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Relatos Ardientes

Aprendí mi primera vez espiando en la cocina

El viernes de marzo nos cayó la consigna sobre la mesa del bar de la facultad. Una investigación grupal sobre los ecosistemas de la región, entrega el lunes a primera hora. Cami, Vale, Romi y yo nos miramos por encima de los cafés y decidimos lo único que sabíamos hacer: convertir la tarea en excusa.

—Tengo la quinta —dijo Cami, ya buscando las llaves entre los apuntes—. Mis viejos se van mañana a Europa por el aniversario. Tres días enteros para nosotras.

Tenía diecinueve años, ya no era virgen y, sin embargo, había una cosa que no me animaba a hacer. Lo pensaba antes de dormir. Lo imaginaba con cualquier chico que me gustaba un poco. Pero entre el deseo y el gesto había un hueco que no sabía cómo cruzar. Necesitaba ver para entender.

Salimos de la facultad en el auto de Cami y paramos en cada casa para avisar a nuestras familias y cargar los bolsos. A media tarde tomábamos la ruta provincial con las ventanillas bajas y la música a un volumen que enojaba a los autos vecinos.

La quinta apareció después de un portón verde y un camino bordeado de rosales. La casa era colonial, con paredes color musgo y tejas rojas, y al frente una piscina con el agua tan transparente que se veían las baldosas del fondo. En el porche nos esperaban Marta y Hugo, el matrimonio que cuidaba la propiedad. Nos ayudaron con los bolsos y se retiraron con la amabilidad de la gente acostumbrada a recibir extraños.

Subimos a las habitaciones del primer piso. Eran tres, cada una con baño, y un pasillo se abría hacia un balcón largo con vista al parque. Sin discutirlo, nos repartimos en dos cuartos. Yo terminé con Romi; Cami y Vale en el de al lado.

Quedaba sol suficiente para tirarse en las reposeras. Bajamos con bikinis, bronceadores y una jarra de limonada, y nos instalamos en el deck como si fuéramos las dueñas de todo. Entonces lo vimos.

Iván estaba podando los rosales con el torso desnudo. Cami nos lo había anunciado en el auto: el hijo de los caseros, casi de nuestra edad, que estudiaba veterinaria a sesenta kilómetros y volvía cada fin de semana a ayudar a sus padres. Tenía la espalda de un nadador y el pelo demasiado largo, y se movía entre las plantas con una concentración que no nos miraba ni de casualidad.

—Te dije —murmuró Cami, sin abrir los ojos.

—Me dijiste poco —contestó Vale.

Romi se rio. Yo no dije nada. Estaba calculando cuánto tardaría en cruzar la mirada conmigo y, sobre todo, qué iba a hacer cuando lo hiciera.

A la noche, Marta y Hugo nos sirvieron empanadas caseras y una jarra de vino tinto en la galería. Iván había invitado a dos amigos del pueblo que aparecieron con una guitarra y un fuego ya armado al fondo del parque. Cami preguntó si podíamos sumarnos. Marta nos miró como si supiera de antemano la respuesta.

—Vayan, chicas. No se metan en la pileta de noche.

Cruzamos el pasto descalzas, con una manta cada una bajo el brazo. El fogón era pequeño y olía a eucalipto. Iván puso el bafle sobre un tronco y bajó el volumen hasta que se escucharon los grillos. Nos sentamos en círculo. Yo quedé al lado de él, no por casualidad.

Habló poco al principio. Después, cuando la guitarra pasó a manos de su amigo y empezaron las canciones, se inclinó hacia mí y me preguntó cómo me llamaba. Le dije Florencia. Me dijo que le gustaba ese nombre. Me sirvió vino de una botella que sacó de no sé dónde y me ofreció un vaso de plástico. Hablamos de animales, de la facultad, de la idea ridícula de hacer una investigación seria un fin de semana.

—¿Y si en lugar de investigar te beso? —dijo en algún momento, con la cara más seria del mundo.

—Probá —contesté.

Me besó. Fue un beso lento, con las manos quietas, como si estuviera midiendo. Después me tomó la nuca y se metió más. Sentí el sabor del vino, el calor del fuego en un lado de la cara y el frío del pasto en el otro. Cuando nos separamos, tenía la sonrisa de quien sabe que ganó algo.

A la una y media, las chicas decidieron subir. Iván se ofreció a acompañarme. Caminamos por el sendero de rosales tomados de la mano, sin hablar. En la puerta de mi habitación volvió a besarme, pegado contra la madera, y deslizó una mano por mi cintura. Yo lo sentí a través del pantalón. Estaba duro. Yo estaba empapada.

Y entonces escuchamos el ruido.

Venía de la cocina, una planta más abajo, y al principio pensé que era la heladera. Después fue otro sonido. Un gemido apagado, contenido. Después una voz de mujer que decía algo que no se entendía pero que se entendía perfectamente.

Iván se quedó quieto. Yo también. Nos miramos. Y, sin decirnos nada, bajamos descalzos por la escalera.

La cocina daba a un comedor amplio separado por una columna gruesa de mampostería pintada de blanco. La luz estaba apagada, pero una lámpara de mesa al otro lado proyectaba una sombra larga sobre las baldosas. Nos pegamos a la columna. Iván me sostenía la mano demasiado fuerte.

Estaban ahí. Esteban y Lucía. Los padres de Cami. Él, desnudo de la cintura para abajo, sentado sobre el borde de la mesa larga del comedor, con la camisa abierta. Ella, arrodillada delante de él, en bata, con el cinto desatado y los hombros descubiertos. Lucía tenía las manos apoyadas en los muslos de Esteban y la cara contra su entrepierna, y se movía con una calma que no era la de quien se apura por terminar.

Lo lamía despacio. Le pasaba la lengua por toda la extensión, desde abajo hacia arriba, y al llegar a la punta lo metía en la boca sin prisa y bajaba hasta donde podía. Después se retiraba, lo miraba un instante, y volvía. Esteban tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y una mano enredada en el pelo de ella, sin tironear, solo apoyada, como si no quisiera marcar el ritmo sino simplemente estar.

—No tan rápido —lo escuché decir—. Quedate ahí.

Lucía obedeció. Se quedó con la boca cerrada en la base, lo besó, y subió otra vez. Cuando llegó a la punta, abrió la boca apenas y dejó que la saliva cayera. Después volvió a tomarlo entero.

Yo no me daba cuenta de que estaba respirando por la boca. Iván me apretó la mano y me la guio hasta su entrepierna por encima del pantalón. Lo sentí latir contra mi palma. Me incliné apenas, sin dejar de mirar la escena, y empecé a moverla.

Esteban gimió bajo. Lucía siguió. Esa lentitud era el punto, pensé. Que el placer no era apurar la lengua, sino estirar el tiempo. Que cada pausa servía. Que se podía mirar al otro a la cara y comer despacio, como si fuera una conversación.

Estuvimos así no sé cuánto. Cinco minutos, diez. Esteban se vino sin avisar y ella no se retiró. Aguantó, tragó, lo besó otra vez, y le pasó la mano por la cara como si lo estuviera consolando. Él se rio en voz baja. Le dijo algo al oído. Lucía le respondió con una risa más larga.

Iván y yo subimos las escaleras sin mirarnos. En la puerta de mi habitación, me apretó contra él una vez más y me dijo «mañana» con la voz ronca. Después se fue por el pasillo.

Romi ya dormía. Yo me acosté con la bombacha mojada y el corazón en la garganta, y me toqué hasta venirme tres veces antes de poder cerrar los ojos.

***

A la mañana siguiente, los padres de Cami se fueron temprano. Salimos a desayunar al porche y los vimos cargar las valijas en el auto, agradeciéndole a Marta por haber preparado un termo de café. Lucía me miró un segundo más de lo necesario. No sé si fue casualidad. Yo bajé la vista hasta la taza.

Hicimos la investigación con una disciplina sorprendente. Recorrimos el parque tomando notas, fotografiamos pájaros, identificamos arbustos, encontramos una víbora que nos hizo gritar y un panal de avispas que esquivamos por dos metros. Romi llevaba el cuaderno. Vale, el celular. Cami, los nombres científicos que se acordaba de algún manual. Yo iba pensando en otra cosa, y todas lo sabían.

—¿Anoche te lo cogiste? —preguntó Vale, mientras anotaba una orquídea.

—No.

—¿Pero?

—Pero algo.

Cami se rio. Romi me miró con curiosidad. No conté lo de la cocina. Eso me lo guardé.

Almorzamos un asado que Hugo preparó en el quincho. Iván no estaba. Cami me dijo que había ido al pueblo a comprar algo para su madre. Volvió a la tarde, cuando ya estábamos en la pileta, y se quedó parado en la galería un momento, mirándome sin disimulo. Yo lo saludé con la mano. Él respondió moviendo la cabeza, como si tuviéramos un secreto que ninguna de las chicas conocía.

A la noche, segundo fogón. Los amigos de Iván aparecieron con cerveza esta vez. La luna estaba enorme. Bailamos sobre el pasto, cantamos canciones que ninguna se sabía entera, nos tiramos boca arriba a buscar formas en las estrellas.

Iván me llamó con un gesto. Caminamos por el sendero hasta apartarnos del círculo del fuego. Me besó contra el tronco de un fresno y deslizó la mano dentro de mi bikini. Su dedo me encontró sin esfuerzo. Yo estaba mojada desde el momento en que lo había visto cruzar el parque.

—Quiero ir a la cocina —le dije.

Me miró sin entender.

—A la cocina. Vos y yo.

Entendió.

Cruzamos el pasto sin tomar de la mano para no llamar la atención. Subimos los tres escalones de la galería. Empujé la puerta de la cocina y le dije que se sentara sobre el borde de la mesa del comedor. La misma mesa. La luz de la lámpara seguía igual, como si nos hubiera esperado.

Le desabroché el jean sin apuro. Estuve mucho tiempo arrodillada, mirándolo, sin tocarlo todavía. Iván me miraba como si no supiera qué iba a pasar y tuviera miedo de hablar. Le besé el muslo, por encima de la rodilla, y subí lentamente hasta el principio del calzoncillo. Lo bajé.

Hice todo lo que había visto. Empecé por la base, con la lengua plana, y subí muy despacio. Cuando llegué arriba, lo besé como se besa una boca. Lo metí en la mía y bajé hasta donde pude, y me quedé ahí un instante, como había hecho ella. Lo solté. Lo volví a tomar. Cambié el ritmo cada vez que me parecía que él estaba a punto. Recordé la pausa, recordé la calma, recordé la mano apoyada en el pelo.

Iván no aguantó mucho. Pero antes de venirse, dijo mi nombre dos veces, y yo entendí, por primera vez, por qué algunas mujeres hablan del placer como de un poder.

Lo tragué porque quise. Le pasé la mano por la cara como había visto que ella hacía. Él se rio bajo, igual que su jefe sin saberlo. Me ayudó a pararme. Me besó la frente.

—Nadie me había hecho eso —dijo.

—A mí tampoco —contesté.

Levantó las cejas. No dijo nada.

***

El domingo a la tarde, Cami nos dijo que ella se quedaba a cerrar la casa con Marta, y que Iván me llevaba hasta la ciudad. Vale y Romi se fueron en otro auto con un amigo que pasó a buscarlas.

Iván manejaba con una mano. Yo iba mirando los campos por la ventanilla, con el pelo todavía húmedo de la última zambullida. A los veinte minutos, sin pensarlo demasiado, me solté el cinturón y me incliné sobre su falda.

—Vas a chocar —me dijo.

—No vas a chocar —contesté.

Le bajé el cierre del pantalón otra vez. Esta vez sabía lo que hacía. Lo tomé en la boca y lo sentí endurecer en cuestión de segundos. La pausa, la lengua, el ritmo. Sus dedos se cerraron sobre el volante con fuerza. Aceleró sin querer y después aflojó. Lo escuché respirar como si le costara.

Se vino antes de la ciudad. Y yo, por primera vez, entendí que había aprendido algo que ya era mío.

Cuando me dejó en la puerta de mi casa, me miró un instante largo.

—Que tengas suerte con la investigación —dijo.

Le sonreí.

—Saqué nueve.

—¿Cómo lo sabés?

—Lo sé.

Subí los escalones del edificio con los apuntes en una mano y el bolso en la otra. En el ascensor me miré al espejo. Tenía la cara de alguien que había dejado de tener una sola pregunta sin responder.

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Comentarios (5)

Nati_BsAs

que bueno!!! me encantoooo

TomásArg88

Excelente relato, se nota que lo viviste de verdad. Por favor sigue escribiendo!

Maxi_rosario

Me recordo a mis propias primeras veces, uno aprende como puede jajaja. Muy bien narrado

CristinaFdz

Los nervios del dia siguiente los senti yo tambien leyendo esto jeje... tremendo!

GabyPalermo

Hay segunda parte??? Espero que si, quede con ganas de mas!!

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