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Relatos Ardientes

Descubrí el placer de espiar a mi vecino desde el balcón

Vivimos veintidós años en una casa enorme en las afueras de Quilpué, con patio, parrilla y dos perros viejos enterrados al fondo. Cuando los chicos se fueron a estudiar y mi marido empezó a quejarse de los dos viajes diarios hasta su oficina, decidimos vender todo y mudarnos a un departamento en pleno centro, en la calle Echaurren. Yo ya no trabajaba: una operación de espalda mal cicatrizada me dejó con prohibición de esfuerzos, así que mi rutina se redujo a caminatas vespertinas, libros de bolsillo y mi cigarrito de antes de dormir, ese vicio que me niego a soltar.

El departamento es chico pero luminoso, en un séptimo piso. Lo mejor es el balcón, angosto y largo, con una baranda de fierro forjado y un ficus en maceta que Renato, mi marido, plantó la primera semana porque le pareció «un toque verde para no extrañar tanto el patio». Ese ficus, sin que él lo sospeche, se convertiría en mi mejor cómplice.

La cosa empezó una noche cualquiera. Renato dormía adentro, la tele de la sala parpadeaba sola y yo había salido al balcón con el último puchito del día. El celular se me descargó a mitad del scroll, así que levanté la vista y, por costumbre, me puse a mirar el parque que queda enfrente. Vi a una pareja joven besándose contra el tronco de un árbol, ajenos a todo, las manos de él metidas debajo del polerón de ella. Me quedé clavada un rato largo, recordando cómo Renato y yo nos comíamos a besos en cualquier penumbra cuando éramos los dos un kilo más livianos y veinte años más jóvenes.

Un suspiro mío los hizo desaparecer detrás del árbol. Quizás me sintieron, quizás se cansaron de la incomodidad. Recorrí entonces con la mirada el edificio del frente, separado del nuestro por una calle angosta y unos cincuenta metros de aire. La mayoría de las ventanas mostraban escenas domésticas aburridísimas: gente cenando frente al noticiero, una vieja regando plantas, un tipo con cara de cansancio jugando con un perro. Pero una ventana en el sexto piso, exactamente enfrente del mío y un piso más abajo, no tenía cortinas. Adentro, un hombre en short y torso desnudo remaba en una máquina instalada en medio del living.

No supe por qué me quedé mirándolo. A esa distancia y con esa luz, era apenas una silueta dorada moviéndose adelante y atrás. Treinta y pico de años, calculé. Cuerpo cuidado, hombros anchos, espalda larga. Vivía solo, eso quedó claro enseguida: el living tenía un sofá, la máquina de remo y nada más. Ni un cuadro, ni una planta, ni una mujer en la cocina pidiéndole que bajara el volumen.

Cuando paró, se colgó una toalla al cuello y atravesó el dormitorio hasta el baño. La ventana del baño era esmerilada, pero al rato la silueta apareció ahí, desnuda, ya enjabonada, y se le notaban los contornos. Sentí que el cigarrillo se me apagaba entre los dedos y que la cara me ardía como si tuviera quince años. Una parte mía pensó esto está mal, dejá de mirar. La otra parte mía pensaba algo bastante distinto.

Esa noche me acosté con el corazón rápido y no le dije a Renato lo que había visto.

***

Al día siguiente bajé temprano y caminé por la vereda del frente, fingiendo que iba al almacén. Quería medir mi propio balcón desde abajo, ver cuánto se notaba mi silueta desde la calle. Levanté la vista con disimulo: el ficus tapaba casi todo. Si me sentaba un poco más atrás, contra la pared, ni mi peor enemiga me iba a descubrir. El balcón quedaba en sombra y el reflejo del ventanal del edificio del frente, encima, hacía de espejo unidireccional. Era perfecto.

Volví arriba con un cosquilleo nuevo en el estómago. Esa misma tarde rescaté del altillo el telescopio amateur que le habíamos regalado a Tomás, mi hijo menor, cuando tenía once años y le dio por la astronomía. Estaba guardado en su funda original, con polvo, pero funcionaba. Lo monté sobre una mesita auxiliar en el rincón del balcón, detrás del ficus. Acerqué la silla de mimbre. Probé el enfoque hacia la ventana del frente. Y ahí lo tuve, casi en mi falda: mi vecino sirviéndose un jugo, con el pelo todavía húmedo de la ducha.

Esa primera semana lo observé con disciplina de aprendiz. Aprendí sus horarios. Llegaba del trabajo cerca de las ocho, se cambiaba directo a la ropa de gimnasia y remaba una hora exacta. Después se duchaba. Después cenaba algo rápido frente a un notebook. Apagaba luces alrededor de las once y media. No recibía visitas. Era guapo, sí, pero sobre todo era una rutina que me dejaba esperándolo cada noche como una colegiala mira el reloj antes del recreo.

Renato no notaba nada. Le hacía la cena, le preguntaba por el trabajo, le besaba la frente cuando se quedaba dormido frente a la tele. Después salía al balcón con mi cajetilla y me sumergía en mi otra vida, la silenciosa, la prestada, la que existía solamente del otro lado del telescopio.

***

El sábado en que todo cambió, Renato tenía una despedida en el trabajo: el dueño de la imprenta cumplía sesenta y cinco y se jubilaba. Mis dos hijos se habían ido con amigos a Pichilemu por el fin de semana largo. Yo tenía el departamento entero para mí.

Me preparé como si fuera una cita conmigo misma. Una ducha larga, un pijama de seda azul que casi nunca uso, el pelo recién secado. Saqué a la terraza una hielera con una botella de rosé fresco, una copa, mi cajetilla nueva y un encendedor. Acomodé el telescopio. Puse música baja adentro, lo suficiente para que llegara al balcón sin tapar el silencio de la calle.

La primera hora fue tranquila. Una pareja vieja del piso doce viendo una película. Una chica peinándose frente al espejo. Un perro asomado a una ventana. Pero la ventana de mi vecino seguía a oscuras. Eso era nuevo. Un sábado a las once, mi vecino debería estar en la cocina cenando. Encendí otro cigarrillo y me serví la segunda copa. Quizás salió a comer. Quizás se enfermó. Quizás tiene una cita.

La idea de la cita me caló más hondo de lo que quise admitir.

A las dos de la mañana, cuando ya había decidido recoger todo y meterme a la cama, la ventana del sexto piso se iluminó de golpe. Apunté el telescopio antes de pensarlo. Y ahí estaban: mi vecino y una chica rubia, riéndose como si fueran los únicos despiertos en la ciudad.

Ella era espectacular. Un vestido negro corto que parecía pintado, escote profundo, pantys finas, tacos altísimos. Pelo lacio, brillante, hasta los hombros. Él tenía pantalón beige y una camisa negra ajustada que le marcaba el torso que yo conocía de memoria. Estaban borrachos pero no torpes. De ese punto medio en el que todo da risa y todo da ganas.

Él puso música, supuse, porque ella empezó a bailarle alrededor sin quitarle los ojos de encima. Él la dejó hacer un rato y después se acercó por atrás y la abrazó por la cintura. Le besó el cuello. Le subió las manos por el vientre hasta apoyarlas justo debajo del escote, sin pasar al pecho todavía, esa pausa que vuelve loca a cualquiera. Yo dejé la copa en la mesita y me apoyé contra el respaldo de la silla.

Ella se dio vuelta sin soltarle la nuca y lo besó con la boca abierta. Las manos de él bajaron a las nalgas, le subieron el vestido. Yo veía cada dedo. Veía cómo apretaba, cómo soltaba, cómo volvía a apretar. El vestido terminó arrugado en la cintura de ella, dejando al aire un culo redondo, parado, de los que se sienten ofensivos. Él le mordió el hombro y le bajó un tirante. La camisa de él voló por algún lado del living.

Me di cuenta de que estaba respirando por la boca.

Ella le abrió el cinturón. Le bajó el cierre. Metió la mano. Por el movimiento del brazo supe exactamente lo que estaba haciendo, aunque la tela del pantalón tapaba lo demás. Después se arrodilló. Le bajó el pantalón hasta los tobillos. Y entonces, por primera vez en mi vida, vi en vivo un pene que no era el de Renato. Largo, totalmente depilado, oscuro contra la piel clara del muslo de él. Ella lo tomó con las dos manos, lo miró un segundo como quien mira algo bonito que le acaban de regalar, y se lo metió en la boca.

Algo se cortó adentro mío. La copa me temblaba. Sin darme cuenta había llevado la mano libre a mi propia entrepierna por encima del pijama. La saqué enseguida, avergonzada, como si Renato pudiera estar mirándome a mí también desde algún balcón. Pero adentro no había nadie. La calle estaba muerta. El ficus me tapaba. Mi vecino y su chica no sabían que existía. Devolví la mano a su lugar y apreté apenas, despacio, mientras seguía mirando por el catalejo.

***

Él la levantó por los brazos. Ella saltó y le envolvió la cintura con las piernas. Así, abrazados, se metieron al dormitorio. Por suerte para mí, el dormitorio quedaba un piso más abajo, lo que me daba un ángulo casi cenital sobre la cama. La depositó con cuidado y le terminó de sacar la pantyhose y una tanga mínima que tiró por encima del hombro como si fuera una cáscara de fruta.

Después le metió la cabeza entre las piernas.

Yo nunca había mirado a otro hombre comer a otra mujer. La forma en que ella echó la cabeza hacia atrás, mordiéndose el labio inferior, los dedos enredados en el pelo de él, me hizo cerrar los ojos un segundo. Cuando los volví a abrir, había metido la mano dentro del pantalón del pijama. Estaba empapada. No había necesitado más que mirar.

Me acomodé en la silla de mimbre, las piernas un poco abiertas, los talones apoyados en el filo del macetero del ficus. Con la mano izquierda sostenía el telescopio. Con la derecha me exploraba con una urgencia que no recordaba haber tenido nunca. Un par de movimientos circulares, lentos, y el primer orgasmo me agarró de sorpresa. Tuve que morderme el dorso de la otra mano para no gritar. La copa de vino se cayó al suelo del balcón sin romperse. Ni la levanté.

Cuando recuperé la respiración y volví a mirar, ella estaba arriba de él, cabalgándolo. No, no cabalgando: saltando. Las manos de él le sostenían los pechos. La cabeza de ella iba para atrás, para adelante, el pelo rubio le tapaba la cara. La vi inclinarse de golpe sobre el torso de él, quedarse quieta unos segundos, temblar. Acabó. Acabó sobre él, en silencio, y yo la entendí con cada milímetro de mi cuerpo.

No saqué la mano del pijama. No podía. Me masturbaba con un ritmo nuevo, ansioso, casi enojado conmigo misma. Me imaginaba ahí, debajo de él, con esas manos grandes en mis pechos en lugar de los de ella. Me imaginaba subiéndome encima. Me imaginaba pidiéndole por favor que no parara. Acabé por segunda vez con la frente apoyada contra el vidrio del catalejo, sin hacer un solo ruido.

Cuando volví a enfocar, ella estaba en cuatro y él la sostenía por la cadera, embistiéndola con una fuerza que se sentía hasta del otro lado de la calle. Le tiraba del pelo, le bajaba la cabeza, le levantaba la cintura. Yo veía la silueta de él retrocediendo y entrando, retrocediendo y entrando, y por primera vez entendí lo que significaba la palabra «hipnotizada».

Lo vi frenar de golpe. Salir de ella. Agarrarse el sexo con la mano. Ella se dio vuelta enseguida, de rodillas en la cama, y se lo metió en la boca justo a tiempo. Le tomó el pelo. La dejó hacer. Vi cómo se le tensaban los muslos a él, la espalda, el cuello. Y vi a la chica tragar sin soltarlo, despacio, mirándolo desde abajo.

Yo no me trago nada con Renato. Nunca lo hice. Pero esa noche, mientras me hundía dos dedos al fondo y con la otra mano me chupaba el pulgar mojado de mí misma, pensé que ojalá fuera mi boca la que estuviera ahí, recibiéndolo. Acabé por tercera vez, escondida tras el ficus, con el pijama bajado hasta los muslos y los ojos llenos de lágrimas que no entendí.

***

Eran casi las cuatro de la mañana cuando me obligué a levantarme. Renato podía llegar en cualquier momento. Recogí la copa, la hielera, la cajetilla vacía. Le di un último vistazo al telescopio antes de desarmarlo: ella y él, ahora abrazados en un sesenta y nueve perezoso, lamiéndose con la calma del que ya consiguió lo que quería. Lo guardé todo en su funda y entré al departamento, débil de las piernas.

En el pasillo me saqué el pijama y vi que mis fluidos habían atravesado el calzón y manchado también el pantalón. Me reí sola, en voz baja, asombrada de mí misma. Me lavé apenas, me puse una camisa vieja de Renato y me metí a la cama.

Renato llegó pasadas las cinco, oloroso a whisky barato y perfume de oficina ajena. Se acostó pensando que yo dormía, pero antes de que apoyara la cabeza, me trepé arriba de él en la oscuridad. No le di explicaciones. No le pregunté nada. Le besé como hacía años no lo besaba, y le hice cosas que tampoco me había animado a hacerle nunca. Acabamos los dos, casi a la vez, con el sol asomando ya por la ventana del living.

Después me quedé despierta, mirando el techo, escuchándolo dormir. Pensé en la chica rubia. Pensé en mi vecino. Pensé en el ficus, en el telescopio guardado y en la cajetilla vacía. Pensé en que esa noche había descubierto algo que no iba a poder devolver al cajón.

El lunes en la tarde, mientras Renato laburaba, salí a comprar una cajetilla nueva. Y un encendedor. Y, de paso, otra botella de rosé.

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Comentarios (5)

CuriosidadBA

me atrapó desde el principio, que forma tan distinta de contarlo!!

NocheCaliente77

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue todo esto

PilarF_85

Increible, se siente tan real. El detalle del telescopio de los hijos me pareció genial, que imaginacion

curiosa87

me pregunto si el vecino se enteró alguna vez... eso me dejó con ganas de mas jaja

LectoraK33

Muy bien escrito, aunque se hizo corto para todo lo que prometia desde el arranque. Ojalá haya mas!

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