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Relatos Ardientes

Mi novia miró cómo una travesti me dominó

Después del divorcio me tomé un tiempo largo para reconstruirme. No fue solo recoger los pedazos de una casa que ya no era mía, sino volver a saber quién era yo cuando nadie me miraba. En ese proceso no renuncié a nada de lo que me gustaba; al contrario, dejé de pedirle permiso a la culpa. Cuando conocí a Lorena, ya no era el hombre que se escondía. Era alguien que sabía exactamente lo que deseaba y que estaba dispuesto a decirlo en voz alta.

Con ella la cama funcionó desde la primera noche. Había una sintonía rara, de esas que no se fuerzan, donde uno adivina lo que el otro quiere antes de que lo pida. Por eso, cuando llevábamos unos meses, decidí ser honesto. No quería arrastrar otro secreto a una relación nueva.

—Hay algo que me gusta y que nunca le conté a nadie con todas las letras —le dije una noche, todavía con la respiración agitada.

—Dilo —respondió, apoyando la barbilla en mi pecho.

—Me atraen las chicas trans. Las travestis. Tuve un par de experiencias y no las cambio por nada.

No bajó la mirada ni cambió la cara. Lorena tenía un pasado abierto, parejas con las que había explorado de todo, y esa noche solo asintió como quien recibe un dato más sobre la persona que tiene al lado.

—No me molesta que te guste —dijo—. Me parece honesto que me lo cuentes.

Ahí pensé que tenía vía libre. Me equivocaba a medias.

Dejé pasar unas semanas y se lo propuse de frente: quería un encuentro con una chica trans, los tres. Su respuesta fue un no rotundo, pero sin enojo.

—Puedo entender que te guste —explicó—. Lo que no voy a hacer es meterme yo. Y tampoco quiero que lo hagas a mis espaldas, porque eso sí sería traición.

Tenía razón y lo sabía. Pero no me rendí del todo. Le di vueltas hasta encontrar la fórmula que sí podía funcionar.

—¿Y si solo miras? —le solté una tarde—. Tú sentada, sin tocar a nadie. Yo con ella, y tú decides hasta dónde llego.

Esa idea le hizo brillar los ojos de un modo distinto. No era el deseo de participar; era la curiosidad de tener el control desde la distancia, de mirarme convertido en algo que ella nunca había visto.

—Eso sí lo haría —dijo despacio—. Me sentaría a ver. Y tú harías lo que yo te diga.

***

Conseguir a la chica fue más fácil de lo que pensaba. Hablé por mensajes durante varios días con una mujer que se hacía llamar Mara, y que tenía exactamente la energía que yo buscaba: tranquila, segura, con un sentido del humor afilado. Acordamos un día, una hora y un departamento que alquilé para que Lorena estuviera cómoda en territorio neutral.

La tarde de la cita estábamos los dos esperando. Para matar los nervios empezamos a tocarnos en la cama. Le pedí lo que ella ya conocía, lo que hacíamos en la intimidad cuando queríamos romper la rutina.

—Hazme lo de siempre —murmuré, dándole la espalda.

Lorena sabía a qué me refería. Sus dedos finos, esos dedos de uñas cuidadas que tantas veces me habían vuelto loco, empezaron a estimularme el culo con una lentitud calculada. Yo estaba boca abajo, entregado a esa sensación familiar, cuando sonó el timbre.

—Llegó —dijo ella, y noté un temblor nuevo en su voz. No era miedo. Era expectativa.

Se levantó a abrir mientras yo seguía acostado, con el cuerpo todavía caliente por lo que acabábamos de empezar. Escuché la puerta, unas palabras amables, y entonces Mara entró en la habitación.

Era más alta de lo que las fotos dejaban ver. Llevaba una falda corta, una blusa ajustada y una sonrisa que parecía saber de antemano todo lo que iba a pasar. Se acercó directo a la cama, se inclinó sobre mí y me dio un beso largo, profundo, sin pedir permiso. Un beso que no era de saludo, sino de propiedad.

Lorena se sentó en el sofá que había junto a la ventana, con las piernas cruzadas, en silencio. Desde ahí lo veía todo. No dijo nada, pero su mirada pesaba sobre mi nuca como una mano, y esa presencia callada me ponía más nervioso que la propia desconocida que tenía encima.

Mara olía a un perfume dulce, casi empalagoso, que se mezclaba con el calor de la habitación. Cada vez que se inclinaba sobre mí, su pelo me rozaba la espalda y me erizaba la piel. Había algo en su seguridad que me desarmaba: se movía como si el departamento fuera suyo, como si yo llevara semanas esperando precisamente esa tarde.

***

Mara no perdió tiempo. Mientras me besaba, su mano bajó hasta mi pene y empezó a acariciarlo con una firmeza que me cortó la respiración. Poco a poco fue moviendo los dedos más atrás, buscando el mismo lugar que Lorena había estado abriendo minutos antes. Me masturbó así un buen rato, besándome el cuello, los hombros, la espalda, mientras me giraba el cuerpo a su antojo hasta dejarme en cuatro patas sobre el colchón.

En esa posición metía y sacaba los dedos de mi culo con una paciencia que me desarmaba. Y lo más perturbador era que, mientras lo hacía, conversaba con Lorena como si nada.

—¿Segura que no te animas? —le preguntó con una sonrisa, sin dejar de moverse dentro de mí—. Hay sitio para las dos.

—No, gracias —contestó Lorena entre risas—. Yo vine a otra cosa.

—¿Y a qué viniste?

—A verlo gritar como lo que es. —Su voz cambió, se volvió grave, juguetona y cruel a la vez—. Y te lo advierto: si no grita, lo dejo. Para siempre.

Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Era la primera vez que la escuchaba hablar de mí en ese tono, como si yo fuera un objeto que ellas dos estaban evaluando.

Mara aceptó el reto. Empezó a embestir con los dedos de forma más brusca, mientras con la otra mano me apretaba el pene y me rozaba los testículos. Lorena me pedía que gritara, y yo obedecí. Al principio fingiendo un poco, después sin necesidad de fingir nada, porque el placer me arrancaba sonidos que jamás había hecho delante de nadie.

Estaba gritando como una loca y mi novia me miraba disfrutarlo. No había vuelta atrás.

De reojo veía a Lorena en el sofá. No estaba incómoda. Tenía las mejillas encendidas, una mano apretada sobre el muslo y los labios entreabiertos. Aquello la estaba prendiendo tanto como a mí, y esa certeza me excitó más que cualquier caricia.

Nunca habíamos jugado a esto, pero descubrí que ella tenía un instinto natural para mandar. Cada orden que daba sonaba más firme que la anterior, como si con cada palabra fuera entendiendo el poder que tenía sobre mí en esa habitación. Y yo, a cuatro patas, sudando, me daba cuenta de que la persona que creía conocer escondía un costado que me volvía loco.

***

Mara seguía vestida. Ni siquiera se había quitado la blusa, y yo me moría por verla desnuda, por arrodillarme frente a ella y meterme su pene en la boca. Pero la vergüenza me frenaba. Hacerlo delante de Lorena era cruzar una línea de la que ya no podría volver.

La curiosidad pudo más que la vergüenza. Estiré la mano por debajo de su falda y la encontré dura, caliente. La acaricié despacio, sintiendo su peso, mientras ella no dejaba de trabajarme el culo. Ya ni sabía con cuántos dedos me estaba abriendo. Solo sabía que cada vez quería más.

Con la mano libre, Mara tomó mi pene y empezó a masturbarme con un ritmo implacable. Yo me retorcía sobre el colchón, contorsionándome como nunca, dejándome ir en gemidos largos y agudos. Llegué con una intensidad que me dejó temblando, gritando sin pudor delante de mi novia.

Y entonces Mara hizo algo que terminó de doblegarme: recogió mi semen con los dedos y lo empujó dentro de mi culo, sin desperdiciar una gota, sin dejar de penetrarme.

—Para que no se te olvide quién manda hoy —dijo en voz baja, solo para mí.

Miré a Lorena. Asintió, satisfecha, como una directora que aprueba la escena.

***

Recién entonces Mara se desnudó. Se quitó la blusa, la falda, todo, y se subió encima de mí mientras me besaba la nuca. Sentí su pene apoyado en la entrada de mi culo, y un nudo de nervios me apretó el estómago.

—¿Tu novia es celosa? —me preguntó al oído, empujando apenas.

—No —contesté con la voz tomada.

—¿Seguro? —insistió, ganando otro milímetro. Empezaba a dolerme.

Apreté los dientes y lo dije más fuerte, casi como una declaración:

—Ella no es celosa.

Fue como una autorización. Mara empujó hasta el fondo con toda su fuerza, y yo grité de verdad, un grito que me salió desde algún lugar al que nunca había llegado. Me dolía, me ardía, y al mismo tiempo no quería que parara. Me estaban follando delante de mi nueva pareja, sin nada que nos separara, y ella seguía mirando desde el sofá.

Mara no era la más grande con la que había estado, pero se movía con una brusquedad que me arrancaba lágrimas. Y a Lorena eso le encantaba.

—Grita —me ordenaba desde su rincón—. Llora si te duele. Quiero verte llorar.

Le di lo que pedía. Exageré los gemidos, dejé salir los gritos, lloré un poco de dolor y mucho de algo que no sabía nombrar. Cada vez que mi voz se quebraba, veía a Lorena removerse en el sofá, mordiéndose el labio, hipnotizada.

Mara me embistió cada vez más rápido, clavándome los dedos en las caderas, hasta que de golpe lo sacó. Sentí su mano moviéndose furiosa detrás de mí y luego el calor de su leche cayendo sobre mis nalgas, en chorros que acompañó con un gruñido ronco.

Se desplomó un segundo sobre mi espalda, recuperando el aire. Yo me quedé inmóvil, vaciado, con el cuerpo marcado y la mente en blanco.

***

Mara se vistió sin prisa, me dio otro beso en los labios y se despidió de Lorena con una sonrisa cómplice, como dos personas que acaban de compartir un secreto delicioso. Cuando la puerta se cerró, el departamento quedó en un silencio espeso.

Lorena se levantó del sofá y se acercó a la cama. Pensé que diría algo serio, que tal vez se arrepentía. En cambio se sentó a mi lado, me corrió un mechón de pelo de la frente y me miró con una mezcla de ternura y burla.

—Así que esto eras tú —dijo—. Esto era lo que escondías.

—¿Te molestó? —pregunté, todavía sin recuperar del todo el aliento.

—Al contrario. —Se inclinó y me besó suave—. Nunca te había visto tan tú como hace un rato.

Desde ese día, algo cambió entre nosotros. Lorena empezó a llamarme «mariquita chillona» con una sonrisa, en la intimidad, cuando quería recordarme lo que había visto. Y yo, que durante años había cargado ese deseo en silencio, descubrí que entregarme delante de la persona correcta no me hacía menos. Me hacía, por fin, completo.

No volvimos a hablar de aquella tarde con vergüenza. La guardamos como lo que fue: el día en que dejé de esconderme y ella decidió mirar. El día en que le mostré, sin disfraces, exactamente quién soy.

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Comentarios (4)

TokioSoñado

Tremendo relato!! Me enganchó desde el primer parrafo y no pude parar. Sigue subiendo mas asi!

Marcos_Salta

increible

EduardoLect

Lo que mas me gustó fue la dinámica entre los tres, muy bien narrada la situación. Se nota que sabés escribir.

DelfinaON

Nunca pensé que un relato de esta categoría me iba a gustar tanto, pero acá estoy jaja. Muy bueno.

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