La tímida que el viento desnudó en la playa
Aquel verano alquilé un coche y conduje sin rumbo por la costa hasta dar con una cala diminuta, casi escondida, de esas que no aparecen en ninguna guía. No había chiringuito, ni duchas, ni una mísera caseta donde cambiarse. Solo un puñado de rocas, arena gruesa y un mar tan transparente que dolía mirarlo. Llegué temprano, extendí mi toalla cerca del agua y me dije que aquello era exactamente lo que necesitaba.
Durante un buen rato fui el único en toda la cala. Después empezó a llegar gente, despacio, en cuentagotas. Coches que aparcaban en el descampado de tierra que hacía las veces de estacionamiento, parejas que bajaban cargadas con neveras y sombrillas, algún grupo de amigos con altavoces. La playa fue cobrando vida sin perder del todo su aire de secreto.
Fue entonces cuando aparcó cerca de mí una furgoneta blanca. Bajaron cuatro personas: un hombre, una mujer y dos chicas que rondarían los treinta, tan parecidas entre sí que no me costó adivinar que eran hermanas. Una de ellas se movía con una seguridad que llenaba el espacio; la otra caminaba medio paso por detrás, los hombros un poco encogidos, como si prefiriera no ocupar sitio.
El hombre ya venía en bañador y se dedicó a clavar la sombrilla y a repartir las sillas frente al agua. La mujer y la hermana decidida se cambiaron junto a la furgoneta, con las puertas abiertas a modo de biombo improvisado. Cuidaban su pudor, sí, pero sin demasiada ceremonia, como quien sabe que en la playa todo el mundo está medio desnudo y a nadie le importa.
No pude evitar mirar. La mujer tenía una piel dorada de muchos veranos y una espalda larga que terminaba en un bañador mínimo, de un negro mate. La hermana decidida llevaba uno verde azulado, color de laguna, y un cuerpo trabajado en algún gimnasio, todo líneas firmes y ángulos atléticos. Se cambiaron rápido, entre risas, sin sospechar que un desconocido a quince metros registraba cada gesto, y sin sospechar tampoco que bajo la toalla se me estaba empezando a marcar la polla, dura ya solo con imaginar las tetas de la madre saliendo del sujetador un segundo antes de meterse dentro del bañador.
No está bien que mires así, me dije. Y seguí mirando, con la mano por encima del bañador, apretándome el bulto para que se estuviera quieto.
La otra hermana, la tímida, se quedó al margen. Conservó puestos unos pantalones cortos de tela vaquera y una camiseta sin mangas que se anudó por debajo del pecho para que el sol le alcanzara el vientre. Era más pálida que su hermana, con esa blancura de quien pasa el año entero a cubierto, y había en ella una contención que me resultó mucho más interesante que cualquier escote. Se le marcaban los pezones bajo la camiseta, dos puntos duros que empujaban la tela cada vez que respiraba, y me sorprendí calculando el tamaño de sus tetas, la forma exacta de sus areolas, mientras la verga se me terminaba de poner tiesa contra el muslo.
***
Cuando los demás se metieron en el agua, ella se tumbó boca arriba sobre la toalla, con los brazos cruzados sobre los ojos. La observé de reojo durante un rato largo, fingiendo leer la novela que ni siquiera había abierto. Había algo magnético en su quietud, en la forma en que parecía esconderse incluso estando inmóvil al sol. Con los brazos por encima de la cara, la camiseta se le había subido, y podía ver el vientre plano subiendo y bajando, la marca del ombligo, el nacimiento del vello finísimo que descendía y se perdía dentro de los pantaloncitos vaqueros. Me imaginé metiéndole la lengua ahí, siguiendo esa línea de pelusa rubia hasta llegar al coño, y tuve que apartar la vista para no correrme dentro del bañador sin haberla tocado.
El hombre y la mujer volvieron de un paseo por la orilla. La hermana atlética los arrastró al agua entre bromas. La tímida negó con la cabeza, sonrió apenas y se quedó donde estaba. Pasaron así unos cuarenta minutos, ella sola con su libro cerrado y yo solo con el mío, dos islas de silencio en una playa cada vez más ruidosa.
Entonces se levantó.
Caminó hasta la furgoneta con el bañador en la mano y abrió las dos puertas traseras, igual que habían hecho antes su madre y su hermana. Pero ella no se conformó con eso. Descolgó una toalla grande, de rayas, y la tendió entre las dos puertas, encajando bien las esquinas en las ranuras de las ventanillas para formar una cortina cerrada. Hacía todo lo posible por construirse un cuarto invisible, un refugio donde nadie alcanzara a verla.
Me llamó la atención el cuidado casi obsesivo que ponía. Su hermana se había cambiado a la vista de medio mundo sin pestañear; ella, en cambio, levantaba muros para un gesto que duraría treinta segundos. Y precisamente esa timidez, ese empeño en ocultarse, hizo que toda la playa, sin saberlo aún, estuviera a punto de mirarla.
El estacionamiento se había llenado por completo desde que la familia llegó. Había docenas de personas paseando entre los coches y la arena, niños correteando, parejas buscando un hueco. Y el viento, que toda la mañana había soplado flojo, se levantó de golpe con esa rabia repentina del mediodía junto al mar.
La toalla que ella había tendido empezó a ondear.
***
Al principio fue solo un temblor en la tela, un latigazo que dejó ver un instante su pierna desnuda. Después una ráfaga más fuerte tiró de una de las esquinas y la liberó de la ventanilla. La cortina entera se abrió como un telón, ondeando hacia un lado, y dejó al descubierto la mitad inferior de su cuerpo justo cuando ella, inclinada, terminaba de bajarse los pantalones. Se le vio el culo redondo, dos nalgas blancas y llenas, y entre ellas la tela finita de las bragas metida un poco en la raja, marcando la forma perfecta del ojal.
Contuve la respiración. Me la agarré por encima del bañador y apreté los dientes.
Vi que no era el único. Varios padres que paseaban con sus hijos giraron la cabeza con disimulo, fingiendo mirar el horizonte mientras los ojos se les iban hacia la furgoneta. Un par de chicos jóvenes se codearon y uno de ellos se tocó descaradamente el bulto por encima del bañador. Un hombre mayor se ajustó las gafas de sol como si necesitara ver mejor. La cala entera, de pronto, parecía respirar en la misma dirección, con la misma polla dura latiendo dentro de la ropa.
A diferencia de las tangas mínimas de su madre y su hermana, ella llevaba unas bragas de algodón blanco, sencillas, con finísimas rayas horizontales de un azul marino casi desvaído. Ropa interior de andar por casa, nada pensada para ser vista. Y quizá por eso, por lo cotidiano y lo íntimo de aquella prenda, la imagen resultaba mil veces más perturbadora que cualquier encaje. Se le transparentaba a contraluz la sombra oscura del vello del coño, un triángulo denso que no se había depilado nunca, un pubis peludo y natural que empujaba la tela por delante formando un montículo.
Su piel era de un blanco lunar, sin una sola marca de sol salvo la frontera nítida que dibujaba la ropa interior sobre las caderas. Tenía el mismo cuerpo atlético de su hermana, las mismas piernas largas y firmes, pero conservado en secreto, lejos de las miradas, como un cuadro guardado en un sótano. Se le marcaba el hueco de las ingles, esa hendidura que baja desde la cadera hasta el pubis, y me imaginé lamiéndosela entera de arriba abajo, empujando la tela de las bragas hacia un lado con la lengua para meterme directo en el coño peludo, chupándole el clítoris hasta hacerla temblar.
La toalla seguía ondeando, indiferente a sus esfuerzos. Ella tiró de ella sin soltar la ropa, intentó volver a encajar la esquina, pero el viento se la arrancaba una y otra vez. En su prisa por taparse, se inclinó para recoger el bañador que se le había caído a la arena, y al hacerlo quedó completamente expuesta de espaldas a la playa. Los dos cachetes se le abrieron un poco al doblarse, y por un segundo, un segundo larguísimo, vi la sombra del ojete y el bulto de los labios del coño empujando la tela blanca entre los muslos, hinchados, gruesos, con esa forma de fruta madura que tienen los coños peludos y sin tocar.
Se me escapó un gemido bajo. Me metí la mano dentro del bañador, agarré la polla directamente contra la piel, la apreté hasta que dolió. Estaba mojada de líquido preseminal, hirviendo. Con solo tres pajazos me habría corrido allí mismo, tumbado en la toalla, delante de todo el mundo.
No tiene ni idea, pensé. No sabe que la estamos viendo todos. No sabe que a todos se nos está poniendo dura mirándola.
Y esa inconsciencia suya era lo más excitante de la escena. No había provocación, ni coquetería, ni el menor asomo de exhibicionismo deliberado. Solo una mujer convencida de estar a salvo tras una cortina de tela, haciendo algo tan banal como ponerse el bañador, mientras el azar y el viento la convertían en el centro de una función que ella jamás habría consentido. Se llevó las manos a la cintura para bajarse las bragas de algodón, y la tela le resbaló muslos abajo lentamente, dejando al aire el culo entero, blanco y perfecto, y por un instante fugaz, cuando se giró un cuarto de vuelta para dejar caer la prenda al suelo, se le vio el coño de frente: una mata espesa de vello castaño oscuro coronando dos labios gruesos y sonrosados que asomaban entre el pelo como una boca cerrada.
***
Fue medio segundo. Menos. Pero fue suficiente. Se agachó otra vez para coger la parte de abajo del bikini, y volvió a enseñar el culo, y el peso de sus tetas cayó hacia delante cuando la camiseta se le abrió por el escote, y le vi los pezones oscuros, grandes, del tamaño de una moneda, tan opuestos a esa piel lechosa que parecían pintados encima con carboncillo.
A mi lado, dos filas más allá, un tipo de mediana edad se había puesto boca abajo sobre la toalla para ocultar la erección. Los dos chavales jóvenes ya no disimulaban: uno de ellos tenía el teléfono en la mano y apuntaba hacia la furgoneta con una torpeza que me dio asco y envidia al mismo tiempo. El viejo de las gafas de sol se pasaba la lengua por los labios. Éramos una jauría silenciosa mirando comer a la presa.
Tardó una eternidad en lograrlo. Cada vez que conseguía atar una parte del bikini, el viento descolgaba otro pliegue de la toalla y volvía a desvelarla. Se enderezó, se dio la vuelta hacia la furgoneta creyéndose oculta, y al hacerlo nos regaló las tetas de frente, dos pechos redondos que colgaban con el peso justo, coronados por esos pezones oscuros que ahora, con la brisa fría del mar, se habían endurecido y apuntaban al frente como dos puntas. Se pasó la parte de arriba del bikini por la cabeza, y al levantar los brazos las tetas se le alzaron con el gesto, tirantes, jóvenes, y me dieron ganas de morderlas, de chupárselas hasta dejárselas rojas de moretones, de metérmelas en la boca hasta ahogarme.
Sus mejillas, ya de por sí encendidas por el sol, se pusieron aún más rojas, aunque no por vergüenza —porque seguía sin sospechar nada—, sino por la pura pelea con la tela rebelde. Se pasó las manos por debajo de las tetas para ajustar el bikini, y el gesto, tan inocente, tan doméstico, fue el golpe final. Me corrí. Sin tocarme más, solo con la polla apretada dentro del bañador y la imagen de ella colocándose las tetas dentro del sujetador, me corrí en silencio contra la tela, un chorro caliente que se me quedó pegado al vientre.
Cuando por fin se anudó la parte de arriba y se subió la de abajo, recogió la toalla traidora hecha un ovillo y volvió con su familia, junto al agua, caminando deprisa con la cabeza gacha. Se sentó en su silla, abrazó las rodillas y miró el mar como si nada hubiera pasado. Para ella, en efecto, no había pasado nada. Para mí acababa de suceder la corrida más intensa del verano, con la polla ahogada dentro del bañador y un charco tibio de semen enfriándoseme sobre la piel.
Me quedé pensando en la ironía de todo aquello. Si se hubiera cambiado al principio, recién llegada, cuando la cala estaba medio vacía y solo un par de almas perdidas como yo andábamos cerca, apenas la habría visto nadie. En vez de eso, esperó. Esperó a sentirse segura, levantó su muro de toalla, eligió el momento de mayor intimidad posible. Y precisamente entonces, con la playa a reventar y el viento en contra, fue vista por más ojos de los que habría imaginado en la peor de sus pesadillas. Enseñó las tetas, el coño peludo y el culo entero a una veintena de desconocidos, y nunca lo iba a saber.
Pasé el resto de la mañana incapaz de concentrarme en el libro, con el bañador manchado por dentro y una segunda erección amenazando con volver cada vez que la miraba. La observaba de cuando en cuando, ahora ya tapada por completo en su modesto bikini, charlando con su hermana, mojándose apenas los pies en la orilla. Tan recatada, tan cuidadosa, tan ajena a que un desconocido guardaba en la memoria cada centímetro de aquel cuerpo que tanto se había esforzado por esconder: la mata de vello castaño sobre el coño, los pezones grandes y oscuros, el hueco de las ingles, la raja del culo marcada bajo el algodón blanco.
Cuando la familia recogió sus cosas y la furgoneta blanca se alejó por el camino de tierra, levantando una nube de polvo, me sorprendí a mí mismo deseando que volviera al día siguiente. Que volviera a tender su toalla entre las puertas. Que el viento, otra vez, hiciera su trabajo. Esa noche, en la habitación del hostal, me hice tres pajas seguidas pensando en ella, en la forma exacta de sus labios gruesos entre el vello, en cómo se le movían las tetas al levantar los brazos, en el segundo eterno en que se le vio el coño de frente antes de meterse dentro del bikini.
No regresé a aquella cala. Tal vez por miedo a romper el hechizo, tal vez porque algunas escenas solo funcionan una vez, irrepetibles, hijas de un azar que no se puede provocar. Pero todavía hoy, cuando sopla fuerte el viento de mediodía y huele a sal, se me pone dura pensando en la tímida que se creía invisible, en su coño peludo asomando medio segundo entre las bragas caídas, y en aquel telón de tela que el mar abrió para que la mirásemos todos.





