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Relatos Ardientes

Volví antes del asado y mi mujer no estaba sola

Era noviembre de 2014 y, en apariencia, mi vida funcionaba como un reloj suizo. Llevaba once años casado con Mariana, teníamos dos hijos en primaria, una hipoteca cómoda y un perro que se llamaba como mi abuelo. Trabajaba de nueve a seis en una distribuidora de repuestos, y ella manejaba la casa y los chicos con esa eficiencia silenciosa de quien aprendió a no necesitar ayuda. Visto desde afuera, éramos el matrimonio modelo del barrio.

Adentro, la cama se había vuelto un mueble más. Mariana se había puesto incluso más linda con los años, con esa mezcla rara de mujer hecha y chica que todavía se reía de chistes tontos. Tenía las caderas anchas, los pechos firmes a pesar de los dos embarazos y una boca que cuando se mordía el labio me dejaba sin aire. Yo, en cambio, había acumulado kilos en lugares poco generosos. La panza se me derramaba por encima del cinturón, y cuando me miraba al espejo de costado, prefería no insistir.

Llevábamos meses sin tocarnos en serio. Le pasaba un brazo por encima en la cama y ella se daba vuelta sin decir nada. Le pedía un beso largo y me daba uno corto. Le susurraba al oído que la deseaba y me contestaba que estaba cansada, que mañana sería otro día. Pero mañana nunca era otro día.

Hasta que Damián empezó a aparecer por casa.

Damián era un viejo amigo de la facultad que con los años se había convertido en compadre. Trabajaba como entrenador personal en un gimnasio del centro y se le notaba: medía más de un metro ochenta, hombros como percheros, brazos que tensaban las mangas de cualquier remera. Era moreno, de piel oscura, con la cabeza rapada y una manera de hablar pausada que hacía que la gente se callara para escucharlo. Tenía algo, una densidad propia, como si ocupara más espacio que el resto.

La primera vez que vino a comer un asado no pasó nada raro. La segunda tampoco, o eso me pareció. Pero a la tercera empecé a darme cuenta. Mariana, que andaba por la casa con calzas y remera vieja, se metía al baño en cuanto él tocaba el timbre y volvía con un vestido corto, sandalias con un poco de taco y los labios pintados. Olía a un perfume que yo no le conocía. Y, lo más raro, dejaba de mirarme.

—¿Te cambiaste? —le pregunté una tarde, fingiendo distracción.

—Tenía la ropa manchada de tomate —contestó sin levantar la vista.

No había rastros de tomate en la cocina.

Esa misma noche, mientras Damián se despedía con un abrazo largo, me fijé en cómo mi mujer se quedaba unos segundos de más con la cara apoyada contra su pecho. Cuando él se subió al auto y arrancó, ella se quedó parada en el umbral, descalza, con la mirada perdida en el lugar donde había estado el coche.

No puede ser casualidad, pensé.

Y entonces armé el plan.

***

Fue un sábado cualquiera. Los chicos pasaban la noche en lo de mi suegra y la casa quedaba para nosotros. Anuncié otro asado, cosa que a Mariana siempre le caía bien porque significaba que ella no cocinaba. Damián confirmó por mensaje a las once de la mañana, y a la una en punto sonó el timbre con esa puntualidad militar suya.

—Pasá, pasá —le dije, palmeándole la espalda—. Mariana ya está adentro.

Él entró con una caja de cerveza artesanal en la mano y una sonrisa demasiado relajada. Mariana, que se había metido al baño veinte minutos antes, salió en ese momento con un vestido floreado que yo no recordaba haberle visto y unos aros de plata que se le balanceaban cada vez que giraba la cabeza.

Hice como si nada. Charlamos un rato en el living, abrí las cervezas, prendí el carbón en la parrilla del fondo. A las dos en punto saqué la billetera del bolsillo y puse cara de problema.

—Mierda, me olvidé de las achuras y del chimichurri. Voy hasta la carnicería de la esquina, ¿dale?

—Te acompaño —dijo Damián, con esa cortesía suya que ahora me sonaba a coreografía.

—No, quedate. Atendé las brasas, que si se apagan empezamos de cero. Vuelvo en quince minutos.

Vi cómo se acomodaba en la silla del jardín con un alivio mal disimulado. Mariana, parada en la puerta de la cocina, jugaba con un mechón de pelo entre los dedos.

Salí. Pero no fui a la carnicería.

Manejé tres cuadras, doblé en la esquina y estacioné detrás de un volquete que tapaba la camioneta de la vista. Caminé despacio hasta la casa, con las llaves en la mano y el corazón golpeándome contra las costillas como si quisiera salirse. Antes de irme, había dejado abierto el pasador del portoncito del fondo, ese que daba al patio lateral y que casi nunca usábamos.

Entré por ahí, en silencio. El olor a carbón todavía flotaba en el aire, pero la parrilla estaba sola, abandonada. Subí las escaleras del fondo apoyando el peso en los costados de cada escalón, para que no crujieran. La puerta del dormitorio matrimonial estaba entornada. Por la rendija salía una luz amarilla y un sonido que reconocí sin pensar.

Me asomé.

***

Mariana estaba acostada en nuestra cama, sobre el cubrecama que ella misma había elegido en el centro comercial el verano pasado. Tenía el vestido subido hasta la cintura, las piernas abiertas y los ojos cerrados. Damián estaba arrodillado entre sus muslos, todavía con la remera blanca puesta pero ya sin pantalones. Su miembro colgaba pesado, oscuro, mucho más grueso que el mío, mucho más largo. La diferencia era tan grande que por un segundo me dio risa, una risa amarga que se me deshizo en la garganta.

Ella estiró la mano y lo agarró sin abrir los ojos, como si lo conociera de memoria.

—Apurate —murmuró—. Tengo poco tiempo.

—El tiempo lo manejo yo —contestó él, con una voz grave que nunca le había escuchado en una sobremesa.

Damián se acomodó. Le agarró las caderas con las dos manos, la corrió hasta el borde del colchón y se inclinó sobre ella. La punta de su miembro encontró el camino sin necesidad de guía. Mariana abrió la boca como si fuera a gritar, pero no salió ningún sonido, solo un suspiro largo, una rendición.

Él empujó despacio. Centímetro a centímetro, observando cada gesto de mi mujer. Ella arqueó la espalda, hundió los dedos en la sábana y mordió el aire.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Seguí —jadeó ella.

Yo seguía en el pasillo, con la respiración contenida, sintiendo cómo mi propio cuerpo respondía a lo que estaba viendo. Me apoyé en el marco de la puerta. Una parte de mí esperaba ofenderse, indignarse, sentir esa rabia famosa de las películas. Pero lo único que sentí fue calor. Un calor sordo que me subía desde el estómago hasta la nuca y se me instalaba en los pantalones.

Damián empujó hasta el fondo. Mariana gritó.

—Despacio —jadeó ella, agarrándolo del cuello—. Despacio que después aguanto cualquier cosa.

—Cualquier cosa —repitió él, sonriendo—. Eso quería escuchar.

Empezaron un ritmo lento, profundo, con pausas largas que parecían medidas para volverla loca. Cada vez que él se hundía hasta el fondo, ella soltaba un gemido raro, un sonido que yo le había escuchado dos o tres veces en once años, en noches muy puntuales que ya casi no recordaba. Sin pensarlo, me bajé el cierre del pantalón y me agarré.

***

No sé cuánto tiempo estuve en el pasillo. Cinco minutos, diez, quizás más. Damián la había puesto en cuatro patas sobre la cama, le sostenía la cintura con una mano y le tiraba del pelo con la otra. Mariana tenía la cara apretada contra la almohada y la boca abierta. Los gemidos ya no eran suaves: eran palabras enteras, pedidos directos, frases que yo nunca habría imaginado que mi mujer pudiera decir.

—Más fuerte —jadeaba ella—. Que se sienta hasta la cocina, dale.

—¿Y si entra tu marido?

—No va a entrar. Y si entra, que mire.

Esa frase me golpeó como un cachetazo y como un permiso al mismo tiempo. Empujé la puerta.

El crujido los frenó. Damián se quedó congelado, todavía adentro de ella, con los ojos abiertos como dos huevos. Mariana giró la cabeza apenas, con esa lentitud de quien sabe que la atraparon y ya no le importa. Cuando me vio parado en el umbral, con el pantalón abierto y la respiración entrecortada, no se cubrió. No se movió. Solo me sostuvo la mirada.

—Estabas en la carnicería —murmuró, casi como una pregunta.

—Volví antes —dije.

Damián hizo el ademán de salir de ella, de levantarse, de inventar una excusa. Le puse una mano en el hombro.

—No pares —le dije—. No pares ahora.

Él se quedó duro, sin entender. Mariana fue la primera en reaccionar. Estiró un brazo hacia atrás, le agarró el muslo y se empujó contra él, obligándolo a moverse. Damián cerró los ojos, soltó una palabrota larga y volvió a embestir.

Me acerqué hasta el costado de la cama. Me saqué la camisa, me bajé el pantalón y me quedé como había venido al mundo, con la panza al aire y todo lo demás. Por primera vez en años, no me importó. Mariana giró la cara hacia mí y me miró desde abajo, con los labios entreabiertos y los ojos brillantes.

—Vení —dijo.

Me arrodillé frente a ella. Me agarró con una mano, me llevó hasta su boca y empezó a chuparme con una hambre que no le conocía. Damián seguía moviéndose detrás. Cada empuje suyo la hacía avanzar contra mí, hacía que su garganta me apretara, hacía que yo sintiera de prestado la fuerza del otro hombre. Era una cadena de tres cuerpos atravesados por una sola corriente.

***

En algún momento Mariana se separó, me miró y dijo lo que yo no me animaba a pedir.

—Quiero a los dos.

Damián se quedó quieto, esperando una traducción.

—A los dos al mismo tiempo —repitió ella—. Adelante y atrás.

Él me buscó la mirada. No con vergüenza, no con incomodidad. Con una pregunta muda. Asentí.

Nos acomodamos despacio, sin saber bien cómo, riéndonos por lo bajo cuando los codos se chocaban y las rodillas se confundían. Damián la acostó de lado contra su pecho, con su miembro otra vez encajado en ella por detrás. Yo me ubiqué de frente, le levanté la pierna de arriba y entré por adelante, sintiendo el calor de él contra la fina pared que nos separaba. Era una sensación extraña, intensa, como si lo estuviera tocando a través de mi mujer.

Mariana cerró los ojos y soltó un sonido que no se parecía a nada.

—No paren —murmuró—. Por favor, no paren.

No paramos. Encontramos un ritmo torpe primero y después sincronizado, una coreografía improvisada en la que cuando uno empujaba el otro se retiraba. Mariana quedó en el medio, atrapada entre los dos, sin escape y sin querer escapar. Le besé el cuello, le mordí el hombro. Damián le agarraba los pechos por detrás y le murmuraba cosas al oído que yo no escuchaba.

Ella acabó primero. Fue un grito largo, sostenido, que terminó en un temblor que le recorrió todo el cuerpo. Damián fue después, con un gruñido que le salió de algún lugar profundo. Yo aguanté unos segundos más, los justos para sentir el calor del otro derramándose, y entonces también acabé, con esa sensación rara de estar dejando una marca pequeña al lado de una marca enorme, y aun así estar dejando algo mío.

***

Nos quedamos los tres tirados en la cama, mirando el ventilador del techo girar en círculos. La parrilla del fondo se había apagado hacía rato. Mariana estaba en el medio, con la cabeza apoyada en mi hombro y el brazo de Damián por encima de su cintura. Olía a sudor, a perfume mezclado con humo de carbón y a algo nuevo que no supe nombrar en ese momento.

—¿Estás bien, amor? —me preguntó ella, con una ternura que hacía años no me dirigía.

—Estoy mejor que nunca —contesté, y era cierto—. Pero quiero pedir una cosa.

Damián se tensó del otro lado.

—Hablá —dijo Mariana.

—Esto no termina hoy. Pero tampoco quiero que sea a escondidas. Si va a seguir pasando, quiero estar acá. Aunque sea sentado en el sillón, mirando. No quiero quedarme afuera de mi propia casa.

Damián tardó en contestar. Después soltó el aire de golpe.

—Es justo. Y prefiero así, la verdad. Me cagaba la culpa.

Mariana se incorporó sobre un codo y me acarició la cara con la mano todavía pegajosa.

—Vos sos mi marido —dijo, con una seriedad que me obligó a tragar saliva—. Esto solo funciona si te tengo a vos también.

Pasamos el resto de la tarde en la cama, los tres, hablando en voz baja como conspiradores. Damián confesó que desde el primer asado había sentido una corriente con Mariana que no supo cortar. Ella admitió que llevaba meses pensándolo, que mis horarios largos de la distribuidora la habían dejado sola con una cabeza que no paraba de fantasear. Yo escuché todo sin interrumpir, con una mano en la cintura de mi mujer y la otra apoyada, casi sin pensarlo, en el muslo de mi amigo.

Cuando empezó a oscurecer, Damián se vistió despacio. Mariana lo acompañó hasta la puerta, todavía descalza, y le dio un beso largo que yo miré desde el sillón sin pestañear.

—El próximo finde los chicos vuelven a lo de mi vieja —le dijo ella, mordiéndole el labio.

—Acá voy a estar —respondió él, y antes de salir me apuntó con el mentón—. Compadre.

—Compadre —le contesté.

***

Esa noche dormimos abrazados, con las marcas de manos ajenas todavía tibias en la piel. Mariana se acomodó contra mi pecho, me pasó una pierna por encima y suspiró largo.

—¿Sabés qué me gustó de hoy? —murmuró.

—Decime.

—Que dejaste de ser solo el que paga las cuentas. Hoy fuiste mi cómplice.

No le contesté. La abracé un poco más fuerte y me quedé mirando el techo.

Aquel noviembre de 2014 cambió todo. No solo el sexo, que también; cambió la manera en que nos mirábamos en el desayuno, la manera en que ella me esperaba con el café cuando volvía del trabajo, la manera en que yo le buscaba la mano debajo de la mesa cuando había gente. Algo se había desbloqueado entre nosotros, y resultó que la llave la traía un tercero.

Damián volvió muchas veces. A veces participé. A veces miré desde el sillón. Una vez me quedé dormido en el medio de los dos, con la cabeza apoyada en la espalda de ella y la mano de él en mi hombro. Pero esa es otra historia.

Esa primera noche, cuando Mariana se durmió respirando despacio contra mi cuello, entendí algo que en once años no había entendido. Estar presente a veces no es estar al lado. A veces es animarse a abrir la puerta y quedarse a ver qué pasa adentro.

Y, por primera vez en mucho tiempo, dejé de ser un espectador en mi propio matrimonio.

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Comentarios (5)

TucoLector

tremendo relato, lo leí de una sentada. Increible.

NachoBelgrano

Necesito la segunda parte ya!! Quedé completamente enganchado con el final, como puede terminar ahí??

Chucho85

Me recordó a algo que viví con una ex, esas sospechas que uno tiene pero no quiere confirmar. Muy bien narrado, se siente real.

PatriciaRos

Buenísimo!! Seguí subiendo historias así :)

Dante_cba

Lo que mas me gustó es cómo armaste la tensión antes de que todo pase. Eso de dar la vuelta a la manzana en silencio... uno ya sabe lo que va a encontrar pero igual no puede soltar la lectura. Muy buena pluma.

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