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Relatos Ardientes

La espié por el respiradero del vestuario

Los ruidos que llegan desde el vestuario contiguo no dejan margen para la duda. Hay una pareja entregada a lo suyo, sin demasiado cuidado por disimular. La respiración entrecortada, el golpeteo seco de los cuerpos y unos gemidos apenas contenidos forman una banda sonora inconfundible. Me siento en el banco de madera, con la toalla todavía sobre los hombros, y trato de fingir que no escucho.

Pero claro que escucho. Sin proponérmelo, todos mis sentidos se afilan para cazar al vuelo cada señal de la fiesta de al lado. El encuentro es intenso. Quienquiera que esté ahí dentro suena absolutamente perdido en el otro, en uno de esos polvos que no admiten pausas. Se oye el chapaleo húmedo de un coño ensartado a fondo, el golpe seco de unas pelotas contra un culo, y una voz de mujer que pide más entre jadeos rotos.

Me gusta imaginarlo. Y, de paso, recuerdo con cierta nostalgia los años en que el protagonista de escenas así era yo. Miro al techo con resignación, intentando espantar los pensamientos que me asaltan. Justo sobre mi cabeza, cerca del techo, hay un respiradero alargado, cubierto por unas lamas de plástico, que comunica los dos vestuarios.

Me cuesta resistir la tentación. Más de lo que me gustaría admitir. Ya noto la polla espesándose dentro del bañador, apretada contra la tela, latiéndome al ritmo de los gemidos del otro lado.

Con cuidado, me encaramo al banco para comprobar si desde ahí arriba alcanzo a ver algo a través de la rejilla. Procuro no apoyar mal el pie, no hacer crujir la madera, no delatarme con un mal movimiento. Acerco la cara a las lamas y miro.

En cuanto enfoco, la reconozco. Es la dueña de los gemidos: Carla. Una chica de unos veinticinco años, con un cuerpo que llamaba la atención hace apenas un rato, cuando tomaba el sol sobre el césped que rodea la piscina del club.

Había un grupo de chicos y chicas, y ella destacaba sin esfuerzo. Caderas marcadas, vientre liso, piernas torneadas y una manera de caminar, felina y sin prisa, que obliga a girar la cabeza cuando pasa. Durante la tarde no supe distinguir cuál de todos era su pareja. Todos parecían orbitar a su alrededor.

Ahora la veo con una rodilla apoyada en el banco y el otro pie en el suelo, inclinada hacia delante. Tiene la espalda arqueada y las tetas colgando, oscilando al ritmo de las embestidas, con los pezones tiesos apuntando hacia el suelo. Detrás de ella, un hombre joven la sujeta por las caderas y empuja con energía, sin descanso, hundiéndole la polla hasta la raíz de un envite. Se la ve entrar y salir, brillante, empapada del coño de ella, mientras Carla deja escapar el aire en jadeos cada vez más roncos.

—Así, dámela toda, no pares —le suelta con la voz ronca, mordiéndose el labio—. Métemela hasta el fondo, cabrón.

El tipo obedece. La agarra por la cintura, tira de ella hacia atrás y la ensarta con un golpe seco que le arranca un gemido gutural. Cada embestida hace un sonido húmedo, un chapoteo obsceno que rebota contra los azulejos del vestuario. Veo cómo el culo de ella se aplasta contra la pelvis del chico y vuelve a rebotar, marcándose las nalgas rosadas por el impacto.

Temo que entre alguien al vestuario y me sorprenda encaramado al banco, espiando como un crío. Y aun así soy incapaz de apartar la mirada. Tengo la escena en primera fila, ligeramente de costado, sin perder casi ningún detalle. Es tan placentera la visión que noto, sin remedio, cómo se me acelera el pulso y cómo la polla se me pone dura como una piedra dentro del bañador. Me la aprieto por encima de la tela, sin atreverme aún a sacármela.

***

De pronto oigo una segunda voz. Otro hombre, que hasta entonces quedaba fuera de mi campo de visión, pide su turno con un descaro que me deja perplejo. Yo había dado por hecho que asistía al encuentro de una pareja enamorada, y resulta que la cosa va por otro lado.

—Venga, déjame, que se me está poniendo mala de verte —dice el segundo, y aparece por fin en el encuadre, con la verga tiesa en la mano, meneándosela despacio mientras mira a Carla con hambre.

El recién llegado se acerca impaciente, como si el tiempo del primero ya se hubiera agotado. A regañadientes, el otro le cede el sitio, sacándole la polla a Carla con un ruido de succión que me pone la piel de gallina. La ve salir chorreando de flujo, roja e hinchada, y todavía le da un par de palmadas en el culo antes de apartarse. Carla apenas se reacomoda, mira por encima del hombro y suelta una risa baja, de mujer que sabe perfectamente lo que está haciendo y disfruta del poder que eso le da.

—Ni se te ocurra correrte dentro —le avisa al segundo—. Me pones toda esa leche en el culo o en las tetas, donde tú quieras, pero dentro no.

—Descuida, preciosa.

Y le mete la polla de una sola estocada. Carla echa la cabeza hacia atrás, abre la boca en una O muda y suelta un gemido largo, casi un lamento, mientras el tío empieza a follársela sin miramientos, agarrado a sus caderas con las dos manos.

La escena anterior ya era excitante. Esta suma una capa de morbo que termina de ponerme a mil. El primero no se conforma con quedarse al margen: se coloca al lado de ella, le acaricia el pecho, le pellizca los pezones hasta que ella gime más fuerte y, poco a poco, busca su boca. Después de un par de intentos, ella lo recibe y empieza a jugar con la lengua mientras el otro sigue moviéndose detrás.

Al rato, el primero se aparta un poco, se pone de pie frente a ella y le acerca la polla a la cara, todavía brillante del flujo de la propia Carla. Ella no se hace de rogar. Abre la boca, saca la lengua y se la mete hasta el fondo, chupándose su propio sabor sin ningún reparo. La veo tragarla entera, hasta que se le hincha una mejilla, mientras el otro la sigue embistiendo por detrás. Los ojos se le llenan de lágrimas, se le corre el rímel, y aun así no la suelta. La sostiene con las dos manos y le enrosca los labios en el glande, chupando como si le fuera la vida en ello.

No debería estar viendo esto, pienso, y me bajo el bañador de un tirón. La polla me salta al aire, dura y rezumante, y me la agarro sin dejar de mirar. No me muevo ni un centímetro. Empiezo a menearla despacio, apretándome el prepucio contra el glande a cada bajada, en sincronía con las embestidas del que la folla por detrás.

El de atrás afloja el ritmo para no estorbar, y durante unos minutos ella se reparte entre los dos con una soltura que me desarma. Se saca la polla de la boca solo para lamerla de arriba abajo, para chuparle los huevos, para llenarla de saliva y volver a tragársela. No hay nada forzado en lo que veo: ella lleva el compás, marca las pausas, decide cuándo acelerar. Son ellos los que parecen seguirle el paso.

—Más fuerte por detrás —ordena, soltando la polla del primero un segundo—. Que quiero notarla mañana.

El segundo obedece. Le clava los dedos en las caderas y empieza a machacarla a un ritmo brutal, hasta que el banco de madera cruje bajo ella y las tetas le bailan como locas contra su propio cuerpo. La cosa no puede durar mucho con esa intensidad. El primero se aparta, se agarra la polla con rabia y termina por su cuenta, con un gruñido contenido, disparándole varios chorros espesos de semen sobre la cara y el pecho. Un lamparón blanco le cae desde el pómulo hasta el pezón, y ella se lo unta con un dedo, se lo lleva a la lengua y sonríe.

El otro recupera el ritmo infernal del principio, se aferra a sus caderas y, poco después, se saca la polla justo a tiempo. La descarga entera se la vacía sobre el culo, en dos, tres, cuatro chorros gruesos que le resbalan por las nalgas hasta caerle por la parte de atrás de los muslos. Carla se incorpora despacio, con el gesto de quien da por cerrada la sesión sintiéndose, sin discusión, la vencedora. Yo, arriba del banco, me trago un gemido y me aguanto las ganas de correrme; no quiero acabar todavía, no así, con la mano y sin ella.

Los dos le dan un beso rápido, casi torpe, y la dejan sola. Ella se queda un momento de pie, recuperando el aliento, y luego se mete bajo la ducha sin ninguna prisa. Yo bajo del banco con el corazón golpeándome las costillas, la polla todavía tiesa entre las manos, y la cabeza llena de imágenes que no me van a dejar en paz.

***

Con la libido por las nubes, me voy para casa. Marta, mi mujer, está en la cocina terminando la cena. Me cuenta que los chicos se quedan esta noche en casa de sus abuelos. Me acerco por la espalda, le aparto el pelo del cuello y le propongo al oído que dejemos la comida para después. Ya llevo la verga otra vez dura, apretándose contra el culo de ella por encima del pantalón.

No se lo esperaba. Pero cuando nota lo empalmado que estoy y ve que voy completamente en serio, decide que no piensa desaprovechar el arrebato. La subo a la mesa de un tirón, le bajo las bragas y le hundo la lengua entre las piernas ahí mismo, en la cocina. La chupo hasta que se retuerce, hasta que se agarra a mi pelo y me pide entre gemidos que se la meta ya. La ensarto de pie, con las piernas de ella colgadas de mis brazos, y me la follo como no me la follaba hacía meses, mirándole las tetas rebotar mientras pienso, cabrón de mí, en las de la otra. Esa noche, sin que Marta llegue a sospecharlo, hay una tercera persona en la habitación: una desconocida del club que no se me va de la cabeza. Cuando termino, me corro dentro con un gemido ahogado, y ella se ríe sorprendida de la cantidad, sin saber que la mitad de esas ganas no eran suyas.

***

Al día siguiente vuelvo al gimnasio antes de lo habitual. Sostengo una revista delante de la cara para que no se me note el interés, pero mis ojos solo siguen a Carla allá donde va. Un rato juega con la pelota junto a sus amigos. Sus risas, sus gritos, esa manera suya de moverse, lo tienen todo bajo control.

Si a eso le sumo el recuerdo del día anterior, la mezcla se vuelve difícil de apartar de la mente. La imagen de la chica despreocupada, riéndose al sol, conviviendo con la de la mujer que disfruta sin culpa de la polla de varios hombres a la vez, me resulta tan contradictoria como fascinante. Y esa contradicción es, justamente, lo que me tiene atrapado.

Poco antes de las dos, el grupo recoge las toallas y se va en dirección al bar. Todos menos Carla y uno de los chicos que la ha estado acompañando toda la mañana. Deduzco hacia dónde van y me apresuro a ocupar mi escondite. No pienso perderme nada.

Esta vez el preámbulo es breve. Un abrazo, unas manos que se buscan, y enseguida ella se arrodilla frente a él, le baja el bañador de un tirón y le engulle la polla entera de una vez. La escena me deja sin aire: le veo hincharse los mofletes, sacar y meter la verga hasta la garganta, ayudarse con la mano para menearle los huevos mientras chupa. El chico cierra los ojos, tiembla, le cuesta sostenerse. Se sujeta a los hombros de ella y empieza a follarle la boca con embestidas cortas, torpes, cada vez más rápidas. En un momento de respiro, reúne el valor para apartarse antes de tiempo y le pide que se gire. Ella lo hace, apoyada en el banco, con el culo respingón hacia atrás, y deja que él la tome por detrás. Le veo separarle los labios del coño con dos dedos, encajar el glande y empujar hasta el fondo de una sola vez.

Carla le marca el ritmo con la voz. Le pide que siga, que no pare por nada del mundo, que la abra bien, que le folle el coño como se merece. Pero el chico, demasiado nervioso, demasiado rápido, termina en menos de un minuto, entre convulsiones, con la polla dentro y un gruñido ridículo, vaciándose casi antes de haber empezado. Sin más explicaciones se recompone, le dice que es mejor salir por separado para no levantar sospechas y se marcha.

—¿Te ha gustado? —le pregunta antes de cerrar la puerta.

—Mucho —responde ella, aunque su cara dice otra cosa.

***

Sola, Carla se sienta en el banco. Apoya un pie en el asiento y se queda mirando al frente, justo en mi dirección, sin saber que la observo. Hay algo de hartazgo en su expresión, la de quien ha quedado a medio camino una vez más. Se lleva una mano al vientre, la desliza despacio hacia abajo y empieza a buscar por su cuenta el final que el otro no supo darle. Se abre las piernas de par en par, se lame dos dedos y los baja hasta el coño. Le veo separárselo, brillante todavía del semen del chico, y empezar a frotarse el clítoris con círculos lentos, mordiéndose el labio de abajo. Con la otra mano se pellizca un pezón, tirándoselo hasta ponerlo tieso, y suelta un suspiro largo, de puro fastidio y ganas a la vez.

Me parece casi injusto. Después de toda la mañana orbitada por chicos ansiosos, termina teniendo que arreglárselas sola. Y entonces, con una mezcla de osadía y deseo que me sorprende a mí mismo, decido que tal vez sea mi oportunidad.

Salgo al pasillo y llamo a su puerta. No contesta. Imagino que prefiere hacer creer que no hay nadie dentro.

—¿Carla? Abre un momento, por favor. Soy Andrés, el tío de Nico. Solo quiero hablar contigo.

El cerrojo se descorre y la puerta se entreabre. Asoma la cabeza, con una toalla enrollada a la altura del pecho, y me mira de arriba abajo, evaluándome con desconfianza.

—¿Qué quieres? —pregunta.

La incertidumbre del momento y todo lo que llevo dentro me tienen tenso, nervioso, encendido. La polla me late otra vez contra la costura del pantalón.

—Me ha parecido que te han dejado sola —digo, sosteniéndole la mirada—. Y se me ha ocurrido que quizá te apetezca un poco de compañía. De la buena.

—¿De qué vas? —responde, entre divertida y precavida—. No te conozco de nada.

—No —admito—. Pero llevo dos días sin poder pensar en otra cosa que en ti. Y me da la sensación de que tú tampoco te has quedado del todo satisfecha. Que ese crío no ha sabido hacerte correrte.

Ella se queda callada un segundo demasiado largo. No cierra la puerta. Tampoco la abre del todo. Solo me observa, como quien sopesa una apuesta.

—Eres bastante directo —murmura al fin.

—Tengo cuarenta años. Ya no me queda tiempo para los rodeos.

Una sonrisa pequeña le tira de la comisura de los labios. Da un paso atrás y deja la puerta abierta a su espalda, sin invitarme con palabras pero invitándome igual. Entro y cierro detrás de mí.

***

—Que conste que decido yo cuándo —dice, y me apoya un dedo en el pecho—. Aquí mando yo.

—Por mí, perfecto.

Y lo digo en serio. Después de lo que he visto estos dos días, sé exactamente lo que le gusta y lo que le falta. Me acerco despacio, sin la prisa de los chicos a los que ha tenido toda la mañana alrededor. Le aparto un mechón húmedo de la cara, le sostengo la nuca y me tomo mi tiempo para besarla. Solo eso, durante un rato largo, hasta que noto que la toalla empieza a sobrarle. Se la desanudo yo mismo, con calma, y la dejo caer al suelo.

Ahí está, por fin desnuda a un palmo de mí. Las tetas altas, firmes, con los pezones ya tiesos apuntándome. El vientre plano. El pubis recortado en un triángulo estrecho y todavía brillante de la ducha. Le paso las dos manos por las caderas, subo hasta las tetas y le atrapo un pezón con la boca, chupándolo sin prisa, jugando con la lengua alrededor y mordisqueándoselo hasta que se le escapa el primer gemido de verdad.

—Con calma —le digo al oído—. No pienso ir a ningún lado.

La siento estremecerse. Es la primera vez en dos días que alguien le habla así. La empujo con suavidad hasta que se sienta en el banco, le separo las rodillas y me arrodillo entre sus piernas. Le beso los muslos por dentro, subiendo despacio, hasta que la barba se le engancha en el vello del pubis. Entonces le paso la lengua entera por el coño, de abajo arriba, y noto cómo pega un respingo.

—Joder —susurra, agarrándome del pelo—. Justo ahí.

La chupo bien. Le abro los labios con los dedos y le busco el clítoris con la punta de la lengua, dibujándole círculos pequeños, alternando con lametones lentos y profundos. Cuando la noto tensa, freno; cuando suplica más, acelero. Le meto dos dedos y los curvo dentro, buscándole ese punto que sé que la vuelve loca, mientras sigo mamándole el clítoris sin parar. Al rato tengo la barba empapada, ella me monta la cara sin ningún pudor y suelta unos gemidos que ya no le importa que se oigan al otro lado del respiradero.

—Voy a correrme —avisa, apretándome la cabeza contra su coño—. No pares, no pares, no pa…

Y se corre en mi boca, con las piernas cerradas alrededor de mi cabeza y la espalda arqueada, largando un gemido que me pone la polla al rojo. Le lamo todo el flujo, sin dejar nada, hasta que ella se aparta riendo, con las mejillas encendidas.

—Todavía no acabo contigo —le digo, poniéndome de pie. Me bajo el pantalón y el bóxer de un tirón. La polla salta, dura, gruesa, mucho más que la de los críos que la han montado toda la mañana. Le veo cambiarle la cara al verla.

—Ven aquí —le pide, sentándose en el borde del banco. Se agacha, me agarra con las dos manos y se la mete en la boca hasta el fondo. La lengua le baila alrededor del glande, chupa apretando los labios, se ayuda con la mano para menearla al mismo ritmo, se la saca solo para lamerme los huevos y volver a tragarla entera. Le sujeto la cabeza y empujo un poco, encajándosela hasta la garganta, y ella no se rinde: aprieta más los labios, me mira desde abajo con los ojos brillantes y sigue mamando como si esto fuera lo que llevaba esperando toda la mañana.

La levanto antes de que me quede sin control. La giro y la inclino sobre el banco, con las manos apoyadas en la madera y el culo en pompa. Le paso el glande por el coño de arriba abajo, empapándolo, y entro despacio, milímetro a milímetro, hasta clavársela entera. Suelta un gemido largo, ronco, que se le sale del pecho.

—Joder, qué llena me la pones —jadea, echándome el culo hacia atrás—. Fóllame ya, por favor.

No hay torpeza ni ansiedad. La escucho. La sigo. Cuando ondula la espalda, freno; cuando suspira pidiendo más, acelero. Le agarro las caderas con las dos manos y empiezo a moverme, lento y profundo al principio, saliendo casi entera y volviendo a hundirla hasta el fondo. Le hablo al oído, le digo lo que llevo dos días queriendo decirle, le cuento cómo la he visto, cómo se me ha puesto viéndola tragar, y compruebo cómo cada palabra surte más efecto que cualquier embestida apresurada.

—Así —murmura ella, agarrándose al borde del banco—. Justo así. Que no se te ocurra parar.

No paro. Le doy más fuerte. El chapaleo del coño se mezcla con el golpeteo de mis pelvis contra su culo. Le veo aplastárseme las nalgas contra el vientre a cada embestida, rebotarle las tetas debajo, y le meto un dedo pulgar entre las nalgas, presionándole el culo sin llegar a entrar, hasta que suelta un gemido nuevo, más agudo. Le agarro un puñado de pelo y tiro suave, obligándola a arquear la espalda. Adapto el ritmo a sus jadeos, a sus uñas clavándose en la madera, a la manera en que tensa las piernas para atraparme y obligarme a quedarme exactamente donde está el placer. A veces lento y profundo, a veces rápido, según lo que me pide sin necesidad de hablar.

La saco un momento, la giro, la tumbo bocarriba sobre el banco y le levanto las piernas hasta apoyármelas en los hombros. Vuelvo a meterla y la doblo casi por la mitad, hundiéndomela hasta el fondo, con las tetas botando en cada empuje. Ella me pasa los brazos por el cuello, me atrae la boca a la suya y me besa con lengua mientras sigo follándola, gimiendo dentro de mi boca cada vez que le llego al fondo.

—Vas a hacer que me corra otra vez —jadea, mordiéndome el labio—. No pares, no pares, no…

Y se aferra a mí, se queda quieta un instante eterno y se deja ir con un gemido largo, retorciéndose bajo mi cuerpo, con el coño apretándome la polla en espasmos, ese segundo orgasmo que llevaba toda la mañana persiguiendo y que nadie había sabido darle.

Solo entonces me permito acompañarla. La saco de un tirón, me arrodillo sobre ella y me acabo de menear encima con dos, tres golpes de muñeca. Me corro con tantas ganas acumuladas que le disparo varios chorros gruesos por todo el vientre, entre las tetas y hasta el cuello. Ella me mira desde abajo, se pasa un dedo por la garganta, recoge un poco de semen y se lo lleva a la boca sin dejar de mirarme, con una sonrisa perezosa. Cuando termino, me cuesta recordar la última vez que un encuentro me dejó así de vacío y así de pleno a la vez.

***

Nos duchamos juntos, sin prisa, riéndonos de lo absurdo de la situación. Le paso la mano enjabonada por las tetas, por el culo, entre las piernas, y ella me devuelve el gesto rodeándome la polla con la mano llena de espuma, sacudiéndomela despacio hasta que casi se me pone otra vez. Al despedirnos nos damos un beso lento, distinto a los del principio.

—La próxima vez avisa antes de espiar por el respiradero —dice, mientras se ata las zapatillas.

Me quedo helado.

—Te vi el ojo asomado entre las lamas —añade, sin levantar la vista, con una sonrisa de pura malicia—. Llevas dos días ahí arriba. ¿De verdad creías que no me había dado cuenta? Si hasta puse el culo de lado para que vieras mejor cómo me la metían.

No sé qué contestar. Ella se cuelga el bolso al hombro, me da un último beso en la mejilla y abre la puerta.

—Te dejo que mires —dice antes de salir—. Pero solo si después tienes el valor de llamar a la puerta. Y de follármela como hoy.

Quedamos para vernos otro día. Y, mientras la veo alejarse por el pasillo con ese andar felino que me había vuelto loco desde el primer momento, comprendo que el mirón del respiradero llevaba toda la tarde siendo, sin saberlo, parte del juego.

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Comentarios(2)

NightReader_AR

excelente!!! uno de los mejores que lei esta semana

DarcoNight

Buenisimo!!! hace tiempo que no encontraba algo tan bueno por aca, gracias por compartir

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