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Relatos Ardientes

El casino privado donde apostaron por ella

La idea surgió en la cama, un jueves por la noche, con la habitación todavía caliente de lo que acababan de hacer. Marcos la tenía abrazada por la espalda, con la nariz enterrada en su cuello y la polla todavía húmeda apoyada contra el culo desnudo de Valeria, cuando soltó la pregunta casi sin querer:

—¿Qué quieres para tu cumpleaños?

Valeria no respondió de inmediato. Le tomó la mano y la colocó sobre su propio vientre, más abajo, hasta que los dedos de él rozaron el vello del pubis todavía pegoteado de semen.

—Algo que no se olvide. Sin cenas de familia, sin pasteles. Algo nuestro… y de unos pocos más.

Marcos se tensó en el buen sentido. Sabía adónde iba eso. La polla volvió a moverse contra ella.

—¿Cuántos pocos?

—Los que ya nos conocen. Los que saben cómo somos. —Valeria giró la cabeza y lo miró de reojo, con la boca todavía brillante de haberlo mamado hacía media hora—. Quiero una noche de casino, todos elegantes, con apuestas reales. Y el premio mayor… soy yo. Quiero que me follen entre varios, Marcos. Delante de ti. Quiero que me abran las piernas y me llenen la boca y el coño hasta que no pueda más.

Marcos tardó un segundo en responder. Después la besó en la nuca, le metió dos dedos entre las piernas y comprobó que estaba empapada otra vez.

—Se hará.

***

El grupo lo armó en dos días. Diego, el director del departamento donde trabajaba Valeria, ofreció su finca a las afueras sin que nadie se lo pidiera dos veces. Tenía alberca climatizada, jardín cerrado y una sala lo suficientemente grande para montar una mesa de blackjack y una ruleta pequeña. Discreción total garantizada.

Los invitados: Diego solo, Nicolás el profesor, Santiago el sobrino de Marcos —veintitrés años y una sonrisa que no pedía permiso para nada—, y la pareja formada por Sofía y su marido Esteban, que tenían una dinámica muy particular: ella disfrutaba de todo y él disfrutaba mirando cómo la follaban otros. Llevaban años así. Era su acuerdo y funcionaba.

Valeria entró al grupo de chat cuando ya estaban todos coordinados.

—Nerviosa y encantada —escribió—. Pero nada de flojos. Quien apueste, que apueste en serio. Quien gane, que se cobre en carne.

Marcos publicó las reglas esa misma tarde: vestimenta elegante, traje o vestido de noche. Las apuestas no serían dinero sino favores. Besos, caricias, prendas que caían, mamadas rápidas, dedos que se metían por debajo de la mesa, bailes que empezaban inocentes y terminaban con una polla dura contra un culo. Valeria sería el cierre: el premio mayor de la subasta final, disponible con las piernas abiertas para quien acumulara más fichas a lo largo de la noche.

Santiago mandó un meme de un hombre en traje bailando. Nicolás escribió: «Me acuerdo bien de aquella clase de recuperación que tuve contigo. Voy a estudiar mucho esta semana. Y a follarte igual que aquella tarde». Diego solo puso: «Preparo el bar y la mesa. Lleguen a las nueve».

***

Valeria eligió un vestido rojo con escote en uve y una abertura lateral que llegaba casi a la cadera. Debajo, nada. Ni tanga ni brasier. Cuando bajó del coche frente a la finca, los tres hombres solos ya estaban en la entrada con sus trajes oscuros y Sofía aplaudió despacio desde la escalera de piedra.

—Cumpleañera —dijo Diego, besándola en la mejilla y dejándole la mano un segundo de más en la cadera desnuda—. Esta noche eres la reina de la casa.

La sala olía a madera encendida y a algo dulce que venía del bar. Sobre la mesa de nogal brillaban fichas de colores, cartas nuevas y una ruleta pequeña que Diego había alquilado para la ocasión. Había pensado en todo.

Empezaron con champán. Las copas sonaron entre ellos, nadie hizo un brindis formal, y eso fue mejor que cualquier discurso.

—Reglas del juego —anunció Diego con esa voz grave que Valeria conocía demasiado bien de las reuniones de trabajo—. Blackjack, póker y ruleta. Quien gane la mano elige a una de las dos damas para un favor. Beso, caricia, prenda que se retira, dedos, lengua, polla en la boca… o más, si ella acepta. Todo consensuado. Al final de la noche, subasta por Valeria. El que acumule más fichas se la folla como quiera. ¿Alguna pregunta?

Nadie levantó la mano. Nicolás se acomodó el pantalón por debajo de la mesa.

***

La primera ronda fue de blackjack. Santiago ganó con dieciocho. Miró a Valeria con esa sonrisa que hacía que pareciera aún más joven.

—Valeria. Ven aquí. Quiero que te sientes en mis piernas y me des un beso largo. Y que me sientas duro debajo del vestido.

Ella se acercó sin apresurarse, con ese paso calculado que sabía que ponía a todos nerviosos. Se sentó a horcajadas, notó de inmediato la erección del sobrino de Marcos empujándole entre las piernas separadas por la abertura del vestido, le puso las manos en los hombros y lo besó profundo, con lengua, mordiéndole el labio inferior antes de soltarlo. Santiago subió una mano por el muslo, encontró la piel desnuda debajo de la tela, siguió subiendo y al descubrir que no llevaba nada gimió dentro del beso. Le pasó dos dedos por los labios del coño, ya mojados, y los sacó brillantes. Se los enseñó al resto de la mesa antes de metérselos en la boca. Sofía, desde su silla, susurró algo al oído de Esteban y le tocó por encima del pantalón. Esteban no dijo nada; solo se acomodó y siguió mirando, con la respiración un poco más corta.

Segunda ronda, ruleta. Ganó Nicolás.

—Sofía —eligió—. Quítate el vestido. Despacio. Y después ven a chuparme los dedos como si fueran otra cosa.

Sofía se levantó sin dudar. Puso música con el teléfono y fue bajando la cremallera de la espalda centímetro a centímetro, dejando que todos vieran cómo el tejido cedía. Cuando el vestido cayó al suelo quedó en tanga y brasier negro. Se acercó al profesor, se arrodilló entre sus piernas, le tomó dos dedos y se los metió en la boca hasta el fondo, hundiendo la lengua alrededor, chupándolos con ruido y con los ojos clavados en los de él. Esteban la miraba con los ojos muy abiertos y una expresión que no era de desaprobación; era de una calentura antigua y sostenida.

Tercera ronda. Diego ganó el póker con par de ases. No miró a Sofía.

—Valeria. Aquí. Quiero que me hagas un baile… y que termines de rodillas mamándomela delante de todos.

Valeria rodeó la mesa lentamente, rozando los hombros de cada uno al pasar. Cuando llegó a Diego, bailó con esa distancia precisa que generaba más tensión que cualquier contacto directo: caderas, giro, la espalda vuelta hacia él un momento antes de voltearse y sentarse en su regazo, restregándole el culo sobre el bulto del pantalón hasta que él le clavó los dedos en la cintura. Después, sin que nadie tuviera que pedirlo dos veces, se arrodilló frente al director, le abrió el cinturón, le bajó la cremallera y le sacó la polla ya durísima. La sostuvo un momento en la mano, la observó como se observa una cosa preciada, y después se la metió en la boca hasta la garganta. Diego echó la cabeza atrás. Ella subía y bajaba con una lentitud calculada, dejando que la punta le rozara el paladar, sacándola del todo para pasarle la lengua desde la base hasta el glande, mirándolo a los ojos mientras le escupía saliva encima y volvía a tragársela. Le acarició los testículos con una mano, con la otra se agarró del muslo del jefe. Diego le tomó la nuca y le marcó el ritmo. Ella dejó que la usara. Cuando notó que estaba a punto, ralentizó, apretó la base con los dedos y lo detuvo justo antes.

—Todavía no, jefe —dijo con la voz un poco ronca, la boca brillante y un hilo de saliva en la barbilla—. La noche es larga.

Diego apretó la mandíbula. La sala entera contuvo la respiración.

Marcos observaba desde su silla con la copa en la mano y una expresión que no era celos. Era algo más parecido al orgullo. Se ajustó la propia erección debajo del pantalón sin ninguna vergüenza.

—Sigan —dijo—. La noche acaba de empezar.

***

Las siguientes rondas fueron más rápidas y más sueltas. Las fichas cambiaban de manos con cada partida. También las prendas y las lenguas. Santiago le arrancó el brasier a Sofía con los dientes después de ganarle a Nicolás en un póker ajustado; le mamó los pezones ahí mismo, sobre la mesa, mientras ella se retorcía sujetándole la cabeza con las dos manos. Nicolás se vengó en la siguiente ronda pidiéndole a Valeria que se subiera al borde de la mesa y abriera las piernas para él, sin levantarse el vestido demasiado, solo lo suficiente para dejarle acceso. Valeria lo hizo sin perder la compostura. El profesor arrimó la silla, le pasó las manos por dentro de los muslos, se inclinó y le comió el coño delante de todos durante lo que a Valeria le parecieron minutos larguísimos, chupándole el clítoris con paciencia de docente, metiéndole la lengua, apartándose para mirar cómo latía, volviendo a hundirse. Ella se agarró al borde de la mesa con los nudillos blancos y arqueó la espalda cuando se corrió por primera vez esa noche, sin importarle que la vieran temblar.

Diego ganó una mano y le pidió a Sofía que se sentara sobre la cara de Valeria mientras él le follaba con dos dedos por detrás. Sofía obedeció, se abrió sobre la boca de la cumpleañera y le montó la lengua sin miramientos, apoyando las manos en la cabecera de la mesa. Esteban aplaudió una vez, suave, y se llevó la copa a los labios.

Para cuando llegó la medianoche, Sofía estaba en tanga con los pechos al aire y una mancha oscura de humedad entre las piernas, y Valeria solo llevaba el vestido rojo, arrugado, subido hasta la cintura la mitad del tiempo, con las bragas que nunca hubo por dentro. Todos lo sabían. Nadie necesitó decirlo.

Diego anunció la subasta final.

—Contamos las fichas. Quien tenga más se lleva a Valeria a la habitación principal. Treinta minutos. Lo que ella quiera… o lo que él pida.

Contaron. Empate entre Santiago, Nicolás y Diego.

Marcos sonrió desde el otro extremo de la mesa.

—Como organizador de esta noche, propongo una enmienda: los tres ganadores comparten el premio. Juntos. Yo entro al final.

Valeria los miró uno por uno, despacio, con el vestido a media caída de un hombro. Después asintió.

—Quiero eso. Los tres a la vez. Quiero salir de esta cama con las tres pollas encima.

***

La habitación principal de la finca tenía una cama king y ventanas que daban al jardín. La luna entraba oblicua por los cristales y hacía que todo pareciera un poco irreal, como si el volumen del mundo se hubiera bajado y solo quedaran los cuerpos y la respiración.

Valeria se quitó el vestido ella sola, de espaldas a los tres, dejando que lo vieran caer por completo. Quedó desnuda, con la piel enrojecida por el champán y por las horas anteriores, los pezones duros, el coño brillante entre los muslos. Después se giró.

Santiago fue el primero en acercarse. La besó en la boca mientras le agarraba los pechos con las dos manos, apretándole los pezones entre índice y pulgar hasta arrancarle un gemido. Nicolás le pasó las manos por los hombros desde atrás, le apartó el pelo y empezó a lamerle la nuca y la línea de la columna hacia abajo, arrodillándose para acabar mordiéndole las nalgas y separándoselas con los pulgares para pasarle la lengua entre ellas sin ningún reparo. Diego se quedó un momento observando, con la chaqueta ya en el suelo y los brazos cruzados, estudiándola con esa mirada de jefe que Valeria detestaba en el trabajo y que en ese contexto le humedecía aún más. Después se desnudó él también, sin prisa, y se acercó con la polla erguida contra el vientre.

La empujaron sobre la cama. Ella cayó de rodillas sobre el colchón. Santiago se puso delante y le puso la polla contra los labios; ella abrió la boca y él se hundió hasta hacerla arcada, sujetándola por la nuca. Diego se colocó al lado, con la suya reclamando también atención; Valeria alternaba entre los dos, mamándole a uno mientras masturbaba al otro con la mano llena de saliva, cambiando cada pocos segundos, con las mejillas hundidas y los ojos llorosos. Detrás, Nicolás le abrió las piernas, la agarró de las caderas y la penetró de una sola embestida honda que la hizo gemir con la polla del sobrino todavía en la boca.

Las embestidas de Nicolás iban al ritmo con el que la boca de ella subía y bajaba, como si los tres se hubieran puesto de acuerdo sin hablar. Cada empujón por atrás la hacía tragar más profundo por delante. Diego le metía la polla en la boca cuando Santiago la sacaba, y viceversa; Valeria pasaba de una a otra con la lengua fuera, ávida, escupiéndoles saliva encima, tomándoselas hasta la base cuando el aire se lo permitía.

Cambiaron sin palabras. Nicolás salió y se puso boca arriba en la cama; la subieron encima de él y ella se sentó a horcajadas y se lo clavó hasta el fondo, con las manos apoyadas en el pecho del profesor. Santiago se colocó por detrás y la empujó hacia adelante para lamerla y prepararla; después de un rato empujó también, despacio, hasta hundírsele en el culo. Valeria soltó un gemido largo con los ojos cerrados cuando sintió las dos pollas al mismo tiempo, llenándola por delante y por atrás. Diego se puso delante, le agarró el pelo y le metió la suya en la boca. Los tres se movieron a la vez, empujando en sincronía, y Valeria dejó de ser una persona con nombre y se convirtió en cuatro cavidades abiertas para que la usaran.

Los cambios de posición ocurrían sin palabras. Alguien la tomaba de las caderas, otro le pasaba la mano por el cabello, ella arqueaba la espalda y el gemido que soltaba no era para nadie en particular y era para todos al mismo tiempo. Se corrió dos veces así, apretándolos por dentro, temblándoles encima, sin dejar de mover la boca.

Marcos entró cuando ya los tres llevaban un rato ahí. Los cuatro le hicieron sitio sin interrumpir nada. Él se acercó a Valeria, le apartó el cabello sudado de la frente y la besó despacio en la boca, saboreándole las tres pollas en la lengua.

—Feliz cumpleaños —le dijo en voz baja.

Ella abrió los ojos. Los tenía brillantes y con las pestañas pegadas.

—El mejor de todos —susurró—. Córrete tú también dentro. Quiero salir de aquí llena.

Marcos se sumó. Se turnaron. Santiago fue el primero en correrse, entre las tetas de Valeria, dejándole hilos blancos que le llegaron hasta el cuello. Nicolás se corrió dentro del coño con dos empujones finales que la doblaron sobre la cama. Diego eyaculó en la boca abierta de ella y le pidió que se lo mostrara antes de tragar; Valeria obedeció, enseñó la lengua llena y luego cerró la boca despacio. Marcos la puso a cuatro patas al final y se hundió en el culo todavía tibio, agarrándola por las caderas, marcando embestidas lentas y profundas hasta vaciarse él también con un gruñido bajo. Valeria se dejó caer boca abajo sobre el colchón, con semen en el pelo, en la espalda, entre los muslos y en las sábanas, y sonrió con la cara aplastada contra la almohada.

***

Abajo, Sofía y Esteban habían encontrado el sofá grande de la sala. Ella se había desnudado del todo y estaba a cuatro sobre los cojines, con el marido detrás sujetándola por las caderas y follándola despacio y hondo mientras le hablaba pegado a la oreja. Le decía en voz baja lo mucho que le había gustado verla así, mamándole los dedos al profesor, dejándose desnudar en la mesa, con los otros mirándole las tetas. Sofía gemía asintiendo, con la boca abierta contra el respaldo. Cada tanto Esteban le pasaba dos dedos por delante y le tocaba el clítoris al mismo tiempo que empujaba, y ella se corría gritando bajito. Era su dinámica desde hacía años: Sofía se entregaba a todas las pollas que vinieran y Esteban se la follaba después con una calentura acumulada que no sabía explicar bien pero que tampoco necesitaba explicar.

***

El sábado amaneció con olor a café recién hecho y al rastro de la noche anterior. La finca de Diego era diferente con luz de día: más grande, más tranquila, con ese jardín que nadie había visto bien la noche anterior porque todos estaban ocupados con otras cosas. La alberca brillaba bajo el sol de la mañana como si fuera ajena a todo lo que había pasado dentro.

Bajaron en distintos momentos, con batas y camisetas prestadas, con esa languidez que solo tiene la mañana después de una noche muy larga. Nadie fingió que lo de la noche anterior no había pasado; simplemente lo dejaron ahí, presente pero sin necesidad de ser comentado, como un acuerdo tácito que todos habían firmado antes de dormirse.

El desayuno en la terraza fue largo. Frutas, pan, huevos, café. Alguien abrió el champán sobrante a las once porque nadie protestó. Las conversaciones iban de un lado a otro sin destino fijo: el partido del domingo, una película que nadie había visto, el trabajo que todos tenían pendiente y que ninguno quería mencionar demasiado.

Las caricias durante el desayuno eran pequeñas y naturales: una mano que se quedaba un momento de más en un hombro al pasar, un beso rápido en el pelo, Nicolás sirviéndole zumo a Sofía con una mano y colándole la otra por debajo de la camiseta prestada para pellizcarle un pezón, sin ningún drama, ante la sonrisa cómplice de Esteban desde su silla. Valeria llevaba una bata corta de seda prestada que no ocultaba demasiado; cada vez que se estiraba para tomar algo se le abría y se le veía el pecho o la línea del muslo hasta arriba. Nadie le pidió que se cambiara. Diego, en un momento, se acercó por detrás con la excusa de servirle café y le pasó la mano por dentro de la bata para acariciarle el vientre. Ella siguió comiendo pan como si nada, apoyándose apenas contra él.

—¿Alberca antes de comer? —propuso Santiago a las doce, estirándose en la silla con el bulto ya evidente bajo el pantalón corto.

—Alberca —confirmó Valeria.

***

El agua estaba templada. Los juegos empezaron siendo juegos de verdad: relevos, salpicaduras, Santiago haciéndose el ahogado para que alguien lo salvara. Duraron poco así. La dinámica del día anterior estaba demasiado cerca para que nadie pudiera pretender que solo estaban nadando.

Valeria se soltó la parte de arriba del bikini prestado y lo dejó flotar. Sofía imitó el gesto casi de inmediato, riéndose. Diego fue el más directo. Se colocó detrás de Valeria mientras ella flotaba de espaldas y le pasó los brazos por debajo de la cintura. Ella no se resistió. Dejó que la atrajera hacia él, sintió la polla ya dura del director apretándose contra el culo bajo el agua, sintió su boca en el cuello, y cerró los ojos con el sol en la cara y el agua alrededor y esa sensación rara de que el fin de semana era absolutamente suyo de una manera que casi ningún otro momento en su vida lo era.

—Director —dijo con voz baja, moviendo las caderas hacia atrás para restregarse contra él—. ¿No tenías trabajo pendiente este fin de semana?

—Lo pospuse —respondió él contra su cuello, colando una mano por debajo de la braga del bikini y metiéndole dos dedos de golpe—. Fuerza mayor.

Lo que siguió en la alberca fue menos ordenado que la noche anterior pero no menos intenso. Diego le arrancó la braga del bikini bajo el agua y se la metió por detrás ahí mismo, sujetándola por debajo de los muslos, con el agua chapoteando alrededor de sus embestidas. Nicolás se acercó nadando y se le puso delante; Valeria le agarró el bañador, se lo bajó y le sacó la polla debajo de la línea del agua para chupársela con la cabeza inclinada, alternando la boca con la mano. Santiago apareció por el otro lado y ella le sujetó también la polla con la mano libre, masturbándolo al ritmo con el que Diego la penetraba por detrás. Cambiaron. Nicolás se puso donde estaba Diego. Santiago la levantó, la subió al borde y le abrió las piernas ahí para lamerla con las corvas colgando en el agua. Después la volvieron a meter, la sostenían entre los tres con las manos por debajo, uno la agarraba por los hombros, otro por las caderas, uno por detrás y otro por delante. Esteban y Sofía estaban en el otro borde de la alberca, con los pies en el agua y las manos ocupadas: ella masturbándolo despacio a él, él con dos dedos entre las piernas de ella, los dos mirando sin ninguna prisa por meterse en el centro.

Valeria llegó al clímax con el agua tibia alrededor y varias manos encima, con la polla de Santiago en la boca y la de Nicolás dentro del coño, y el sonido de su propio gemido resonando contra las paredes del jardín. Los tres se corrieron poco después; Nicolás dentro de ella, Santiago fuera, sobre las tetas mojadas que asomaban del agua, y Diego contra su espalda mientras la abrazaba desde atrás. Después se quedó flotando un momento con los ojos cerrados, sosteniéndose apenas, con el semen mezclándose con el cloro alrededor, mientras el sol le daba en la cara.

—¿Bien? —preguntó Marcos desde el borde, con la cámara del móvil bajada.

—Perfectamente bien —dijo ella sin abrir los ojos.

***

El domingo fue más tranquilo. La gente empezó a irse después del almuerzo. Sofía y Esteban los primeros, con abrazos largos en la puerta y la promesa vaga pero sincera de repetirlo antes de que pasara demasiado tiempo. Nicolás se fue al atardecer, después de dejarle a Valeria un beso en la boca que duró más de lo que dura un beso de despedida y una mano metida por debajo del vestido para tocarla una última vez.

Diego les dijo al marcharse:

—La finca está disponible cuando quieran. No hace falta que sea un cumpleaños.

Santiago se quedó hasta la noche. Ayudó a recoger las copas y los platos de la terraza con Marcos y luego los tres se sentaron en la sala con cervezas frías, sin encender la televisión, hablando de nada importante durante un rato largo. En algún momento Valeria le hizo una mamada rápida a Santiago en el sofá, sin ceremonia, mientras Marcos miraba desde el sillón sonriendo; el sobrino se corrió en la boca de ella con un gemido corto y le acarició el pelo agradecido. Cuando Santiago subió a la habitación de invitados, Marcos y Valeria se quedaron solos por primera vez desde el viernes.

Él la miró desde el otro extremo del sofá.

—¿Qué nota le pones al fin de semana?

Valeria pensó un momento, girando la copa entre los dedos.

—No existe nota suficientemente alta.

Marcos se levantó, le tendió la mano y la llevó escaleras arriba sin decir más. La habitación olía a los dos y a los tres días que habían pasado ahí. Las ventanas estaban abiertas y entraba el ruido del jardín y el sonido lejano de la alberca todavía en marcha.

La desnudó despacio, sin urgencia, y la tumbó bocarriba. Le abrió las piernas y se acomodó entre ellas, mirándole el coño todavía marcado por los tres días. La besó ahí primero, sin prisa, pasándole la lengua plana por los labios ya sensibles, chupándole el clítoris con una paciencia que ninguno de los otros había tenido esa noche. Ella le puso una mano en la cabeza y suspiró, con los ojos cerrados. Cuando la sintió mojada otra vez, subió y se la metió despacio, sosteniéndose sobre los codos para mirarla a la cara mientras entraba y salía. Follaron así un rato largo, en silencio, sin trucos, mirándose. Ella se corrió apretándolo con las piernas alrededor de la cintura y él se corrió dentro poco después, dejándose caer sobre su cuerpo y quedándose quieto.

Se acostaron en silencio. No hicieron nada más que quedarse quietos uno al lado del otro, con las sábanas a media altura y la luna en las ventanas.

—El año que viene —dijo Valeria al final, con los ojos cerrados—, quiero que sea más grande.

Marcos soltó una risa baja en la oscuridad.

—Lo apunto.

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Comentarios(9)

viciosin

increible!!! me dejo sin palabras

CarlosGDL

La ambientacion del casino es genial, muy original. Sigue publicando!

SantiR07

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo. Que apuesta habrá sido la mas intensa?

Tomas_CC

Si ese casino fuera real me anoto jaja. Excelente historia, muy bien contada.

papillon68

Muy bien escrito. Lo de que el marido la mire con orgullo es el detalle que lo hace diferente a otros relatos, eso engancha desde el principio.

roxana_uy

Buenisimo!! Pero Valeria sabia todo desde antes o fue sorpresa? Quede con esa duda

Ferchu22

tremendo relato!!!

MikeCordoba

Buen ritmo, no se hizo largo ni aburrido en ningun momento. Mas de esto por favor!

Sandra_GT

Me encanto la idea, muy creativa. Esperando el proximo con ansias. Saludos desde Guatemala!

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