La nuera nos descubrió durante la fiesta del barrio
Las fiestas del barrio siempre terminan mal. O bien, según se mire. La del sábado pasado terminó conmigo bajando las escaleras a toda prisa, con el vestido mal acomodado y el pulso disparado, mientras Mariana me miraba desde el descanso como si ya supiera todo lo que acababa de pasar arriba.
Voy a contarlo aunque me cueste. Mezclar cerveza con lujuria nunca me ha salido bien, y esta vez creo que de verdad me pasé de la raya.
Era el cumpleaños del nieto de Tobías, mi vecino de tres casas más abajo. Habían invitado a toda la calle, así que la mayoría éramos conocidos de toda la vida. Montaron una carpa enorme afuera, contrataron payaso, brincolín, lo que se acostumbra. La comida la servían dentro, en la cocina, y los baños eran los dos que tienen abajo, junto al patio.
Me arreglé más de la cuenta. Vestido negro ajustado, tacones de aguja, ligas y medias negras debajo, una pashmina roja sobre los hombros. Cuando salí de mi casa ya sabía que iba a beber, y sabía también el tipo de cosas que pienso cuando bebo. Aun así crucé la calle como si fuera a otra cosa.
Saludé a Tobías y a su hijo Esteban en la entrada. Los dos llevaban camisas planchadas por sus esposas, marca personal de hombres casados, pero los dos se permitieron acercárseme y decirme al oído casi lo mismo, con las mismas palabras gastadas.
—Si esto fuera otra fiesta, tú y yo nos íbamos a hacer travesuras —me dijo Tobías, sosteniéndome la mano un segundo de más.
—Estás muy guapa hoy —añadió Esteban un rato después, mirándome el escote sin disimulo.
Me reí de los dos. Pensé que ahí no iba a pasar nada. Que con tantas esposas alrededor, tantos niños y tanta gente, no había espacio para una tontería. Pensé mal.
A las nueve ya iba por mi quinta cerveza. Tobías, en una mesa cercana, llevaba dos botellas de tequila al cuerpo y se le notaba en los ojos. Cada vez que pasaba a mi lado se rozaba como sin querer, y yo me hacía la distraída. Conozco esa mirada. La había visto el verano anterior, en una parrillada donde casi se nos sale de las manos en el patio trasero.
Llegó el payaso, encendieron luces de colores, los niños se amontonaron en la carpa y los adultos respiramos. Yo me había aguantado las ganas demasiado tiempo y los dos baños de abajo estaban ocupados. Crucé las piernas, miré la fila y pensé en irme a mi casa. Entonces sentí una mano en el hombro.
—Qué rica te ves hoy —me susurró Tobías al oído—. Si no fuera porque estamos en mi casa, ya te tendría en un hotel dándote lo que te gusta.
Me reí entre dientes, más nerviosa que ofendida.
—Mejor llévame a un baño, que me estoy orinando.
—Sube a mi recámara. En el pasillo, la primera puerta. El baño está dentro. No hay nadie arriba.
—¿Estás seguro?
—Estás en tu casa. Pero ve sola. Si subimos los dos, alguien se da cuenta.
Acepté solo porque ya no aguantaba. Crucé el living esquivando primas y tíos, subí las escaleras procurando no hacer ruido con los tacones. En el descanso me crucé con Mariana, la nuera de Tobías y mujer de Esteban. Una rubia teñida de treinta y tantos, con unos ojos que siempre miran más de lo que dicen.
—Voy a usar el baño de arriba, los de abajo están ocupados.
—Pásate, claro —respondió, encogiéndose de hombros.
No me preguntó nada más. Bajó las escaleras y yo seguí mi camino. La recámara olía a perfume floral y madera vieja. Era grande, con una cama doble cubierta por una colcha bordada. Encontré el baño, me bajé la tanga, hice lo que tenía que hacer, me reacomodé el ligero, el vestido, las medias. Me lavé las manos. Suspiré frente al espejo. Pensé: bajas y se acabó.
Abrí la puerta del baño y casi grito.
Tobías estaba parado en mitad de la recámara con la bragueta abierta. La verga afuera, aún flácida, los testículos colgando, una sonrisa torcida en la cara.
—¿Te has vuelto loco? —susurré con los dientes apretados—. Aquí no, en tu casa no. ¿Quieres que se arme un escándalo?
Me agarró por la cintura y me tomó del pelo con la otra mano, con esa suavidad falsa que tienen los hombres tomados cuando quieren parecer dulces.
—¿A poco no se te antoja?
Me llevó la mano hasta su miembro y me la dejó ahí. Lo sentí endurecer entre mis dedos sin que yo hiciera casi nada. Esa parte fue la que me venció. No el deseo, no las palabras: la sensación de algo creciendo por mi culpa, como si yo tuviera el poder de detenerlo o no.
Me arrodillé. Yo misma me arrodillé, nadie me empujó, y eso es lo que más me cuesta contar. Me lo metí en la boca y empecé a chuparlo despacio, mirando de reojo hacia la puerta, todavía intentando convencerme de parar.
—Solo un rapidito, no me tardo nada —murmuró él, jalándome el pelo hacia atrás—. Todos están abajo viendo al payaso. Nadie sube.
Le decía «cálmate, suéltame» mientras seguía chupándolo. Una incoherencia total. Mi boca decía una cosa y mis manos otra. Cuando me levanté para que parara, me besó. Sabía a vino tinto y cigarro. Me metió la mano por debajo del vestido, apartó el encaje del ligero y me tocó por encima de la tanga. Cuando notó que estaba mojada se rió contra mi cuello.
—Mira nada más cómo estás. ¿Y todavía me dices que no?
Me empujó hacia la cama con la mano abierta sobre el pecho. Caí de espaldas sobre la colcha bordada de su esposa. Esa imagen la voy a recordar mucho tiempo: la colcha de otra mujer arrugándose bajo mis nalgas mientras su marido me separaba las piernas.
Me hizo a un lado la tanga, no se molestó en quitármela, y bajó la cara directo a mi sexo. La lengua se le movía con prisa y con oficio. Yo le agarré el pelo con las dos manos para no gritar y para que no se detuviera, las dos cosas a la vez. Él se masturbaba mientras me lamía, frotándose contra el borde del colchón.
Cuando me penetró fue en misionero, los dos vestidos todavía. Él olía a tequila y sudor. Yo lo abrazaba con las piernas y trataba de hacer el menor ruido posible, consciente de que abajo había sesenta personas y de que la recámara quedaba justo arriba de la cocina, donde estaban sirviendo el pastel.
Me dio la vuelta y me puso en cuatro. Me bajó la tanga hasta dejármela en las rodillas. Apoyé la cara en la cama y me separé las nalgas con las manos, ofreciéndome entera. Sabía lo que quería. Me la metió por el culo despacio al principio, y luego empezó a embestir con fuerza. No podíamos hacer ruido. Yo mordía la colcha.
Salió de golpe y se quedó mirando. Le gustaba ver cómo quedaba abierto, palpitando. Se bajó de la cama y empezó a chupar ahí mismo, mientras se masturbaba a la vez. Yo me toqué con la otra mano. La sensación de su lengua entrando profundo, mi propio dedo dándole vueltas al clítoris, todo eso a la vez, en la cama de su esposa, en la fiesta de su nieto, fue demasiado.
Estaba a punto de terminar cuando oí el pomo. No fue un golpe, no fue un toquido. Alguien giró la perilla y abrió.
Era Mariana.
Lo recuerdo congelado: yo en cuatro, con el vestido subido hasta la cintura, las medias bajadas, la cara ardiendo. Y Tobías de rodillas detrás de mí, con la cara entre mis nalgas y la mano apretada en su propio sexo. Mariana se quedó en la puerta dos segundos. No gritó, no se rió, no dijo nada. Se quedó mirando.
—¿No sabes tocar? ¡Cierra la puerta! —le ladró Tobías sin levantarse.
Ella cerró con cuidado, sin azotarla.
Yo me incorporé intentando cubrirme.
—Ya nos cacharon. Vámonos.
—No hay bronca. Déjame terminar, ya casi me vengo.
Y aquí es donde tengo que ser honesta. Saber que Mariana nos había visto, saber que ya no había vuelta atrás, me puso peor. No mejor. Peor. Me volví a poner en cuatro con los ojos cerrados y le pedí que siguiera. Él se masturbaba a un ritmo brutal, la cama crujía, yo me frotaba sola y nos vinimos casi al mismo tiempo. Él descargó contra su propia mano para no manchar nada. Yo me derrumbé sobre la colcha temblando.
Nos quedamos quietos unos segundos. Él me lamió el culo despacito, casi con ternura. Yo no podía mirarlo a la cara.
Me levanté, me subí la tanga, me acomodé el vestido, las medias, el ligero. Él seguía con el puño cerrado. Me acerqué, le abrí la mano sin pensarlo demasiado, y le lamí la palma.
—Qué puta eres —me dijo, riéndose bajito.
—Lávate antes de bajar.
Entré al baño otra vez. Me enjuagué la boca, me eché agua fría en la cara, me arreglé el rímel como pude. Le di un beso corto en la boca al salir y bajé las escaleras tratando de aparentar normalidad.
A media escalera me crucé con Beatriz, la esposa de Tobías, y con Mariana. Estaban cuchicheando. Las dos me miraron como si me hubieran medido por dentro. Mariana le había contado algo, eso lo supe ahí mismo, en el aire. No me dijeron nada. Yo tampoco. Solo dije «adiós, gracias por todo» y me salí de la fiesta sin pasar a despedirme de nadie más.
***
Hasta hoy ninguna me ha buscado. Ni Mariana ni Beatriz. Ni mi marido se enteró de nada, o por lo menos no me ha hecho ninguna pregunta rara. Pero a veces, cuando paso por la calle de Tobías, miro a la ventana del segundo piso y se me revuelve algo en el estómago. No es vergüenza. Es otra cosa peor. Es la certeza de que si me invitan a otra fiesta y vuelvo a tomar de más, voy a subir por las escaleras otra vez.
Por eso lo digo. La cerveza con ganas de coger es una mezcla traicionera. ¿Ustedes qué habrían hecho? ¿Se hubieran arriesgado tanto por un rato así, en la cama de la esposa del vecino, con su nuera mirando desde la puerta?
Me despido.