Mi mujer y el morbo de exhibirse ante los obreros
Voy a contar cómo nos gusta a Lorena y a mí jugar con la mirada ajena, y cómo ese juego nos hace cómplices en lugar de distanciarnos. La chispa no se mantiene sola; hay que avivarla, y a veces conviene que la avive otra persona sin tocarla.
La casa necesitaba arreglos. Pintura en sala y comedor, ampliación de los clósets de las recámaras y cerámica nueva en los baños. Aprovechamos las vacaciones de verano para que los chicos se quedaran con los abuelos —vivimos todos cerca— y pedí dos semanas en el trabajo. La obra empezaba el lunes.
El domingo en la noche llegamos a la casa sin niños. Lo celebramos en la cama, despacio, como si tuviéramos veinte años otra vez. Ninguno de los dos imaginaba lo que vendría después.
El lunes nos despertamos temprano. Mientras tomábamos café, se me ocurrió decirle algo que llevaba rato pensando.
—¿Te animas a calentarlos un poquito mientras estén aquí?
Lorena se rio y casi corrió a la recámara a buscar qué ponerse. Salió con un short negro muy corto, de encaje en las costuras, y una blusita de tirantes con escote a juego. Debajo, un cachetero con detalles de leopardo y un sostén del mismo conjunto. Se hizo una coleta, se puso un toque de perfume y dio una vuelta delante de mí.
—¿Así?
—Así te como yo primero —le dije, y le agarré las nalgas mientras volvíamos a la cocina.
Sonó el timbre. Lorena fue a abrir. Eran tres: el encargado, un hombre de unos cuarenta, y dos chicos jóvenes, no más de veintidós cada uno. A los tres se les iluminó la cara cuando ella los recibió. El encargado tardó medio segundo de más en saludar. Ese medio segundo era todo lo que necesitábamos para entender que el plan iba a funcionar.
Empezaron por la sala y el comedor. Con los muebles amontonados, el espacio para caminar se redujo y todos teníamos que rozarnos al pasar. Lorena daba indicaciones de un lado a otro, deliberadamente cruzaba detrás de ellos, se agachaba sin doblar las rodillas para levantar cualquier cosa del suelo. Cada vez que lo hacía, el escote se abría y el short se le subía. Los muchachos no perdían oportunidad de mirar, aunque disimulaban. Yo también miraba, y a mí también se me empezó a poner duro dentro del pantalón. Tres erecciones disimuladas en un mismo cuarto. Lorena lo sabía, y eso la prendía más.
Cuando terminó la jornada y cerraron la puerta detrás de ellos, no llegamos ni a la habitación. La empujé contra la pared del pasillo, le bajé el short y dejé que ella se encargara del resto.
***
El martes eligió un conjunto deportivo de licra negra, con transparencias en las piernas y una blusa pegada al cuerpo. Debajo, una tanga de tres hilos, casi un símbolo más que una prenda. La licra le marcaba todo cuando se agachaba. Esta vez decidió pasar de frente, no solo de espaldas. Si había paso estrecho, lo aprovechaba para rozarse: primero los pechos contra la espalda del que tuviera delante, después el trasero contra la entrepierna del que viniera detrás.
El encargado fue el más astuto. Cuando nadie veía, se apretaba un poco más contra ella, sostenía un poco más de la cuenta. Lorena me lo contó al primer descanso. Para darle margen, me llevé a los dos jóvenes al patio trasero, con la excusa de ordenar la herramienta del jardín. Tardamos lo suficiente.
Cuando volví, encontré a Lorena en la cocina, sirviendo agua, con esa media sonrisa que pone cuando algo le acaba de subir el pulso. Esperé a que se fueran para preguntar.
—Casi se tropieza encima de mí —dijo—. Lo agarré para sostenerlo y él aprovechó. Me besó un pecho por encima de la blusa.
—¿Y tú?
—Le dije que se quedara quieto, que solo había sido un accidente. Y me fui al baño.
—¿A qué?
—A bajarme la calentura sola, ¿a qué crees?
Esa noche, antes de que tocara la cama, ya me había hecho una mamada de pie en el pasillo. Después me la cogí por detrás contra el borde del colchón, sin quitarle la tanga, hecha a un lado nada más. No costó nada entrar. La saliva y el día entero de aguantarse hicieron el trabajo.
***
Los siguientes días bajó el voltaje. Lorena marcó distancia, el encargado se notaba apenado por el incidente, y los muchachos seguían mirando, pero ya sin la avidez del lunes. El fin de semana lo pasamos con la familia, los dos lados, comportándonos como una pareja normal. Nadie hubiera sospechado lo que pasaba entre semana.
El lunes siguiente tocó el clóset de nuestra recámara. La ropa de Lorena llena casi todo el armario; hubo que sacarlo todo y mudarlo provisionalmente al cuarto de los chicos. Los obreros pasaban con vestidos colgados del brazo, con pantalones doblados, con las dos manos cargadas de blusas. Y después llegó el momento que ella y yo presentíamos: los cajones.
Mis bóxers y mis playeras los movieron sin pestañear. Cuando le tocó al encargado cargar los de Lorena, yo vi cómo el peso de la caja le pesaba diferente. Lorena salió un rato a comprar material que «hacía falta». Los dejó solos a propósito.
Cuando regresó, encontró el contenido revuelto. Uno de los cacheteros, el de un estampado pequeño, estaba mal doblado, distinto al resto. Esa noche me lo enseñó.
—Lávalo —le dije—. Y mañana póntelo.
Sonrió. Sabía exactamente lo que estaba pensando.
***
Le sugerí unos jeans a la cadera que le marcaran el trasero, con el cachetero raro debajo y la pretina asomando un dedo. Durante el día, cada vez que un obrero estaba cerca, Lorena buscaba un pretexto para agacharse a su altura. Lo hizo con los tres, por turnos, controlando reacciones.
El encargado miró sin perder el ritmo. El joven más alto miró y siguió trabajando. El otro joven, Damián, delgado, con cara de actor de telenovela, se puso rojo. Después intentó disimular con una risa y miró las nalgas de mi mujer dos veces más de lo que necesitaba. Confirmado.
Cuando llegué del trabajo, Lorena soltó la carcajada al contármelo. Yo me reí con ella. No le dije, todavía, lo que se me estaba ocurriendo.
***
El viernes era mi cumpleaños. Lorena armó la noche desde la mañana: reservó en un restaurante al que nunca íbamos, eligió un vestido negro entallado, sin mangas, con escote en V, que le terminaba cinco dedos debajo del trasero. Medias negras, tacones altos, el pelo recogido.
Salió del baño justo cuando los obreros estaban por irse. Los tres se quedaron paralizados. Damián abrió la boca y no la cerró por un rato largo. Lorena dio una vuelta para que la vieran completa y preguntó:
—¿Cómo me veo?
—Suertudo su marido, señora —dijo el encargado.
Yo llegué a recogerla diez minutos después. En el restaurante apenas pude concentrarme en la cena. El mesero le miraba el escote, yo le acariciaba las piernas por debajo del mantel, y la conversación se fue diluyendo entre el vino y la urgencia. Pasamos un rato en un bar, bailamos pegados, y volvimos a la casa con ganas de no perder un minuto más.
Después del primer orgasmo, recostada sobre mi pecho, ella habló por fin de lo que llevaba toda la semana rondándole.
—No me he podido sacar a Damián de la cabeza —dijo—. Al chico de los calzones.
Hablamos despacio. Le pregunté qué quería en serio, y ella me lo dijo sin adornos: quería estar con él, quería que yo lo supiera y, si se podía, quería que estuviéramos los tres. Nunca habíamos hecho algo así con un desconocido, pero la idea no me molestó. Me prendió. Armamos el plan ahí mismo, sin apurarnos.
***
El último día de obra teníamos un terreno que medir en otra zona de la ciudad. Le pedí al encargado y al otro muchacho que me acompañaran, con la excusa de que necesitaba sacar desniveles y opinión técnica. A Damián le dije que se quedara recogiendo la herramienta y la basura. Salimos los tres en mi camioneta, sin prisa.
Tardé lo que tenía que tardar. Cuando regresamos, los tres terminaron de juntar la basura, nos despedimos, agradecimos, quedamos pendientes para el siguiente trabajo. Damián salió de la casa caminando junto a sus compañeros. Lorena cerró la puerta.
—Siéntate —me dijo—. Pongo café.
Me lo contó despacio, con un detalle que solo ella sabe darle a estas cosas. Que cuando nos fuimos, ella se quedó ayudándolo a recoger. Que al terminar le sirvió un refresco. Que se sentó frente a él y le dijo que la remodelación había quedado preciosa, pero que había algo que le intrigaba. Que sacó de la bolsa el cachetero estampado y se lo mostró.
—¿Me puedes decir qué hiciste con esto?
Damián bajó la cabeza, se puso rojo, no dijo nada. Lorena lo presionó con calma, sin enojo, hasta que el chico confesó. Le había pasado la prenda por el pene, había llegado a manchar la parte interior con líquido preseminal y no había alcanzado a terminar porque el encargado lo había llamado.
—Es normal —le dijo ella—. He encontrado a mi marido haciendo lo mismo con los míos. Espérame tantito.
Corrió a la recámara. Se desnudó, se puso el cachetero ese, un sostén a juego y nada más. Volvió descalza, se paró detrás de él y le dijo al oído:
—¿Se me ven bien?
Damián volteó y se le cayó la baba. Lorena dio dos vueltas lentas, le agarró la mano y se la puso en las nalgas. Él la tocó como si tuviera miedo de romperla.
—¿Y después qué hiciste? —le preguntó ella.
—Lo olí.
Lorena se subió a la mesa de la cocina, abrió las piernas y le indicó que repitiera. Damián acercó la nariz. Al primer contacto, ella se vino. Le preguntó qué más había hecho. Él contestó que le había pasado la lengua. Ella le dijo que lo hiciera. Damián, ya más confiado, se entretuvo veinte minutos haciéndole sexo oral. Lorena se vino tres veces más antes de que él subiera por su cuerpo, le mamara los pechos y, con la otra mano, empezara a desabrocharse el pantalón.
—Cuando vi lo que iba a hacer, le agarré el miembro y lo paré —me dijo—. Le pregunté qué había hecho después de pasarle la lengua. Me dijo que se lo había pasado por encima del calzón, por el sexo. Le dije: «hazlo».
Frotó su pene por encima del cachetero, después por debajo, desde el ano hasta el clítoris, lubricándolo. Lorena lo dejó apenas meter la punta una y otra vez, sin permitir que entrara completo, jugando con la tensión. Cuando supuso que nosotros estábamos por volver, lo acomodó y le permitió un solo golpe seco. Él entró entero. Y, así como entró, ella lo empujó hacia atrás.
Se bajó de la mesa, se quitó el cachetero, se arrodilló y le metió el pene en la boca. Cuatro veces. Cuando lo tenía empapado, se puso de pie y le entregó la prenda.
—Si quieres ir al baño y terminar encima, ve. Pero si me quieres coger de verdad, va a ser a mi manera.
—¿Cuál es tu manera?
—Junto a mi marido. Los dos.
Damián abrió los ojos como platos. Le preguntó si yo sabía. Ella le explicó que no era frecuente, pero que ya lo habíamos hecho, y que si se animaba, lo llamaríamos. Que ni una palabra a sus compañeros: a él le costaría el trabajo y a nosotros la calma. El muchacho juró discreción y se metió al baño con el cachetero en la mano.
Lorena fue a vestirse. Cuando él salió, terminaron los refrescos en la cocina, fingiendo conversación tranquila. Ella le pidió la prenda. Él se la entregó empapada, todavía caliente. Lorena la juntó con los dedos, levantó una pierna y la otra delante de él, y se la puso de nuevo.
—Esto es un pacto entre tú y yo —le dijo.
***
No supe qué decir por un rato. Tenía la boca medio abierta y el pantalón apretado. Ella me miró y me preguntó qué pensaba. Le dije que no podía hablar. La levanté de la silla, la senté en la misma mesa donde acababa de pasar todo, y la besé desde la rodilla hasta la ingle. Le aparté el cachetero estampado, le pasé la lengua cinco veces y olí la mezcla que había quedado adentro.
Cuando estaba por venirse, empecé a frotar mi pene contra ella, despacio, repitiendo lo que Damián había hecho, hasta que se la metí de golpe. Ella me abrazó con las piernas y me clavó las uñas en la espalda. Le rompí la blusa para llegarle a los pechos. Nos vinimos a la vez, con la cocina hecha un desastre y el café enfriándose en las tazas.
Quedamos pendientes de llamar a Damián cuando se nos antojara. Por el momento, el pacto está vigente, y la casa está como nueva.