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Relatos Ardientes

La consulta que terminó desnudando a mi esposa

Tengo 41 años. Soy moreno, tiro para delgado pero con músculo suficiente como para que no se note que nunca he tomado proteína en serio. Mi esposa Valeria tiene 32, caderas anchas, pechos pequeños con pezones que me resultan imposibles de ignorar, piel suave, cintura que se curva hacia dentro antes de abrirse de nuevo. Es de esas mujeres que no necesita esforzarse para que la miren. La miran igual.

Lo que nunca le conté, en cinco años de pareja, es que verla mirar es parte de lo que más me excita. Que otras personas la deseen. Que yo sea el que la lleva a casa al final de la noche y ellos se queden con las ganas. Eso me prende de una forma que no sé explicar bien con palabras y que tampoco intento justificar.

Con parejas anteriores lo intenté con distintos resultados. Con Valeria nunca lo hablé de frente. Hay cosas que se van instalando solas, sin que nadie las declare.

***

Nos inscribimos en el gimnasio del barrio hace tres años. Un local sin pretensiones: dos salas, unas veinte máquinas, música que nadie eligió. Lo bueno era que quedaba a cuatro cuadras de casa.

Al principio Valeria iba con ropa que no marcaba nada. Camiseta larga que le tapaba el culo, licra opaca, todo funcional y sin intención. Pero con el tiempo empezó a notar los cambios en su cuerpo y eso le dio otra relación con la ropa. Empezó a llegar con mallas más cortas, sin la camiseta encima.

Yo le fui diciendo, con esa clase de comentarios que uno deja caer sin demasiada fuerza, que la miraban. Que el de la prensa de piernas la seguía con los ojos. Que el instructor nuevo perdía el hilo de lo que decía cuando ella pasaba cerca. Al principio ella se incomodaba un poco. Después dejó de incomodarse. Después empezó a disfrutarlo.

Un viernes me dijo, mientras se cambiaba la ropa en casa antes de ir: «Si me molestara que me miraran, elegiría otra ropa». Eso era todo lo que yo necesitaba saber.

***

El dueño del gimnasio se llamaba Marcos. Tendría 55 años, era delgado con esa musculatura de quien lleva décadas moviéndose, y tenía una manera de hablar directa que no perdía tiempo en rodeos. A los cuatro meses de ir, nos ofreció un plan de evaluación física personalizado.

—Incluye medidas completas, composición corporal, peso —explicó—. Sin eso no puedo diseñar un programa que sirva para algo.

Valeria aceptó sin pensarlo mucho. Quedaron para el miércoles a las seis de la tarde.

Yo no dije nada. Pero algo en el pecho se me movió cuando escuché «medidas completas».

***

El miércoles llegamos puntuales. El gimnasio tenía menos gente que de costumbre. Marcos nos indicó que pasáramos a la oficina del fondo: una sala alargada con la báscula en el centro, archiveros contra una pared, una repisa con trofeos y diplomas, y al fondo un escritorio con una computadora antigua. La puerta daba a un pasillo corto; desde la recepción no se veía lo que pasaba adentro.

—Cinco minutos —dijo Marcos, y salió.

Valeria revisaba el teléfono de pie. Yo me senté en la silla junto a la pared con las botellas y las toallas en las manos. La habitación olía a desinfectante y a ese olor genérico de los gimnasios que uno deja de notar al cabo de un tiempo.

Marcos entró con una libreta pequeña y una cinta métrica.

—Para las medidas necesito que se quite toda la ropa, por favor —le dijo a Valeria, sin preámbulo.

Valeria me miró.

Yo no moví un músculo. Asentí despacio, con la mandíbula apoyada sobre el puño cerrado. Por dentro sentí algo caliente subiéndome por el pecho.

—Toda la ropa —repitió Marcos, con la misma calma—. Es el procedimiento estándar. No hay nada que no haya visto mil veces.

Valeria soltó el teléfono en la silla. Se quitó la sudadera. Luego el top deportivo. Sus pechos quedaron al aire, los pezones un poco contraídos por el aire acondicionado. Marcos extendió la mano para recibir la ropa con esa naturalidad clínica que me resultó, paradójicamente, más perturbadora que cualquier mirada directa.

Valeria apoyó una mano en la pared, se quitó los tenis y los calcetines. Bajó la licra. Se la tendió a Marcos.

—El calzón también —dijo él.

Ella lo bajó, lo dobló cuidadosamente como si eso importara, y lo colocó encima de la licra. Marcos tomó toda la ropa, hasta los tenis, y la llevó hasta el escritorio del fondo. La puso sobre la silla sin apuro.

Estaba desnuda. Completamente desnuda, en el gimnasio, mientras yo tenía las manos llenas de cosas y no podía esconder absolutamente nada.

***

Marcos volvió con la cinta y empezó a trabajar. Cuello. Hombros. Pecho. Anotaba en voz alta los números, sin florituras. Cuando llegó a la cadera le pidió que separara los pies. Le pasó la cinta por la parte interna del muslo, despacio, con esa concentración de quien está haciendo exactamente lo que dice que está haciendo.

Yo me quedé quieto en la silla. Tenía una erección que no podía mostrarle a nadie. Las toallas ayudaban, por suerte.

Diez minutos después entró Santiago, el instructor de las tardes. Treinta años, ancho de hombros, con esa cara de alguien que no se complica demasiado. Traía una pregunta sobre el horario del día siguiente.

—Marcos, ¿mañana abre desde las siete?

—Sí —dijo Marcos sin levantar la vista de la libreta.

Santiago no salió de inmediato. Me miró a mí primero, asintió. Luego miró a Valeria. No fingió no verla, no buscó el techo, no hizo ninguno de esos gestos torpes que hace la gente cuando no sabe dónde poner los ojos. La recorrió despacio, con una honestidad que casi le agradecí.

—Buenas tardes —le dijo a ella.

—Buenas —respondió Valeria. Su voz sonó igual de plana que si estuviera en la caminadora.

Santiago salió. Yo solté el aire que estaba reteniendo.

***

Marcos dijo que necesitaba fotografías para el registro de progreso. Sacó el teléfono y frunció el ceño.

—Se me quedó en recepción. —Y sin más, gritó hacia el pasillo—: ¡Santiago! ¿Me traes el otro teléfono?

Santiago entró de nuevo. Esta vez se quedó cerca de la puerta mientras le pasaba el teléfono a Marcos. Antes de salir, sacó el suyo propio con un gesto que intentó parecer distraído y lo sostuvo hacia abajo, apuntando en la dirección correcta.

Yo lo vi. No dije nada.

Que grabe, pensé. Que grabe lo que quiera.

Marcos empezó con las fotos. Le pedía que levantara los brazos, que girara, que bajara los hombros. «De perfil. Bien. Ahora de espaldas.» Valeria seguía las instrucciones sin protestar, con esa expresión concentrada que se le ponía cuando hacía algo que requería atención.

Fue entonces cuando uno de los clientes habituales asomó la cabeza al pasillo. Un chico joven, veintidós años como mucho, con un tarro de proteína en la mano y cara de no haber esperado lo que estaba viendo. Detrás de él había dos más.

—Perdón —dijo el primero—. ¿Marcos?

—Esperen afuera un momento —dijo Marcos sin dejar de tomar fotos.

No se fueron. Los tres se quedaron en el umbral. Miraban a Valeria con esa combinación de sorpresa y deseo que la gente joven no sabe todavía cómo disimular. Valeria los vio. Los vio bien, uno por uno, y no se tapó ni cambió de postura.

Uno de ellos se acomodó el pantalón con un gesto que no engañaba a nadie. Otro tenía el teléfono en la mano, a la altura de la cadera, la pantalla apuntando hacia donde estaba Valeria.

El tercero me miró a mí.

—Qué cuerpo tiene su esposa —me dijo en voz baja, con esa impudicia de los que todavía no saben qué es apropiado.

—Sí —le respondí—. Ya lo sé.

Sentí que el corazón me iba a salir del pecho.

***

Marcos terminó las fotos. Les dijo a los chicos que en dos minutos los atendía, y ellos salieron con una lentitud que no engañaba a nadie, mirando a Valeria hasta el último ángulo disponible.

—Listo —dijo Marcos—. Puede vestirse.

Valeria caminó hasta el escritorio donde estaba su ropa. Caminó sin apuro, sin taparse nada. Se puso el bra primero, luego la blusa. Se quedó desnuda de la cintura para abajo mientras doblaba la licra, y cuando por fin la subió, ya Santiago había vuelto a entrar con otro instructor con el pretexto de buscar algo en los archiveros. Los dos alcanzaron a verle el coño antes de que la licra cubriera todo.

Valeria lo notó. No dijo nada.

***

Salimos de la oficina. Marcos se quedó explicando algo sobre el plan de la semana mientras Valeria escuchaba y tomaba nota en el teléfono. Yo miraba a Santiago al fondo del local, que ahora ayudaba a alguien en la prensa de piernas y sonreía sin razón aparente.

—Voy al baño —le dije a Valeria.

—Dale.

Cerré el pestillo. Me apoyé en la pared. En menos de dos minutos terminé. No había forma de haber aguantado más.

***

Cuando salí, Valeria ya estaba en la caminadora. Subí a la mía y ajusté la velocidad.

—El flaco ese me estaba filmando —me dijo sin girar la cabeza, en voz baja.

—¿En serio? —respondí, con la cara que uno pone cuando intenta parecer sorprendido.

—Y el otro también, el de la camiseta azul. Desde el pasillo.

Caminamos en silencio un momento.

—¿Te molesta? —le pregunté.

Tardó unos segundos.

—Si ya me vieron en persona, qué diferencia hace que me vean en una pantalla.

La música del gimnasio llenaba el espacio entre nosotros. Seguimos caminando.

—Además —agregó después de un rato—, con lo de hoy, ya no me va a importar que se me marque nada con la licra. Más no pudieron haber visto.

Le puse una mano en la espalda y la dejé ahí un momento.

Esa noche en casa, cuando Valeria se quedó dormida, yo seguí despierto un buen rato con los ojos en el techo, repasando cada detalle de esa tarde: la forma en que Marcos llevó la ropa al fondo del escritorio sin la menor ceremonia, la cara de Santiago cuando entró por segunda vez, la manera en que los tres chicos se quedaron en el umbral mirándola sin disculparse por ello. La forma en que ella los dejó mirar.

No hablamos más del tema. No hizo falta.

Nos quedamos en el mismo gimnasio durante un año más.

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Comentarios (5)

Sebas_lector

Increible!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, en serio.

Carmencita_88

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas jaja

RicardoB_79

Me quede sin palabras. Tremendo final.

SombrasEnRed

Me recordo a algo que me paso hace años, aunque sin el mismo desenlace jaja. Muy bien escrito, la tension se siente de verdad.

Sandra1282

Que bien construida esta historia. La forma en que narra cada momento te mete de lleno sin necesidad de exagerar nada. No pude soltar hasta el final. De lo mejor que lei por aca ultimamente!

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