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Relatos Ardientes

La empleada de mis padres y mi primera vez

A los dieciocho años todavía no había estado con ninguna mujer y eso me carcomía por dentro. Había tenido un par de novias, intentos torpes en sus casas, manoseos a medias en las funciones de cine vespertinas, pero por una razón u otra todo se quedaba siempre en el intento. Cuanto más se me escapaba, más urgente se volvía la idea.

Vivíamos en una casa grande en el sur de la ciudad. Mi padre era ingeniero, mi madre llevaba la contabilidad de una distribuidora y mis dos hermanos andaban siempre afuera, en partidos de futbol o en casa de amigos. Como mis padres apenas tenían tiempo, en la casa siempre vivía alguna empleada de planta que se encargaba del aseo, la comida y la ropa. Venían de pueblos lejanos, dormían en el cuarto de servicio de la azotea y descansaban los domingos.

Cuando Rosenda llegó a trabajar con nosotros, le presté la mínima atención. Era una mujer de unos cuarenta y dos años, de un pueblo de Oaxaca, baja, delgada en los brazos, con una pancita blanda debajo de los suéteres holgados. Tenía el pelo recogido en una trenza apretada, los pómulos marcados, los dientes torcidos. Vestía siempre con falda larga oscura y una chambra que le ocultaba todo. Lo último que se me hubiera ocurrido era que esa mujer me iba a iniciar.

Pasaron seis meses en los que apenas crucé palabra con ella. Por las noches me encerraba en mi cuarto con la videograbadora y los VHS porno que intercambiaba con compañeros del colegio. Un sábado me prestaron una película de porno japonés. La actriz era una mujer madura, de rasgos algo parecidos a Rosenda, aunque mucho más atractiva. Algo se me quedó dando vueltas en la cabeza después de aquello.

Empecé a mirarla distinto. A buscarla por la cocina con la excusa de un vaso de agua, a quedarme en la puerta cuando tendía la ropa en la azotea. No me excitaba todavía, pero algo en mí estaba conectando ideas que antes no conectaba.

Una tarde volví de jugar futbol con los chicos del barrio. Entré por la cocina, sudado, y como siempre me fui directo al baño de servicio que quedaba al lado del lavadero. No toqué la puerta. La abrí de golpe y ahí estaba ella, sentada en la taza, con la falda recogida hasta la cintura y los calzones blancos en los tobillos. Alcancé a verle los muslos abiertos y un triángulo oscuro y espeso entre las piernas antes de que pegara un grito.

—¡Perdón, Rosenda, perdón! —dije retrocediendo y cerrando la puerta de un golpe.

Me fui a mi cuarto con el corazón en la garganta. Esa noche, cuando me masturbé, no pensé en la actriz japonesa ni en mi última novia. Pensé en Rosenda. En esos muslos morenos, en el vello tan negro, en la cara que puso cuando me vio.

Si vuelvo a verla así, no salgo corriendo.

Empecé a darle vueltas a la idea de verla desnuda otra vez. En aquella época no había celulares con cámara ni nada parecido. Le pedí prestada una videocámara a un primo, una de esas grandes con cassette adentro, pensando que iba a poder esconderla en el cuarto de servicio. Cuando subí con ella en una mano y la otra temblando, me di cuenta de lo ridículo del plan: la cámara no cabía en ningún lado y yo no tenía idea de cómo programarla para que grabara sola.

Pero ya estaba ahí. Y la calentura era tal que no quise irme con las manos vacías. Abrí el cajón de su cómoda y revolví entre las cosas. Encontré sus calzones doblados. Eran enormes, blancos, de tela vieja, calzones de señora. No me importó. Tomé un par y bajé corriendo a mi cuarto.

Tres meses más tarde mi madre los encontró en mi clóset mientras guardaba ropa planchada. Yo ya ni me acordaba de ellos. Cuando entré a la casa esa tarde, ahí estaban las dos en la sala, mi madre con los calzones en la mano y Rosenda con la cara baja.

—¿Me puedes explicar esto? —preguntó mi madre con una voz que prometía golpes.

Intenté decir que era una broma, que se los había escondido a un amigo, que era un disfraz para una fiesta. No funcionó. Mi madre me agarró del cabello, me dio dos zapes delante de Rosenda y me mandó castigado a mi cuarto sin cenar.

Estuve dos días sin salir. Al tercero, Rosenda entró a limpiar mi habitación. Yo le tenía rencor por haber abierto la boca y la traté seco.

—Joven, perdóneme —me dijo en voz baja mientras sacudía el escritorio—. Yo no quería que le pegaran. Le juro que no fue mi intención.

Me ablandé. Me paré de la cama, me acerqué y le di un abrazo que ninguno de los dos esperábamos. Olía a jabón barato y a sudor, un olor terroso y un poco ácido. Le pasé la mano por la espalda, sentí la tela áspera del suéter y el broche del sostén. Sin pensarlo, le bajé la mano hasta la cintura y se la apreté un poco.

Se me paró ahí mismo, contra ella. Rosenda lo sintió, dio un paso atrás y me miró con los ojos entrecerrados.

—Para eso quería usted mis calzones, ¿verdad? —preguntó muy seria.

Negué todo. Me hice el ofendido, le dije que cómo podía pensar eso, que era una mujer mayor y que era una falta de respeto venirme con esas. Por algún milagro de actuación, dudó. Y cuando dudó, entendí que tenía las cartas en la mano.

—Si le dice algo a mi mamá, yo le voy a decir a mi papá que usted andaba metiéndose a mi cuarto a mirarme dormir —le dije.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Me pidió que no le hiciera eso, que la iban a correr, que no tenía adónde ir. Con la calentura de los dieciocho años nublándomelo todo, vi mi oportunidad.

—No le voy a decir nada —contesté—. Pero a cambio quiero que mire algo conmigo.

***

Aproveché un viernes en que mis padres se quedaron hasta tarde en una cena de oficina y mis hermanos estaban con primos en el otro extremo de la ciudad. La llamé a la sala, la senté en el sillón y le puse uno de mis videos. Una mujer rubia, dos hombres. El sonido bajo para que no llegara a la calle.

Rosenda apretaba la falda con las dos manos. Movía la cabeza para mirar para otro lado, pero los ojos se le iban de regreso a la pantalla. Le dije que se quedara tranquila, que era solo una película. Le toqué el muslo por encima de la falda, despacito, con un dedo nada más.

Se levantó como si la hubiera quemado. Salió de la sala llorando. Yo fui detrás, asustado de mi propia estupidez, y la alcancé en el pasillo de la cocina.

—Perdón, Rosenda, perdón, no quise faltarle al respeto —le dije.

La abracé. Esta vez ella también me abrazó. Y otra vez, sin querer, mis manos le bajaron por la espalda hasta las nalgas. Y otra vez, sin querer, sentí lo grandes que las tenía y lo bien que se sentían debajo de aquella falda larga. La pegué a mí para que sintiera la erección. Me tembló todo el cuerpo cuando ella, en lugar de empujarme, dejó escapar una risa nerviosa.

—Suélteme, joven, suélteme, que si llega alguien nos van a ver —murmuró.

Eso fue lo que me terminó de prender. Me fui a mi cuarto y me masturbé tres veces seguidas.

***

A partir de esa noche cambié la estrategia. Cada vez que ella subía a limpiar, yo dejaba una película puesta en la videograbadora en pausa, como si la hubiera olvidado encendida. Me imaginaba que iba a entrar, ver la imagen detenida en una posición imposible, y bajaría hasta mi cama caliente y dispuesta. No pasó nunca. Pero yo seguí intentando.

Mi padre mandó remodelar el cuarto de servicio de la azotea porque quería instalar una antena parabólica. Recorrieron el baño y le pusieron una ventana nueva, una ventanita estrecha que daba al patio interior. La vi y vi mi oportunidad.

Una mañana, cuando Rosenda bajó al mercado, subí a la azotea con un tubo de pegamento. Le puse pegamento en el riel del cierre de la ventana, lo dejé secar, comprobé que ya no se podía cerrar del todo. Tenía guardado en mi clóset un juguete viejo, una especie de cubo de cartón con espejos por dentro que funcionaba como un periscopio de juguete. Era exactamente lo que necesitaba.

Esa noche, cuando Rosenda subió a bañarse, yo subí detrás en silencio. Me acuclillé al lado de la ventana, pasé el periscopio por la rendija y giré los espejos. El reflejo era pésimo, deformado y borroso, pero podía verla.

Se desnudó despacio, como quien hace lo mismo desde hace treinta años. Tenía el cuerpo de una mujer que había trabajado siempre y que había parido. Senos pequeños y caídos, con los pezones grandes y oscuros, larguísimos. Una pancita blanda. Pero el trasero la salvaba: era grande, redondo, dos nalgas morenas que se le movían cuando se agachaba a abrir la llave del agua.

Estaba metido en la imagen como un poseído cuando ella levantó la cabeza y miró justo hacia la ventana. Me quedé congelado. Por un momento esperé el grito, los pasos de mi padre subiendo por la escalera, la cachetada de mi madre.

Pero Rosenda se acercó a la ventana, envuelta en una toalla, y abrió.

—Joven, ¿qué hace usted ahí? Pásese para adentro antes de que lo vean —dijo en voz baja.

Entré. El cuartito tenía un foco amarillo que daba sombras largas. Rosenda se quedó parada en medio, con una toalla envolviéndole el cuerpo y otra en el pelo, mirándome muy seria.

—Si yo le mostré, ahora muéstreme usted. Bájese el pantalón —dijo.

Pensé que me iba a desmayar. Me lo bajé con las manos torpes. Estaba durísimo, tanto que dolía. Rosenda se acercó, se chupó los dedos como si fuera lo más natural del mundo, y me agarró. Empezó a moverme la mano arriba y abajo despacio.

—¿Tiene novia, joven? —preguntó sin dejar de hacerlo.

—No.

—¿Ya cogió con alguna?

—Nunca.

Sonrió de lado. Me llevó la mano hasta su pecho, todavía envuelto en la toalla. Empecé a apretarle el seno. Ella se soltó la toalla del cuerpo y la dejó caer. Le agarré el pezón largo, oscuro, y se lo jalé entre los dedos. No dejábamos de mirarnos.

Y en ese momento, desde el pasillo de abajo, mi madre gritó mi nombre.

Rosenda dio un brinco, se cubrió con la toalla y me empujó hacia la puerta.

—Váyase, váyase, joven. Mañana, mañana hablamos —susurró.

Bajé corriendo con el pantalón a medio abrochar.

***

La noche fue eterna. Al día siguiente, sábado, mis padres salieron temprano a no sé qué reunión y mis hermanos estaban con primos. Yo me quedé en la cama, los ojos cerrados pero el cuerpo despierto, escuchando los pasos de Rosenda por el pasillo.

A media mañana, sin tocar, abrió la puerta de mi cuarto y entró. No dijo nada. Cerró con seguro. Se acercó a la cama y me bajó la cobija.

Me bajó el pantalón del pijama y me la metió a la boca de una. Yo nunca había sentido nada parecido. Suave, caliente, mojado. Me chupaba la verga entera, se la sacaba con un sonido de saliva, me agarraba los testículos con la otra mano y se los chupaba uno por uno.

—Me dejó muy caliente anoche, joven —murmuró entre lametones—. No pude dormir.

Le pasé la mano por el pelo, le agarré la nuca. Empezó a bajar más, a chuparme entre las piernas, a darme lengüetazos en zonas que yo jamás había imaginado. Cuando me di cuenta, ella se estaba metiendo la mano debajo de la falda, masturbándose mientras me mamaba.

La hice subir. Le levanté la falda, le bajé los calzones grandes y le metí dos dedos. Estaba empapada. Hacía un ruido bajito, casi un quejido, cada vez que la movía. Le quité la falda y los calzones del todo, le subí el suéter por encima de los senos.

Se sentó encima de mi cara, sin pedir permiso. Tuve que apartar el vello negro espeso con la lengua antes de encontrarla. Tenía un olor fuerte, ácido, que me mareó por unos segundos. Después me acostumbré y empecé a chupar como ella me había chupado, imitando lo que había visto en las películas, metiendo la lengua, buscándole el botón de arriba. Por sus gemidos supe que algo estaba haciendo bien.

Se dio la vuelta encima de mí y volvió a mamarme mientras yo seguía con la lengua entre sus piernas. Un sesenta y nueve completo. No duré mucho.

—Me vengo —dije apartándole la cabeza.

Ella negó. Se la tragó toda y siguió chupando hasta la última gota. Cuando se enderezó, tenía semen escurriéndole por la comisura de la boca y goteando sobre uno de sus senos.

—Quiero que me coja, joven —dijo limpiándose con el dorso de la mano.

Busqué un condón en el cajón de la mesa de noche. No lo encontraba. Mientras revolvía, ella me la volvió a meter a la boca y me masturbaba al mismo tiempo.

—¿Qué busca? —preguntó.

—Un condón.

—Déjelo. Métamela ya.

Se trepó. De una sentada, sin manos, se la encajó hasta el fondo. Pegó un quejido largo. Yo le agarré las nalgas, se las separé, le pasé los dedos por el ano mientras ella se movía encima de mí como una loca. Sentí que iba a venirme a los dos minutos y la tumbé de espaldas para tener yo el control.

Le aparté el vello con los dedos y se la metí otra vez. Empecé despacio y subí el ritmo hasta que la cama golpeaba contra la pared. Ella empezó a apretar las piernas, a hacer caras raras, a decir «espere, joven, espere». No esperé. Y la sentí venirse, contraída entera alrededor de mí. Pensé que ya estaba. Diez segundos después se vino otra vez. Yo no sabía que eso era posible.

—Cámbiese, póngase de lado —jadeó.

Nos pusimos los dos de costado. Yo le entré desde atrás, con una mano en el pecho y la otra entre sus piernas, frotándole el clítoris como había visto en alguna película. Le besé el cuello, le pasé la lengua por la oreja. Cuando le avisé que me iba a venir, se separó de golpe.

—No, todavía no —dijo.

Se puso a cuatro patas, con las nalgas levantadas, mirándome por encima del hombro. Le entré así. No duré un minuto. Me salí justo a tiempo y eyaculé sobre su espalda. Le cayó hasta el pelo, le salpicó la cara cuando volteó, le escurrió por el surco entre las nalgas.

—Es mucho, joven —dijo riéndose.

***

Cuando creía que se acababa todo, nos acostamos en cucharita y empezamos a movernos otra vez. Le rozaba las nalgas con la verga ya medio dormida, hasta que de pronto sentí que se me paraba de nuevo contra su ano. Empujé sin pensarlo y ella no se quitó.

—Hágalo despacio, joven —dijo en voz baja.

Tardé como diez minutos en lograr metérsela. Me la chupaba primero, me escupía encima, se metía los dedos a la boca y se los pasaba por atrás. Cuando entró, ella pegó un gemido largo y se quedó quieta. Después empezó a moverse ella sola, a darme indicaciones, a decirme cuándo más despacio y cuándo más duro. Le agarré la cintura y le di hasta que me vine adentro.

Esa fue mi primera vez. La primera de muchas con Rosenda durante el año y medio que siguió viviendo en la casa. La iniciación no llegó con ninguna novia del colegio ni con una compañera de fiesta, sino con una mujer que al principio me parecía invisible y que terminó enseñándome todo lo que un adolescente puede llegar a saber.

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Comentarios (5)

Maxi_1987

Increible relato, me dejo sin palabras. Se hizo muy corto!!!

Lorena_Baires

Me encanto, lo lei de un tiron. Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas!

PaulaCortes

Que nostalgia me dio leerlo... hay experiencias que uno no olvida nunca jeje. Muy bien narrado, se siente real

KarenMDP

jajaja tremendo arranque, no me lo esperaba asi. genial!!

NocturnoBaires

Muy bueno, la narracion es fluida y te mete de lleno en la historia desde el primer parrafo. Sigue escribiendo!

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