Dejé que un mirón me observara en el parque
Aquel sábado Madrid era un horno. Había llegado a la ciudad hacía tres años para trabajar en una agencia de diseño, y todavía no me acostumbraba a esos veranos que no perdonan ni de noche. Me llamo Carla, tengo veintiocho años, y esta es la primera vez que me animo a contar algo así por escrito. Lo hago porque hay una cosa que me enciende como ninguna otra: saber que alguien se excita por mi culpa.
No soy lo que cualquiera llamaría una mujer despampanante. Soy normal, de las que pasan desapercibidas en el metro. Mido un metro setenta y dos, llevo el pelo castaño con algunas mechas más claras, y tengo curvas donde toca. Lo que más me gusta de mi cuerpo son las piernas y el trasero, esa parte de mí que parece pedir guerra aunque yo, en el fondo, sea bastante tímida. Esa contradicción es justo la que me metió en el lío que voy a contar.
El protagonista de esta historia, además de mí, es Bruno, mi mejor amigo de toda la vida. Crecimos en el mismo pueblo del norte y ahora él aprovechaba cualquier excusa para venir a verme un fin de semana. Quiero dejar claro desde ya que entre nosotros nunca hubo ni habrá nada: Bruno es gay, y nuestra complicidad es de otro tipo, la de quien te conoce desde antes de que supieras quién eras. Él es, de hecho, el que me empujó a escribir todo esto.
Habíamos pasado el día entero encerrados en mi piso, con el ventilador al máximo y las persianas bajadas, huyendo del sol. Sobre las siete de la tarde no aguantamos más.
—Vámonos a dar una vuelta —dijo Bruno, abanicándose con una revista—. Aunque sea para ver gente.
—Vale, pero algo fresquito —contesté.
Me di una ducha rápida y me puse un vestido de verano, de esos ligeros que apenas se notan sobre la piel. Abrí el cajón y cogí un tanga negro cualquiera. No me puse sujetador; muchas veces no lo uso, sin más, sin ninguna intención detrás. O eso me dije a mí misma esa tarde.
***
Caminamos sin rumbo hacia la zona de Plaza de España, miramos los escaparates iluminados, dimos una vuelta cerca del Palacio Real. Aun así el calor seguía siendo insoportable, pegajoso, de esos que se te meten debajo de la ropa. Cuando ya empezaba a anochecer, sobre las diez, terminamos en un parque grande con mucho césped, de esos que se vacían a esas horas. Quedaba algo de luz violácea en el cielo y muy poca gente alrededor.
—Tirémonos un rato aquí —propuso Bruno, dejándose caer sobre la hierba—. Hasta que refresque.
Me tumbé a su lado, boca abajo, apoyando la barbilla sobre los brazos cruzados. Charlábamos de cualquier cosa, de su trabajo, de un chico que le gustaba, de lo absurdo que era el calor. Yo no estaba pendiente del vestido. Y el vestido, que no era precisamente largo, con cada movimiento se me iba subiendo por la parte de atrás de los muslos.
—Carla —murmuró Bruno de pronto, sin mover apenas los labios—. No te gires de golpe. Hay un tío junto a los árboles que lleva un rato sin quitarte el ojo de encima.
Sentí esa punzada que tan bien conozco. Mi parte tímida quiso bajarse el vestido de un tirón y marcharse. Mi otra parte, la que casi nunca dejo salir, se quedó muy quieta.
Que mire. Que mire todo lo que quiera.
—¿Estás segura? —pregunté en voz baja, fingiendo indiferencia.
—Segurísima. Está medio escondido, haciéndose el disimulado. Y desde donde está tiene unas vistas estupendas de tus piernas.
Bruno me conoce demasiado bien. Sabe lo que me pone, y sabe que jamás daría el primer paso yo sola. Así que decidió darlo por mí. Sin decir nada más, apoyó la mano en mi espalda y, con el pretexto de hacerme una caricia distraída, empezó a deslizar la tela hacia arriba, despacio, dejando que el borde del vestido subiera centímetro a centímetro.
—Te está mirando fijo —me susurró al oído—. Seguro que ya está cachondo. Tú quédate quieta y disfruta.
No me moví. Sentí el aire tibio de la noche sobre la piel desnuda, sobre la parte que el tanga dejaba al descubierto, y supe que aquel desconocido lo estaba viendo todo. Me mordí el labio. Estaba empapada, y lo único que hacía era llamar a Bruno cabrón en voz baja, lo cual él traducía perfectamente como «sigue, no pares».
***
Durante un par de minutos jugamos a eso, a exponerme y volver a taparme, mientras Bruno me narraba cada reacción del hombre como si fuera un comentarista. De repente me bajó el vestido de golpe.
—Viene hacia aquí —dijo, y por primera vez noté un punto de nervios en su voz.
Se me cerró el estómago. No tenía miedo, estaba con Bruno, pero una cosa es ser observada desde la distancia y otra muy distinta tener al mirón a un metro. El hombre se acercó con paso tranquilo. Antes debía de haber visto a Bruno fumando, porque lo único que preguntó fue:
—Perdonad, ¿tendríais fuego?
Yo seguí mirando hacia mi amigo, sin volverme ni una sola vez hacia el desconocido. No quería darle la cara. Quería seguir siendo la chica anónima a la que se mira sin que ella lo reconozca. Bruno le tendió el mechero con una sonrisa demasiado amable.
El hombre encendió su cigarro, agradeció y, en lugar de volver a su rincón entre los árboles, se sentó también en el césped, a una distancia prudente, como si tuviera todo el derecho del mundo. No era guapo ni feo, un tipo de unos cuarenta años de los que ves cualquier día en la calle. Pero la forma en que se acomodó, dándonos a entender que pensaba quedarse, me aceleró el pulso.
—Se le marcaba todo en el pantalón —me contó Bruno entre dientes, divertido—. Yo también me he puesto, mira que somos.
Solté una risa nerviosa contra mi brazo. La ansiedad de antes se había evaporado y, en su lugar, volvía a crecer aquella otra cosa, esa que solo pensaba en llegar a casa y desahogarme hasta quedarme sin fuerzas.
***
El juego se reanudó solo. Bruno volvió a posar la mano en mi espalda y a mover la tela con suaves vaivenes, mientras yo fingía estar absorta en la conversación. Cada poco me iba informando en susurros: que el hombre había vuelto a su escondite, que se había sentado, que no nos quitaba ojo.
—Ponte de lado —me dijo en un momento—. Dándole la espalda a él, mirándome a mí.
Le hice caso sin pensar. Me giré sobre la cadera, de costado, de frente a Bruno, con el parque a oscuras y aquel desconocido en algún punto detrás de mí.
—Ahora se está tocando —murmuró Bruno, y noté que se le entrecortaba la respiración a él también—. Despacio, por encima del pantalón. No se atreve a sacársela, pero está a ello.
Aquello fue lo que terminó de hacerme perder la cabeza. Saber que un hombre al que ni siquiera había mirado a los ojos se estaba masturbando por mí, por lo poco que mi vestido subido dejaba entrever, me provocaba un morbo que no había sentido nunca con tanta intensidad. Éramos tres en aquel juego, y los tres lo estábamos disfrutando a nuestra manera.
—Abre un poco las piernas —pidió Bruno—. Solo un poco. Que tenga algo que mirar.
No sé de dónde saqué el valor, o el descaro. Apoyé la planta de un pie en el césped y dejé la otra pierna estirada, abriéndome apenas lo justo. Sabía exactamente lo que el desconocido veía desde su rincón: el borde de mi tanga negro, esa franja de tela que se perdía entre la piel. Una imagen de lo más normal en una playa, pero ahí, en mitad de un parque a oscuras, ante un mirón que se acariciaba para mí, se convertía en la cosa más excitante del mundo.
Me quedé así, inmóvil, con el corazón golpeándome las costillas y la respiración cada vez más corta. Bruno había dejado de hablar; solo me observaba con una sonrisa cómplice, pendiente de lo que pasaba a mi espalda.
—Se ha corrido —dijo por fin, casi con solemnidad.
***
Bajé el vestido, despacio esta vez, sin urgencia. Unos segundos después escuché pasos sobre la hierba seca. El hombre se acercó de nuevo, ya de pie, recompuesto.
—Gracias —dijo con una voz tranquila, casi tímida—. De verdad. Nunca había visto nada igual.
Por primera vez levanté un poco la vista, lo justo para verle la cara. No había nada amenazante en él, solo una gratitud sincera, casi torpe. Antes de irse añadió:
—Suelo bajar a pasear por aquí a esta hora, por si alguna noche os apetece repetir.
Y se marchó por el sendero, sin esperar respuesta, como quien sabe que ha tenido suerte y no quiere abusar de ella.
Bruno y yo nos quedamos un rato más tumbados, en silencio, hasta que nos entró la risa floja a la vez. Recogimos nuestras cosas y volvimos a casa caminando, reconstruyendo cada detalle, interrumpiéndonos el uno al otro, todavía con la adrenalina en el cuerpo.
—Eres una pervertida —me dijo él, encantado.
—Mira quién fue a hablar, el que me levantaba el vestido —contesté.
Al llegar al piso, cada uno se metió en su cuarto. Y sí, lo confieso: me di una ducha larga y me toqué pensando en aquel hombre escondido entre los árboles, en su mirada que no necesitaba verme la cara, en lo libre que me sentí siendo deseada por un completo desconocido. Me corrí más veces de las que pensaba aguantar.
Esta ha sido mi primera vez contando algo así, y reconozco que mientras lo escribía he tenido que parar más de una vez. Acepto que quizá repetiré la jugada en ese parque. Y, si os soy sincera, parte del morbo de escribirlo es saber que ahora también vosotros me estáis mirando.





