Lo que vi en la sauna del gimnasio esa tarde
No sé si fue porque el pequeño gimnasio que me había montado en el garaje se me quedaba corto, o porque en invierno me entraban unas ganas raras de salir y rozarme con gente. El caso es que una mañana, camino del trabajo, frené delante de aquel edificio de fachada llamativa y decidí que ya estaba bien de entrenar solo entre cuatro paredes.
Se llamaba VitalArena y quedaba a ocho minutos andando de casa. Cuando entré a informarme, el monitor me paseó por las instalaciones como quien enseña un piso de lujo: ventanales enormes, paredes en azul claro y verde menta, una sala de spinning, otra de clases dirigidas, una zona de musculación que olía a goma nueva y, al fondo, un detalle que terminó de convencerme.
—Y esto de aquí —dijo abriendo una puerta de cristal esmerilado— es la zona de spa. Sauna, baños fríos, masajes. La incluimos tres meses con la promoción de alta.
Era una zona apartada, casi escondida tras los vestuarios. Dos pasillos, el de hombres y el de mujeres, desembocaban en una misma sala húmeda donde la temperatura subía de golpe. Poca gente la usaba. Eso me gustó. Me apunté ese mismo día.
Las primeras semanas fueron justo lo que buscaba. Un gimnasio limpio, buena música, ambiente animado. Hasta había hecho un par de conocidos en la sala de pesas con los que hablar de fútbol, de rutinas y, todo hay que decirlo, de la gente que pasaba por delante. Variedad no faltaba. Cada cual tenía dónde mirar, y la mayoría cuidaba el cuerpo de una manera que daba envidia. Culos redondos apretados dentro de mallas imposibles, tetas grandes rebotando en las cintas de correr, tíos cachas con la polla marcada bajo el pantalón corto. Un desfile.
Mi ritual era siempre el mismo: una hora larga de máquinas, quince minutos de sauna para acabar de sudarlo todo y una ducha que me dejaba como nuevo. Lo mejor era que la sauna casi nunca tenía a nadie. Yo aprovechaba ese rato de soledad para vaciar la cabeza.
***
Aquella tarde de noviembre hacía fresco en la calle. Me vestí con lo de siempre, pantalón negro y camiseta gris, metí en la mochila la botella, dos toallas, las chanclas, el bañador y el neceser, y en menos de diez minutos cruzaba la puerta. Entrené pecho y hombro durante hora y media en un gimnasio sorprendentemente vacío para ser lunes, y después me cambié para bajar a relajarme.
Recorrí el pasillo largo hasta la sala que separaba los ambientes, esa frontera donde el aire de pronto se vuelve denso y caliente. Crucé por el suelo antideslizante, entre azulejos blancos y madera de pino, y cuando estaba a pocos metros de la sauna me detuve en seco.
En el colgador de fuera había dos toallas. Una azul, una verde.
Me quedé quieto, procesándolo. Alguien estaba dentro. Lo normal habría sido dar media vuelta, esperar en el vestuario o irme directamente a casa. Lo pensé, de verdad que lo pensé. Pero entonces, a través de la franja de cristal de la puerta, vi un movimiento que me clavó al suelo.
Por un instante creí que me había confundido, que el vapor me jugaba una mala pasada. La curiosidad pudo conmigo. Me acerqué de lado, pegado a la pared, y asomé apenas la cabeza por el borde de la puerta.
No me había confundido.
Entre la bruma distinguí un pie de mujer, la planta hacia arriba, las uñas pintadas de rosa palo balanceándose despacio. Y más allá, la escena entera. Una mujer rubia, la piel tostada, de rodillas sobre el banco de madera, con un cuerpo que parecía esculpido. Tenía la cabeza inclinada sobre el regazo de un hombre.
Le estaba comiendo la polla.
Ella estaba a cuatro patas, una mano apoyada en el muslo de él, la otra sujetándole la base de la verga mientras subía y bajaba con la boca abierta de par en par. Se la tragaba entera. La polla del tío no era ninguna broma: gruesa, muy dura, brillante de saliva, y cada vez que ella se la sacaba entre chupetones se veía una hebra espesa que iba de la punta a sus labios. Llevaba todavía puesto un pantalón ligero de color celeste y un top a juego que apenas contenía el pecho, dos tetas grandes que se le balanceaban dentro de la tela con cada movimiento de cabeza. Él, en cambio, solo conservaba el pantalón de deporte, negro, caído hasta las rodillas; la camiseta roja yacía hecha un revoltijo a sus pies.
Esto no está pasando.
Pero pasaba. Y yo no era capaz de moverme.
Los labios de ella recorrían el tallo arriba y abajo, sin prisa, dejando un rastro húmedo que el calor de la sala parecía multiplicar. Le hacía la garganta profunda con una técnica de experta, se la clavaba hasta el fondo y aguantaba unos segundos con la nariz pegada a la pelvis del tío, arcadas incluidas, y volvía a subir despacio, saboreando. Con la lengua le dibujaba círculos en el glande, le chupaba los huevos uno por uno metiéndoselos enteros en la boca, y luego volvía a la polla y se la mamaba con ganas, como si le fuera la vida en ello. El hombre tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás contra la madera, expulsando el aire por la boca cada vez que ella bajaba del todo. No hacían ningún esfuerzo por ser discretos. Estaban convencidos de que nadie los veía.
—Así, joder, Noelia, sigue —murmuró él, agarrándole el pelo y recogiéndoselo en una coleta improvisada con la mano izquierda—. Cómemela toda, zorra, así...
Ella respondió con un sonido afirmativo, sin sacársela de la boca, y aceleró el ritmo. Un gluk, gluk, gluk mojado que rebotaba en los azulejos. Con la mano libre, él le acariciaba la espalda y bajaba hasta la curva de las nalgas, apretando con dificultad por la postura, hundiéndole los dedos en el culo hasta dejarle marcas rojas en la piel bronceada.
***
Mi cuerpo reaccionó antes de que mi cabeza terminara de entender lo que estaba haciendo. La polla se me había puesto durísima dentro del pantalón, tan hinchada que la costura me hacía daño. Miré atrás, por encima del hombro, hacia el pasillo vacío. Nada. Solo el zumbido del extractor y el goteo lejano de las duchas.
El morbo de la situación, sumado al riesgo de que apareciera cualquiera, me inyectó una mezcla de miedo y excitación que no había sentido nunca. Apoyé una mano en la pared y, con la otra, me solté el pantalón lo justo. Saqué la verga, ya empapada en presemen, y empecé a machacármela despacio, conteniendo la respiración, atento a cada ruido del corredor. La punta me pulsaba a cada latido y con solo dar dos pasadas ya sentía que iba a explotar.
Dentro, los dedos de él tiraban del borde del pantalón celeste de ella. Noelia se incorporó un segundo, lo justo para deslizar la tela hasta las rodillas junto a una braguita diminuta y oscura, y volvió enseguida a lo suyo, arqueando la espalda y sacando el culo hacia arriba. Menudo culo. Redondo, terso, con dos hoyuelos en la base de la espalda y el coño ya asomando entre los muslos, hinchado, brillante, con los labios abiertos y chorreando. Me clavé los dientes en el labio para no soltar un gemido. El hombre, llevado por el placer, empezó a empujar él mismo, levantando la cadera unos centímetros con cada movimiento, follándole la boca a Noelia mientras ella se dejaba, ahogándose, tragando saliva a bocanadas.
Fue entonces cuando reparé en un detalle que se me había escapado. En la espalda baja de ella, donde la curva se hacía más pronunciada, un destello verde captó la luz tenue de la sala. Un pequeño adorno de joya que completaba la postal como si todo aquello hubiera sido preparado para que alguien lo mirara. Al mirar mejor entendí lo que era: un plug anal con la piedra verde incrustada, plantado en el ojete apretado entre las nalgas. La muy zorra estaba con un plug metido mientras se la comía a otro.
Y resulta que el alguien era yo.
Me deleité con una de las mejores pajas que recuerdo, escondido tras una puerta, robándoles una intimidad que no me pertenecía. Cada vez que ella gemía con la boca ocupada, cada vez que él soltaba un juramento ronco, una descarga me recorría entero y le daba un apretón más fuerte a mi polla. Con el dedo pulgar me recogía el presemen de la punta y me lo esparcía por todo el glande, deslizándome la mano de arriba abajo con ese sonido pegajoso que me delataría si alguien pasaba.
—¿Te gusta? —dijo ella de pronto, soltándolo un instante y dándole un lengüetazo largo desde los huevos hasta la punta—. ¿Te gusta cómo te la mamo?
—Me la mamas como nadie, joder —respondió él con la voz quebrada—. No pares, cómemela toda.
—La tienes durísima... —murmuró ella, rozándole el glande con la lengua, dándole besitos húmedos—. Me está chorreando en la boca. Justo como me gusta, bien empalmada para mí.
—Me vuelves loco, guarra.
—¿Te quieres correr en mi boca? ¿Me vas a llenar la lengua de leche? Dímelo, dime que te vas a correr para mí.
—Ahora, joder, ahora...
—Sí, dámelo, córrete en mi boca, quiero tragármelo todo.
Ella volvió a inclinarse, apresando la base con los labios, deslizándose por todo el tallo mientras la otra mano se le había perdido entre sus propias piernas. Se estaba masturbando el coño con dos dedos, metiéndoselos hasta los nudillos y sacándolos brillantes, y con el pulgar se frotaba el clítoris hinchado dando vueltas rápidas. La movía con un ritmo que primero era suave y luego se volvía urgente, chapoteando en su propio jugo. Los gemidos de los dos se solapaban, cada vez más rápidos, más cortos. El final estaba cerca, y los tres lo sabíamos, aunque ellos solo creyeran ser dos.
***
El hombre dejó escapar un gruñido largo y se rindió. Le cogió la cabeza con las dos manos y la empujó contra su polla, empalando a Noelia hasta el fondo mientras se corría dentro de su boca. Se le veía el vientre contrayéndose, los huevos tensándose, y ella tragaba, tragaba y volvía a tragar, con los ojos cerrados y las mejillas hinchándose de leche caliente. Cuando la soltó, ella se apartó apenas un palmo y le sacó los últimos chorros por encima de la lengua, sacando la punta para que él viera cómo se lo tragaba todo, sin perder una gota.
Ella aguantó hasta el último segundo, y al apartarse buscó con la mano su propio placer, metiéndose tres dedos en el coño y frotándose el clítoris con la palma abierta, cabalgándose la propia mano encima del banco. Los gemidos le salían del estómago. Se corrió con un temblor largo que le recorrió la espalda, le arqueó el culo hacia arriba y la dobló sobre la madera, con el coño escupiendo chorros de jugo que le resbalaban por la cara interna de los muslos.
Yo me corrí a la vez que ella, con la mano ahogándome un gemido en la boca, disparando lengüetazos de semen contra el azulejo y contra mis propios dedos, tantos y tan seguidos que me temblaron las piernas. Me limpié como pude con la toalla, con la polla aún dura y goteando, sin dar crédito.
Se quedaron así dentro, jadeando, riéndose por lo bajo.
—Qué calor —dijo ella entre risas—. Mira cómo nos hemos puesto. Me chorrea todo.
—Estás empapada, guarra.
—Me la has dejado hinchada. Otro día me follas bien.
Cuando los vi hacer ademán de levantarse, el instinto me devolvió de golpe a la realidad. Me subí el pantalón a toda prisa, torpe, con la polla todavía a medio bajar, y eché un último vistazo al interior.
Error.
Ella había girado la cabeza hacia la puerta. Nuestros ojos no llegaron a cruzarse del todo, pero la silueta detrás del cristal era inconfundible. Me había visto.
Me escabullí hacia el vestuario rezando para que el vapor me hubiera difuminado lo suficiente, para ser solo una sombra sin cara. Entré directo a la ducha y dejé que el agua me cayera encima un buen rato, con el corazón todavía golpeándome las costillas y la polla que se me volvía a poner dura de recordarla tragando.
***
Minutos después, ya más sereno, apoyé el pie en un banco para atarme las zapatillas. Recordaba la escena con una nitidez que me costaba creer. Era la primera vez en mi vida que veía a alguien follar delante de mí, en directo, y la sensación me había dejado el cuerpo eléctrico. Me puse la cazadora, colgué la mochila al hombro y enfilé el pasillo hacia el vestíbulo.
Al doblar la esquina choqué con alguien.
—¡Ay! Vaya golpe.
—Perdona, lo siento —dije, agachándome a recoger la mochila que se le había caído.
—Nada, ha sido culpa mía, que me he plantado aquí en medio del paso.
Levanté la vista y se me cortó la respiración. Rubia, bronceada, el pelo recogido en una coleta, unas mallas negras que dibujaban una figura imposible de confundir. Era ella. Y desde aquella distancia le vi la marca fresca del semen todavía en la comisura del labio, un pequeño resto blanco que se había limpiado con prisa.
Nuestras miradas se encontraron. La suya dudó apenas una décima de segundo, pero su cabeza ya me había reconocido. El vapor de la ducha no había sido aliado suficiente.
—Bueno... ¡hola! —dijo, recomponiéndose con una soltura admirable—. Me llamo Noelia.
—Hola, encantado. Adrián. ¿Estás bien?
—Sí, sí, no te preocupes. Estoy esperando a mi pareja y ni me he dado cuenta de dónde me había puesto. —Sonrió, y había algo en esa sonrisa que no era del todo inocente. Se pasó la lengua por el labio, despacio, limpiándose el rastro que aún le quedaba, sin dejar de mirarme—. No te había visto antes por aquí. ¿Llevas mucho viniendo?
—La verdad es que no. Un par de semanas.
—Pues nada, ya nos iremos viendo... —Hizo una pausa deliberada, sosteniéndome la mirada, y bajó la vista un instante hacia mi entrepierna, donde el bulto todavía marcaba—. Al parecer tenemos las mismas aficiones.
Sentí que me ardía la cara. Solté una risa nerviosa.
—Puede ser, puede ser... Bueno, Noelia, me tengo que ir. Encantado, de verdad. Que tengas buena tarde.
—Igualmente —respondió, y juraría que me guiñó un ojo antes de darse la vuelta y alejarse contoneando aquel culo que hacía media hora me había hecho correrme contra una pared.
Salí del gimnasio con una sonrisa tonta y un calentón que no se me iba. La rutina de aquel día había sido, sin discusión, mucho mejor que la de cualquier otro. Mientras caminaba de vuelta a casa, con el aire frío golpeándome la cara, pensé que quizá empezaba a entender por qué tan poca gente usaba aquella sauna.
Y que, desde luego, yo pensaba seguir usándola.





