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Relatos Ardientes

El hostal burbuja donde aprendí a ser mirado

Llevaba meses sin pisar el centro comercial de la avenida Bolívar cuando la vi salir de una librería con dos bolsas en la mano. Era Mariela. La misma sonrisa torcida de cuando teníamos veintitrés años, el mismo pelo recogido en un moño descuidado, la misma manera de morderse el labio cuando alguien le decía algo que la sorprendía. Habíamos terminado por motivos que, vistos desde la treintena, ya no recuerdo bien. Una pelea idiota, dos meses sin hablarnos, un orgullo que ninguno quiso ceder primero.

Ese día caminamos hasta una cafetería del primer piso. Después fue una cena en un restaurante peruano del barrio antiguo. Después fue mi apartamento, una botella de vino tinto y la ropa amontonada en el suelo del pasillo.

La vida nos había dado una segunda oportunidad y yo no pensaba desperdiciarla.

A los pocos meses de retomar lo nuestro, descubrí que Mariela había desarrollado un gusto por viajar dentro del país. Nada de vuelos ni resorts. Hoteles boutique, hostales escondidos, fincas remotas con vista al mar o a la montaña. Yo, que siempre había sido más de aeropuertos, me dejé arrastrar. Pasamos un fin de semana en una cabaña con techo de cristal en la cordillera. Otro en un velero anclado frente a una isla diminuta. Otro en una casa de madera al borde de una laguna.

Una tarde, perdiendo el tiempo en Instagram, encontré un sitio que me dejó pegado a la pantalla. Era un hostal con suites burbuja. El concepto era simple y radical a la vez: no había paredes. Todo el predio estaba al aire libre, rodeado de selva, y los dormitorios eran cúpulas plásticas transparentes plantadas sobre plataformas de madera. La ducha, el lavabo, hasta el inodoro: todo expuesto. La burbuja era lo único traslúcido. Te acostabas y veías el cielo entero.

Hice la reservación de inmediato. Mejor dicho, intenté. Las próximas fechas disponibles estaban a once meses vista. Marqué la primera que coincidía con el primer aniversario de habernos reencontrado, mandé el depósito y guardé el correo de confirmación como si fuera un boleto premiado.

***

Pasó un mes y Mariela me llamó un jueves por la noche con la voz cargada de algo que no supe identificar.

—Tengo una sorpresa para este fin de semana —dijo—. Algo que nunca hicimos.

—¿Algo legal?

—Casi.

Me reí. Le insistí en saber qué era, pero no soltó prenda. Solo me pidió que me depilara el cuerpo entero, que llevara ropa cómoda y que confiara.

—Si vamos a una playa nudista, ya no es novedad —protesté—. He paseado en pelotas por media costa.

—No es eso —dijo, y colgó.

El sábado salimos a las nueve de la mañana en su camioneta. El GPS no apuntaba a ningún aeropuerto. Tampoco a la costa. Subíamos por una carretera angosta que serpenteaba hacia el norte del valle, entre cafetales y bosques de niebla. A media mañana llegamos a un portón de hierro pintado de verde, escondido entre helechos. No había cartel. Solo un intercomunicador.

Cuando el portón se abrió, reconocí enseguida el lugar. Era el hostal burbuja. El mismo que yo había reservado para once meses después.

—¿Cómo conseguiste plaza? —le pregunté, todavía dentro del auto.

—Los dueños son amigos de un amigo —dijo sin mirarme—. Hacen aperturas especiales fuera de calendario.

Algo en su tono me hizo pensar que la cosa no terminaba ahí. Pero el lugar era tan hermoso que dejé la pregunta en suspenso.

***

El predio era exactamente como en las fotos. Una piscina larga con borde infinito mirando al valle, una hamaca tendida entre dos árboles, una cocina abierta bajo un techo de paja. Y, repartidas a lo largo de la pendiente, seis burbujas transparentes con camas king-size adentro.

Pasamos la tarde desempacando y caminando por los senderos que salían del predio. Cuando volví, encontré a Mariela en la piscina, desnuda, con el pelo mojado pegado a los hombros.

—¿Y la ropa? —pregunté.

—Aquí no hace falta. El lugar está pensado para no usarla.

Era cierto. La ducha estaba a la intemperie, separada del sendero por una hilera de plantas tropicales. El inodoro tenía paredes laterales pero ningún techo. Ningún punto del predio quedaba a la vista de carretera o casa vecina: la selva hacía de muro.

Me desnudé y bajé al agua. Jugamos un rato como si tuviéramos veinte años: ella me empujaba contra el borde, yo le mordía el cuello, ella se reía y se escapaba. En una pausa entre besos le pregunté por la sorpresa.

—La sorpresa somos nosotros —dijo.

Esperó un segundo. Vi cómo escogía las palabras.

—Pertenezco a un grupo. Se llama La Cofradía del Espejo. Somos exhibicionistas y mirones a partes iguales. Este hostal es el lugar donde nos juntamos. No hay nadie acá ahora mismo además de nosotros, pero cuando hay una sesión activa, los dueños instalan cámaras en puntos que solo ellos conocen.

Se me cortó la respiración. Me alejé un paso dentro del agua.

—¿O sea que un grupo de desconocidos lleva toda la tarde mirándome desnudo?

—No. No funciona así.

Sacó el teléfono del borde de la piscina y me mostró una aplicación abierta. Una grilla con seis casillas en negro. Ninguna transmitiendo.

—Las cámaras solo se activan cuando el huésped lo decide. Hay un botón en cada zona del predio. Si lo pulsas, la cámara que cubre esa zona emite. Si no, queda apagada. Nadie ve nada salvo lo que tú quieras que vean.

Tardé un minuto largo en procesar. Mariela esperaba en silencio, con el agua hasta los hombros. Vi que tenía la mandíbula tensa.

—¿Quiénes miran?

—Los demás miembros. Somos catorce. Yo soy la única que todavía no había aportado. Para entrar tienes que dejarte ver al menos una vez. Es la regla.

—¿Y los demás te han visto a ti?

—Todavía no. Entré por amistad con los fundadores, pero debo mi sesión. Estoy en lista de espera desde hace dos años. Si quería aportar contigo, necesitaba traerte.

—Podrías habérmelo dicho antes —le reproché.

—Si te lo decía antes, no venías.

Tenía razón, y eso me molestó todavía más. Pero al mirarla noté que estaba más expuesta que yo. Llevaba dos años aguantando la lista de espera de una cofradía secreta y había arriesgado lo único que tenía conmigo —la confianza recién recuperada— para entrar.

***

Salimos del agua y nos secamos en silencio. Caminé hasta la burbuja, me senté en el borde de la cama y miré el cielo a través del plástico. Mariela entró detrás, se acostó junto a mí y apoyó la cabeza en mi pecho. No habló. Sabía que estaba esperando una respuesta que yo todavía no tenía.

Le pasé la mano por el pelo mojado. Cuántas veces había fantaseado, en privado, con que alguien me viera. Con grabarme. Con una mirilla. La diferencia entre una fantasía dicha en voz baja y una fantasía cumplida en una burbuja transparente era solo cuestión de coraje.

—¿Dónde está el botón? —pregunté.

Levantó la cabeza despacio.

—Al costado de la cama. Debajo de la mesita.

Estiré la mano. Era un disco metálico del tamaño de una moneda, ligeramente hundido en la madera. Lo pulsé. Una lucecita verde se encendió.

—Si me van a mirar —dije—, que me miren haciendo lo que de verdad me gusta hacer.

***

La besé como no la había besado en toda la tarde. Despacio, mordiéndole el labio inferior, dejando que mi lengua le rozara el paladar. Ella se subió a horcajadas sobre mí y me empujó contra el colchón.

Le pasé las manos por la espalda hasta agarrarle los pechos. Los tenía firmes, los pezones ya endurecidos por el frescor del aire de la noche. Le chupé uno, después el otro. Mariela arqueó la espalda y soltó un suspiro largo, contenido.

Bajé por su vientre. Le besé el ombligo, el hueso de la cadera, el interior del muslo. Cuando llegué a su sexo lo encontré ya empapado. Pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, y la sentí estremecerse. Repetí el movimiento más despacio. Después me concentré solo en el clítoris, dibujando círculos pequeños, mientras le metía dos dedos.

Mariela me agarró el pelo con las dos manos. No me empujaba ni me apartaba, solo me sostenía ahí, como si tuviera miedo de que me detuviera. Le seguí lamiendo y le seguí penetrando con los dedos hasta que el cuerpo se le tensó entero y soltó un grito que rebotó dentro de la burbuja. No paré, y dos minutos más tarde se vino otra vez, más callada, más rota.

Me incorporé. Tenía la boca y el mentón empapados. Ella me miraba con los ojos brillantes, todavía respirando agitada.

—Te toca —susurró.

***

Me acosté boca arriba en el centro de la cama. Mariela bajó por mi cuerpo besándome todo el camino. Cuando llegó a mi sexo lo agarró con las dos manos y se lo metió en la boca despacio, hasta el fondo. La sensación me arrancó un quejido.

Pensé en las cámaras. Catorce ojos invisibles estaban viendo eso mismo. La idea me encendió hasta un punto que no había sentido nunca. Cada lengüetazo se sentía multiplicado. Cada sonido mío era para una platea que no podía vernos pero estaba ahí, atenta, pendiente del siguiente movimiento.

Tan rápido se me iba a escapar que tuve que detenerla. La levanté de los hombros, la besé y le susurré al oído lo que quería. Ella sonrió y se dio vuelta. Se apoyó en las manos y las rodillas en el centro de la cama, dándome la espalda, ofreciéndome todo lo que tenía.

Le abrí las nalgas con las dos manos y le hundí la cara entre ellas. Pasé la lengua por todo lo que encontré, sin orden, sin estrategia. Mariela hundió la frente en la almohada y dejó salir un sonido grave, animal, que no le había escuchado nunca. Volví a meter dos dedos. Después tres. Después la agarré por las caderas, me arrodillé detrás de ella y la penetré de una sola embestida.

Empecé despacio. La cama no hacía ruido pero nuestros cuerpos sí, y yo lo amplificaba a propósito. Le aprieté las caderas. Le pasé la mano por la espalda hasta agarrarle el pelo con el puño. Ella se dejaba hacer, y cada vez que yo aceleraba, ella respondía con un grito que se le escapaba sin filtro.

—Quiero que termines dentro —dijo, con la voz quebrada—. No pares.

No pensaba parar. Empujé más fuerte, más rápido, hasta que el orgasmo me subió desde las plantas de los pies y se me reventó en la cintura. Me hundí en ella todo lo que el cuerpo me permitió. Ella se vino casi al mismo tiempo, apretándome con todo lo que tenía.

***

Nos quedamos un rato en silencio, con los cuerpos pegados, escuchando los grillos del bosque al otro lado del plástico. Después me estiré, busqué el botón debajo de la mesita y volví a pulsarlo. La lucecita verde parpadeó y se apagó.

Bajamos a la ducha al aire libre. La luna estaba llena y las gotas de agua brillaban sobre la piel de Mariela como si la hubieran espolvoreado con plata. Nos enjabonamos uno al otro, despacio, sin prisa. No hablamos del Club. Esa parte ya estaba dicha.

El resto del fin de semana lo pasamos prendiendo y apagando botones. En la piscina, en la cocina, en la hamaca, otra vez en la burbuja al amanecer. Le dimos a la audiencia invisible cinco o seis escenas más, cada una más larga que la anterior. Mariela cumplió su parte del trato, y yo descubrí que la idea de ser mirado, lejos de incomodarme, me aceleraba el pulso de una manera que no esperaba.

Cuando volvimos a la ciudad el lunes por la noche, ella me pasó el teléfono con la aplicación abierta. La grilla seguía mostrando seis casillas, pero ahora todas estaban en negro: el siguiente fin de semana lo organizaba otra pareja, en otro hostal del mismo grupo.

—Si quieres mirar —dijo—, ahora también puedes.

Toqué la pantalla. La primera casilla se iluminó.

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Comentarios (4)

Carlitos_BA

Buenísimo!! Uno de los mejores que leo en mucho tiempo.

Pilarin77

Por favor una segunda parte, quede con muchísimas ganas de saber qué pasó al final de esa noche!!

MontserratLB

Esto me recordó a una escapada con mi ex en un apart-hotel rarísimo de Palermo... esas experiencias te cambian jajaja. Muy bien contado.

VicenteMDP

El botón rojo al lado de la cama jajaja, yo en tu lugar lo aprieto sin pensarlo dos veces. Tenés mas historias así?

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