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Relatos Ardientes

Vi a mi esposa con su asistente desde el jardín

Mi mujer se llama Mariana y, después de doce años juntos, sigo pensando que no hay otra como ella. Mide un metro setenta y dos, pesa cincuenta y ocho kilos, tiene la melena negra hasta los hombros y un cuerpo que hace que los hombres se queden en silencio cuando pasa. Tiene treinta y tres años y trabaja conmigo en la misma clínica desde que terminamos la especialidad. Yo soy un poco más alto, llevo el pelo corto con algunas canas que aparecieron antes de tiempo, y la naturaleza me dotó con un miembro que a ella le encanta tener en la boca durante horas.

Hace unos cuatro meses empezó a trabajar con nosotros un chico nuevo. Se llama Iván y entró como asistente directo de Mariana. Tiene veinticuatro años, el pelo castaño claro y esa mezcla rara de timidez y descaro que solo se da a esa edad. Lo invitamos a casa un par de veces por temas del trabajo, conoció a nuestros hijos, y todo parecía perfectamente cordial. Yo notaba cómo la miraba, cómo se le iban los ojos cuando ella se inclinaba sobre la mesa o se ataba el pelo en una coleta alta. Lo comenté con Mariana entre risas y ella me dijo que le parecía «tierno y un poco fantasioso». Lo dejé pasar.

La empresa organizó un fin de semana en un complejo a una hora de la costa. Había de todo: piscinas, paseos a caballo, pesca, dos canchas de tenis, un campo de golf de nueve hoyos. Nos asignaron una habitación esquinera en la primera planta, con dos ventanales grandes que daban al jardín lateral.

Los chicos se fueron a la piscina apenas dejamos las maletas. Iván se ofreció a vigilarlos un rato y yo aproveché para meter a Mariana en la habitación. La tumbé en la cama, le bajé el short y la tanga, y le comí el sexo como ella sabe que me gusta hacérselo, lento al principio y luego sin tregua. Se vino dos veces antes de que la penetrara. Después, mientras yo respiraba contra su cuello, ella se incorporó y me hizo una mamada tan larga y tan minuciosa que me corrí con la espalda arqueada contra el cabecero.

Cuando recuperé la vista, miré hacia la ventana.

Iván estaba ahí, en el jardín, de pie a cuatro o cinco metros del cristal, mirando.

Las cortinas se habían quedado descorridas con la prisa que llevábamos. No sé exactamente cuánto tiempo llevaba parado ahí. Pude ver cómo retrocedía dos pasos cuando me incorporé, y después se dio media vuelta hacia la piscina como si no hubiera pasado nada.

No le dije nada a Mariana en ese momento.

Por la noche, durante la cena, lo observé. Estaba sentado frente a ella y se reía con todo lo que ella decía. Mariana lucía un vestido de tirantes finos y un poco transparente cuando le daba la luz desde atrás. Iván intentaba no mirarle el escote y fracasaba en cada intento. Empecé a sospechar que ella se daba cuenta. No sé por qué, pero esa noche, cuando volvimos a la habitación, me quedé despierto un rato más, viéndola dormir.

***

A la mañana siguiente desayunamos los cuatro juntos. Los chicos querían ir de pesca en uno de los botes y Mariana, sin levantar la vista del café, sugirió que los acompañara yo. «Quédense ustedes los tres», dijo, refiriéndose a Iván y a ella. «Yo no aguanto estar siete horas en un bote». Iván asintió mirando el mantel.

Acompañé a los chicos hasta el muelle. Había tres botes esperando, cada uno con su monitor, y todos los asientos llenos menos los dos que ocuparon mis hijos. Me quedé un rato charlando con un par de compañeros sobre la partida de golf de la tarde y a las once decidí volver a la habitación. No tenía nada que hacer ahí abajo.

Al doblar la esquina del edificio vi dos figuras entrar por la puerta lateral, la que daba directo al pasillo de nuestra planta. Eran ellos. Por un instante me quedé quieto. Después, en lugar de seguir derecho hasta la entrada principal, rodeé el edificio por el jardín.

Me acerqué a la ventana lateral de nuestra habitación. Las cortinas estaban corridas, pero eran de una gasa tan fina que se transparentaba todo. La otra ventana, la que daba al jardín de atrás, tenía las persianas levantadas. Me acerqué a esa.

Mariana estaba sentada en la silla del escritorio, junto a la ventana. Iván estaba inclinado sobre ella, con las manos apoyadas en el respaldo. Le besaba la frente, los párpados, las mejillas. Bajó muy lentamente hasta su boca. Le pasó la lengua por el labio inferior una vez. Dos veces. Mariana giró la cara.

Va a apartarse, pensé. Va a levantarse y a echarlo.

No se levantó. Le dijo algo, sacudió la cabeza muy poco, casi un gesto de duda. Él le acarició la nuca con la mano abierta y volvió a buscarle la boca. Esta vez ella la abrió. Vi cómo se besaron hasta quedarse sin aire, con la lengua de él dentro de la boca de ella y la cabeza de ella ladeada hacia el respaldo.

Sentí el calor en la cara antes que cualquier otra cosa. Después en el pecho. Después más abajo.

Iván le bajó una mano hasta el pecho y le pellizcó el pezón a través del vestido. Mariana le agarró la muñeca, despacio, sin convicción. Él aprovechó el gesto para deslizar la mano hacia el muslo. Ella separó la boca un instante, le dijo algo —algún reparo final, supongo— y él volvió a besarla mientras le subía el vestido hasta la cintura.

Yo no podía moverme. Tenía las dos manos contra el alféizar y la respiración cortada.

Él se enderezó, se desabrochó el pantalón y se sacó el miembro. No era tan largo como el mío, pero era grueso, muy grueso. Lo sostuvo con la mano y se lo acercó a la cara de Mariana. Ella echó la cabeza hacia atrás, mirándolo con los ojos muy abiertos, como si todavía pudiera echarse atrás. Él le frotó el glande contra los labios, lento, una pasada y otra. Vi cómo Mariana sacaba la lengua y le tocaba la punta con la punta. Cómo dejaba que él se la apoyara en la mejilla. Cómo cerraba los ojos.

Y después abrió la boca.

Yo me había sacado el miembro sin darme cuenta. Me lo trabajaba despacio, casi automático, mientras la veía hacer eso que ella hace tan bien, con la lengua envolviendo y los labios ajustados y la mano libre apoyada en el muslo de él. Iván tenía los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás. Le sostenía la nuca y empezó a moverle la cabeza al ritmo que él marcaba con las caderas. Mariana se dejó.

***

Duró menos de lo que esperaba. Iván aceleró, le agarró el pelo con las dos manos, empujó hasta el fondo y se quedó así, con los músculos del culo tensos como cuerdas. Vi tragar a Mariana. La vi tragar otra vez. Y otra. Yo me corrí contra el seto, con la frente apoyada en el cristal, sin hacer ruido.

Cuando él se separó, ella se pasó el dorso de la mano por la barbilla y soltó una pequeña risa, casi tímida. Iván se arrodilló frente a ella, le acarició los muslos y le susurró algo al oído. Después le subió el vestido del todo y le bajó la ropa interior con paciencia, como si tuviera todo el día. Mariana protestó, pero no cerró las piernas. Las abrió.

Él se hundió ahí con la boca. Hundió la cara entera. Mariana se llevó las manos a la cabeza de él y se la apretó contra el sexo. Le dijo algo —no podía oírla, pero lo leí en la forma en que se le abrió la boca— y se vino muy fuerte, sacudiéndose en la silla, las piernas abiertas y el cuello tirante.

Iván se levantó sin sacar la cara enseguida. Se le veía la barba brillando. La tomó por las corvas, le dobló las piernas hacia el pecho y le metió la verga de una sola vez. Mariana soltó un grito que tuve que adivinar leyéndole los labios. Él la cogió ahí, en la silla del escritorio de nuestra habitación, durante tres minutos, cuatro a lo sumo, con los muslos de ella temblando contra los suyos.

Se vino dentro de ella. Lo vi por cómo se le tensó la espalda y por cómo se quedó pegado al fondo, apretándole las nalgas con las dos manos. Mariana lo abrazó por los hombros. Se quedaron así, sin hablar, sin moverse, mientras yo me daba la vuelta despacio y volvía sobre mis pasos por el jardín.

***

Subí al vestíbulo del hotel y atrapé a una camarera que pasaba con una bandeja de copas de champán. Tomé dos. Me las cargué al codo y empecé a llamar a Mariana desde el pasillo, antes incluso de abrir la puerta de la habitación.

—¿Mariana? Mariana, ¿estás aquí? —repetí dos, tres veces, dándole tiempo.

Cuando abrí, ella estaba recostada en la silla, con el vestido perfectamente colocado y las sandalias en su sitio. Iván ya no estaba. Mariana fingió haber estado durmiendo.

—Pensé que te ibas a quedar con los chicos —dijo con la voz un poco rasposa.

Yo le sonreí, le acerqué la copa y le dije que no, que volvían en unas horas. Brindamos. Le di un sorbo a la mía y dejé la copa sobre la mesa.

—Tengo muchas ganas de ti —le dije.

—Ahora no, mi amor. Estoy cansada. Podrían vernos.

—No va a vernos nadie.

Le subí el vestido sin esperar respuesta. Ella forcejeó un poco, lo justo para sostener el papel. Cuando le abrí las piernas y no encontré ropa interior, le levanté la barbilla con un dedo. No dijo nada. Yo tampoco. Bajé la cabeza y la besé en el pubis.

Mi plan inicial era abrirla, encontrar lo que sabía que iba a encontrar y montar una escena. Confrontarla. Hacerla llorar. Lo que tenía sentido en mi cabeza diez minutos antes había desaparecido por completo.

Me quedé mirando el sexo de mi mujer, suave y húmedo, con un hilo blanco escurriéndole entre los labios y bajándole hacia abajo. Tragué saliva. No supe en qué momento decidí lo que decidí. Pasé la lengua por toda la rajita, despacio, de abajo arriba, recogiendo todo lo que pude. Sabía salado, denso, extraño. Sabía a otro hombre.

Mariana gritó. No fingió el grito esta vez. Se le tensó todo el cuerpo y se agarró a mi pelo con las dos manos.

—No se te ocurra parar —dijo.

Y no paré. La lamí entera, le metí la lengua hasta dentro, le succioné el clítoris hasta que se vino con los talones clavados en mi espalda. Después subí y la besé en la boca, con todo el sabor de Iván todavía en mi lengua, y la penetré con una furia que no sabía que tenía. Su sexo estaba tan blando, tan resbaladizo, tan distinto al de siempre, que terminé en muy poco rato. Me corrí dentro de ella con la frente apoyada contra la suya.

Nos quedamos en silencio un buen rato, recuperándonos. Yo le acariciaba el pelo. Ella tenía los ojos cerrados y la respiración entrecortada.

—Búscalo —le dije al fin.

Abrió los ojos.

—¿A quién?

—A Iván. Búscalo y dile que suba. Quiero que te coma el sexo otra vez, conmigo dentro. Quiero que pruebe lo mío como yo probé lo suyo.

Mariana se quedó muy quieta. Le vi pasar todas las preguntas por la cara: cuándo lo había visto, cuánto había visto, por qué no había entrado, por qué no estaba enfadado, por qué le estaba pidiendo eso. No respondió ninguna en voz alta.

—Sé exactamente lo que hicieron en esta silla —le dije—. No estoy enfadado. No vamos a hablar de eso ahora. Vamos a hacer algo mejor. Llámalo.

Tardó un minuto largo. Después se incorporó, buscó el móvil sobre la mesilla y marcó. Esperó tres tonos. Le pidió a Iván que subiera con una excusa cualquiera del trabajo. Colgó sin mirarme.

Le di la última copa de champán. Brindamos otra vez, ahora con las manos tan firmes que el cristal no temblaba. Esperamos a que llamara a la puerta. Llamó a los seis minutos.

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Comentarios (5)

VoyeurMdq

tremendo relato!!! me quede sin palabras al final

PabloRdt

Por favor que haya una segunda parte, quedé con muchas ganas de saber como siguio todo

Melu_bsas

Me encanto la perspectiva del que mira desde afuera, le da una intensidad que no se ve seguido en esta categoria. Muy bien narrado.

CarlosR_bsas

Me trajo recuerdos de una situacion parecida hace años. Esa sensacion de quedar helado sin saber que hacer... muy bien capturado

LaraBA

¿Y que hizo despues de verlos? me quedé con esa duda jajaja

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