La primera escena de Camila no fue actuación
Camila tenía veintiún años y una manera de moverse que hacía que las conversaciones se apagaran cuando entraba a un sitio. Piel morena clara, el cabello en una mata de rulos negros que nunca conseguía domar del todo, piernas largas de bailarina que no era. Estudiaba teatro en una academia del centro, de esas que prometen escenarios y entregan sótanos con espejos rotos. Esa noche, después de tres horas de improvisación que la habían dejado con la blusa pegada a la espalda, bajó al bar del teatro a beber algo antes de volver a casa.
El bar era estrecho y de luz ámbar, con ese olor a cerveza vieja y a perfume barato que tienen los lugares donde la gente del oficio se queda hasta tarde. Camila pidió un gin tonic, cruzó las piernas en el taburete alto y se dedicó a mirar el hielo girar en el vaso. No notó a los dos hombres hasta que ya estaban a su lado.
—Disculpa, ¿eres Camila? —El que hablaba rondaba los cuarenta, traje sin corbata, una sonrisa de las que se ensayan frente al espejo.
—Depende de quién pregunte —respondió ella, sin girarse del todo.
—Damián. Soy productor. —Le tendió la mano—. Y él es Tobías, el director. Te vimos la semana pasada en la muestra de la academia. La escena del monólogo.
Camila se giró por fin. El más joven, Tobías, tenía las gafas empañadas y una carpeta apretada contra el pecho como si dentro llevara algo que pudiera escaparse.
—La recuerdo —dijo ella—. Me equivoqué en dos líneas.
—Nadie lo notó —contestó Tobías—. Estábamos mirando otra cosa.
Hubo un silencio que duró un segundo de más. Camila sonrió, dejó el vaso en la barra.
—¿Y qué cosa miraban?
—La presencia —dijo Damián, sentándose en el taburete contiguo sin pedir permiso—. Hay gente que ocupa un escenario y gente que lo habita. Tú lo habitas. Estamos armando una película. Piel de medianoche. Drama, algo de thriller. Independiente, pero con dinero detrás. Buscamos una actriz para un papel secundario que, bien hecho, se come la película.
—Soy todo oídos —dijo Camila, y lo decía en serio. Llevaba dos años pagando clases con propinas de camarera. La palabra «película» le sonó a salida.
Tobías abrió la carpeta. Páginas marcadas con pósits de colores, anotaciones al margen con letra apretada.
—Tu personaje se llama Vera —explicó—. Es la confidente de la protagonista. La que la empuja a cruzar las líneas que ella sola no se atrevería. Es un papel físico. Muy físico.
—Físico —repitió Camila.
—Escenas de sexo explícitas —dijo Damián, sin bajar la voz, sin adornarlo—. Reales, no simuladas. Es el tipo de cine que hacemos. Si eso te incomoda, terminamos la copa y cada uno a su casa, sin problema. Pero si no te incomoda, hay cuatro mil quinientos dólares por tu trabajo y un porcentaje si la película llega a los festivales que nos interesan.
Camila no respondió enseguida. Bebió. Dejó que el limón le picara en la lengua mientras pensaba. No era la propuesta lo que la sorprendía: era la facilidad con la que su propio cuerpo había respondido a la palabra «reales». Sintió el calor subirle por el cuello.
—Cuéntame de la escena —dijo al fin.
Tobías pasó a una página marcada en rojo.
—Página cuarenta y cinco. Vera y un personaje llamado Mateo. Es la primera vez que se acuestan. Tiene que verse hambriento, casi desesperado, pero hay un cuidado debajo. Eso es lo difícil: que se note el cuidado bajo la brutalidad. Hay equipo médico en set, un coordinador de intimidad, todo regulado. Nadie hace nada que no haya firmado antes.
—¿Y el tal Mateo? —preguntó ella.
—Veintiséis años. Profesional. Sabe lo que hace. —Damián sonrió de nuevo—. Y créeme, te va a dar trabajo seguirle el ritmo.
Camila se mordió el labio. La copa ya estaba por la mitad y el local zumbaba a su alrededor como un nido. Pensó en los dos años de sótanos con espejos rotos, en las propinas, en la sensación de estar siempre a punto de algo que no llegaba.
—Quiero leer el contrato completo —dijo—. Y quiero el número de tu coordinadora de intimidad antes de firmar nada.
Damián la miró con algo nuevo en los ojos: respeto, quizá.
—Esa es exactamente la respuesta correcta —dijo, y sacó los papeles.
Una hora después, con el bar medio vacío y el alcohol encendiéndole una valentía que de día no habría tenido, Camila firmó. Damián le deslizó ochocientos dólares en efectivo sobre la barra, como adelanto. Brindaron. Tobías chocó su vaso con el de ella y dijo, casi en voz baja:
—Vas a ser lo mejor de la película.
***
Dos semanas más tarde, el set era otro mundo. Un galpón enorme reconvertido en estudio, el aire acondicionado rugiendo contra el calor de los focos, cables serpenteando por el suelo como raíces. Veinte personas yendo y viniendo con cafés, lentes, claquetas. El olor era una mezcla rara: lubricante con esencia de fresa, café quemado, el metal frío de los equipos y, debajo de todo, el sudor de un grupo de gente trabajando bajo luces que abrasaban.
Camila, vestida de Vera, esperaba en una bata corta sentada en una silla plegable. Debajo llevaba lencería roja de encaje que le habían entregado en vestuario, ajustada hasta el límite de lo cómodo. La coordinadora de intimidad, una mujer de pelo gris y voz tranquila llamada Renata, le repasó por tercera vez las señales de seguridad.
—Si dices «corten» tú, se corta —le dijo Renata, mirándola a los ojos—. No el director. Tú. Aquí mando yo en lo que pasa entre dos cuerpos. ¿Entendido?
—Entendido —dijo Camila, y por primera vez en dos semanas se sintió a salvo.
Mateo apareció en bata, descalzo, con una toalla al hombro. Era exactamente lo que Damián había prometido: alto, de músculos definidos sin exageración, una sonrisa fácil que desarmaba.
—Así que tú eres Vera —dijo, tendiéndole la mano como si se conocieran de toda la vida—. Tranquila. Vamos despacio, marcamos todo antes. Si algo no te gusta, lo dices y listo. Esto es trabajo, no una pelea.
Esa frase, más que cualquier cláusula del contrato, fue la que la relajó.
—Vamos a marcar —dijo Renata.
Durante media hora ensayaron los movimientos sin ropa de por medio, con la frialdad de dos atletas repasando una coreografía. Dónde iba cada mano, qué ángulo buscaba la cámara, en qué momento Mateo la levantaría y hacia qué lado debía caer ella. Camila se sorprendió: lo que de lejos parecía caos era en realidad un mecanismo de relojería.
—Posiciones —dijo Tobías desde detrás del monitor—. Y silencio en set, por favor. Cuando estén listos.
—Cuando ella esté lista —corrigió Renata.
Camila respiró. Se quitó la bata. Asintió.
—Lista.
—Acción.
***
El set falso era una habitación de sábanas oscuras y una sola lámpara encendida. Mateo, como su personaje, la esperaba sentado al borde de la cama. Cuando Camila cruzó el umbral, algo cambió en la cara de él: dejó de ser el tipo simpático de la toalla al hombro y se convirtió en otra cosa, en alguien que la miraba como si llevara semanas pensándola.
—Pensé que no vendrías —dijo Mateo, con la voz baja del personaje.
—Yo también lo pensé —respondió Camila, y la línea le salió tan real que se asustó un poco.
Se acercó. Él la tomó de la cintura y la atrajo, y el primer beso fue lento, casi a regañadientes, como dos personas que llevaban demasiado tiempo evitándolo. Las manos de Mateo subieron por su espalda, encontraron el cierre del sostén, lo soltaron. El encaje cayó. Camila sintió la boca de él bajar por su cuello, por la clavícula, detenerse en el pecho, y a pesar de las cámaras, a pesar de las veinte personas conteniendo la respiración, su cuerpo respondió sin pedirle permiso.
Se le escapó un sonido que no estaba en el guion. Mateo la miró un segundo, una pregunta muda. Ella asintió. Siguió.
La empujó con suavidad hasta tumbarla en el colchón. Le besó el vientre, le bajó la tanga roja por las piernas, despacio, y cuando la rodeó con la mano Camila arqueó la espalda y mordió la sábana para no decir algo que arruinara la toma. Estaba dura, hipersensible, goteando contra su propio vientre, y la cámara estaba ahí, a un metro, registrándolo todo.
—Eres preciosa —murmuró Mateo, y no sonó a guion.
Lo tomó ella entonces, decidida a no quedarse atrás. Lo empujó de espaldas, le abrió la bata, y cuando se la llevó a la boca lo oyó maldecir por lo bajo, fuera de personaje, una grosería sincera que la hizo sentir poderosa. Lo trabajó despacio primero, luego más hondo, con las dos manos sosteniéndose en los muslos de él, hasta que Mateo le hundió los dedos en los rulos y tuvo que pedirle, en un susurro, que parara o no llegarían al final de la escena.
—Corten ahí —dijo Tobías—. Lubricante. Recolocamos para el siguiente plano.
Una asistente apareció con el frasco, profesional y rápida, como si rellenara un vaso de agua. Renata se acercó.
—¿Cómo vas? —le preguntó a Camila, solo a ella.
—Bien —dijo Camila, sin aliento—. Mejor que bien.
—Acción.
Mateo la giró, la acomodó al borde de la cama, le abrió las piernas con una mano firme y entró despacio, mucho más despacio de lo que las cámaras harían creer después. Camila apretó los ojos. El primer empuje fue un ardor que se deshizo enseguida en otra cosa, en una presión que la llenaba entera y le subía por la espalda. Se le escapó un gemido largo, este sí actuado y verdadero a la vez, imposible de separar ya el papel de la piel.
—No pares —dijo Camila, y no supo si lo decía Vera o lo decía ella.
Mateo no paró. Encontró un ritmo, primero contenido y luego más hondo, las manos clavadas en sus caderas, el sudor cayéndole de la frente sobre la espalda de ella. La cama crujía. El choque de los cuerpos resonaba en el silencio absoluto del galpón, donde veinte personas miraban sin mirar, atentas a sus monitores, a sus focos, a sus medidores de sonido, y aun así pendientes de lo que pasaba en ese colchón como si fuera la única cosa real en kilómetros.
Camila se llevó la mano entre las piernas y se acarició al ritmo de él. El calor se le acumulaba en la base de la columna, denso, inevitable. Oía su propia voz repetir cosas sin sentido, oía a Mateo gruñir contra su nuca, sentía las luces abrasándole la piel mojada, y todo se fundía en una sola ola que crecía.
—Me voy a correr —jadeó, y esta vez fue ella, solo ella.
—Hazlo —dijo Mateo.
Llegó con un temblor que la dobló sobre sí misma, derramándose sobre las sábanas oscuras mientras él la sostenía para que no se cayera. Dos embestidas más y Mateo se retiró, terminó sobre la espalda baja de ella con un gemido ronco, y por un momento ninguno de los dos se movió, los dos cuerpos temblando, el galpón en un silencio de iglesia.
—Y… corten —dijo Tobías, con la voz tomada—. Eso… eso es exactamente lo que queríamos.
El set entero exhaló a la vez. Alguien aplaudió, y enseguida aplaudieron todos, esa ovación rara y pudorosa de un equipo que acaba de filmar algo bueno. Renata ya estaba ahí con una bata y una botella de agua, cubriéndola, apartándola de las cámaras, devolviéndola a sí misma.
—Estuviste perfecta —le dijo al oído—. ¿Estás bien?
Camila se envolvió en la bata, todavía temblando, y se rió sin saber muy bien por qué. Mateo, ya de pie, le guiñó un ojo desde el otro lado del set y articuló un «gracias» sin voz.
Pensó en los dos años de sótanos, en las propinas, en la blusa pegada a la espalda. Esto no se parecía a nada de lo que había imaginado para su debut. Era más crudo, más expuesto, más todo. Y sin embargo, mientras Renata la guiaba hacia el camerino entre el bullicio que volvía a encenderse, Camila se sorprendió pensando una sola cosa, clara como el agua.
Quiero la próxima escena.