

Valentina_mdq

Me encanto como esta narrado, se siente tan real. Por favor continualo!

Mirón_Distraído

La tension al inicio es lo mejor, ese giro del telescopio sin esperar nada y de repente... perfecto. Muy bien escrito

Gringa_loca

madre mia!!! Leido de un tiron, se hizo cortisimo

CuriosaK_88

¿Son cosas reales las que contas? porque se siente muy autentico. Buenisimo el relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.