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Relatos Ardientes

La pared de cristal del baño de Annika lo enseñaba todo

Tenía muchas ganas de aceptar la invitación de Annika y pasarme por su casa cuanto antes, pero no pudo ser de inmediato: nos surgió un viaje de trabajo a última hora y todo quedó en el aire. En el rato que estuvimos solas en el aeropuerto, ella me contó que «medio salía» con un compañero de la empresa de informática que llevaba su hermano, aunque era casi imposible cuadrar agendas con unos horarios tan irregulares como los nuestros.

Hablamos también de cómo habíamos empezado las dos en aquello de subir fotos. Las suyas eran casi todas con autodisparo, salvo unas pocas que le había hecho un novio que tuvo en Dinamarca, antes de mudarse aquí. Yo le confesé que las mías eran igual, todas con temporizador, menos una serie que ya le había enseñado y que me había sacado mi propia madre sin saber muy bien para qué.

A las dos nos gustaba lo mismo, aunque ninguna lo decía con todas las letras: ese juego de saber que alguien, al otro lado de la pantalla, estaba mirándonos las tetas, el coño, el culo. Nos habíamos conocido precisamente así, en un grupo cerrado donde la gente compartía fotos sin enseñar la cara, y de los mensajes habíamos pasado a quedar en persona durante aquel congreso en Estocolmo. La última noche, en el hotel, ella me dejó sus braguitas como prenda de una apuesta tonta y yo me las guardé sin pensar que algún día volverían a sus manos. Todavía me acuerdo del olor que tenían cuando las metí en el bolso.

Desde entonces algo se había instalado entre nosotras que ninguna de las dos terminaba de nombrar. No era amistad, o no solo. Era esa tensión que aparece cuando dos personas saben que se gustan y aún no han encontrado la excusa para follar.

—Tenemos que pasarnos las fotos de Estocolmo —me recordó—. Yo tengo las tuyas en mi móvil y tú las mías en el tuyo. Otro día, con calma, las cruzamos.

A los pocos días la llamé y me mandó la ubicación de su piso nuevo.

—Ven cuando quieras —me escribió—. Tengo que quedarme aquí al menos una hora. Mi hermano me trae las últimas cajas con la ropa y con eso doy por terminada la mudanza.

Elegí, muy a propósito, un vestido amarillo que sabía que me sentaba bien, cogí un regalo para estrenar su casa y allá me fui, con el corazón un poco más acelerado de lo que quería admitir. Debajo del vestido me había puesto unas braguitas pequeñas, casi de encaje, y ningún sujetador. No sabía todavía para qué, pero lo hice.

Cuando toqué el timbre y abrió la puerta, sentí algo que no creo que olvide nunca. Estaba preciosa, preciosísima. Era la primera vez que la veía con el pelo suelto, porque las dos solíamos llevarlo recogido por costumbre del trabajo, y se había maquillado con ese punto justo de quien quiere estar guapa en casa sin que parezca un esfuerzo. Llevaba un vestido corto y alegre, casi del mismo tono que el mío, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo sin hablarlo.

Y entonces, las dos a la vez, sin pensarlo, nos lanzamos a darnos un beso en los labios. Largo. Profundo. Nada que ver con el saludo de dos amigas. Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso y la mía salió a buscarla con la misma urgencia. Nos comimos la boca allí mismo, en el rellano, mientras una mano suya me apretaba la cintura y la otra me subía por la espalda buscando el broche del sujetador que no llevaba. Cuando comprobó que estaba desnuda debajo del vestido soltó un gemido bajo, ronco, directo dentro de mi boca, y noté cómo se le endurecía la respiración.

Nunca había hecho esto con una mujer.

Perdí por completo el control de mí misma. Lo único que mi cabeza fue capaz de registrar, mientras nos abrazábamos, fue lo que se veía en el espejo del recibidor, detrás de ella: al estirarse hacia mí, el vestido se le subió por la espalda y comprobé que no llevaba nada debajo. Se le veía el culo entero, blanco, firme, y el nacimiento de la raja. Se me hizo la boca agua de golpe.

—Venga, entra y cierra la puerta —dijo separándose apenas, con la voz todavía espesa—. Te enseño el apartamento, que ya lo tengo casi todo colocado. Solo faltan las tres cajas que me trae mi hermano.

Me encantó a primera vista. Era un loft moderno y muy funcional. Una cocina abierta con una ventana grande y, al fondo, una pared entera formada por dos paneles de madera con láminas tras los que, supuse, estaban el dormitorio y el baño. No dio tiempo a más, porque sonó el timbre otra vez.

Eran Mikael, el hermano de Annika, y Daniel, el chico con el que ella salía. Traían las últimas cajas, todas con destino al vestidor. Mikael no se parecía en nada a su hermana: no tenía su frescura, vestía de una forma anticuada y se expresaba con una afectación que me dio un poco de pereza. Daniel, en cambio, me pareció un tipo más actual y campechano. Ninguno de los dos se quedó mucho; tenían cosas que hacer y Annika tampoco hizo nada por retenerlos.

—Mientras colocas tus cosas, voy a buscar algo que tengo tuyo —le dije cuando nos quedamos solas.

—Vale. Yo voy terminando con esto, que me hace falta sacar las toallas y un par de cosas más. Toma las llaves y abres tú misma cuando vuelvas.

***

Bajé al coche, cogí el paquete que le había preparado y volví a subir. Abrí la puerta con sus llaves y me quedé clavada en el umbral. El loft había cambiado por completo en esos pocos minutos.

Los paneles de madera que antes formaban una pared estaban replegados a la mitad, desplazados hacia el ventanal de la terraza, funcionando casi como una persiana. Y lo que aquella madera escondía a la vista era otra pared, esta de cristal, totalmente transparente. Detrás había un cuarto de baño: el inodoro y el lavabo separados por otro tabique de cristal igual de transparente de una ducha doble, con teléfono y lluvia, que se comunicaba por dentro con el vestidor y con el dormitorio, donde había una cama amplia.

Me quedé un buen rato mirando esa pared, entendiendo de golpe el tipo de casa que se había buscado. Una casa pensada para mirar y para ser mirada. Una casa que era, en sí misma, una declaración.

Pensé en lo que habría tras esa elección. Annika podía permitirse cualquier piso, y había escogido uno donde nada quedaba a salvo de los ojos. Me la imaginé moviéndose desnuda por aquel espacio sabiéndose visible, secándose el pelo frente al cristal mientras el chico con el que «medio salía» la observaba desde la cama con la polla dura en la mano. Y me sorprendió descubrir que esa imagen, lejos de molestarme, me ponía de su parte: yo también quería formar parte del público, y ya notaba las braguitas húmedas apretándome el coño.

Annika ya lo tenía todo colocado. Cuando terminé de recorrer con los ojos aquel cristal, le entregué el paquete.

—Esto es tuyo —le dije.

No tenía ni idea de qué podía ser. Lo abrió con una ilusión de niña, deshaciendo el envoltorio con cuidado. Dentro había un jarrón de diseño nórdico, de esos que son casi un símbolo, y metido en su interior, otro paquetito diminuto. Cuando lo abrió y reconoció lo que era, soltó una carcajada: eran las braguitas que ella misma me había dejado aquella noche en Estocolmo, lavadas y dobladas, devueltas como una broma privada entre las dos.

Dejó el jarrón sobre la mesa y, esta vez por iniciativa suya, volvió a besarme. Le respondí con más calor todavía que la primera vez. Os juro que jamás había sentido algo tan intenso, tan físico, con otra mujer. Era como si cada vez que nos separábamos para respirar el aire pesara un poco más. Su mano se metió por debajo de mi vestido y me pellizcó un pezón, y yo pegué un respingo y le mordí el labio inferior sin querer. Ella se rió dentro de mi boca, me lo mordió a mí, y su otra mano ya iba directa a mi entrepierna. Me tocó por encima de la braguita, notó el charco que tenía montado y me susurró al oído «estás empapada, guarra», y yo casi me corro allí mismo, de pie, en su salón.

—Con tanto trajín he sudado —dijo cuando logramos calmarnos—. Voy a darme una ducha. Primero hago pis. ¿Quieres que cierre el panel?

No esperó la respuesta. Se quitó el vestido por la cabeza, despacio, y luego el sujetador, y se sentó. Lo hizo todo con una naturalidad que me dejó sin saber dónde poner las manos. Yo seguía vestida, de pie al otro lado del cristal, mirándola como quien mira algo que sabe que no debería y no puede dejar de hacerlo. Le vi las tetas caer sueltas, blancas, con los pezones rosados y ya endurecidos, y le vi el coño depilado entero, muy claro contra la piel, con los labios un poco hinchados. Al sentarse abrió las piernas más de lo necesario, y me miró a los ojos a través del cristal mientras meaba.

Cuando terminó, se giró hacia mí con una sonrisa franca, sin una pizca de vergüenza.

—A mí también me gusta que me miren —dijo, y entró en la ducha de lluvia.

El agua empezó a caerle por los hombros y por la espalda. Cogió el jabón y se enjabonó despacio, tomándose su tiempo, sabiendo perfectamente que yo no apartaba la vista. Se pasó las manos llenas de espuma por las tetas, se pellizcó los pezones tirando de ellos hasta ponerlos duros de verdad, y bajó una mano hasta el coño y se lo enjabonó abriéndose los labios con dos dedos, para que yo lo viera bien. La luz de la tarde entraba por el ventanal y atravesaba el vapor, y cada gota que le resbalaba por la piel parecía calculada para volverme loca. No era un cuerpo perfecto de revista; era algo mejor, era un cuerpo real moviéndose para mí detrás de un cristal. Se giró de espaldas, se inclinó un poco hacia delante apoyando las manos en la pared, y me enseñó el culo abierto, brillante de agua, con esa línea del perineo bajando hasta el coño. Yo tenía una mano metida por debajo del vestido, tocándome por encima de la braguita, sin darme cuenta de que ya lo estaba haciendo.

Entendí entonces para qué servía de verdad aquella pared. No era un capricho de arquitecto ni una excentricidad. Era exactamente lo que las dos buscábamos sin atrevernos a pedirlo: un escenario donde mirar dejaba de ser algo que se hace a escondidas para convertirse en parte del juego. Ella se exhibía porque le gustaba que la mirasen. Yo miraba porque era incapaz de hacer otra cosa. Y el cristal, frío y limpio, nos daba permiso a las dos.

Annika levantó la cara hacia la lluvia, cerró los ojos y se pasó las manos por el pelo mojado. Sabía que estaba actuando para mí, y yo sabía que ella lo sabía, y esa certeza compartida era más excitante que cualquier cosa que hubiéramos podido decirnos en voz alta. El vaho fue cubriendo el cristal poco a poco, difuminando sus contornos, hasta que mirarla dejó de ser suficiente.

Aguanté un minuto. Puede que menos.

No le pregunté nada. Me quité el vestido amarillo, me deshice de la braguita empapada y empujé la mampara. Entré con ella bajo el agua con un descontrol que no me reconocía, sin pensar en nada que no fuera tenerla cerca. Nos enjabonamos la una a la otra, sin prisa al principio y con muy poca paciencia después, recorriendo cada centímetro como si lleváramos meses esperando ese permiso. Le enjaboné las tetas con las dos manos, tirándole de los pezones hasta que gimió, y ella me hizo lo mismo, y luego me dio la vuelta contra el cristal y me enjabonó la raja del culo pasando los dedos muy despacio, apretándome ahí, y yo abrí las piernas sola sin darme cuenta. Metió una mano entre mis muslos por detrás y me buscó el coño, y encontró que ya estaba abierta y que resbalaba más que el jabón. Dos dedos entraron enteros y yo eché la cabeza hacia atrás y la apoyé en su hombro.

—Sabía que ibas a entrar —me susurró al oído, igual que había sabido que iría a su casa, que abriría yo la puerta, que me quedaría mirando. Y mientras me lo decía me follaba con los dedos, despacio, curvándolos dentro de mí, con el pulgar dándome pequeños círculos en el clítoris. Yo apretaba las palmas contra el cristal empañado y le miraba nuestro reflejo borroso: ella pegada a mi espalda, sus tetas contra mis omóplatos, su boca en mi cuello mordiéndome. Le busqué el coño hacia atrás con una mano torpe y le metí también dos dedos, y la oí gemir por primera vez en serio, un gemido de garganta, sucio, largo.

Salimos de la ducha empapadas, descalzas, sin molestarnos en secarnos del todo. Cruzamos el vestidor dejando un rastro de gotas en el suelo y nos dejamos caer en la cama sin decir una palabra más, buscándonos la boca como si nos faltara el aire. Lo que el cristal me había dejado mirar un momento antes ahora lo tenía entre las manos, y ya no había ninguna pared que se interpusiera.

Me subió encima de ella y me chupó las tetas, una y otra, sin dejarse ninguna, mordiéndome los pezones justo lo suficiente para que me arqueara. Luego me giró y quedó encima, y me abrió las piernas con las rodillas, y bajó besándome el vientre hasta hundir la cara en mi coño sin ningún tipo de aviso. Su lengua no era tímida ni curiosa: era una lengua que sabía exactamente qué hacer, que iba a por el clítoris con círculos anchos y luego lentos y luego rápidos, que se metía dentro y salía y volvía a subir. Le agarré la cabeza con las dos manos y le apreté la boca contra mí, sin ninguna vergüenza, y ella me metió dos dedos y luego tres mientras me la chupaba, follándome a la vez que me lamía, y yo me corrí gritando a los pocos minutos, con las piernas cerradas alrededor de su cabeza y el culo levantado de la cama.

No me dejó respirar. Me subió por la cama, se sentó a horcajadas sobre mi cara y me bajó su coño hasta la boca. Yo abrí como pude, todavía temblando, y saqué la lengua a ciegas. La oí gemir arriba, la sentí moverse encima de mi cara buscando el ángulo, y le agarré el culo con las dos manos, uno de esos culos que había mirado detrás del cristal, y la apreté contra mí. La lamí sin saber muy bien lo que hacía, imitando lo que ella me acababa de hacer a mí, subiendo por los labios hasta el clítoris, chupándoselo, metiéndole la lengua dentro tan hondo como pude. Encima de mí notaba las tetas balanceándose, la oía jadear cada vez más fuerte, y notaba cómo su coño se iba mojando más contra mi boca hasta que se le tensaron los muslos a los lados de mi cabeza y se corrió también, empujando la pelvis contra mi cara, sin dejar de decir mi nombre.

Nos enredamos otra vez, boca con boca, cada una probándose a sí misma en la otra. Nos frotamos coño contra coño, sudadas, todavía mojadas del agua, con las piernas cruzadas en tijera para poder rozarnos donde queríamos, y así, mirándonos a los ojos y llamándonos guarras entre risas y jadeos, nos corrimos las dos casi a la vez, agarradas de las manos como niñas, con los cuerpos convulsionando y las bocas abiertas sin sonido.

Estuvimos así durante un tiempo que sería incapaz de medir, hasta quedarnos las dos sin fuerzas, enredadas, riéndonos bajo, todavía mojadas. Por la pared de cristal entraba la última luz de la tarde, y pensé que aquella casa, hecha para mirar y ser mirada, no podía haber tenido mejor estreno.

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Comentarios(1)

CuriosaMdp

increible, me dejo sin palabras!!! no puedo creer lo bien que esta narrado

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