Dejó de ser Tomás y volvió hecha Valeria
—¿Te acuerdas de Valeria? —preguntó mi hija.
Lucía lo dijo con un tono burlón, casi como un desafío, como si supiera de antemano que no iba a adivinarlo. Y tenía razón. Me quedé mirando a la chica que la acompañaba sin saber qué decir. Tendría la misma edad que mi hija, poco más de veinte, y un cuerpo que apenas cubría una minifalda lila y un top plateado que no era mucho más que un sujetador. La piel bronceada le brillaba bajo el sol de agosto.
El pelo largo y oscuro le enmarcaba un rostro dulce, aniñado, con un gesto leve de picardía que, por un instante, me resultó familiar. ¿Dónde lo había visto antes? Busqué una pista en sus ojos color avellana, intentando disimular el efecto que su belleza me estaba provocando.
—Vamos, papá. Es Tomi, mi amigo del colegio.
Fue como un fogonazo dentro de la cabeza. ¡Tomás! Claro que me acordaba del pequeño Tomás. El mejor amigo de Lucía durante toda la infancia, un chico menudo y tímido que había aguantado años de burlas por su evidente homosexualidad. Mi hija siempre lo había defendido, y por eso Tomás había pasado tantas tardes en nuestra casa. Y ahora, frente a mí, aquel niño frágil se había transformado en una jovencita espectacular.
—Por dios, Tomi —acerté a decir—. Perdona, no te había reconocido. ¡Cómo has cambiado!
—No se preocupe, señor Soler. Es normal. Aunque ahora prefiero Valeria —creí ver un destello de provocación en su mirada.
—Por supuesto, Valeria. Y tú llámame Esteban, que te conozco desde que eras un bebé.
Cuando las dos se cambiaron para meterse en la piscina, me recosté en la tumbona y pasé la tarde entera fingiendo que leía. En realidad no podía apartar los ojos de Valeria. El biquini naranja apenas le tapaba nada: las caderas, el culo respingón que devoraba la tela mojada, los pechos pequeños y firmes bailando dentro de las copas mínimas. Mi imaginación intentaba adivinar el bulto que ella, sin embargo, sabía disimular a la perfección entre los muslos.
Y a cada rato, mientras jugaba con Lucía y reían como dos crías, Valeria se giraba para lanzarme miradas cómplices, cargadas de intención, como si pudiera leerme cada pensamiento sucio. Me acordé entonces de cómo me miraba el pequeño Tomás años atrás, miradas que yo había interpretado como cosas de niños. De repente cobraban otro sentido.
No lo soporté más. Me levanté de la tumbona, disimulé la erección con la toalla y me dirigí a la casa.
—Chicas, os dejo. Me voy a echar una siesta.
***
Crucé el comedor y el pasillo agradeciendo que mi mujer no hubiera vuelto aún del trabajo. Cerré la puerta del dormitorio, me quité el bañador y me planté frente al gran espejo que Elena se había empeñado en colgar en la pared. Empecé a masturbarme despacio, observando mi cuerpo cuarentón con cierta indulgencia: seguía delgado, en forma, con algunas canas que, según todos, me favorecían.
Pero la cabeza la tenía en otra parte. ¿De verdad esa cría de veinte años se interesaba por mí, un tipo que podría ser su padre? ¿Tenía alguna posibilidad real de acostarme con ella? La sola idea me obligó a apretar el puño con más furia. La imagen del cuerpo mojado de Valeria me golpeaba detrás de los párpados, ofreciéndose.
Me corrí con una violencia que casi me dobla las rodillas. Hacía muchísimo que no tenía un orgasmo así. Cuando terminó, me temblaban las piernas. De alguna manera, esa chica me había removido algo por dentro que ni yo sabía que existía.
—Cariño, ¿estás en casa? —la voz de Elena en el pasillo me sobresaltó.
—Sí, amor. Estoy en el baño. Me doy una ducha y salgo.
***
Qué nervios tenía yo. Cuando entramos en casa de Lucía y nos abrió Esteban, casi no me salió la voz. Llevaba años sin verlo y temía encontrarlo avejentado, gordo, calvo. Pero no. Seguía siendo un tipazo, y las canas hasta le sentaban bien, lo hacían más interesante. Y encima estaba en bañador. Pude verle el cuerpo entero, el mismo que había deseado desde que era una cría tímida que se probaba la ropa de su hija a escondidas.
Cuando Lucía me invitó a pasar las vacaciones en su casa, dudé. El pueblo no me traía buenos recuerdos. Pero pesó más la curiosidad: quería comprobar si seguía sintiendo lo mismo por Esteban o si solo había sido un capricho de adolescente. En cuanto lo vi lo supe. Lo deseaba más que nunca. Y, por primera vez, él no me miraba como al amiguito frágil de su hija. Me miraba como a una mujer.
Mientras chapoteaba con Lucía, jugando de manera provocadora a propósito, le lanzaba miradas a Esteban y él me las devolvía. Cuando se levantó y tuvo que taparse con la toalla, me quedó clarísimo que también me deseaba. El corazón me latía a mil y un calor se me encendió entre las piernas.
No aguanté. Le dije a Lucía que tenía que ir al baño, me sequé y entré en la casa, al cuarto de invitados que habían preparado para mí. Me quité el biquini empapado y me toqué imaginando que eran las manos de Esteban las que me recorrían. Me corrí rápido, pero el orgasmo no me calmó nada. Al contrario: me dejó con más ganas todavía de que él me follara.
***
Me quedé tumbada, desnuda y agotada por el viaje. Oí entrar a Elena, la madre de Lucía, y llamar a Esteban. Me dormí una cabezada y desperté embotada por el calor. Entonces un ruido me llamó la atención. Me puse las bragas y una camiseta de tirantes de Nirvana y salí al pasillo en silencio. Por la ventana vi a Lucía tomando el sol junto a la piscina. Me acerqué a la puerta entornada del dormitorio del matrimonio y miré dentro.
Esteban se estaba follando a Elena de pie, contra la cómoda. Ella, de cara a la pared, con las piernas abiertas y las manos apoyadas en el mueble, gemía sin parar. En el espejo se veía reflejada su melena castaña tapándole media cara. Él embestía una y otra vez, y la cómoda temblaba con todo lo que había encima.
—¡Oh, dios, Esteban! ¡Me estás matando! —gritaba ella.
—Estoy caliente, joder. Quiero follarte entera.
—¡Sí, métemela hasta el fondo!
Verlos así me puso a cien. Sentí los pezones tensos bajo la camiseta y la polla otra vez dura como una piedra. Metí la mano dentro de las bragas y empecé a tocarme, mordiéndome el labio para no hacer ruido.
Fue entonces cuando vi los ojos de Esteban buscándome desde el espejo. Me había descubierto espiándolos. Pero no reaccionó. Clavó la mirada en la mía mientras seguía moviéndose dentro de su mujer, y cada embestida parecía dirigida a mí. No había duda: me deseaba a mí. Esa certeza me volvió loca. Me masturbé con descaro, para que me viera disfrutar, y cuanto más rápido lo hacía yo, con más fuerza empujaba él.
—¡Oh, sí! ¡Sigue, no pares! —chillaba Elena, fuera de sí.
Él bramó como un animal y se corrió dentro de ella. Yo no aguanté más y me corrí también, empapando la tela de las bragas, sin dejar de mirarlo. Cuando Elena se derrumbó sobre el mueble entre risas, me alejé por el pasillo deseando con todas mis fuerzas ser yo la que estuviera contra esa cómoda.
***
La ducha no me calmó nada. Tener a Valeria en casa era una provocación constante; su imagen mojada y brillante se me había quedado grabada en la retina. Solo pensaba en metérsela, en que me la chupara hasta vaciarme. Cuando salí del baño, encontré a Elena de espaldas, contoneándose al ritmo de una canción de Sade mientras ordenaba sobre la cama un montón de lencería nueva. No me contuve.
—Cariño, ¿te gusta este body transparente…?
No la dejé terminar. La abracé por detrás y le agarré los pechos. Una mano le bajó por el vientre y se metió bajo el tanga, buscándole el clítoris.
—¡Oh, Esteban! Sí que te ha gustado —jadeó—. Sigue, sigue…
La empujé contra la cómoda, frente al espejo, para mirarnos a la cara. Le bajé el tanga y la penetré de un empujón. Elena enloqueció, moviendo las caderas para sentirme más adentro.
—¡Fóllame! ¡Fóllame duro!
—Voy a metértela hasta el fondo, joder.
Empujé con fuerza una y otra vez. Y entonces la vi. En el reflejo, asomada a la puerta entreabierta, Valeria nos espiaba con la mano dentro de las bragas. Sus ojos brillaban de excitación. Por un instante delató un susto al verse descubierta, pero no se detuvo; siguió tocándose con un gesto de provocación, ardiendo por mostrarme lo caliente que la ponía verme.
Saber que ella me miraba, que sabía que yo lo sabía, con el peligro de que Elena se girara, me llevó al límite. Fantaseé con que era dentro de Valeria donde estaba mi polla, y reventé. Un chorro interminable inundó a mi mujer.
—¡Me corro! ¡Me corrooo!
—¡Sí, dámelo todo! —gritó Elena.
Cuando todo se calmó y miré de nuevo al espejo, Valeria ya no estaba.
***
Aquel día no volví a verla. Ella y Lucía salieron de noche y volvieron tarde. Pero yo no podía dejar de pensar en su imagen agazapada tras la puerta, dándose placer mientras me veía. Varias veces tuve que refugiarme en el baño para aflojar una erección casi perpetua. Era como volver a la adolescencia.
La noche siguiente, en la cama, no conseguía dormir. A mi lado, Elena descansaba satisfecha tras otra follada; paradójicamente, mi deseo por Valeria había revitalizado nuestra vida sexual. Pero a mí solo me crecía la frustración. La necesitaba a ella.
Me levanté con cuidado y, en calzoncillos, fui al baño a refrescarme. Al volver por el pasillo a oscuras, vi que la puerta del cuarto de Valeria estaba entreabierta. Lo pensé unos segundos y me asomé. La luz de la luna entraba por la ventana abierta.
Valeria dormía boca arriba, con las sábanas apartadas a los pies, vestida solo con un camisón corto que transparentaba todo. La tela se le había subido y dejaba al descubierto su pequeña polla descansando entre los muslos abiertos. Parecía una ninfa bañada por la luna, esperando a ser devorada. Me quedé en el umbral intentando convencerme de que era mala idea, de que debía volver con mi mujer. Pero no me moví.
Incapaz de resistir, entré y cerré la puerta. Me bajé el bóxer, me toqué y me acerqué a la cama. Lo emocionante del peligro —no saber si despertaría, si gritaría, si Elena me descubriría— lejos de frenarme me encendía más. Entonces Valeria ladeó la cabeza sobre la almohada y entreabrió los labios con un leve gemido. Miré su boca y una idea irresistible se me clavó en la mente.
Con el corazón a mil, me subí a la cama y apoyé las rodillas a ambos lados de su cabeza. Acerqué la punta a sus labios entreabiertos. La sensación fue eléctrica. Esperé: no hubo reacción. Empujé con suavidad y entré en su boca tibia. Sentí el roce de sus dientes y de su lengua acariciándome. Y, dormida como parecía estar, Valeria empezó a chupármela.
Estaba en el séptimo cielo y a la vez muerto de miedo. ¿Y si despierta y me muerde? ¿Y si Elena me busca? Me daba igual. Solo quería que aquella boca no parara. Y entonces estallé. No pude retrasarlo. Mi cuerpo entero se estremeció y me vacié dentro de ella. Para mi sorpresa, Valeria apenas ladeó la cabeza y ronroneó como una gatita, con unas gotas escapándose por las comisuras. Le limpié la cara con un pañuelo. Por un momento me pareció que sonreía.
Recogí el bóxer, salí y crucé el pasillo con el mayor sigilo. Elena seguía dormida. Me acosté a su lado convencido de que no pegaría ojo, pero caí rendido enseguida.
***
Al día siguiente todo transcurrió con normalidad fingida. Apenas vi a Valeria, y en lo poco que coincidimos actuó como si nada. ¿De verdad había estado dormida todo el tiempo? ¿No se despertó ni cuando me corrí? No dejaba de darle vueltas, y no podía esperar a que cayera la noche. Sabía que jugaba con fuego, pero también sabía que no iba a resistirme.
Esa noche repetí el ritual. Esperé a que Elena se durmiera y me planté ante la puerta de Valeria, de nuevo entornada, como una invitación. Esta vez estaba boca abajo, ligeramente ladeada, con una camiseta de tirantes que solo le cubría hasta la cintura. El culo le quedaba al descubierto, redondo y blanco, ofreciéndose de manera inconsciente.
Me desnudé y me subí a la cama con cuidado. Apoyé las manos en sus nalgas y las separé. Escupí, masajeé con un dedo y sentí cómo se abría bajo mis caricias. Valeria gimió entre sueños. Acerqué la cara y pasé la lengua por el borde; ella ronroneó más fuerte y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Un atisbo de sonrisa se le dibujó en los labios. No tenía duda de que lo disfrutaba.
Cuando ya no aguantaba más, me incorporé, apoyé el pubis contra su carne y empujé despacio. Entré con una suavidad asombrosa. Valeria levantó un poco las caderas, facilitándomelo. Clavé los puños en el colchón a ambos lados de su cuerpo y empecé a moverme con cuidado, para no sobresaltarla y que los muelles no se quejaran.
—Hazme gozar, mi pequeña ninfa —susurré.
La excitación me fue ganando y aceleré. Sentía mis testículos rozar los suyos a cada empujón, y eso me ponía aún más. Entonces el orgasmo llegó como arrancado de las entrañas. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no aullar mientras me vaciaba dentro de ella. Cuando todo cesó, me quedé quieto, empapado en sudor, hasta que el corazón se me calmó. Salí, me bajé de la cama y, al cruzar la puerta, por un instante creí oír una risita a mi espalda.
***
Dios. Fueron las dos mejores noches de mi vida. Cuando lo vi asomar a hurtadillas, me hice la dormida. No supe si seguir disimulando o mostrarle que estaba despierta, pero antes de decidirme ya se había subido a la cama con la polla apuntándome a la cara. Temblaba, no sé si de miedo o de ganas. Y cuando la sentí en mis labios, me dispuse a hacerle la mejor mamada de su vida fingiendo dormir. Me tragué casi toda su leche. Cuando se fue, me corrí yo dos veces seguidas pensando en él.
Al día siguiente fue divertidísimo cruzármelo y hacer como que no me había enterado de nada. Él disimulaba fatal: se le notaba el apuro y esquivaba la mirada de Lucía, muerto de culpa. La segunda noche me preparé. Me quité las bragas y me puse boca abajo, ofreciéndole el culo entero. Estaba loca por que me lo follara. Y lo hizo. El juego de la damisela dormida violentada por el padre de mi mejor amiga me hizo disfrutar todavía más. Me encantó que me llamara su pequeña ninfa al oído.
A la mañana siguiente le inventé una excusa a Lucía para quedarme en casa mientras ella salía. Esperé a que se marchara y bajé a la piscina. Esteban ya estaba allí, recostado en una tumbona. Elena había vuelto al trabajo. Estábamos solos. Había llegado la hora de dejarnos de juegos. Yo llevaba el biquini más pequeño que tenía: tres triángulos de tela y unos hilos. Tampoco importaba; él ya lo había visto todo de mí.
Se levantó cuando me acerqué bordeando la piscina. Una sonrisa tímida y a la vez seductora le cruzó la cara. Yo se la devolví.
—Hola.
—Buenos días.
Sin una palabra más, se acercó y me dio un beso largo, húmedo, hambriento. Estuvimos mordisqueándonos un buen rato mientras sus manos me recorrían entera. Una se metió en mi braguita y jugó conmigo; la otra me apretaba los pechos. Las mías recorrieron su pecho firme y se aferraron a sus glúteos. Luego, sin dejar de mirarlo a los ojos, me agaché y le bajé el bañador. Su miembro me saludó, ya enhiesto. Volvió a sonreír cuando mis labios se abrieron para recibirlo, por fin sin fingir que dormía.